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Se acerca el fin en el Gueto de Varsovia

Foto del Informe de Jürgen Stroop a Heinrich Himmler, de mayo de 1943. El título original

Fotografía del Informe Stroop enviado a Heinrich Himmler en mayo de 1943. El título original en alemán dice: “Der Führer der Großaktion” [El líder de la gran operación]. El SS-Brigadeführer Jürgen Stroop aparece al centro, a la izquierda, mirando hacia arriba y con gorra; el SS-Rottenführer a la derecha ha sido a menudo identificado como Josef Blösche.

Dentro del gueto de Varsovia, cuyo levantamiento había comenzado el 19 de abril de 1943, las posibilidades de supervivencia se reducían día tras día. Los combatientes judíos habían obligado a los alemanes a luchar casa por casa y búnker por búnker, pero la superioridad alemana era aplastante. Para desalojar a quienes resistían o se escondían, las SS incendiaban edificios, volaban refugios, arrojaban granadas en los escondites y disparaban contra quienes intentaban escapar. El levantamiento, que fue el mayor acto de resistencia judía durante la Segunda Guerra Mundial, se prolongó hasta el 16 de mayo, cuando los alemanes destruyeron la Gran Sinagoga de Varsovia como símbolo de la liquidación final del gueto.

Para decenas de miles de civiles escondidos en sótanos y búnkeres, la lucha no se parecía a una batalla convencional. Era una espera sofocante entre el hambre, el humo, la oscuridad, el miedo y los rumores. Algunos lograron prolongar su vida durante días o semanas; la mayoría moriría en los refugios, sería asesinada en las calles o deportada a Treblinka, Majdanek y otros campos de la región de Lublin. Yad Vashem resume el desenlace con crudeza: durante casi un mes los judíos del gueto lucharon por sus vidas; muchos perecieron en los incendios y el humo, otros fueron asesinados en las calles, y pocos lograron escapar al lado “ario” de Varsovia.

 

Entre los documentos más estremecedores de aquellos días se encuentra el diario de una joven judía cuya identidad se desconoce. Escribía desde un búnker, en medio del gueto en llamas, y dejó constancia de la vida cotidiana de los escondidos: el hambre, la falta de electricidad, las peleas dentro del refugio, el terror ante los ataques alemanes y la sensación de que el mundo exterior permanecía en silencio. Lo que ocurrió con ella después también se desconoce.

 

Su anotación del 7 de mayo de 1943 describe el gueto como una ciudad convertida en hoguera:

Día 19, viernes, 7 de mayo de 1943

Han pasado cinco días difíciles y trágicos. En tan poco tiempo hemos vivido muchas cosas. Nuestras condiciones eran difíciles desde el momento en que entramos en el escondite, y empeoraron todavía más cuando recibimos a otras cuarenta y cinco personas. La mayoría no tenía comida.

 

A medianoche del lunes cortaron la electricidad. Entonces nos enfrentamos a un problema grave: ¿cómo íbamos a cocinar? No teníamos estufas conectadas a una chimenea. Los responsables del búnker deliberaron durante tres días y, mientras tanto, estallaron las discusiones. Hermanos peleaban con hermanas, amigos con amigos, y todos contra todos. El hambre no perdonaba a nadie.

Las discusiones eran tan fuertes que probablemente se oían fuera del búnker. La situación era terrible y peligrosa. El estado emocional de la gente era espantoso. Algunos yacían inconscientes en el suelo. Los más vulnerables eran los niños. Llevábamos ya tres días sin comida caliente.

Fui testigo de un hecho estremecedor cuando sacaron a varios judíos de un búnker en una casa vecina. Durante mi guardia nocturna me acosté junto a la judasz [mirilla o abertura de observación] y escuché las conversaciones de afuera.

La conversación de los alemanes, llena de ironía y sadismo, me hizo estremecer de frío y me hizo hervir la sangre. Sí, los alemanes están seguros de que tienen una justificación. A nosotros nos consideran asesinos, mientras que ellos pretenden presentarse como la encarnación de la moralidad y la humanidad. Sus palabras, cargadas de odio ciego contra nosotros, los perseguidos y torturados, me hicieron sentir como si echaran sal sobre heridas abiertas. Siempre terminaban con carcajadas.

¡Zas! ¡Pum! El enemigo dispara ametralladoras y lanza granadas contra el búnker. Parte del refugio queda cubierta por una avalancha de escombros. Las personas que están dentro se comportan con valentía. Con serenidad, miran de frente a la muerte.

En silencio honramos la muerte de quienes arden entre las llamas. Los alemanes disparan contra cada judío que encuentran o capturan y queman los cuerpos en una hoguera en el patio comunitario de la calle Zamenhof 19. Devotos de Hitler, sus servidores y verdugos obedientes, ejecutan todo de acuerdo con la orden según la cual, para 1945, no deberá quedar un solo judío en Europa.

 

Hoy reinó el silencio durante mucho tiempo. Permanecimos en las literas hasta altas horas de la noche, tras cuatro días de hambre. Todos estábamos satisfechos porque habíamos comido algo y nos fuimos a dormir con mejor ánimo. El aspecto de aquellas personas, cuyas mejillas ya estaban hundidas, mejoró un poco; sus ojos se iluminaron y volvió a percibirse en ellos una chispa de vida. Ahora todos creen que podrán resistir.

