Amanecer de fuego en el Río de la Plata

El HMNZS Achilles visto en combate durante la batalla del Río de la Plata. La imagen evoca la participación del crucero neozelandés en aquella mañana de fuego, cuando, junto al Ajax, se lanzó contra un enemigo más poderoso para obligarlo a dividir su artillería y mantener la presión sobre el Graf Spee.
En diciembre de 1939, la guerra en Europa parecía aún contenerse en tierra firme. Tras la caída de Polonia, el frente occidental atravesaba una pausa tensa que después sería conocida como la “guerra de broma”. Pero en el mar no había nada ilusorio. Allí la guerra ya se libraba con toda su crudeza: sobre rutas comerciales, cargueros solitarios y océanos demasiado vastos para ser vigilados por completo. En ese escenario, el acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee se había convertido en una amenaza real y concreta. Desde septiembre había hundido ocho mercantes aliados, obligando al Almirantazgo británico a dispersar grupos de caza en el Atlántico y el Índico para encontrarlo. El comodoro Henry Harwood, al mando del Ajax, del Exeter y del Achilles, sospechaba que el corsario alemán terminaría por asomarse a las rutas del estuario del Río de la Plata. Aquel amanecer del 13 de diciembre, la sospecha se volvió humo en el horizonte y luego en siluetas de guerra.
A las 6:14 de la mañana se avistó el buque enemigo. A las 6:18, el Graf Spee abrió fuego. El Exeter respondió a las 6:20, el Achilles a las 6:21 y el Ajax poco después. La acción principal duró unos 82 minutos y, aunque sobre el papel, el buque alemán era el más poderoso, la batalla no se decidiría únicamente por el calibre de sus cañones. Se decidiría también por la resistencia de quienes, dentro de los puentes, torres y compartimentos, siguieron combatiendo entre humo, metralla, sangre y acero roto.
De todos los relatos del 13 de diciembre, pocos tienen la fuerza inmediata del diario de Jack Cussen, el oficial médico principal del Exeter. Su testimonio no está construido desde la maniobra naval ni desde la perspectiva panorámica del mando, sino desde el interior de un buque que empezó a ser despedazado desde los primeros minutos. En sus apuntes, la batalla no aparece primero como historia, sino como una sacudida física. En segundos, el Exeter dejó de ser una plataforma de combate para convertirse también en un lugar de amputaciones, heridas abiertas, fuego y desorden:
Durante la taza de té del zafarrancho de madrugada en la Enfermería, el suboficial jefe de enfermería, los invitados y yo decidimos que “todo ese asunto del Scheer no era más que otro disparate”, y cuando se dio por terminado el zafarrancho hacia las 5:20 de la mañana, salí de la Enfermería para dirigirme a mi camarote.
Mientras avanzaba por cubierta, pensé que el Ajax, el Achilles y nosotros componíamos una escena casi de juguete en aquella aurora inmóvil y serena, como piezas con las que cualquier comodoro pudiera jugar, mientras cada buque zigzagueaba sobre las aguas azules y ondulantes y mantenía perfectamente su puesto.
Antes de acostarme advertí al centinela de cubierta que me llamara a las 7:00 y luego cada diez minutos hasta que yo saliera de mi camarote, lo cual sería a las 7:30. Me pareció que apenas acababa de meterme en la litera cuando me despertó un tremendo golpeteo en la puerta, con el centinela gritando excitado:
“¡Zafarrancho, señor! ¡El Scheer a la vista!”
Salté de la cama, me vestí y salí del camarote; subí por la escala hasta la cubierta de botes, avanzando por estribor antes de darme cuenta plenamente de que era yo mismo quien iba a toda prisa, todavía aturdido por el sueño.
Justo cuando crucé el buque para entrar por la puerta del entrepuente de la Enfermería, advertí, por la aleta de babor, dos bocanadas de nube negra en el horizonte, que se fueron ensanchando hasta formar la silueta de las velas de un barco. Pero no se veía casco alguno. Me pregunté qué podía haber provocado un efecto de nubes tan extraordinario.
Entonces distinguí un objeto oscuro, achaparrado, como una torre, asomando apenas sobre el horizonte, justo por delante de aquellas nubes negras que derivaban hacia popa. La voz de un marinero que corría hacia su puesto de combate gritó:
“¡Ese es el Scheer; ha abierto fuego!”
Eso me sobresaltó. Me lancé por la puerta.
El entrepuente de la enfermería estaba lleno de hombres que se apresuraban hacia sus puestos de combate. La escala que subía al entrepuente superior y, de allí, al puente tenía un flujo constante de gente que subía. El jefe de enfermería, sin su chaquetón naval [reefer, en el original] y con las mangas de la camisa arremangadas, ofrecía un aire sumamente profesional mientras aguardaba a que llegara.
