Un Rosh Hashaná bajo las bombas en Frampol

El Frampol que recuerdan Mottl Dinburt y Abba Ben-Moshe era un pequeño shtetl de casas modestas, talleres y tiendas, y de caminos transitados por vecinos, refugiados y soldados en retirada. Esta imagen ayuda a situar al lector en la vida cotidiana que el bombardeo interrumpió en septiembre de 1939.
La guerra en Polonia ya no era una noticia distante ni una línea que se movía sobre los mapas. Desde el 1 de septiembre, las fuerzas alemanas habían roto la frontera polaca en varios puntos, mientras la Luftwaffe bombardeaba carreteras, columnas militares, estaciones, ciudades y poblaciones abiertas. En esos primeros días, la velocidad de la campaña convirtió a pueblos enteros en lugares de paso: soldados que retrocedían, refugiados que buscaban comida, familias que escuchaban rumores contradictorios y comunidades que todavía no sabían si debían quedarse, esconderse o huir.
Frampol, en la región de Lublin, era una pequeña localidad con una importante presencia judía. No era Varsovia, no era una gran ciudad industrial, no era un centro militar decisivo. Su tragedia radicó precisamente en esa aparente pequeñez. Desde el aire, su trazado urbano regular, su plaza central y sus calles, dispuestas con claridad, ofrecían una referencia visible para los aviones. Abajo, sin embargo, no había un objetivo abstracto: había casas de madera, tiendas, familias, sinagogas, panaderías, talleres, caminos de tierra y una comunidad que intentaba comprender hacia dónde se desplazaba la guerra.
A mediados de septiembre, la localidad ya había sentido el cerco de los acontecimientos. Llegaban refugiados desde el oeste; el mercado se suspendió por temor a los bombardeos; las conversaciones sobre la guerra se mezclaban con la movilización, la escasez y la incertidumbre. En las calles de Frampol se cruzaban soldados, vecinos, campesinos de los alrededores y judíos que buscaban noticias de sus familiares. La guerra moderna no entró primero con una explicación, sino con señales: aviones en el cielo, explosiones cercanas, rumores del frente y la sensación de que el orden de la vida diaria comenzaba a deshacerse.
El 13 de septiembre coincidía con la víspera de Rosh Hashaná. Para la comunidad judía de Frampol, el calendario religioso marcaba el umbral de un nuevo año. La guerra, sin embargo, imponía su propio calendario: el de los caminos saturados de refugiados, las primeras ocupaciones, los saqueos, las órdenes cambiantes y los aviones que aparecían sobre poblaciones indefensas.
El recuerdo de Mottl Dinburt no comienza con una explicación militar. Comienza con una casa destruida, con el presentimiento de que algo se acercaba, con la llegada de judíos de los alrededores, con tiendas saqueadas y con una ciudad que, antes de la noche, sería alcanzada desde el aire:
Comenzaré con la primera bomba, que destrozó la casa de R. Shmuel Moshe Feldman. Aquella casita, la más antigua de la ciudad, resultó estar vacía y nadie murió.
Esa fue la primera prueba de que la tormenta se acercaba. Judíos de las aldeas y pueblos de los alrededores comenzaron a llegar de inmediato. Los polacos trajeron a sus fuerzas militares preparadas y el ambiente se volvió pesado. ¡Sentimos de inmediato que las cosas iban a ponerse mal! Comenzó el saqueo de las tiendas judías. Moshe Weltczer estuvo entre los primeros que sufrieron un robo.
En la víspera de Rosh Hashaná, antes del anochecer —septiembre de 1939—, aviones alemanes bombardearon la ciudad. Las dos primeras víctimas fueron R. Itzl’eh Maness y R. Israel Leiter, el gabbai del Bet HaMedrash. Ambos murieron en ese momento.
El pánico no tenía fin. Los judíos, en Rosh Hashaná, huyeron al campo para rezar; entre ellos estaban R. Leibl Shokhet y varios minyánim de judíos. Por un milagro, soldados judíos rescataron un rollo de la Torá y lo llevaron al campo. Muchos judíos permanecieron todavía en la ciudad, con la esperanza de que todo transcurriera sin tropiezos, hasta que la ira del momento pasara sobre nosotros y se alejara.