 

Sorprendentemente, tenemos luz de nuevo: la electricidad volvió. Tal vez el sol también brilla para nosotros. Ya era hora. Estamos aislados del mundo, impotentes, confiando sólo en nuestras propias fuerzas. Nadie habla de rescate. Prolongamos nuestra existencia con enorme esfuerzo.

 

Ahora nuestras vidas están amenazadas de forma extrema; el peligro es constante. Las condiciones de vida son miserables. La gente está medio desnuda, vestida con harapos, vagando malhumorada por el suelo de piedra. No pueden vivir y no pueden morir.

 

Me sorprende que, en estas condiciones, hayamos logrado sobrevivir durante tres semanas. Sabemos muy bien qué clase de acción es esta, porque ya había sido anunciada de antemano. Es el exterminio de los judíos de Varsovia y, después, nuestro propio fin.

 

Los alemanes solían atacarnos de noche. Ahora extienden sus ataques también al día. Debemos guardar silencio absoluto en las literas para que el enemigo no nos descubra.

 

Salgo a la calle. ¡Arde! Todo a su alrededor está en llamas. Calles enteras: Mila, Zamenhof, Kurza, Nalewki, Lubeckiego. En pocas palabras, todas las calles están ardiendo. Talleres, apartamentos, tiendas, casas enteras se queman. El gueto entero es un mar de llamas.

 

Sopla un viento muy fuerte que aviva el fuego y lleva chispas de las casas incendiadas hacia las que aún no arden.

 

El fuego lo destruye todo. La vista es horrible, espantosa. Las llamas se propagan tan rápido que la gente no alcanza a escapar de los edificios y muere trágicamente dentro de ellos. Personas con bultos van de casa en casa, de calle en calle. No hay salvación; nadie sabe dónde esconderse. Buscan desesperadamente, pero no hay alivio ni refugio: la muerte reina en todas partes.

 

Los muros del gueto están rodeados. Nadie sale y nadie entra. La ropa arde sobre los cuerpos de las personas. Gritos de dolor, sollozos. Todos quieren salvarse, todos intentan salvar su propia vida.

 

La gente se asfixia por el humo. Todos ruegan por ayuda. La mayoría, casi todos, claman a Dios: “Dios, muestra tu poder, ten piedad de nosotros”. Dios permanece tan silencioso como una esfinge y no responde. ¿Y ustedes, las naciones, por qué callan? ¿No ven que quieren aniquilarnos? ¿Por qué guardan silencio?

 

A pesar del peligro, los judíos corren por las calles sólo para salvar la vida. Todo está envuelto en fuego. Parece que ha llegado el fin del mundo. “¡Sálvense si pueden!” La situación es horrible, terrible. Todos quieren salvarse. El infierno ha llegado a la Tierra. El infierno de Dante —increíble e indescriptible—.

 

Comienza un nuevo día. Con el nuevo día llega un silencio sepulcral. La gente permanece en sus rincones, sin comida ni agua. Un cementerio en llamas. Se oye el ruido del metal al caer y de los muros quemados que se derrumban.

 

El gueto arde por cuarto día. Todo lo que vemos son chimeneas aún de pie y los esqueletos de las casas quemadas. Al principio, este espectáculo provoca un estremecimiento de terror: sí, ésta es la obra de los vándalos de Hitler, que esperan que todo el mundo se vea así. No hay duda de que no lo lograrán.

 

En nuestros pensamientos volvemos al pasado. Hemos perdido muchas cosas. Lo único que nos queda es nuestro escondite. Por supuesto, no es un lugar seguro.

 

Vivimos el día, la hora, el instante.

Si deseas saber más, visita el Daily Telegraph o la exposición de Yad Vashem Voices from the Inferno [Voces desde el infierno], que reproduce fragmentos del diario anónimo de una mujer en el búnker durante el levantamiento del gueto de Varsovia.

El valor de este diario no está sólo en la descripción del fuego, sino en su punto de vista: no habla desde la posición de los combatientes armados, sino desde el interior de la población civil escondida bajo tierra. Mientras las SS incendiaban el gueto para destruir los búnkeres, los escondidos luchaban por aire, agua, comida, silencio y unas horas más de vida. La autora anónima dejó constancia de esa dimensión del levantamiento: la resistencia de quienes no podían vencer militarmente, pero se negaban a entregarse voluntariamente a la muerte.

 

El destino de la autora es desconocido. Su texto termina como un testimonio suspendido en medio de las llamas: el gueto convertido en un cementerio ardiente, el mundo en silencio y la vida reducida al día, la hora, el instante.

Un grupo de tropas SS alemanas hablando con un hombre sin identificar después de la supres

Tropas de las SS hablan con un hombre no identificado después de la supresión del levantamiento del gueto de Varsovia. La fotografía procede del Informe Stroop, compilado por Jürgen Stroop para documentar la destrucción del gueto.

Foto del Informe de Jürgen Stroop a Heinrich Himmler, de mayo de 1943. El título original

Fotografía del Informe Stroop enviado a Heinrich Himmler en mayo de 1943. El título original alemán dice: “Banditen” [Bandidos], término propagandístico utilizado por los alemanes para referirse a los judíos capturados durante la liquidación del gueto.

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