“¿El Scheer, señor?”
Y, al mismo tiempo, se ocupaba de repartir bolsas y cajas suplementarias de primeros auxilios a miembros de las dotaciones de los cañones y a los equipos de control de averías e incendios. El grupo de camilleros de primeros auxilios, compuesto por el maestro de armas, cocineros y camareros, se estaba reuniendo.
Apenas había cogido mi bolsa de primeros auxilios y me la había colgado al cuello cuando se oyó un golpe sordo y nauseabundo a proa.
“¡Nos han alcanzado!”
Siguió un silencio espantoso, aterrador. El buque pareció estremecerse.
“¡Han alcanzado el castillo de proa! ¡Está ardiendo!”
Cómo circulaban esas noticias era un misterio, pero siempre eran exactas.
Luego los acontecimientos se amontonaron y se confundieron en mi cerebro, y todo pareció suceder a la vez mientras yo permanecía en el umbral de la enfermería. Me trajeron una baja y le administré una inyección de morfina. La sangre se filtraba por la espalda de su camisa.
Le pregunté:
“¿Dónde le han herido?”
“En el brazo, señor”. Torniquete en el brazo.
“¿Hay muchas bajas en el puente?”
“Sí, señor. A todos les ha tocado. ¡Dios!”
Entonces abrimos fuego. La conmoción me embotó la mente. Apenas pareció que hubiéramos disparado muchas salvas cuando hubo otro golpe nauseabundo.
Se oyeron voces:
“Han alcanzado la torre B”.
“Han dado en el puente. Allá arriba los han dejado a todos aplastados”.
Una figura blanca, espectral, cayó por la escala y aterrizó a mis pies. Sangraba por un lado de la cabeza. Su uniforme de guardiamarina le quedaba varias tallas demasiado grande cuando lo levanté. Se apoyó en la escala y gimió:
“Ay, mi brazo, señor. Mi brazo”.
Su chaqueta de pijama, debajo de su chaquetón corto de faena [monkey jacket], estaba desgarrada y cubierta de sangre. Le dije a alguien que le atara un vendaje a modo de torniquete en el brazo. Le administré una inyección de morfina y luego se desmayó. Lo arrastré hasta los armarios junto a la puerta de la Enfermería y allí lo dejé.
“¡Jefe!”, grité. “¿Dónde está el brandy? Dele un trago a todos estos hombres de primeros auxilios. Tome uno usted también”.
Inmediatamente, todo el entrepuente de la Enfermería quedó sumido en una oscuridad total y se llenó de humo sofocante. Entró agua a raudales. Pronto nos cubría hasta los tobillos. Se movía de un lado a otro, lo que hacía que todo pareciera aún peor. Empezaron a llegar heridos en camilla. Los dejaban sobre cubierta.
La cubierta se puso al rojo vivo.
“¡Una torre está fuera de combate!”
Alguien dijo:
“¡Gas!” “Pónganse las máscaras antigás”.
Le pedí al jefe que me trajera mi máscara de gas de la oficina de la Enfermería. La sacó como si fuese un prestidigitador. Luego le dije que me consiguiera más morfina, “por si se acaba este frasco”.
Me quité el chaquetón corto de faena y la gorra y las puse encima de un armario porque me daban mayor libertad de movimiento.
Me puse la máscara, pero no me protegía del humo. Era horrible. La gente se atragantaba, tosía y se estremecía. Todo se volvió muy oscuro.
“¿Puede alguien decirme qué está pasando?”, grité. “¿Por qué está tan condenadamente caliente esta cubierta?”
El maestro de armas dijo:
“Hay un incendio en la cubierta de servicio”.
“¿Pero de dónde sale toda esta agua? ¿No hay esperanza de contenerla?”
El jefe apareció y se quedó de pie, tanteando, jadeando y aturdido en la puerta de la Enfermería.
Un proyectil de once pulgadas acababa de atravesar la parte de proa de la Enfermería, situada casi debajo de la torre B, y había salido por su costado de estribor sin explotar. Pero causó un enorme daño. Cortó la calefacción, la luz y el agua; destrozó todos los utensilios y la mayor parte de las camillas. Varias esquirlas provocaron fugas en la cubierta superior, por donde el agua cayó a torrentes, empapando aquella mañana la ropa de cama y a los pacientes tres veces, procedente de las mangueras que combatían las llamas arriba. La Enfermería se llenó de humo y vapores asfixiantes.
El maestro de armas dijo:
“Ese último proyectil ha atravesado la Enfermería”.
Acercándose para auxiliar al jefe, le preguntó:
“¿Está herido, Charlie? ¿Se encuentra bien?”
El jefe asintió.
“Bien, gracias”.