Mientras tanto, dos mártires fueron llevados a su descanso eterno. ¡No hay palabras adecuadas para describir aquella tragedia! Después de eso, los judíos comenzaron a huir de Frampol para ocultarse en las aldeas de los alrededores y encontrar refugio para ellos, sus esposas y sus hijos. Los nazis llegaron, luego se fueron y… volvieron de nuevo.
Después de tres días de confusión, los nazis entraron. Lo primero que hicieron, y que nos hizo temblar, fue apoderarse de ocho judíos y arrojarlos a un hoyo que había sido abierto por una bomba. Si mi memoria no me falla, puedo enumerar algunos de ellos: Abraham-Lejzor Lichtfeld; mi abuelo Yitzhak Korn; R. Yaakov-Baruch Shokhet; Melech, el encuadernador; Zeinvill Kriegszer; Yaakov-Leib Hochrad; M. Kislowicz y otros. Los nazis también querían infundir miedo entre los judíos y, por eso, los obligaron a ponerse ollas en la cabeza y luego dispararon contra ellas… Aquella vez nadie recibió un disparo, pero durante el espectáculo los judíos fueron obligados a cantar: “¡Que viva Hitler!”…
Más tarde, llevaron a judíos a trabajar; en esencia, a limpiar las calles.
Dinburt dejó la memoria de la primera bomba, de los primeros muertos y de la oración trasladada al campo. Abba Ben-Moshe recordó aquellos días desde otra orilla de la misma tragedia: la vida cotidiana que todavía intentaba sostenerse, los refugiados que atravesaban el shtetl, los aviones que al principio algunos confundieron con aparatos polacos y el fuego que, en la víspera de Rosh Hashaná, dejó a muchas familias sin techo:
Todas las noches, en su casa, escuchábamos la radio de Berlín y oíamos los ataques violentos y las intenciones respecto de Polonia. De paso, aquel era el único aparato de radio en una casa judía del shtetl, porque ni siquiera los judíos más ricos de Frampol estaban en condiciones de comprar un aparato de esa clase por 600 zlotys.
Se creó en el shtetl una sensibilidad hacia la guerra. La gmina tenía emisarios especiales movilizados, con armas y caballos, listos para ser llamados al ejército. La gente comenzó a acumular diversos productos. No teníamos que preocuparnos por pan, carne, papas o leche. Se compraron aceite, sal, azúcar y fósforos. La gente vendía lo último que tenía para conseguir alimentos con los cuales sostenerse.
…
Se prohibió celebrar el día de mercado, que normalmente tenía lugar los lunes, así como las reuniones grandes, por temor a los bombardeos aéreos. El miércoles y el jueves pasó por el shtetl un gran número de refugiados: algunos en vehículos, otros en carretas o a caballo, y otros a pie. Los recibimos como si fueran huéspedes. Quienes tenían medios pagaban generosamente, preguntándose qué había en Frampol que pudiera comprarse como alimento.
El viernes 8 de septiembre, sobre el shtetl apareció un número mayor de aviones. Todos salieron de sus casas para mirar porque la gente pensaba que eran nuestros propios aviones polacos. De inmediato, sin embargo, se oyeron los informes aterradores de las bombas que estallaban y que, gracias a Dios, no hirieron a nadie, porque cayeron fuera de la ciudad.
Solo entonces comenzamos a comprender que la situación en el frente no era ligera como pájaros y que las palabras de los polacos sobre luchar en territorio alemán y capturar Berlín eran especulaciones vacías. La verdad era que media Polonia ya estaba ocupada por los alemanes.
Antes del anochecer, una gran división del ejército polaco entró en el shtetl y ocupó todas las casas, incluida la panadería de mi padre. La población judía se fue a los bosques y campos alrededor de Frampol, con la esperanza de que esa zona no fuera bombardeada. Pero no fue así. Los asesinos nazis bombardearon y dispararon por todas partes, matando gente y arrasando. En cuanto veían un grupo de hombres, especialmente de la población civil, les disparaban. Nuestro miedo se había cumplido.
Los alemanes bombardearon Frampol diariamente. Hasta el miércoles —la víspera de Rosh Hashaná—, antes del anochecer, finalmente arrojaron bombas incendiarias para borrar la ciudad. La mayoría de las casas, hechas de madera reseca, ardieron por completo. Lo único que no fue bombardeado fue una zona del camino a Goraj, hasta el tramo de Sokolowka: unas diez casas, entre ellas dos judías.
