La madrugada en que comenzó la guerra

El acorazado alemán Schleswig-Holstein abre fuego desde el canal portuario de Danzig contra Westerplatte, en la madrugada del 1 de septiembre de 1939. La imagen pertenece al registro visual alemán del ataque. (Foto cortesía de: Bundesarchiv)
En las últimas horas de agosto de 1939, Europa todavía conservaba la forma exterior de la paz. Había embajadas abiertas, visitas oficiales, saludos diplomáticos y comunicados que intentaban ganar tiempo. Pero en Polonia, y especialmente en Danzig, esa apariencia se había vuelto cada vez más frágil.
La Ciudad Libre de Danzig era uno de los puntos donde la tensión europea se hacía visible con mayor claridad. Allí, en una pequeña península boscosa entre el canal portuario y el mar Báltico, la Składnica Militar de Tránsito polaca de Westerplatte permanecía aislada, rodeada por territorio hostil, observada desde tierra y desde el agua. Su guarnición no estaba destinada a librar una batalla prolongada. Debía resistir el tiempo suficiente para que llegara ayuda.
Frente a ella se encontraba el acorazado alemán Schleswig-Holstein. Había llegado a Danzig bajo el pretexto de una visita de cortesía, pero su presencia ya no podía leerse como un gesto diplomático inocente. Para los defensores polacos, cada hora adicional de permanencia del buque en el puerto hacía más clara la amenaza.
La madrugada del 1 de septiembre, poco antes de que el resto de Europa comprendiera plenamente lo que estaba ocurriendo, la guerra llegó primero como sonido: explosiones de artillería, alarmas, teléfonos, motores, pasos en los pasillos. Franciszek Dąbrowski, segundo comandante de la guarnición de Westerplatte, recordaría así las últimas horas de espera y el comienzo del ataque:
El 31 de agosto llegaba a su fin. Al anochecer, como de costumbre, las posiciones “Prom” y “Przystań” ocuparon sus puestos. Por el terreno de la Składnica, de cuando en cuando, pasaban patrullas entre las garitas.
Hacia las veinticuatro horas salí de ronda con el capitán Słaby. Durante la ronda advertí que la rada ya estaba vacía y que el puerto parecía completamente muerto. Cuando estaba en la escalinata junto al muro rojo, en la zona de la garita II, una lancha policial navegaba por el canal vacío.
Al regresar, fui a ver al mayor y le informé de mis observaciones durante la ronda. Después me acosté, vestido, en una cama colocada en el despacho del comandante. Tengo el sueño muy ligero. Por eso oía claramente los pasos de las rondas que salían al vestíbulo del cuartel. De pronto… ¿Qué era aquello?…
Al amanecer, dos explosiones de proyectiles de artillería de gran calibre en nuestro terreno.
Me incorporé de un salto. Sí, era sin duda el Schleswig, que, de visita de cortesía en Danzig, nos hacía ahora sus “visitas” de una manera poco cortés y nada equívoca. Ya no había duda alguna: era la guerra, no un golpe de mano ni una provocación.
Siguió la alarma de la guarnición…
El mayor Sucharski tomó el teléfono y dio al oficial de servicio de la Składnica la orden de alertar a toda la guarnición. Al cabo de un momento, empezaron a sonar las campanas de alarma en las garitas y en los cuarteles.
Llamé a la posición “Prom”, al alférez Gryczman, para obtener una explicación sobre la situación en el antecampo. Gryczman informó que el muro estaba destruido. Le di la orden de abrir fuego en caso de que los alemanes entraran en el recinto de Westerplatte.
Después corrí escaleras abajo a la planta baja del edificio del cuartel. En el vestíbulo oí el sonido de nuestras ametralladoras. Era Gryczman, que recibía a los invitados no deseados con fuego…
Entré precipitadamente en la central telefónica para comprobar si aún teníamos conexión con la ciudad. Comprobé que la conexión con Danzig ya no funcionaba. Nuestro número había sido desconectado desde la central de Danzig.