Había tenido una escapatoria maravillosa. La fuerza del paso del proyectil lo lanzó al suelo y lo dejó aturdido momentáneamente. Las dos botellas de morfina se rompieron al caer. Se acercó a mí, protegiéndose el rostro con las manos debido a los humos.
“¿Dónde está la morfina?”, bramé.
Él levantó las botellas rotas.
“¡Infierno, las ha roto! Tráigame otra caja de ampollas de morfina. ¡Rápido!”
Sin vacilar, desapareció en la negrura de la Enfermería.
Vi a un suboficial en los entrepuentes que yo sabía que pertenecía a la dotación de los cañones de alto ángulo (H.A., equivalente naval de la artillería antiaérea).
Confusamente le pregunté: “¿Qué hace usted aquí?”
“Los cañones H.A. están fuera de combate. Nos han dicho que busquemos refugio, señor”.
“¿De dónde demonios sale toda esta agua?”, le pregunté.
Alguien dijo:
“De una tubería reventada al final de los entrepuentes de la Enfermería”.
“¿Nadie puede cerrarla? Pronto tendremos que hacer respiración artificial a algunos de los heridos en camilla, tendidos en el suelo de la Enfermería, si el agua sigue subiendo”.
Otro marinero dijo:
“Alguien ha ido a avisar a la sala de máquinas”.
Más tarde, durante una pausa en la acción, trajeron heridos en camilla. Pronto la zona quedó abarrotada. En combate, cuando hay bajas graves, suele ocurrir que los compañeros de rancho y de buque no reconozcan a sus camaradas cuando los traen. Los rostros ennegrecidos por las quemaduras, con el pelo completamente chamuscado; la tez grisácea y mortalmente pálida del shock severo; la cara contraída por la agonía de un miembro destrozado. Bastaba para espantar a cualquiera.
Aquello afectó tanto a los más jóvenes del equipo que tuvieron que retirarse temporalmente y se sintieron aliviados al volver a sus cometidos en otras partes del buque. Así pues, el jefe y yo fuimos los únicos que quedamos en las primeras etapas para seguir adelante.
En la parte de popa del buque, el teniente cirujano y su personal tenían la situación bien controlada en la cámara, en la cámara de guardiamarinas y en el camarote de día del capitán.
Empecé a sentir frío. Mi camiseta interior ligera de punto [chain-breaker vest] no me protegía de la brisa; o quizá era el resultado de la reacción nerviosa. Aquellos golpes sordos, la conmoción y el trueno de nuestros cañones eran como si alguien estallara una bolsa de papel junto a los oídos y, al mismo tiempo, te golpeara la coronilla con las manos abiertas. Nada gracioso.
Si alguien hubiera dado la orden de abandonar el buque, yo habría corrido como una liebre. Y, sin embargo, también pensaba en los heridos.
¿Cómo rescatarlos? ¿Dónde podríamos llevarlos? Todos los botes estaban destrozados o acribillados. Solo las balsas estaban en condiciones de navegar. Habría tenido que volver por los heridos. Pero mi primer impulso era correr.
Durante un rato no hubo más bajas, así que me quedé inactivo. Empecé a preocuparme. La ansiedad por la espera insoportable comenzó a irritarme. Ojalá pudiera averiguar qué estaba ocurriendo. Pregunté a varios, pero nadie lo sabía. Se me cayó la lima de las ampollas de morfina. Abrí otras dos cajas en busca de una lima, pero no había ninguna.
Por fin pasó el comandante. Me entregó su frasco de morfina y la jeringa, diciendo: “Será mejor que se quede con esta”.
Cómo deseé que existiera una jeringa en la que se pudieran introducir las ampollas en el cilindro, como un cartucho, y accionar el émbolo como el gatillo de un arma, de modo que, al inyectarse el líquido, el vidrio saliera expulsado. Cuánto tiempo y esfuerzo ahorraría si ahora no pudiera romper con los dedos el cuello de la ampolla. El suboficial H.A. pudo hacerlo por mí y sostenerla firme mientras yo introducía la aguja de la jeringa por el orificio y extraía el contenido.
Mientras tuviera algo que hacer, estaba bien, pero la interminable espera entre un herido y otro resultaba de lo más irritante y molesta. Las palmas de las manos me ardían y se me enfriaban a la vez. Deseaba poder fumar, pero no fumo. No tenía chicle ni caramelos a aquella hora tan temprana.
Ojalá pudiera asomarme y ver y saber algo del combate, pero sentía que, si sacaba la nariz por la puerta por curiosidad, la curiosidad sería la causa de mi muerte o me premiaría con una herida. Y entonces, ¿sería justo correr tal riesgo para la dotación? Nos faltaban un médico y cuatro enfermeros en la dotación de guerra.
