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Járkov queda al alcance

Tropas de la 89.ª División de Fusileros de la Guardia avanzan por las calles de Bélgorod.j

Tropas de la 89.ª División de Fusileros de la Guardia avanzan por las calles de Bélgorod, recién recuperada por el Ejército Rojo el 5 de agosto de 1943. La caída de Bélgorod abrió el camino de la ofensiva soviética hacia Járkov en los días posteriores a Kursk. (Foto: Ministerio de Defensa de Rusia / Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

En sus memorias de mando, Iván Konev volvió al verano de 1943 como al momento en que la batalla de Kursk dejó de ser solamente una victoria defensiva. Para el comandante del Frente de la Estepa del Ejército Rojo, la operación no se concluía con la contención de las fuerzas alemanas ni con la recuperación de Bélgorod. El siguiente problema estaba ya delante de sus tropas: Járkov.

La ciudad no era un objetivo cualquiera. Era un gran nudo ferroviario y carretero, una ciudad industrial de primera importancia y una de las llaves de entrada a Ucrania oriental. Pero también era una ciudad que ya había cambiado de manos varias veces durante la guerra. Cada avance sobre ella arrastraba consigo una memoria de fracasos, contraataques, combates urbanos y destrucción.

El 10 de agosto de 1943, Konev no veía Járkov como una conquista simbólica inmediata, sino como una operación que debía resolverse antes de quedar atrapada en sus calles. En su relato, la preocupación central no era solo entrar en la ciudad, sino quebrar la agrupación alemana en los accesos, aislarla de sus reservas blindadas y evitar, en la medida de lo posible, una lucha prolongada en el espacio urbano.

La fuente que sigue no es un diario contemporáneo, sino una memoria soviética de posguerra. Conserva la perspectiva de un comandante, el lenguaje de una obra publicada en la Unión Soviética y la mirada retrospectiva de quien escribe desde la victoria final. Pero el núcleo del pasaje está anclado con precisión en esta fecha: el 10 de agosto, según Konev, fue emitida la directiva para tomar Járkov​:

Todos esos días, las tropas del frente desarrollaron acciones de combate activas. No hubo respiro. Se presionaba al enemigo sin interrupción, se lo expulsaba de nudos fortificados, se lo golpeaba con artillería y aviación. Lenta, pero firmemente, las tropas del frente avanzaban para acercarse estrechamente a la ciudad.

Por supuesto, habría sido bueno no solo expulsar al enemigo de la ciudad, sino también rodearlo. Sin embargo, hay que decir que el rodeo de un centro tan grande como Járkov, con el cerco completo y la disposición de nuestras tropas en aquel momento, habría estado ligado a grandes destrucciones. Eso quedó claro cuando aún estábamos en los accesos a la ciudad. El enemigo todavía disponía entonces de grandes fuerzas de tanques y maniobraba continuamente con ellas; por eso, el cerco de Járkov era una tarea difícil para el frente. El Frente de Vorónezh podía habernos ayudado en esto, pero se había enredado en combates de tanques cerca de Bogodújov. El Frente Suroccidental podía haber realizado un amplio movimiento envolvente, pero para ese momento, por desgracia, la ofensiva de ese frente no había recibido desarrollo.

El 8 de agosto, a petición mía, por decisión de la Stavka, nuestro frente recibió al 57.º Ejército del Frente Suroccidental.

El 10 de agosto emití la directiva para tomar Járkov. Su idea principal consistía en derrotar en los accesos a Járkov, en campo abierto, a la agrupación enemiga que defendía la zona de la ciudad. Comprendíamos claramente que la lucha dentro de una ciudad tan cuidadosamente preparada para la defensa exigiría a las tropas enormes esfuerzos, estaría cargada de pérdidas considerables de personal y podía adquirir un carácter prolongado. Además, los combates en la ciudad podían causar pérdidas innecesarias entre la población civil, así como la destrucción de edificios residenciales y de las empresas industriales que habían sobrevivido. Había que hacer todo lo posible para dividir y derrotar por partes, en condiciones de campo, a la agrupación enemiga; privarla de la cooperación con las tropas de tanques que lanzaban el contraataque en la zona de Bogodújov; aislar la ciudad de la llegada de reservas blindadas procedentes del oeste.

