Entre la noche del 25 y 26 de julio de 1942, en un vuelo operativo para colocar minas, un Avro Lancaster del Escuadrón Nº 106 de la Real Fuerza Aérea británica despegó con destino al Golfo de Vizcaya, frente a las costas francesas y españolas. Era una misión aparentemente sin complicaciones.

 

El lanzamiento de minas en aguas del Atlántico era una operación rutinaria que pretendía que las mismas se encontraran en el derrotero de algún submarino enemigo. El sargento Arthur E. Adams se encontraba a bordo del bombardero cuatrimotor inglés en la torreta de ametralladoras trasera, una posición aislada en donde la única comunicación con el resto de la tripulación era a través del intercomunicador.

 

En el transcurso del vuelo y mientras se acercaban a su objetivo, el bombardero británico se encontró con un buque antiaéreo, la historia es contada por el propio Adams:

Derribado en el Golfo de Vizcaya

Un Avro Lancaster B Mark III del Escuadrón Nº 619 RAF de la Real Fuerza Aérea (RAF), con base en Coningsby, Lincolnshire.

‘¡Es pan comido!’ dijeron algunos de los chicos antes que despegáramos. ‘Seis horas fáciles’, bromeó el sargento. Poco sabíamos que habría una cometa menos por la mañana.

 

Al filo de las 23:00 horas del 25 de julio de 1942, recorrimos el camino iluminado con bengalas en uno de los bombarderos más poderosos de Inglaterra, el Avro Lancaster. Después de sobrevolar el aeródromo una vez, nos pusimos en rumbo hacia nuestro objetivo y así volamos, volamos, volamos.

 

En mi torreta trasera, fui el último en ver desaparecer las costas de Inglaterra en la neblina azul. Estábamos todos confiados en hacer nuestro trabajo exitosamente, con poca oposición del enemigo y regresar una vez más a desayunar tocino y huevos. Poco me imaginaba cuánto tardaría en volver a ver las costas de la querida vieja Inglaterra.

 

El clima era bueno con luz de luna llena brillando en nuestra puerta de estribor, pero al cruzar la costa francesa nos encontramos con nubes espesas. Inmediatamente comenzamos a subir y en unos pocos momentos rompimos la capa de nubes y estuvimos de nueva cuenta con luz de luna brillante. Debido al brillo del cielo, me mantuve ocupado buscando alrededor por ‘cazas nocturnos’, que se sabía estaban en el vecindario. Miré hacia afuera en la noche hasta que mis ojos dolían y luces de colores parecían danzar ante ellos.

 

Par este momento comencé a tener sed por lo que procedí a sorber café caliente de mi termo, el cual me refrescó rápidamente. El silencio se había hecho supremo, durante lo que parecían horas, hasta que escuché la voz de los navegadores sobre el intercomunicador, advirtiendo al piloto que pronto estaríamos acercándonos a la zona del objetivo. El piloto respondió ‘bien, chicos, mantengan los ojos abiertos mientras descendemos y quizás haya barcos antiaéreos alrededor’. Mientras perdíamos altura, el piloto informaba periódicamente nuestra altitud hasta que nos nivelamos a altitud de operación.

 

Habíamos estado volando durante unos minutos, cuando de repente una luz de búsqueda apareció en el cuarto de estribor. Inmediatamente le advertí al piloto quien tomó acción evasiva y me dijo que le lanzara una ráfaga si nos descubría. No tuve el privilegio de disparar mis armas, ya que la luz pronto se apagó.

 

Poco después, volví a escuchar la voz de los pilotos. Esta vez para advertir al bombardero que se preparara para soltar nuestra carga. Cuando estábamos dando vuelta para la “corrida de lanzamiento”, un barco antiaéreo abrió fuego sobre la viga de estribor. Sin vacilar, giré mi torreta hacia el barco. Encendiéndome, devolví el fuego con tres ráfagas cortas. Esto logró detener sus disparos que, en ocasiones, estuvieron peligrosamente cerca. Como esta era la primera vez que había utilizado mis armas en operaciones, todo el equipo me felicitó por mi éxito.