Sentía que estábamos recibiendo una paliza infernal, como si uno entrara en un ring de boxeo contra un adversario mucho más grande y pesado que, después de todo el entrenamiento previo, te golpeara —uno… dos— antes de que hubieras alzado la guardia, antes de que estuvieras completamente listo, justo después de haberte estrechado la mano. En esta pelea no hubo: “¡Fuera los segundos del ring! Primer asalto… ¡tiempo!”. Parecía injusto.
Era imposible darse cuenta de que aquello era realmente la guerra. Nos estaban matando y, sin embargo, matábamos para preservarnos. Pero no sentíamos odio ni exaltación.
Existía la teoría de que la primera salva alemana siempre era una horquilla, debido a la superioridad de sus telémetros. ¿Era su puntería tan inmensamente superior a la nuestra?
“Vamos a lanzarnos sobre él. Estamos cerrando con el enemigo”.
“¿Dónde demonios están el Ajax y el Achilles?”
“Oh, se han largado de aquí”.
“Han alcanzado la torre A. Tu amigo Clarkson ha caído”.
“Siete Royal Marines muertos en la torre B, entre ellos Blandford y Mills”.
“¿Mills?”
“Sí, Mills”.
“No tenía por qué estar allí. Su puesto era en la santabárbara de la torre B”.
“Sí, pero lo pusieron en la torre como sustituto del cabo Marsh, que estaba en la Enfermería, y él también ha caído”.
Una figura se acercó y me habló.
“¿Puede subir al puente? Hay uno o dos que quizá podrían salvarse si recibieran primeros auxilios rápidamente. Están sangrando y tienen dolores horribles”.
“Lo siento. No puedo dejar esto. No me está permitido abandonar mi puesto de combate hasta que termine este lío. Pero, até ese vendaje firmemente por encima del punto de sangrado e intente detener la hemorragia”.
La figura se alejó.
Otra figura habló: “¿Podría venir a la cintura? A un muchacho le han arrancado la pierna”.
Otra dijo:
“¿Podría venir a ver al suboficial tal? Está gravemente quemado”.
Luego vino otro mensajero, y luego otro.
Un hombre, lívidamente pálido y enfermo de náusea, se apartó de un grupo en la entrada de la Enfermería, se cubrió el rostro con las manos y gritó con voz agonizante: “Cristo… ¡Oh, Jesucristo!”
La multitud retrocedió y me miró con aprehensión. Avancé por el hueco que habían abierto para mí y crucé el umbral de la puerta.
Un muñón rojo, en carne viva y chorreante, del antebrazo izquierdo sobresalía por delante; una driza de bandera estaba firmemente atada alrededor del codo. El brazo derecho estaba cubierto con la bandera y sostenido por un compañero que caminaba junto al herido. Lo miré. Su rostro estaba gris, cubierto de sudor y de gotas de aceite. Gemí: “¡Oh, pobre Russell!”, y corrí hacia él, rebuscando en mis bolsillos la morfina. A su compañero le dije:
“Siéntelo en el armario”, señalando el armario bajo la escalera.
[Russell era un Royal Marine que había estado en la torre A cuando ésta fue alcanzada].
“Oh, estoy bien”, dijo Russell. “Estoy bien”.
Le puse un cuarto de grano de morfina y se sentó en el armario. Luego levanté con aprensión la bandera empapada de sangre que cubría su antebrazo derecho. Gracias a Dios, seguía allí. Aunque tenía una herida de entrada y salida amplia cerca de la articulación del codo. Examinarla y moverla le causaban un dolor insoportable.
Pero ¿estaba intacta la articulación del codo? Lo ayudamos, avanzando lenta y dolorosamente, arrastrando los pies, entre muchos gritos de ánimo: “Despacio, viejo. Despacio. Lo estás haciendo bien, Aubrey. Lo estás haciendo muy bien”.
Finalmente logramos llevarlo hasta la Herrería y lo tendimos en un rincón entre toda aquella chatarra de hierro. Era un puesto de cura improvisado y rudimentario, pero él agradeció el abrigo.
“Se está escapando de nosotros. El Spee se está escapando, muchachos. Ya está bien ahora. Entraré y me tumbaré para ustedes” —murmuró entre labios blanquecinos.
Estábamos haciendo una enorme cortina de humo. Vi una gran columna de agua elevarse por nuestro costado de estribor, revelada por el humo. La humareda se extendía como una enorme salchicha negra muy atrás de nosotros. Apareció un avión. Voló bastante cerca y en silencio debido a la sordera causada por el fuego de artillería. Parecía sostenido por una cuerda, como una cometa.
“Es el avión del Ajax… un Seafox, por lo que parece”.
Su lámpara hizo destellar un mensaje. Entonces volvimos a virar hacia el Spee.