En comparación con el plan inicial de la operación, el plan para tomar la ciudad fue precisado y consistía en lo siguiente: el 5.º Ejército de Tanques de la Guardia, bajo el mando del general P. A. Rotmistrov, debía golpear al oeste de Járkov, hacia Korotich y Liubotín. El objetivo del golpe era cortar las vías de retirada del enemigo hacia Poltava y aislar Járkov de la llegada de reservas enemigas desde la zona de Bogodújov. El 53.º Ejército, bajo el mando del general I. M. Managarov, y el 1.er Cuerpo Mecanizado, bajo el mando del general M. D. Solomatin, debían golpear los suburbios occidentales y noroccidentales de Járkov. El 69.º Ejército del general V. D. Kriúchenkin avanzaba sobre Járkov desde el norte, a lo largo de la carretera de Moscú. El 7.º Ejército de la Guardia del general M. S. Shumílov avanzaba hacia los suburbios nororientales de la ciudad, y el 57.º Ejército, en el ala izquierda del frente, al sur de Járkov.

Para asegurar la ruptura del cinturón defensivo exterior, las tropas del Frente de la Estepa fueron reforzadas con 4.234 cañones y morteros, con una proporción de 6,5 a 1 a nuestro favor.

Si deseas saber más, visita Booksite.ru, sección “Конев И. Записки командующего фронтом – Белгородско-Харьковская операция” [Iván Konev, Memorias de un comandante de frente – Operación Bélgorod-Járkov].

La directiva de Konev muestra el frente desde arriba: ejércitos, ejes de avance, artillería, tanques, accesos y cinturones defensivos. Pero la misma presión, vista desde el lado alemán, tenía otra textura. En las memorias de Erhard Raus, comandante del XI Cuerpo, el avance soviético aparece como una crisis de mando: líneas que no se alcanzan a tiempo, unidades cuyo paradero se pierde, pánico en las carreteras, cañones improvisados contra tanques y retiradas nocturnas que debían ejecutarse sin transformarse en desbandada.

Raus también escribió después de la guerra. Su relato conserva un tono defensivo y justificativo frecuente en las memorias alemanas de mando: subraya el control recuperado, la serenidad del jefe, el camuflaje, la disciplina y la eficacia táctica. Esa mirada no debe leerse como balance neutral de la batalla, sino como la explicación de un comandante alemán sobre cómo su cuerpo evitó, por el momento, el colapso al norte de Járkov:

En el frente septentrional mantuvimos durante un día posiciones al sur de Bélgorod y las abandonamos después de que los rusos hubieran desplegado sus fuerzas. La resistencia sostenida en una sola posición habría provocado fuertes bajas y la aniquilación del aislado XI Cuerpo. Los intentos soviéticos continuos de envolver nuestro flanco izquierdo sometieron al mando a una severa tensión nerviosa e impusieron exigencias extremas a la resistencia física de las tropas. Pero, por grandes que fueran los sacrificios, había que hacerlos si se quería evitar un desastre peor.

El 9 de agosto, los límites de la resistencia parecieron haber sido sobrepasados cuando, tras una evacuación durante toda la noche, nuestras tropas no lograron alcanzar la nueva línea de fase al amanecer. Puntas de lanza enemigas irrumpieron a lo largo de la Rollbahn y la ubicación de toda la 168.ª División de Infantería era incierta. Llegaron noticias igualmente alarmantes desde los sectores del Donets y del Lopán. Tanques rusos habían salido de la cabeza de puente del Donets; otras fuerzas rusas habían cruzado el Lopán, y el batallón de cañones de asalto enviado desde Járkov no había llegado. Aviones enemigos de vuelo bajo, en gran número, arrojaban bombas de fragmentación y ametrallaban a las tropas en marcha. Sufriendo fuertes bajas, nuestros soldados avanzaban penosamente, al borde del pánico.

Algunos comandantes de división llegaron a mi puesto de mando de cuerpo, que para entonces estaba situado cerca de la línea del frente, y pidieron autorización para una retirada rápida e inmediata hacia Járkov, ante la situación crítica y la baja moral de sus fuerzas. De pronto, varios camiones cargados de rezagados bajaron a toda velocidad por la carretera, ignorando todas las señales de alto. Cuando finalmente los camiones fueron detenidos, los rezagados explicaron que se habían separado de su unidad de la 168.ª División de Infantería y que habían sido presa del pánico al verse sometidos a un ataque de tanques más arriba en la carretera. Tenían la intención de conducir directamente hasta Járkov, que en aquel momento estaba a más de sesenta kilómetros detrás de nuestro frente. Informaron que toda su división había sido aniquilada y añadieron que las baterías antiaéreas de 88 mm destacadas para bloquear la carretera ya no estaban en posición.

