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Comienza la masacre de Viannos

Una mujer y un niño en la entrada de una vivienda de Ano Viannos, el 6 de junio de 1943..j

Una mujer y un niño en la entrada de una vivienda de Ano Viannos, el 6 de junio de 1943. La fotografía conserva una escena cotidiana del pueblo, tres meses antes de las matanzas de septiembre, y fue tomada por una compañía de propaganda de la Wehrmacht. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-521-2147-37A / CC BY-SA 3.0 / Karl Ottahal).

El 14 de septiembre de 1943, seis días después del anuncio del armisticio italiano, la ocupación de Creta atravesaba un momento de incertidumbre. La desaparición de Italia como aliado efectivo de Alemania alimentaba rumores de un desembarco británico y alentaba a los grupos de resistencia que operaban en las montañas del sur de la isla.

 

El 12 de septiembre, cerca de Kato Simi, guerrilleros cretenses combatieron contra una fuerza alemana enviada a la región. El mando de ocupación respondió preparando una acción mucho más amplia que la persecución de los combatientes. Sus objetivos alcanzaban los pueblos de Viannos y de la parte occidental de Ierapetra, cuya población era considerada sostén de la resistencia.

El engaño precedió a las armas. El día 13, los alemanes reunieron a los habitantes de la zona y aseguraron que quienes permanecieran en sus casas no sufrirían daño alguno. Al mismo tiempo, advirtieron que los hombres ausentes serían tratados como guerrilleros y que sus viviendas serían destruidas. La noticia llegó a quienes se habían refugiado en los campos y las montañas. Muchos regresaron durante la noche.

Al amanecer del martes 14, festividad de la Exaltación de la Cruz, los caminos estaban cerrados. En Amiras, Vachos, Agios Vasileios, Kefalovrysi, Pefkos, Kato Simi y otros pueblos, los soldados entraron en las casas, separaron a los hombres y comenzaron a conducirlos por grupos hacia los lugares elegidos para matarlos.

Manolis Stratakis tenía once años. Décadas después recordaba que la matanza no había comenzado con el primer disparo, sino con la falsa seguridad ofrecida a quienes habían regresado:

Los alemanes pusieron en práctica un plan satánico. Llegaron el domingo a los pueblos y detuvieron a la gente, pero como el número de detenidos no les satisfacía, los dejaron marchar.

Sí, los dejamos. Lo que pasó, pasó; no importa —dijeron.

Y dejaron libre a la gente.

El martes por la mañana, el día de la Exaltación de la Cruz, todos los pueblos estaban cercados. Nadie podía salir. A todos los mayores de catorce o quince años los detuvieron y los mantuvieron reunidos durante un tiempo en la iglesia. Después comenzaron a llevárselos más lejos. Buscaban un lugar adecuado para las ejecuciones.

Eran alrededor de 114. Frente a las armas habían perdido el ánimo, lo habían perdido todo y caminaban como marionetas. Oían las ametralladoras y los disparos. Veían cómo se llevaban grupos de quince, veinte o veinticinco personas para ejecutarlas.

Cuando los alemanes se marcharon, llegaron las mujeres. Llantos, gritos, cosas terribles. ¿A quién reconocer? ¿A quién mirar? ¿Con quién hablar?

 

Escuchamos también las voces desesperadas de algunos heridos que yacían en el suelo. No podíamos ayudarlos. Gritaban y lloraban.

 

Las mujeres, descalzas, trataban de mil maneras de reconocer a su pariente, a su marido, a su hijo, para poder cargarlo sobre un animal y llevarlo hasta la iglesia. Eran cosas terribles, cosas que la mente humana no puede asimilar. No puede creerlas.

No quiero recordar estas cosas ni traerlas a mi mente, porque me entristecen. Pero no debemos olvidar. No debemos olvidarlas porque una persona muere solamente cuando la olvidan.

Al amanecer del día siguiente, el trabajo ya no consistía en escapar del cerco, sino en recuperar y enterrar los cuerpos. Giorgis Papamastorakis, conocido como “Geroulanos”, había ejercido como médico militar y era responsable del ELAS en Viannos. Su experiencia de la guerra no lo había preparado para lo que encontró en Amiras:

Trasladamos al cementerio a cuantos pudimos. A quienes no pudimos llevar, agotados como estábamos, los enterramos allí.

Aunque era médico militar y había visto muchas cosas relacionadas con los estragos de la guerra, lo que vi en Amiras la mañana del 15 de septiembre de 1943 creo que no puede repetirse. No sé si habrá alguien con una pluma capaz de describir esta tragedia.

Las mujeres transportaban a sus muertos, inexpresivas. No sabías hacia dónde miraban. Tampoco nosotros sabíamos qué hacíamos. Íbamos de un lado a otro. Tardamos ocho días en poder volver a entrar en nuestras casas.

Sus cabellos estaban como los de las mujeres que han perdido la razón, caídos de un lado y del otro. Sus ojos se habían secado de tanto llorar y estaban completamente rojos.