La sorpresa alemana no había tenido éxito. La posición “Prom”, o más exactamente su reducida guarnición nocturna, ya estaba en preparativos para retirarse hacia el cuartel. Sin embargo, un disparo aislado de arma ligera antes de la primera salva del acorazado despertó la vigilancia del comandante de la posición. La guarnición nocturna no se retiró al cuartel y ahora contenía con fuego el avance de los alemanes que irrumpían en nuestro terreno.
Si deseas saber más, busca el título Wspomnienia z obrony Westerplatte [Recuerdos de la defensa de Westerplatte], del capitán Franciszek Dąbrowski. Esta es una obra polaca publicada en 1957 y puede encontrarse ocasionalmente en librerías de segunda mano, en catálogos bibliotecarios o en plataformas polacas de libros antiguos.
Lo que para Dąbrowski fue una cadena de órdenes, llamadas y posiciones defensivas, para otros defensores quedó fijado en imágenes más inmediatas: el ruido de los proyectiles, los árboles abiertos por la artillería, el terreno familiar convertido de pronto en campo de batalla. Ignacy Skowron, otro de los hombres de Westerplatte, conservaría esa impresión física del primer fuego alemán:
El buque navegó entonces hacia el canal y empezó a dispararnos proyectil tras proyectil. Vi árboles enormes partirse en dos.
El segundo día hubo tres ataques antes del mediodía. Respondimos al ataque y entonces escuchamos un ruido: había aviones sobre nosotros. Empezaron los bombardeos en picada y la caseta de guardia número cinco quedó completamente destruida. Murieron cinco soldados.
Si deseas saber más, visita BBC News, reporte de 2009 sobre Westerplatte e Ignacy Skowron.
Pero la guerra no comenzó solo donde había garitas, teléfonos militares, piezas de artillería y órdenes de abrir fuego. Mientras Westerplatte ardía bajo el bombardeo naval, otros polacos despertaban con un sonido que todavía no sabían interpretar. Para algunos, el primer signo de la guerra no fue un comunicado ni una orden, sino un avión que no debía estar allí, una ráfaga incomprensible, una vida doméstica quebrada antes de que las palabras alcanzaran a nombrar lo ocurrido.
Maia Wojciechowska recordaría aquel primer día desde la mirada de una niña. En sus memorias, la guerra entra primero en el cielo, luego en un campo, después en un automóvil, y finalmente en Varsovia, donde los bombardeos convierten la ciudad en una escena que todavía parece irreal para quien acaba de perder el mundo de la infancia:
Hoy era distinto. El sonido del avión ya se había ido cuando salí corriendo. Entonces escuché otro. No uno solo: varios aviones volaban sobre nuestras cabezas. Junto a mí estaba mi posesión más reciente, algo que él todavía no había visto: un cachorro de dóberman. El perro aún no tenía nombre. Era completamente nuevo, y yo lo amaba.
Ahora había otro avión. Levanté la vista, pero no era el suyo [de su padre]: no tenía los cuadros blancos y rojos bajo las alas. El avión descendió y voló bajo, paralelo a mi perro que corría. Bajó aún más, y hubo un sonido, un sonido que no entendí, un sonido que nunca había oído antes. Cuando mi perro saltó, lo vi por un breve instante sobre la hierba, bajo la sombra del ala del avión. Después el avión se elevó y se alejó.
Me quedé de pie en aquel campo, sin moverme, esperando que mi perro siguiera corriendo por aquel lugar soleado, que estaba al borde de mi mundo de verano, pero no lo veía por ninguna parte. Y no había sonidos: ni un solo sonido desde aquel ruido que yo empezaba ahora a comprender. Cuando empecé a caminar hacia adelante, ya sabía lo que iba a ver, y saberlo era malo, y quería retirar lo que sabía.
No enterré a mi perro. No lo toqué. Me aparté de él porque no se movía. Nunca tendría un nombre.