 

Ahora estábamos sobre el objetivo y pude oír al navegador contando los segundos mientras el bombardero soltaba las minas. ‘Uno, dos, tres’. Al momento en que la tercera mina fue soltada de la aeronave, nos lanzaron una carga jodida desde otro buque antiaéreo que, de acuerdo con la dirección del fuego, estaba directamente debajo de nosotros. Antes de que tuviéramos la oportunidad de evitar este segundo lote, nos habían impactado a lo largo del fuselaje. Las llamas comenzaron a pasar a ambos lados de mi torreta. De inmediato llamé al piloto, pero no recibí respuesta. Entonces, repentinamente para mi horror, me di cuenta que el intercomunicador estaba muerto, siendo éste el único medio por el cual me conectaba con el resto de mi tripulación. De ahora en adelante significaba que tenía que trabajar por iniciativa propia. Traté de girar mi torreta, pero el sistema hidráulico había sido destruido por los disparos. Así que traté de operarla manualmente. Tuve éxito esta vez, abrí las puertas de la torreta y me encontré con el intenso calor y las llamas. Las chispas del fuego hicieron agujeros en mi bufanda. Traté de llegar al extinguidor, que estaba situado justo afuera a la derecha de mi torreta. Las municiones estaban explotando a todo mi alrededor.

 

Antes que pudiera combatir el fuego, sentí un estremecimiento repentino a través del avión, seguido rápidamente por otro más grande que el primero. El agua empezó a brotar de inmediato a través de la torreta, lo que me hizo rápidamente darme cuenta de que nos habíamos estrellado en el mar. Comencé a rotar mi torreta hacia babor, sabiendo que si el bote salvavidas se había sido soltado estaría flotando en el lado de estribor. Pero, para mi gran consternación, mi torreta se atascó después de girar unas cuantas pulgadas. El agua había llegado a mi cintura. Los segundos eran valiosos y mi única oportunidad para escapar de este avión ahora condenado, era pasar por la pequeña abertura de la torreta hacia el fuselaje. Después de luchar por lo que parecieron horas, me arrastré hacia la libertad y me sumergí bajo el agua, que para este momento ya llenaba tres cuartas partes del fuselaje. Traté desesperadamente de asirme de algún objeto a mi alrededor para poder tirar de mí mismo hacia mis pies. Por suerte encontré la manija de una puerta situada en el lado de estribor de la aeronave. La presión del agua en el exterior forzaba hacia el interior la puerta que me daría la salida de este avión que seguía hundiéndose rápidamente. Ahora que tenía la salida ante mí, me sentí mucho más seguro y empecé a pensar en el resto de mi tripulación, preguntándome si también habían logrado salir. Así, en un intento por calmar mi preocupación, grité en el fuselaje, ‘¿están bien compañeros?’ Aparte del chapoteo del agua, sólo me saludó un silencio mortal.

 

Hubo una sacudida repentina cuando la aeronave se hundió por debajo de las olas llevándome a mí con ella. Me incliné hacia delante y tiré de la palanca de mi ‘Mae West’ [salvavidas] y súbitamente sentí una contracción alrededor de mi pecho. Supe entonces que mi chaleco salvavidas se había inflado, el cual me disparó hacia la superficie. Me volví y me liberé del arnés del paracaídas, se deslizó de mí y se hundió. Al mirar a mi alrededor me sorprendí al ver la parte delantera del avión aún flotando, con su columna rota apuntando al cielo. Al ver que ninguno de los tripulantes flotaba por ahí, empecé a gritar creyendo que pudieran haberse alejado de los restos. Me sentí muy aliviado al oír la respuesta de alguien al otro lado del ala que todavía flotaba. Le respondí: ‘¿Hay alguien ahí?’ Gritó de nuevo que él era el único y que debería nadar hacia él porque se encontraba en el bote salvavidas.

 

Al nadar alrededor del ala, los restos del avión se iluminaron por un rayo de luz de un bote que estaba viniendo a toda velocidad hacia nosotros. El piloto y yo fuimos recogidos unos minutos más tarde, fuimos registrados inmediatamente y nos dieron ropas secas. Nos enteramos más tarde que este había sido el barco antiaéreo que nos había derribado. Nos trataron bien y nos llevaron a tierra a un puerto francés. Aquí, un automóvil nos estaba esperando para llevarnos a un campo de la Luftwaffe, donde recibimos nuestro primer interrogatorio. Esto pronto se convirtió en un fracaso, por lo que nos llevaron a habitaciones separadas donde se nos permitió descansar por primera vez desde nuestra penosa experiencia.

Si deseas saber más, visita A Wartime Log [Una bitácora de guerra].

El domingo 26 de julio de 1942 fue derribado el Avro Lancaster en donde el artillero Arthur Adams prestaba su servicio. El avión tuvo que amarizar de manera forzosa debido al daño causado en el bombardero por un buque antiaéreo. Adams fue capturado y llevado a un campo de prisioneros en Alemania, donde permaneció hasta el 22 de abril de 1945, cuando el campo fue liberado por las fuerzas soviéticas. En la imagen se muestra una ilustración de Adams recreando el momento en que los restos de su avión flotaban en el Golfo de Vizcaya, en donde se lee “2:05 AM, domingo 26 de julio de 1942 – ‘¡Allí estaba!’”.

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