El 13 de mayo de 1942, el HMS Trinidad, después de haber recibido reparaciones temporales en el puerto de Múrmansk tras el impacto de un torpedo propio averiado, el cual fue lanzado desde el crucero durante su escolta al convoy PQ-13 en marzo, sólo para descubrir que había tomado un patrón circular de regreso al buque; 32 hombres de su tripulación perdieron la vida.

 

En marzo de 1942, el crucero británico HMS Trinidad se encontraba escoltando el convoy PQ-13, el cual llevaba suministros y material de guerra para los soviéticos. Durante un combate contra navíos alemanes, el HMS Trinidad lanzó un torpedo defectuoso que tomó un patrón circular, llevándolo de regreso al crucero inglés, dando como resultado la pérdida de 32 hombres de su tripulación.

 

Después de llevarse a cabo reparaciones temporales en el puerto soviético de Múrmansk, el HMS Trinidad zarpó un poco antes de la medianoche del 13 de mayo de 1942, bajo el aura gris de las noches árticas, con el sol bajo en el horizonte asomándose a través de un delgado velo de neblina.

A través de la historia, que un barco salga de puerto en el treceavo día del mes, ha sido considerado por marineros como una señal de mala suerte y, en esta ocasión, no sería la excepción. Había razones de sobra para ser triscaidecafóbico, ya que el supersticioso número había aparecido ominosamente en los últimos convoyes árticos. El Trinidad se había torpedeado así misma mientras escoltaba al convoy PQ-13. El HMS Edinburgh había sido hundido mientras escoltaba al convoy QP-13. Ahora el Trinidad zarpaba en la temida fecha, 13 de mayo.

 

En la mañana del 14 de mayo, el HMS Trinidad y su escolta fueron localizados a unos 200 kilómetros del puerto por un avión FW200 Kondor; dos aviones más se incorporaron por la tarde para continuar siguiendo al convoy. A las 2100 horas llegaron las noticias aterradoras, una parvada de aviones alemanes estaba siendo detectada en el radar. A las 2200 horas, Junkers Ju88 se lanzaron en picada contra el HMS Trinidad y sus destructores. Frank Pearce se encontraba en el puente del HMS Trinidad durante los ataques:

El HMS Trinidad es atacado en el Ártico

El crucero HMS Trinidad visto desde el HMS Fury en el Atlántico Norte, durante una patrulla de escolta de un convoy ártico.

Entonces llegó el primer suave murmullo del enemigo. Yo estaba de pie en el puente al lado del capitán Saunders y el almirante Bonham-Carter escuchó el zumbido pulsante, sonando cada vez más fuerte con cada segundo que pasaba. Ya no fueron necesarios más reportes del radar puesto que la primera ola de bombarderos ya estaba a la vista. Pequeños puntos negros contra el techo del mundo ártico, comenzaron un juego de escondidillas, saltando de la cobertura de una fina nube a la otra. En el barco, cada ojo observaba ansiosamente entre la neblina dispersa, mientras que en los cañones los dedos se apretaban cada vez más fuerte sobre los botones de disparo. Saliendo del cielo en un movimiento concertado, los bombarderos se separaron y se vinieron abajo en ángulos casi verticales, sus motores corriendo a toda velocidad.

 

Pero incluso antes de que comenzaran sus picadas, los cañones del crucero dispararon una cortina defensiva de fuego. Un rugido ensordecedor que hacía tambalear los sentidos al tiempo que el poder combinado de los cañones antiaéreos de 4 pulgadas, de 2 libras, pom-poms y Oerlikons se ponían en acción. Con ello, apenas perceptible entre el fragor de la batalla, se escuchó la voz del primer teniente por el sistema de altavoces, el teniente comandante Jack Herrapath, oficial de defensa aérea, ordenando a las dotaciones de los cañones que apuntaran a los blancos desde su posición de observación a la mitad del mástil. Con sorprendente claridad, las primeras bombas estaban cayendo.

 

Pequeñas y oscuras al principio contra el cielo, cayeron del vientre de los aviones en un vuelo de descenso lloriqueante y bamboleante. Repentinamente estaban cayendo alrededor del barco, fallando por 40, 50 o 100 pies lo largo de la popa. Explotando en contacto con el mar en erupciones ensordecedoras, grandes trombos de agua cayeron en cascada por encima de las chimeneas de la nave, sosteniéndose momentáneamente antes de caer en un diluvio helado sobre los artilleros en las cabinas abiertas alrededor de la superestructura.

Después de veinticinco bombardeos, en donde no se produjeron impactos, unos diez aviones torpederos llegaron a las 2237. Ocho minutos después, un Ju88 solitario, saliendo de la delgada nube justo encima del HMS Trinidad, soltó su carga de cuatro bombas a una altura de 120 metros, cayendo directamente sobre la superestructura del crucero británico, Pearce continuó:

Tripulación de la marina polaca en la cubierta congelada del HMS Garland (ORP Garland en su designación polaca), en ruta hacia Múrmansk.

El impacto de las cuatro bombas de 500 libras explotando casi simultáneamente fue aterrador. El pequeño mundo alrededor de la superestructura del puente se desintegró en un temblor mínimo, cegando los sentidos, enviando la cubierta del puente por los aires. Oficiales y marineros fueron lanzados en todas las direcciones. El daño al barco era catastrófico. Cada una de las bombas había dado en el blanco.

Se perdieron 63 hombres, entre ellos veinte sobrevivientes del crucero HMS Edinburgh, que había sido hundido dos semanas antes.

 

Si deseas saber más, lee “Forgotten Sacrifice: The Arctic Convoys of World War II” [Sacrificio olvidado: los convoyes árticos de la Segunda Guerra Mundial], de Michael G. Walling.

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