Todo comandante de combate experimentado conoce este tipo de pánico, que en una crisis puede apoderarse de todo un cuerpo de tropas. La histeria colectiva de esta clase solo puede superarse mediante acciones enérgicas y una demostración de perfecta serenidad. El ejemplo dado por un verdadero jefe puede tener resultados milagrosos. Debe permanecer con sus tropas, conservar la calma, emitir órdenes precisas e inspirar confianza con su conducta. Los buenos soldados nunca desertan de un jefe así. La noticia de la presencia de altos mandos en primera línea corre como un incendio por todo el frente y fortalece la moral de todos. Significa un cambio repentino de la oscuridad a la esperanza, de la derrota inminente a la victoria.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. Me situé en un punto crucial de la Rollbahn, orientando a los comandantes de unidades y asignándoles una misión en el nuevo sistema defensivo que intentaba improvisar. Algunos cañones antitanque autopropulsados, que llegaron fortuitamente en ese instante, fueron enviados de inmediato para bloquear la carretera contra una irrupción de tanques, que parecía inminente mientras el fuego de los blindados soviéticos que se aproximaban se acercaba cada vez más. Luego conduje rápidamente más allá de esta línea recién establecida, hacia el estruendo de la batalla, para comprobar por mí mismo si las baterías antiaéreas sostenían la línea. Al doblar una curva, presencié de pronto la destrucción de un tanque ruso por el frente antitanque improvisado. Conté otros once tanques inutilizados y vi al resto de los blindados enemigos retirarse directamente hacia un extenso campo de minas, donde un tanque tras otro saltó por los aires.

Poco después aparecieron cazas de la Luftwaffe y derribaron más de una docena de aviones soviéticos, despejando el cielo sobre el frente del XI Cuerpo. Cuando las divisiones de fusileros enemigas avanzaron en un frente amplio, nuestras armas pesadas y la artillería las clavaron al terreno. Así quedó eliminada la amenaza de una ruptura a lo largo de la Rollbahn, y nuestras líneas resistieron.

Mientras tanto, la 6.ª División Panzer afrontaba una situación difícil en el flanco izquierdo del cuerpo cuando, además de su propio sector, tuvo que hacerse cargo del que antes sostenía la desaparecida 168.ª División de Infantería. Los rusos ejercieron fuerte presión contra la nueva línea, y la 6.ª División Panzer solicitó apoyo antitanque inmediato. Despaché doce cañones antitanque y dispuse un ataque aéreo contra la columna de tanques soviética que avanzaba al este del río Lopán. Estos esfuerzos combinados impidieron el colapso inmediato de la cobertura del flanco del XI Cuerpo.

Retrasado por embotellamientos de tráfico, el largamente esperado batallón de cañones de asalto no llegó hasta el mediodía. Después de repostar en unos barrancos cubiertos de maleza, fue empleado en un contraataque contra los tanques enemigos que aún amenazaban el flanco izquierdo. El ataque en masa de cuarenta y dos cañones de asalto sorprendió a los rusos y los golpeó con dureza. El batallón destruyó todos los tanques y cañones antitanque enemigos en la orilla oriental del Lopán, destrozó la cabeza de puente soviética y empujó a las fuerzas enemigas restantes de vuelta al otro lado del río. A primeras horas de la tarde, la situación volvía a estar bajo control.

Durante la noche del 9 al 10 de agosto, el XI Cuerpo efectuó una retirada no observada hacia una posición preparada apresuradamente, unos diez kilómetros al sur, cuyos puntos salientes ya habían sido ocupados por destacamentos avanzados. Retaguardias débiles, dejadas atrás en la posición anterior, hicieron creer a los soviéticos que la línea seguía plenamente ocupada. A la mañana siguiente, cuando la infantería rusa atacó la posición tras un intenso bombardeo de artillería, solo encontró al grupo de retaguardia manteniendo el contacto. Nuestras tropas, completamente agotadas por los combates del día anterior y por la marcha nocturna posterior, pudieron recuperarse durante las horas de la mañana.