“Seguimos tras él. Vamos tras el Spee”.
“Cristo, ¿es que no hemos tenido ya bastante?”, dije. “¿Cuándo, en nombre de Dios, vamos a recoger a los heridos?”
Una voz dijo con gran serenidad y calma: “Es tradición de la Marina combatir mientras quede un cañón en servicio. La torre Y sigue firme, y uno de los cuatro cañones H.A. sigue intacto. Debemos continuar en la lucha”.
“Estamos cambiando de rumbo otra vez”.
“Nos estamos alejando”.
“El Ajax y el Achilles retoman la pelea. El Ajax está disparando ahora”.
Se me acercó un mensajero mientras observaba el avión.
“Del capitán, señor. ¿Quiere ir ahora a atender a los heridos del puente, por favor, señor?”
Regresé a la Enfermería. Estaba abarrotada, con el grupo de primeros auxilios achicando el agua por las portas y ayudando a secar el lugar.
Comenzaron a llegar más heridos. Las seis camas estaban ocupadas. Había heridos en camillas sobre la cubierta. Era difícil moverse en la Enfermería sin pisar a alguien.
Salí al entrepuente y subí la escala al entrepuente superior.
Había dos figuras en el rincón de estribor que habían caído desde la cubierta de señales de arriba, unos doce pies de altura. Una había perdido ambos muslos y avanzaba, tambaleándose, sobre los muñones. Los pantalones estaban completamente desgarrados. Cayó atravesado en el umbral del camarote de mar del capitán. Intentó hablarme. Sus labios se movieron, pero no salió sonido alguno. Era de un gris ceniciento. Le administré una fuerte inyección de morfina.
Iba a atarle un torniquete alrededor de cada muslo, aunque la hemorragia era escasa, pero dio un estremecimiento convulsivo y la cabeza le cayó hacia atrás. Lo cubrí con una bandera hecha jirones. Pobre diablo. Había tenido muchos tropiezos con la bebida y llevaba muchas semanas absteniéndose. Sus 87 libras en efectivo halladas en su caja de servicio eran, en sí mismas, prueba del enorme esfuerzo que había hecho por mantenerse sobrio.
La otra figura yacía al pie de la escala. Le faltaban ambos muslos y el brazo izquierdo.
“Dios mío, ¿eres tú? Y hace apenas unos días jugábamos al hockey juntos”.
Murió cuando estaba a punto de administrarle una inyección de morfina.
El puente, con el techo y los costados perforados como un cedazo, era una carnicería. Los muertos yacían como si una melé de rugby hubiera caído unos sobre otros. Los dos cornetas, de 16 y 17 años, estaban abrazados el uno al otro. Los cuerpos yacían en charcos de sangre. La muerte había sido instantánea, toda por heridas en la cabeza.
McBarnett gritó con fuerza y brusquedad: “Bien. Lleven a todos los muertos a la puerta de popa”.
Un joven marinero gimió: “Mi pierna. Mi maldita pierna”.
Una fractura de fémur, un torniquete y una inyección de morfina fueron, por el momento, la atención suficiente para él.
Le puse una inyección de morfina al suboficial Truman, que estaba sorprendentemente animado, considerando que tenía un hueso roto en la pierna derecha y un fragmento de metal en el ojo izquierdo.
Luego bajé por las escalas hasta los heridos que esperaban en la Enfermería.
La Enfermería, o el hospital, estaba llena: había heridos colocados en todos los rincones disponibles; incluso en la Herrería colgaban un par de heridos en sus hamacas, en aquel rincón mugriento.
Entonces se produjo una pausa tras los setenta minutos anteriores de batalla, con su disciplinada actividad febril. El capitán dio la orden de repartir la ración de ron, y cada oficial y marinero recibió una doble medida a bordo. Una celebración tradicional de la victoria desde tiempos inmemoriales.
Si deseas saber más, visita la página de la revista Journal of Military and Veterans’ Health [Revista de Salud Militar y de Veteranos].
A las 11:05, Harwood ordenó al Exeter que se dirigiera a las Malvinas. Muy escorado y con incendios aún ardiendo, pudo mantener una velocidad de unos quince nudos por hora. Durante los tres días de navegación, se dedicó tiempo para intentar reparar todos los daños posibles. Había perdido 62 oficiales y hombres durante la acción.
A bordo del Achilles, la batalla empezó con el desconcierto antes que con el heroísmo. Bob Harvey recordaría después que la tripulación ya había cumplido sus puestos de combate al amanecer, como de costumbre, y había vuelto a sus hamacas por unos minutos más de descanso. Cuando sonaron de nuevo las alarmas, muchos creyeron, al principio, que simplemente habían tardado demasiado en reaccionar la vez anterior. Solo al subir comprendieron que aquello no era un ejercicio, sino el inicio del combate:
No tuvimos mucho tiempo para pensar. Nos habíamos levantado temprano para ocupar los puestos de zafarrancho al amanecer, algo que hacíamos todas las mañanas en tiempo de guerra; era antes del radar, claro está, y nosotros no teníamos radar.
