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De licencia en una Alemania bombardeada

Bombarderos Short Stirling del Escuadrón No. 90 de la Real Fuerza Aérea (RAF) alineados en

Bombarderos Short Stirling del Escuadrón Nº 90 de la RAF alineados en la pista perimetral de Wratting Common, Cambridgeshire, antes de despegar hacia una misión contra Berlín, el 31 de mayo de 1943. Los Stirling participaron sólo en contadas incursiones contra la capital alemana, pues su menor techo operativo los hacía vulnerables frente a las defensas antiaéreas y los cazas nocturnos

A comienzos de junio de 1943, la guerra submarina alemana acababa de sufrir uno de sus golpes más duros. El mes anterior, recordado después como el “Mayo Negro” de los U-Boote, había obligado a Karl Dönitz a retirar temporalmente sus submarinos del Atlántico Norte. Los convoyes aliados ya no eran presas relativamente aisladas: iban protegidos por escoltas mejor coordinados, aviones de largo alcance, portaaviones de escolta, radar, HF/DF y tácticas antisubmarinas cada vez más eficaces.

Herbert A. Werner, entonces primer oficial de guardia del U-230, acababa de regresar de una patrulla difícil. El U-230 había zarpado el 24 de abril de 1943 y regresó a base el 24 de mayo, tras operar en el Atlántico en un momento en que los submarinos alemanes comenzaban a pasar de cazadores a presas.

Durante esa patrulla, el U-230 participó en operaciones contra convoyes como los SL 128 y HX 237, sin lograr hundimientos propios. El 12 de mayo, bajo ataque aéreo, el submarino derribó un Swordfish, un episodio que Werner atribuiría a su propia acción en sus memorias. Aun así, el hecho más importante no fue el éxito aislado, sino la impresión general: el Atlántico se había vuelto mucho más peligroso para los U-Boote.

De regreso en tierra, Werner intentó apartarse por unos días del mar, de las cargas de profundidad y de la sensación de que cada patrulla podía ser la última. Viajó a Berlín para reunirse con Marianne, su novia. Pero al salir de la estación de Anhalter, descubrió que la guerra que acababa de dejar en el Atlántico lo esperaba también en la capital alemana:

Un día y una noche después, llegué a Berlín. Al salir de la estación Anhalter, me detuve en seco ante la destrucción. Vidrios rotos, mortero y escombros estaban esparcidos por todas partes. Y, por primera vez, Marianne no estaba en la estación.

Con la intención de visitar a Marianne en su oficina, abordé un tranvía con destino al centro de la capital. Aquel viaje fue espantoso. Grandes secciones de la ciudad habían sido casi arrasadas por los bombardeos de saturación, dejando escombros, polvo y un millón de tragedias. Sentí como si el fondo de mi mundo se estuviera desplomando. Sentí deseos de huir y de dejar la ciudad en el tren siguiente.

Pero finalmente llegué al lugar donde Marianne había trabajado; es decir, donde alguna vez se había levantado su edificio de oficinas de siete pisos. Sólo quedaban unas cuantas paredes. Los ladrillos estaban apilados a una altura de dos pisos.

Me aparté de la devastación, busqué y encontré la estación de metro más cercana; luego tomé el tren expreso hacia el suburbio donde Marianne vivía con sus padres. Al salir de la estación a pie, vi aquí y allá una casa quemada hasta los cimientos, un edificio de apartamentos derrumbado. Parecía que la muerte y la destrucción me seguían.

 

Al acercarme a la casa de Marianne, me preparé para una realidad que ya presentía. Entonces quedé de pie ante el montón de carbón que había sido la casa. Su chimenea apuntaba al aire como un dedo de advertencia. A su alrededor yacían ladrillos y bloques destrozados, negros de hollín; vigas de acero dobladas por el calor del incendio; escombros mezclados de toda clase.

Entonces vi el letrero clavado entre los escombros. Alguien había escrito en rojo:

 

TODOS LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA HARDENBERG ESTÁN MUERTOS.

Lo leí dos o tres veces antes de apartarme. No podía comprenderlo. Algo acre me ardía en la garganta. Tragué saliva repetidamente. Entonces mi corazón se endureció de pronto. En aquel momento todo dentro de mí estaba muerto, quemado como las casas. Estaba sin emoción.