Y así, justamente en la víspera del sagrado Rosh Hashaná, todo un contingente de judíos quedó sin techo sobre sus cabezas, sin ropa abrigadora que ponerse y sin comida, perseguidos por el ejército polaco en retirada, que ahora buscaba protección en los bosques y campos de los alrededores.
Mis padres decidieron trasladarse al molino de viento que se alzaba en la montaña de Goraj. Allí vivían polacos pobres, que solían venir a comprar pan a crédito y, a menudo, incluso gratis. Mi madre, más que nadie, se compadecía de ellos y de vez en cuando los ayudaba con dinero o dándoles trabajo.
Para cuando subimos a la cima de la montaña, ya había caído la noche, la noche de la víspera de Rosh Hashaná. Los cristianos nos recibieron con amabilidad y nos permitieron quedarnos hasta después de la festividad. Inmediatamente después de Rosh Hashaná, mi padre fue a la aldea de Mala-Koritkow y alquiló una casa a un campesino. Muchos judíos de Frampol hicieron lo mismo y se instalaron temporalmente hasta… la llegada de los alemanes.
Si deseas saber más, visita el sitio de JewishGen Yizkor Book Project, donde puedes encontrar el título The Frampol Memorial Book [Libro memorial de Frampol], traducción del Sefer Frampol, editado por David Sztokfisz.
Los dos recuerdos no compiten entre sí. Uno mira la primera bomba, los primeros muertos y el temblor de una comunidad que intenta conservar la oración en medio del campo. El otro observa el movimiento más amplio de aquellos días: la radio, los rumores, los refugiados, la llegada de soldados, la huida hacia bosques y aldeas, y la noche en que Frampol dejó de ser un refugio posible.
El bombardeo de Frampol fue recordado después como uno de los ejemplos más extremos de la violencia aérea alemana contra una localidad sin valor militar evidente. Su trazado urbano, su plaza central y la ausencia de defensas antiaéreas convirtieron al pueblo en un blanco reconocible desde el aire. Pero en las voces de Dinburt y Ben-Moshe, la destrucción no se reduce a una fotografía aérea ni a una cifra de edificios quemados. La guerra aparece al nivel de la calle: tiendas saqueadas, casas ocupadas, cuerpos llevados al entierro, familias buscando refugio, un rollo de la Torá rescatado entre el miedo y una ciudad que ya no podía entender si la retirada de un ocupante significaba alivio o apenas la llegada del siguiente.
Frampol no fue solamente un punto sobre un mapa de la campaña polaca. Fue una comunidad interrumpida en la víspera de un año nuevo, cuando todavía algunos esperaban que “la ira del momento” pasara de largo. La guerra, sin embargo, no pasó de largo. Regresó, cambió de uniforme por unos días, volvió a cambiarlo después, y dejó a sus habitantes ante una pregunta que en septiembre de 1939 comenzaba a repetirse en demasiados lugares de Polonia: quedarse, huir, esconderse, esperar.

Frampol antes y después del bombardeo alemán de septiembre de 1939. La comparación aérea muestra cómo el trazado regular del pueblo, visible desde el aire, quedó transformado tras el ataque de la Luftwaffe. La imagen ayuda a entender por qué Frampol fue recordado como uno de los casos más extremos de bombardeo contra una localidad abierta durante la invasión de Polonia.

El rynek —plaza del mercado— de Frampol tras el bombardeo alemán. La fotografía, fechada en 1940, muestra la zona del mercado después de la destrucción causada por la aviación alemana. Para el artículo, esta imagen permite conectar el testimonio de Dinburt y Ben-Moshe con el espacio cotidiano del shtetl: el lugar de comercio, tránsito y reunión que quedó marcado por el ataque.

Fotografía contextual de un aparato de la Luftwaffe durante la campaña polaca. No documenta el ataque específico contra Frampol, pero ayuda a visualizar el tipo de guerra aérea que los habitantes del shtetl vieron llegar desde el cielo.

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