El horizonte parecía despejado cuando volvimos a bajar y regresamos a nuestras hamacas para dormir otra media hora.
De pronto volvieron a sonar las alarmas del zafarrancho, y pensamos que quizá habíamos sido demasiado lentos la primera vez y que ahora tendríamos que hacerlo otra vez, pero con más rapidez.
Así que todos saltamos de las hamacas y corrimos a nuestros puestos de combate.
Cuando llegamos arriba, recuerdo siempre entrar por la puerta del compartimento interior y ver a Henry Page, que acababa de bajar por la escala desde el interior de la base de los montajes, agitando los brazos en un movimiento ovalado mientras decía:
“Están pasando por encima… están pasando por encima.”
No llegué a comprender del todo lo que estaba ocurriendo, pero todos habíamos sido adiestrados para desempeñar una tarea concreta y nos pusimos a ello de inmediato.
Además, siendo tan jóvenes, no nos tomábamos la vida demasiado en serio y todo nos parecía una gran emoción; era algo nuevo. Nos habían adiestrado para cumplir un cometido y, en la práctica, lo hicimos casi automáticamente.
No fue hasta después cuando comprendimos que podrían habernos matado.
Recuerdo que, en un momento dado, estaba trabajando en aquel compartimento —era como una caja cuadrada que rodeaba la base de la estructura móvil de la torre artillera— y solo tenía una pulgada de espesor. Se suponía que era acero blindado, pero una pulgada de acero blindado no habría servido de mucho si algo hubiese atravesado aquello.
Y eso quedó bien demostrado por las esquirlas en la estructura del puente, donde había, arriba, un blindaje especial y, aun así, lo atravesaron de parte a parte.
En cuanto entramos en el compartimento, nos dimos cuenta de la urgencia. La bomba estaba funcionando y, cuando uno entraba allí —lo mismo ocurría con la dotación de la torre—, todo vibraba y latía; uno sabía que algo serio estaba ocurriendo cuando la bomba iba en marcha y la vieja torre ya estaba girando sobre su montaje.
En aquel momento estaba apuntando y nosotros empezamos a cargar de inmediato.
La torre subió y comenzaron a disparar prácticamente en el acto.
Nosotros solo oíamos lo que nos llegaba por hombres como el viejo Henry Page, quien nos dio la primera noticia, y cualquier otra información que se filtrara poco a poco, porque no teníamos teléfonos en aquel compartimento.
De modo que nos limitábamos, sencillamente, a hacer nuestro trabajo.
Más tarde, a medida que avanzaba la mañana, fueron llegando aquí y allá algunos datos más, y acabamos formándonos una idea vaga de lo que ocurría allá arriba.
Y, naturalmente, cuando hubo una pausa en la acción —creo que estuvimos disparando durante alrededor de una hora y veinte minutos—, pudimos salir.
Hacia las siete y cuarenta, aproximadamente, pudimos subir a cubierta.
Habían ordenado aquella pausa porque el combate se había interrumpido. El problema era, claro, que solo disponíamos de una cantidad determinada de munición y, si disparabas tan deprisa como estaban disparando aquellos buques, corrías el riesgo de quedarte sin ella, y no podíamos permitirnos eso.
Cada pieza llevaba solamente unas doscientas o doscientas cincuenta granadas, y al ritmo al que estaban disparando consumían la munición con enorme rapidez, sobre todo las torres de proa, porque eran las dos que casi todo el tiempo podían batir al enemigo, lo cual era completamente normal.
Así que, durante aquella pausa, trasladaron parte de la munición —proyectiles y cargas de cordita— desde las torres de popa hasta las de proa.
Era una maniobra completamente normal a bordo.
Durante ese primer respiro también empezamos a recibir algunos informes sobre cómo iba el combate. Nos llegaban noticias desde el avión del Ajax acerca de la caída de los disparos, y este estaba transmitiendo informes bastante alentadores sobre el tiro contra el Graf Spee; aunque, como luego nos ha contado la historia, el número de impactos en relación con el número de proyectiles que disparamos no fue muy elevado.
Pero sí le causaron bastante daño y un daño que afectó mucho a la dotación del buque enemigo.
Un par de veces más a lo largo del día tuvimos alarmas, pero no volvieron a abrir fuego. Se mantuvieron a distancia, sabiendo que él se dirigía hacia la costa.
El Achilles no recibió un impacto directo, pero una cosa es no ser alcanzado y otra muy distinta no sufrir el fuego enemigo.
