Tan pronto como la guarnición estadounidense en Corregidor se rindió a principios de mayo de 1942, los japoneses comenzaron a transportar prisioneros estadounidenses desde el Fuerte Hughes a “La Roca” -como se le denominaba a la isla de Corregidor-.

 

Los japoneses no cometieron tantas atrocidades en Corregidor comparado con el gran número en Bataan durante la Marcha de la Muerte. No obstante, las marchas sin agua y comida eran práctica cotidiana de los japoneses. Paul D. Bunker, quien personalmente había arriado la bandera de las barras y las estrellas en Corregidor el 6 de mayo de 1942 para izar la bandera blanca de la rendición, describe elocuentemente los horrores de los prisioneros de guerra norteamericanos y filipinos que experimentaban a manos de sus captores japoneses:

Marcha tortuosa de prisioneros en Corregidor

Líneas de prisioneros de guerra norteamericanos y filipinos marchan sobre terreno desolado por las bombas, después de que la fortaleza de Corregidor fuera capturada por los japoneses, en mayo de 1942.

Domingo, 24 de mayo de 1942

 

A Parinaqua, Bilibid y Pasay.

 

Hacia el amanecer el barco se puso en marcha y se dirigió a Manila. Contemplé Corregidor con sentimientos encontrados. Muchos de nosotros dijimos que no queríamos volver a ver esas ruinas desoladas otra vez. Nuestra cubierta atestada serpenteaba con vida. Había agua potable caliente disponible y el soldado Robinson me hizo algo de té y otro soldado me proporcionó algunas salchichas de Viena.

 

El barco era lento. Otro carguero, con 2 cañones antiaéreos adelante, nos pasó y navegó hacia el Muelle 7. Nosotros nos desviamos a la derecha, hacia Parinaqua y anclamos. Mientras tanto, con toda la cubierta llena, ¡el loco Pyzick dijo que los nipones querían que nos formáramos en orden de Grupos y desembarcáramos en ese orden! Una imposibilidad manifiesta. Ahora trajeron al lado “botes de invasión” (botes de desembarco) y nuestros hombres abordaron con tropiezos a través de una pasarela y una escalera de Jacob adelante en el lado de babor y otra escalera de Jacob atrás en el lado de estribor. Estos botes navegan con la proa fuera del agua y son bastante rápidos. La proa amplia desciende para formar una rampa.

 

Al acercarse a la orilla, cerca de la playa de Parinaqua, nos echaron por la borda en aguas que nos llegaban al pecho de profundas y vadeamos a la playa con nuestras cosas sobre nuestras espaldas. Todavía no conocíamos nuestro destino. Nos formamos en la playa, pero los grupos estaban tan mezclados que sólo nos podíamos formar en una columna de cuatros, independientemente de Grupos. Al desembarcar, podíamos ver largas columnas de nuestros predecesores movilizándose al sur a lo largo de la playa hacia el camino principal. Desafortunadamente, el grupo entero estaba custodiado por caballería, no por infantería.

 

Después de un instante breve, algo así como 1, 000 de nosotros fuimos contados y retirados del camino principal, a la extensión al Boulevard Dewey y estuvimos sentados hasta que el grupo delante de nosotros salió en el calor hirviente, puesto que para ahora debió haber sido cerca del mediodía. Eché mi rollo de ropa al hombro y comencé, mi carga no parecía excesiva en ese momento. El asfalto en el pavimento se pegaba a nuestros zapatos que estaban, por supuesto, mojados en nuestros pies, haciendo ampollas.

 

Por suerte, el general Moore fue desembarcado en tierra seca con todo su equipaje y fue transportado con el mismo hasta nuestro destino.

 

Mientras continuábamos marchando, podíamos ver a filipinos curiosos siendo mantenidos a raya por guardias japoneses. Muchos nos sonrieron, pero no podíamos distinguir si era en burla o de otra forma. En el centro del poblado, más gente bordeaba las calles, pero estaba muy callada.

 

Mi carga, como estaba empapada de agua, continuó haciéndose cada vez más pesada y el soldado della Marva y Julian me liberaron de ella y la llevaron por mí por algunos cientos de yardas. Tres soldados tomaron turnos para cargarla y le ofrecí a uno de ellos, un hombre fornido, 20P [pesos filipinos] si la llevaba el resto del camino. Él rechazó la oferta, pero dijo alegremente que llevaría el paquete a nuestro destino. Eché la carga en mi hombro y la acarreé a nuestra primera parada, la cual estaba probablemente cerca del Hotel Admiral. Aquí, algunos de nosotros pudimos beber agua. Me entrevisté con el oficial japonés a cargo de nuestro grupo, señalando mí rastrojo blanco de barba y haciendo gestos que quería ser recogido por el camión de la Cruz Roja que estaba patrullando la columna. Me rechazó con brusquedad, ladrando “Siéntese”.

 

Nuestra parada fue sólo de unos cuantos minutos y entonces comenzamos de nuevo. Ahora sabía que no podía cargar ese rollo de ropa mucho más lejos, así que la abandoné donde la dejé caer y no tuve tiempo para sacar nada. Así continué, despojado de todos los artículos mundanos, ¡excepto lo que tenía sobre mi persona!

 

Incluso más aligerado, encontré el andar cada vez más difícil. Por lo que se podía ver, adelante, los prisioneros iban avanzando con dificultad, sin señal de detenerse para descansar. Caminamos hacia el Club de Elks, volvimos a la derecha en frente de la Vista de la Bahía, luego curvamos a la izquierda pasando el Ayuntamiento a la Oficina de Correos, sobre el puente y hacia Rizal o el Boulevard Quezon, todo esto sin descanso alguno. Para este momento estaba tambaleándome y pronto empecé sentir adormecerme. Los guardias nipones llegaron y me punzaron para que me levantara por un rato, pero no pude hacerlo. Me dieron una botella de un galón, vacía, y un estuche para máscara de gas y me insistieron que continuara. Después de soportar su hostilidad todo lo que pude, me volteé hacia ellos, abrí mi camisa rasgándola y, en un gesto melodramático, les indiqué que me dispararan y los mandé al carajo. Entonces me pusieron algún tipo de prueba (estaba aturdido y olvidé lo que era) para ver si en realidad quise decir lo que dije y luego hicieron algo extraño. Hicieron que me arrodillara, levantara mis manos sobre mi cabeza e inclinarme hacia atrás. Luego hicieron que me recostara en un pedazo de tierra en medio del boulevard y trajeron hielo y lo pusieron en mi cabeza y pecho. Ellos aclamaron a un camión que nos pasó. Por un momento pensé que los guardias me estaban llevando a una calle en la parte trasera para dispararme, como dijeron que lo habían hecho con 3 oficiales en Bataan en su marcha a San Fernando -cuando cayeron-. Pero, en su lugar, fueron muy bondadosos y mantuvieron hielo en mi cabeza y mi plexo solar (¡Cómo disfruté roer trozos de hielo y tragármelos!)

Si deseas saber más, lee “Bunker’s War: The World War II Diary of Col. Paul D. Bunker” [La guerra de Bunker: el diario de la Segunda Guerra Mundial del coronel Paul D. Bunker], editado por Keith Barlow.

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