Subí a un árbol y me quedé allí sentada, tratando de no pensar en nada, tratando de no odiar. Pero intentarlo no sirvió de nada y odié: todo lo que sabía y todo lo que no comprendía. Odié a todos, especialmente a quienes ahora hacían ruido dentro de mi casa. Odié el automóvil que se había detenido frente a la casa, con el motor encendido, traqueteando. Y sobre todo odié la voz de mi madre llamando mi nombre y el golpe de las puertas al cerrarse. Y odié al verano por haber terminado tan de repente.
El coche me alejaba del campo donde mi perro yacía muerto y donde los buitres se lo comerían antes del mediodía. En el coche había una fuerte discusión sobre la guerra. Zbyszek, mi hermano de catorce años, insistía en que sin duda íbamos a ganar, especialmente porque pensaba alistarse en la Fuerza Aérea polaca. El hombre al volante opinaba que Polonia no tenía posibilidad de defenderse contra Alemania. Y mi madre, mientras se ponía un par de guantes blancos, expresó su incredulidad de que la guerra hubiera empezado en un momento tan inconveniente. Íbamos a volver a Francia la semana siguiente.
Y empecé a reír. Reí fuerte y a carcajadas porque, a los doce años, me alegraba de que mi país estuviera en guerra con gente que derribaba perros.
Estábamos en un apartamento del sexto piso en Varsovia. La vista desde allí era fantástica. Era demasiado buena para ser verdad. La gente, allá abajo, en la calle, corría en círculos; los automóviles, los autobuses y los tranvías se amontonaban, abandonados; había muebles y maletas por todas las aceras. A lo lejos ardían varios incendios. Las sirenas volvieron a sonar —yo empezaba a acostumbrarme a sus chillidos— y toda actividad se detuvo cuando el sonido de los aviones entró en el apartamento por las ventanas abiertas.
Pero yo no podía ocuparme de ella ahora. La vista desde la ventana era fascinante. Las casas se derrumbaban, las iglesias se desmoronaban. Alguien, quizá Dios mismo, había comenzado el juego más grande del mundo, y yo no podía esperar a participar.
Si deseas saber más, lee Till the Break of Day: Memories, 1939–1942 [Hasta el amanecer: memorias, 1939–1942], de Maia Wojciechowska.
El primer día de la guerra no tuvo una sola escena. En Westerplatte, comenzó con el Schleswig-Holstein disparando contra una guarnición aislada. En los puestos defensivos, comenzó con órdenes transmitidas por teléfono, con campanas de alarma y con hombres que corrían hacia sus posiciones. En la memoria de Skowron, comenzó con árboles enormes partiéndose bajo los proyectiles. En la de Maia Wojciechowska, con aviones en el cielo y un perro sin nombre que ya no se movía.
Aquella mañana, Polonia entró en la guerra en múltiples escalas a la vez. Hubo combate, bombardeo, mensajes de radio, puertos vacíos, carreteras confusas, casas abandonadas y voces que todavía no entendían del todo lo que ocurría. La historia recordaría Westerplatte como símbolo de resistencia; pero el 1 de septiembre también fue el día en que la guerra atravesó campos, ciudades, familias y veranos que terminaron de golpe.
Desde esa madrugada, la Segunda Guerra Mundial dejó de ser una crisis europea y se convirtió en una experiencia humana inmediata. Para unos, sonó como artillería naval. Para otros, como sirenas. Para otros, como los motores de avión. Y para una niña, primero, como un ruido que todavía no sabía nombrar.
Escenas contemporáneas del bombardeo del acorazado alemán Schleswig-Holstein contra la península de Westerplatte, en Danzig, Polonia, el 1 de septiembre de 1939.

Restos del terreno defensivo de Westerplatte tras los combates de septiembre de 1939. Los árboles destrozados, las posiciones dañadas y el paisaje arrasado ayudan a visualizar el tipo de fuego naval, terrestre y aéreo que soportó la guarnición polaca. (Foto cortesía de: Bundesarchiv / Wikimedia Commons).
Filmación de época del Schleswig-Holstein abriendo fuego contra Westerplatte y de otras escenas de la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939. El material procede de registros alemanes de guerra y debe entenderse como un documento visual contemporáneo, no como un relato neutral del ataque.

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