Tuvimos un proyectil de once pulgadas que estalló cerca del puente; y, por cierto, eso ocurrió muy cerca de donde estábamos nosotros, en la torre B.
Las esquirlas de aquella explosión, la metralla, atravesaron el puente y penetraron en la torre de dirección de tiro. Mataron a un par de hombres allí arriba, hirieron gravemente a otros dos e hirieron también al capitán en el puente, así como al jefe de señales, quien más tarde perdería una pierna a consecuencia de ello.
Esa metralla puede causar estragos espantosos. Son fragmentos de metal irregulares, despedidos con una fuerza comparable a la de cualquier bala, y además trozos grandes de metal, de tamaños muy diversos.
Cosas espantosas, la verdad.
Si deseas saber más sobre este testimonio, visita New Zealand History, donde puedes encontrar el audio y la transcripción de la entrevista a Bob Harvey, así como la historia oficial neozelandesa del combate.
En el Ajax, la batalla también tuvo una dimensión interior, casi claustrofóbica. El testimonio de Samuel Shale conserva precisamente esa perspectiva: no solo la visión del combate a distancia, sino la experiencia de la torre, de la munición, del espacio cerrado donde una avería o un impacto podía transformar el puesto de combate en una trampa mortal:
Poco después de las 6:15 de la mañana de aquel 13 de diciembre sonó el zafarrancho y supimos que algo estaba ocurriendo. Lo único que se veía en aquel momento era una mancha de humo en el horizonte. Yo iba vestido con pantalón corto y zapatillas de gimnasia y eché a correr hacia mi puesto de combate. Cuando llegué arriba, a lo alto de la escala que conducía a la torre X, una enorme andanada cayó a unas cincuenta yardas por la popa del Ajax.
En cuestión de segundos, ya estábamos en la puerta posterior de la torre X y, dentro, empezamos a cargar y disparar nuestros cañones de seis pulgadas.
Durante la acción, el Exeter, al ser el mayor de los tres buques británicos, fue enviado a investigar. Rompió la formación y tomó un rumbo distinto; entonces pudimos verlo recibir, una y otra vez, los impactos de proyectiles pesados. Los tres buques siguieron disparando y nosotros alteramos el rumbo para atraer parte del fuego enemigo.
Fue entonces cuando alcanzamos la torre de control del Graf Spee, dejamos fuera de servicio algunos de sus cañones secundarios y vimos incendios en su cubierta alta. Mientras tanto, el Exeter había sido castigado una y otra vez y ya sufría numerosas bajas. Poco después se lanzó una cortina de humo para cubrir su retirada del combate y permitirle poner rumbo a las Malvinas.
A mi memoria, el Exeter no estuvo en acción más de quince o dieciocho minutos, y cuando se alejó iba destrozado, con muertos por todas partes y el puente hecho trizas.
En nuestro caso, durante ese periodo, hicimos todo lo que pudimos para asegurar la torre. Después recibimos la orden de abandonarla. Al salir, descubrimos que la metralla no solo había matado a todos los hombres situados bajo la torre X en el momento de la explosión y a todos los del compartimento de alimentación de munición, sino que además había seguido su camino, atravesando otra parte del buque y dejando fuera de combate la torre Y.
La torre Y ya no podía girar debido a los agujeros abiertos en la barbeta. Así que las dos torres de popa habían quedado inutilizadas. Nos ordenaron bajar para ayudar con los muertos.
Cuando uno veía aquella carnicería, parecía un milagro haber salido con vida. Había grandes boquetes, dedos, ojos y brazos incrustados en el blindaje alrededor del compartimento de alimentación. Los hombres habían sido literalmente volados en pedazos. Y cómo no nos fuimos con ellos, todavía hoy no lo sé.
Aquel compartimento estaba justo debajo de nosotros. En una torre, la munición se almacena por debajo de la línea de flotación; por encima viene el compartimento de alimentación, donde los proyectiles suben y circulan, y más arriba la propia torre, con los dos cañones, el de babor y el de estribor. Fue allí donde mataron a todos esos hombres.
Por entonces el Graf Spee rompió el contacto y empezó a alejarse. Más tarde supimos que, entre las maniobras de zigzag y otros factores, aparentemente habíamos logrado un impacto directo en su enfermería, donde varios de sus hombres estaban siendo atendidos. Al destruirle la enfermería, perdió de golpe sus suministros médicos y se retiró hasta unas quince millas de distancia, interrumpiendo de hecho la acción, aunque de vez en cuando todavía soltaba algunos de sus proyectiles pesados para mantenernos a raya.
Algunos cayeron bastante cerca, pero ya no nos causaron daños adicionales. Aquello continuó durante el resto del día. Nosotros seguimos persiguiéndolo, pero a distancia, porque siempre podía superarnos en alcance y pegada. Sus proyectiles alcanzaban mucho más lejos que los nuestros. No había modo de acercarse demasiado.
