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La primera presa del Graf Spee

El acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee en 1939, antes de su partida hacia el At

El acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee en 1939, antes de su partida hacia el Atlántico Sur, donde, pocos meses después, iniciaría su campaña contra el tráfico mercante británico.

Apenas un mes después de iniciada la guerra en Europa, el Atlántico Sur parecía, en apariencia, todavía un espacio inmenso y tranquilo, demasiado vasto para hacer presentir la violencia que ya avanzaba por sus rutas. Pero bajo aquella calma se desplegaba una nueva fase del conflicto: la guerra contra el comercio marítimo. Alemania había enviado al acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee al océano incluso antes de que comenzaran formalmente las hostilidades, con la misión de caer sobre el tráfico mercante británico allí donde éste fuera más vulnerable.

 

Desde agosto de 1939, el buque de Hans Langsdorff se había internado en aguas lejanas, aguardando el momento de abrir su cacería. Para prolongar su libertad de acción recurría a la sorpresa, a la distancia, a cambios de apariencia y a diversos ardides de identificación destinados a sembrar confusión. Su propósito no era librar una gran batalla naval, sino desgastar al enemigo donde más le dolía: en el flujo silencioso de cargueros que alimentaban la vida económica británica.

 

La primera de esas víctimas fue el SS Clement, un viejo vapor mercante de la Booth Line, que fue sorprendido el 30 de septiembre de 1939 frente a la costa brasileña. El testimonio de su capitán, F. C. P. Harris, permite seguir casi minuto a minuto cómo aquella calma del Atlántico Sur se quebró y cómo comenzó, para él y para su tripulación, la experiencia de la captura, el hundimiento y el cautiverio a bordo del corsario alemán​:

Hacia las 11:10 de la mañana del 30 de septiembre, después de tomar el sol en el meridiano para comprobar la latitud, dejé el puente durante unos minutos, diciéndole al Tercer Oficial, que estaba de guardia, que me llamara de inmediato si avistaba algo.

Unos diez minutos más tarde, el Tercer Oficial me llamó por el tubo acústico y me dijo que un buque de guerra venía sobre nosotros, aproximadamente cuatro cuartas por la amura de babor.

 

Pensé que probablemente sería el H.M.S. Ajax, pues yo había estado a bordo de él unas semanas antes en Pará y esperaba que estuviera en alguna parte de la zona.

Subí al puente y lo observé con los prismáticos, pero como venía de proa, no pude distinguir nada de él, salvo que, por las enormes olas de proa que levantaba, evidentemente se nos acercaba a gran velocidad.

Le dije al tercer oficial que izara la enseña y fui a mi camarote unos minutos para ponerme una chaqueta blanca limpia del uniforme.

Cuando volví al puente, el buque de guerra estaba a unas cuatro millas de distancia y seguía acercándose rápidamente. No podía ver su bandera y no llevaba señales izadas.

 

Unos minutos más tarde, un hidroavión pasó zumbando sobre nosotros. Esto no me preocupó en absoluto, pues sabía que el Ajax llevaba uno. El primer oficial subió corriendo y me preguntó si debía mostrar nuestra tablilla con el nombre. Consentí. Entonces el avión volvió a pasar sobre nosotros y roció el puente con balas de ametralladora. Inmediatamente mandé parar las máquinas. Entonces se vio que el avión tenía marcas alemanas bajo las alas.

‘¡Dios mío!’ dijo el señor Jones, el primer oficial: “Es un Jerry. ¿Quiere que prepare los botes, señor?”

“Sí”, dije. “Que toda la tripulación suba a cubierta y arriarlos”.

Tres o cuatro veces más el avión pasó sobre nosotros, rociando con balas la cubierta de botes y el puente, aunque el barco estaba parado. Las balas caían a mi alrededor, en el puente y sobre los hombres en la cubierta de los botes, como granizo. No puedo comprender por qué algunos de nosotros no resultamos muertos.

Hice que el oficial de radio enviara un SOS con nuestra posición, mensaje que, según me informó, había sido captado y contestado por un vapor brasileño.

 

Después de deshacerme de todos los papeles y documentos confidenciales y de hacer todo lo necesario en el puente, bajé a la cubierta de botes, donde encontré que todo marchaba con auténtica disciplina de ejercicio de abandono y que casi todos los botes ya estaban en el agua. La única persona herida, hasta donde pude ver, era el primer oficial, que tenía sangre en la mano derecha y en el antebrazo, donde dos balas le habían alcanzado.

Para entonces, el acorazado había caído a una posición aproximadamente a media milla por nuestro través de babor, con sus cañones apuntándonos y, dando por hecho, por el fuego de ametralladora del avión, que tenían intención de hundir al Clement lo antes posible y querían que despejáramos el barco, di la orden de abandonarlo. Cuando todos estuvimos en los botes, una lancha de vigilancia se dirigió hacia nosotros y recogió al Jefe de Máquinas y a mí, dejando al resto a bordo...

Al pasar bajo la popa del acorazado, vi las letras en relieve de su aleta, ADMIRAL SCHEER, que, naturalmente, habían sido cubiertas con pintura gris.

Cuando desembarcamos de la lancha de vigilancia a bordo del acorazado, nos escoltaron hasta el puente, donde nos encontramos con el capitán, que saludó a la manera naval y, después de estrecharme la mano, dijo: “Lo siento, capitán, pero tendré que hundir su barco. Es la guerra”.

Luego se dispararon dos torpedos contra el Clement, pero ambos fallaron, uno pasó por delante y el otro por popa, aunque ambos buques estaban completamente parados y prácticamente no había oleaje.

Finalmente fue hundido por fuego de artillería y fueron necesarios aproximadamente veinticinco disparos de 6 pulgadas y cinco de 11 pulgadas.

Si deseas saber más, lee “El drama del Graf Spee y la Batalla del Río de la Plata”, compilado por Sir Eugen Millington-Drake.

El episodio dejó una impresión compleja. Por un lado, estaba la violencia seca y repentina del ataque, la ametralladora sobre el puente de un mercante indefenso, el sobresalto brutal de una tripulación arrancada en minutos de la rutina del mar para ser precipitada a la guerra. Por otro, quedaba la imagen del comandante alemán que estrechaba la mano de su enemigo y pronunciaba una frase tan sobria como definitiva: “Es la guerra”.

En ese contraste entre brutalidad y vieja cortesía naval se adivina una de las marcas más inquietantes de la campaña del Graf Spee. El hundimiento del Clement no fue solamente la destrucción de un vapor británico: fue la señal de que el Atlántico Sur había dejado de ser retaguardia y se convertía en territorio de caza.

Y aquella cacería no había hecho más que empezar. Tras hundir al Clement, el Graf Spee seguiría todavía en libertad, buscando nuevas siluetas en las rutas mercantes del océano, mientras el nombre de Langsdorff comenzaba a circular con inquietud creciente entre capitanes, armadores y almirantazgos.

El Clement tras ser atacado por el Admiral Graf Spee frente a la costa de Brasil.jpg

El Clement tras ser atacado por el Admiral Graf Spee frente a la costa de Brasil, el 30 de septiembre de 1939. Su destrucción marcó el inicio visible de la campaña corsaria alemana en el Atlántico Sur.

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