Lo único que las preocupaba en aquellas horas trágicas era cómo podrían enterrar a sus muertos, porque los cadáveres ya habían comenzado a descomponerse. Era verano.

Tal vez parezca extraño hablar de esto, pero para aquellas mujeres la tragedia de ese momento era precisamente esa: cómo enterrarían a sus muertos.

El cementerio del pueblo era muy pequeño. Había alrededor de 120 cadáveres de hombres. No quedaba nadie que pudiera ayudarlas, solamente los niños, también inexpresivos, con los ojos increíblemente desdichados.

Hoy, para enterrar a un muerto, dos hombres van al cementerio y cavan durante medio día para preparar la tumba. Entonces, dos o tres mujeres de una sola casa tenían que enterrar a dos, tres o cuatro de los suyos.

Las ejecuciones dejaron familias enteras sin los hombres que hasta entonces habían sostenido las casas y trabajado los campos. Despoina Syngelakis estaba embarazada cuando su esposo, Aristomenis, fue asesinado en Amiras. El hijo que llevaba en el vientre nacería sin haber conocido a su padre.

Años después, Aristomenis Syngelakis, hijo de Aristomenis, no describiría los disparos, sino la pobreza que comenzó cuando estos terminaron:

Si pudieran hablar las casas derruidas, si pudieran hablar aquellas mujeres vestidas de negro que tenían treinta años y parecían de cuarenta o cincuenta, y si pudieran hablar los huérfanos, tendrían mucho que decir sobre aquel septiembre negro.

Es difícil describirlo en tan poco tiempo. Pero puedo contar algo que recuerdo, para que cualquiera comprenda lo que sufrieron aquellas mujeres y los huérfanos mientras trataban de criar a todos los niños, educarlos y convertirlos en miembros útiles de la sociedad.

Recuerdo a mi difunta madre. Éramos tres hermanos y yo era el menor. Ella intentaba ayudarme más, pero ¿cómo podía hacerlo?

El problema era la comida: no había. Por fortuna, había hierbas, muchas hierbas de distintas clases, y así sobrevivimos.

Cuando alguna vez lloraba porque otra vez había hierbas, ella me decía:

Está bien, no llores. Escogeré las más tiernas.

Las trituraba y añadía un poco de aceite, si había, o un poco de azúcar, y me preparaba una crema. Aquella era la crema de esa época.

Con promesas intentaba hacernos dormir. Ella, sin embargo, no dormía, porque lloraba. Pensaba, desesperada, cómo lograría criar a aquellos niños. Esa era la pobreza de los huérfanos.

Mis hermanos mayores sí conservaban recuerdos de nuestro padre, los mejores recuerdos, y me hablaban de él, porque yo nunca llegué a conocerlo. Si he tratado de luchar en la vida, ha sido porque tomé su ejemplo.

Las matanzas iniciadas el 14 de septiembre se prolongaron durante los dos días siguientes. Según el recuento oficial actualmente empleado en Viannos, 401 civiles fueron asesinados. A las ejecuciones se sumaron el saqueo, el incendio de viviendas y la destrucción de pueblos enteros.

Pero las voces conservadas fijan otra medida del tiempo. Primero estuvo el engaño; después, los caminos cerrados y los grupos conducidos hacia las ametralladoras. Luego llegaron las mujeres, obligadas a reconocer, transportar y enterrar a sus muertos. Finalmente quedaron las casas sin padres y los niños alimentados con las hierbas que crecían junto a sus ruinas.

La matanza no terminó cuando cesaron los disparos. Continuó en los vestidos negros, en las tumbas abiertas por las mujeres y en la larga infancia de los huérfanos. Frente a esa continuidad del daño, Stratakis dejó una obligación sencilla: recordar, porque una persona solo muere por completo cuando ha sido olvidada.

Si deseas saber más, escucha “Forgotten Villages – Ep. 11 The Viannos Massacres” [Pueblos olvidados – Episodio 11 Las masacres de Viannos], de la serie Από Στάχτη και Σιωπή [De ceniza y silencio], producida por Voice of Greece, de ERT.

Mujeres lavan ropa en Ano Viannos, el 6 de junio de 1943..jpg

Mujeres lavan ropa en Ano Viannos, el 6 de junio de 1943. Tres meses después, las mujeres de los pueblos cercados tendrían que recoger, reconocer y enterrar a los hombres ejecutados por las fuerzas de ocupación alemanas. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-521-2147-25A / CC BY-SA 3.0 / Karl Ottahal).

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Vista de Ano Viannos en junio de 1943, durante la ocupación alemana de Creta. La serie fotográfica fue realizada por Karl Ottahal para una compañía de propaganda de la Wehrmacht y muestra el aspecto del pueblo antes de las operaciones de septiembre. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-521-2147-34A / CC BY-SA 3.0 / Karl Ottahal).

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