El siguiente tren expreso me llevó de regreso a casa, a Fráncfort. Con la muerte de Marianne apoderándose de mi mente, pasé cuatro días sin rumbo en Fráncfort. También pasé una noche en el sótano de nuestro edificio de apartamentos, escuchando las sirenas que chillaban y el bramido de la artillería antiaérea, sacudido por los temblores de las bombas que explotaban y mirando los rostros serios, pétreos, de personas que aceptaban el ataque como un hecho rutinario.

Cuando todo terminó, la noche estaba llena del olor cáustico de la cordita, de los gemidos de los heridos y de las campanas de los bomberos. A esto había llegado la guerra: que mi Marianne fuera una víctima de un ataque aéreo; que mi familia se hubiera acostumbrado a vivir bajo tierra, temiendo por sus vidas.

 

Después de aquella noche, ya no quedaba nada para mí en casa. Tenía que regresar a mi submarino y combatir la guerra en el mar hasta un final victorioso, por el bien de aquellos que permanecían en casa, entre la angustia y el temor.

Después de una noche en un tren oscurecido, llegué a París. La ciudad respiraba paz y el ardiente sol de junio doraba los árboles y los tejados. El calor hacía incómodo mi uniforme y me hizo pensar en las ventajas de la ropa civil. Cuánto habría disfrutado fingiendo ser parte de la sofisticada multitud parisina, a la que la guerra le importaba poco de una manera u otra.

Allí noté que las parisinas más elegantes no prestaban ninguna atención a los hombres uniformados. Comprendí cuán lejos estaba yo de sus vidas de esplendor, belleza y encanto; cuán profundo era el abismo entre las multitudes pacíficas de la ciudad y nosotros, en el frente, que no teníamos otra opción que navegar, combatir y morir.

Si deseas saber más, lee “Iron Coffins” [Ataúdes de hierro], de Herbert A. Werner.

La escena es poderosa porque rompe la cómoda separación entre frentes. Werner venía del Atlántico, donde los submarinos alemanes empezaban a descubrir que el enemigo ya podía encontrarlos, perseguirlos y hundirlos con una eficacia cada vez mayor. Pero en Berlín comprendió que la guerra también había llegado al interior de Alemania: no como un informe de bajas ni como una estadística del Comando de Bombarderos, sino como una oficina desaparecida, una casa carbonizada y un letrero escrito entre las ruinas.

El testimonio no convierte a Werner en una víctima inocente de la guerra en sentido amplio; era un oficial de la Kriegsmarine, parte de una maquinaria militar agresora. Pero sí muestra algo históricamente importante: para 1943, la guerra ya comenzaba a volverse contra la propia sociedad alemana. Los U-Boote sufrían en el Atlántico, las ciudades ardían bajo los bombardeos aliados y muchos militares que regresaban de permiso descubrían que el hogar al que creían volver ya no existía.

En esa coincidencia —un submarinista que sobrevive al océano y pierde a su novia bajo las bombas— aparece una de las transformaciones centrales de 1943: Alemania seguía combatiendo en todos los frentes, pero la guerra ya no estaba lejos. Había entrado en los puertos, en las estaciones, en los refugios antiaéreos, en las oficinas destruidas y en los nombres escritos sobre los escombros.

Fotografía aérea vertical nocturna tomada durante un ataque sobre Berlín, mostrando las bo

Fotografía aérea vertical nocturna tomada durante un ataque contra Berlín en septiembre de 1941. Se observan explosiones alrededor del mercado central de ganado y del patio ferroviario central, al este del centro de la ciudad, además de huellas de reflectores alemanes y fuego antiaéreo. Aunque la imagen es anterior a junio de 1943, ilustra el tipo de guerra aérea que Werner encontró al regresar a Alemania.

Oberleutnant zur See Herbert Werner, nombrado capitán del submarino alemán U-415 en 1944.

Oberleutnant zur See Herbert A. Werner, fotografiado después de ser nombrado comandante del submarino alemán U-415 en 1944. En junio de 1943, Werner servía a bordo del U-230, antes de recibir su propio mando.

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