Una vez que todo aquello se había aclarado, los infantes de marina de la torre X fuimos redistribuidos para abastecer de munición a las dos torres que quedaban operativas: las de proa, la A y la B. Seguimos con nuestro trabajo mientras el Graf Spee se mantenía a la distancia.
Fue durante ese periodo de calma relativa cuando nos formaron silenciosamente en la toldilla para despedir a nuestros compañeros y amigos, quienes fueron enterrados en el mar de manera tradicional. Uno de ellos era mi viejo amigo, el cabo Bashford, que murió en el lugar donde yo debía haber estado. Es alguien a quien uno no puede olvidar, por muchos años que pasen.
Si deseas saber más, escucha la entrevista completa del Imperial War Museum con Samuel Shale.
Entre los testimonios alemanes sobre la batalla del Río de la Plata, el del doctor Hans Dietrich ofrece una perspectiva especialmente valiosa: la de un oficial del Graf Spee que vivió el combate desde el interior del buque y que, décadas después, recordaría la impresión que le causaron la agresividad y la rapidez del fuego británico. Su relato, breve pero elocuente, transmite no solo la confusión inicial a bordo del corsario alemán, sino también el asombro que la cercanía y la cadencia de tiro del Achilles produjeron en el enemigo:
Yo me encontraba bajo cubierta y podía ver y oír algo, pero nada en particular. No tenía idea de quién estaba allí ni de lo que ocurría. Luego, poco a poco, fue quedando claro que había tres buques aliados.
Al principio no teníamos una sensación real de los proyectiles que estallaban contra los buques, porque nuestro alcance era mucho mayor. Mi puesto de combate estaba en la central de dirección de tiro de la artillería secundaria.
A medida que se acercaban, empecé a sentir las explosiones de los proyectiles. Resultaba asombroso, sobre todo, ver al Achilles aproximarse tanto en pleno combate. Disparaban a una velocidad fantástica.
Más tarde me dijeron que habían encontrado un proyectil sin explotar en la litera de un suboficial. Los marineros de la torre B del Achilles dijeron después que habían disparado con tal rapidez que ya no pudieron conseguir un proyectil real, de modo que tomaron uno de instrucción, y ese fue el que terminó en la litera.
Si deseas saber más, visita la National Library of New Zealand, que alberga una copia digital de The White Ensign [La enseña blanca], la revista del Museo de la Marina Real de Nueva Zelanda en su edición conmemorativa de la batalla del Río de la Plata.
Desde el lado alemán, el 13 de diciembre no fue sólo el encuentro de un corsario con tres cruceros inferiores, sino también el momento en que una cacería oceánica se convirtió en un combate cerrado y costoso. Los británicos habían conseguido lo esencial: obligar al Graf Spee a combatir, dividir su fuego y pagar con daños reales cada minuto de superioridad artillera. La batalla no destruyó al buque alemán en alta mar, pero sí alteró el curso de su campaña.
Al final de aquellos ochenta y dos minutos, ninguno de los contendientes podía proclamarse intacto. El Exeter se alejaba deshecho; el Ajax y el Achilles seguían a distancia, con la obstinación de quienes habían resistido a un enemigo más poderoso, y el Graf Spee, también dañado, buscaba refugio en aguas neutrales. La batalla del Río de la Plata no había concluido del todo: simplemente había dejado de ser un duelo en mar abierto para convertirse en la antesala de otra decisión, aún más trascendental, que se resolvería días después frente a Montevideo.
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El HMS Exeter fotografiado tras la batalla del Río de la Plata. En la imagen se aprecian los graves daños sufridos en la proa, las torres delanteras y el puente, testimonio visible del castigo que recibió el crucero británico en los primeros compases del combate del 13 de diciembre de 1939.
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Daños de metralla en la torre de control del Admiral Graf Spee, fotografiados en Montevideo tras la batalla. La imagen recuerda que, aunque el corsario alemán logró alcanzar un puerto neutral, el combate del 13 de diciembre lo había herido con una gravedad mayor de la que su silueta exterior dejaba entrever.

Vista del costado de babor del acorazado Graf Spee, a media eslora, tomada mientras estaba anclado en el puerto de Montevideo, Uruguay, a mediados de diciembre de 1939, tras la Batalla del Río de la Plata.
Nótese los restos calcinados de un hidroavión Arado Ar 196A-1 sobre la catapulta del buque, los cañones de costado de 15 cm, la grúa para lanchas y aeronaves, el director de tiro de la batería de artillería secundaria (a la izquierda) y los daños en el casco lateral causados por fragmentos de proyectiles.