Hacia el mediodía, las primeras patrullas enemigas se aproximaron con cautela a la nueva posición. Sus emplazamientos de cañones y puntos fuertes estaban bien camuflados; el reconocimiento terrestre y aéreo soviético no logró localizarlos. Las divisiones de infantería 106.ª, 198.ª y 320.ª mantenían esta línea; esta última había sido retirada de sus posiciones a lo largo del Donets para reincorporarse al cuerpo.

Los ataques rusos se reanudaron durante la tarde con violencia creciente. Para entonces, el arma soviética más peligrosa no eran los tanques maltratados ni el apoyo aéreo cercano, sino la poderosa artillería. Por fortuna, en esta ocasión el efecto de la pesada concentración artillera no fue tan devastador como habría podido ser, ya que el excelente camuflaje de los posibles blancos alemanes obligó a los rusos a hacer fuego de trayectoria tensa. Sin embargo, cada vez que nuestras ametralladoras o armas pesadas cometían el error de disparar desde terreno abierto, eran detectadas por observadores enemigos y neutralizadas rápidamente. Para escapar a la destrucción, nuestras dotaciones de cañones tuvieron que emplear posiciones de tiro alternativas y falsas, bien ocultas y fácilmente accesibles.

Al anochecer del 10 de agosto, los ataques rusos habían perdido algo de su empuje. Tras haber aprendido por experiencia en los días anteriores, los soviéticos lanzaron ataques de tanteo después del crepúsculo para mantener el contacto con el XI Cuerpo en caso de una nueva retirada nocturna alemana. Recibimos esos tanteos con fuego intenso y, tras rechazar todos esos ataques, nos retiramos sin ser molestados a la siguiente posición preparada. Para cuando la infantería llegó para ocupar la nueva línea, el grueso de la artillería y de los cañones antitanque ya estaba en posición y listo para disparar. Formando otro bloque sólido, el XI Cuerpo permaneció firme ante los renovados embates enemigos.

Si deseas saber más, lee Panzer Operations: The Eastern Front Memoir of General Raus, 1941–1945 [Operaciones Panzer: las memorias del Frente Oriental del general Raus, 1941–1945], de Erhard Raus.

Las dos memorias muestran la misma fecha desde dos planos distintos. Konev habla desde el mando del frente que convierte a Járkov en un objetivo inmediato y calcula cómo tomarla sin quedar atrapado en una batalla urbana interminable. Raus habla desde el cuerpo que intenta retroceder sin deshacerse, contener la presión soviética y ganar una noche más para ocupar la siguiente línea.

El 10 de agosto no fue todavía el día de Járkov. Fue el día en que la ciudad quedó más cerca de la operación que debía decidirla. En la prosa de Konev, esa cercanía aparece como directiva, ejes de ataque y concentración artillera. En la de Raus, como agotamiento, alarma, retirada y defensa improvisada.

Después de Kursk, la guerra en Ucrania oriental empezaba a moverse a otro ritmo. La Wehrmacht aún resistía, contraatacaba y maniobraba con fuerzas blindadas. Pero ya no imponía el curso del verano como en años anteriores. En torno a Járkov, la iniciativa había cambiado de manos; convertir esa iniciativa en conquista exigiría todavía días de fuego, cálculo y desgaste.

Tropas soviéticas en Járkov, agosto de 1943..jpg

Tropas soviéticas en Járkov, agosto de 1943. La imagen pertenece a la fase final de la operación Bélgorod-Járkov y sitúa visualmente la ciudad que, el 10 de agosto, ya había quedado en el centro inmediato del plan del Frente de la Estepa. (Foto: Wikimedia Commons; dominio público según la atribución de la fuente).

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Iván S. Konev durante la Segunda Guerra Mundial. Como comandante del Frente de la Estepa, Konev emitió el 10 de agosto de 1943 la directiva para tomar Járkov, procurando derrotar a la agrupación alemana en los accesos de la ciudad antes de verse obligado a una batalla urbana prolongada. (Foto: Wikimedia Commons / archivo soviético).

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Erhard Raus, oficial alemán y comandante del XI Cuerpo durante los combates al norte de Járkov en agosto de 1943. En sus memorias, Raus describió la crisis defensiva alemana del 9 al 10 de agosto: retiradas nocturnas, presión soviética sobre los flancos y el esfuerzo por mantener cohesionada la línea antes de adoptar una nueva posición defensiva. (Foto: Wikimedia Commons).

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