El cerco de Trachili

Georgios Petrakogiorgis y miembros de su grupo de resistencia en el monasterio de San Antonio y Santo Tomás, en Vrontisi. La identificación publicada por Patris sitúa entre los hombres a Petrakogiorgis y a Georgios Kargakis, conocido como Psarogiorgis, cuya narración posterior conserva una de las voces más intensas sobre la batalla de Trachili. (Foto: Konstantinos Koutoulakis, 1945; vía Patris).
En el verano de 1943, Creta llevaba más de dos años bajo ocupación alemana. La isla ya no era el escenario de los grandes lanzamientos paracaidistas de 1941, sino un territorio vigilado, castigado y atravesado por una guerra más pequeña en escala, pero no menos peligrosa: la de enlaces, escondites, guías, patrullas, represalias y partidas armadas en las montañas.
En el macizo del Psiloritis, sobre los pueblos del centro-sur de la isla, esa guerra tenía nombres propios. Entre ellos estaba Georgios Petrakogiorgis, jefe de una partida de resistencia que se movía entre aldeas, monasterios, barrancos y refugios de altura. Sus hombres dependían de caminos conocidos desde niños, de pastores que avisaban, de monjes que ayudaban y de una población civil que podía pagar con su vida cualquier sospecha de colaboración.
El 15 de agosto tenía, además, un peso propio. Era la fiesta de la Panagia, una de las grandes fechas religiosas del calendario griego. Para los hombres escondidos en la montaña, la víspera no empezó como una jornada de combate, sino como una espera inquieta, casi doméstica: comida preparada, comunión, guardias, bromas, rumores y una sensación cada vez más oscura de que algo se cerraba alrededor de ellos.
Antes de que comenzara el combate, la montaña ya estaba llena de señales. Había sospechas de delación, movimientos alemanes en los alrededores y una decisión difícil: marcharse hacia refugios más lejanos o quedarse un día más para cumplir con la fiesta religiosa y encontrarse con enlaces y amigos. Lo que parecía una espera de pocas horas terminó convirtiéndose en una trampa:
Miércoles 11 de agosto y jueves 12 de agosto de 1943
Pasamos estos dos días con inquietud, porque, por una parte, el incidente con los alemanes, y por otra, los diversos movimientos de ladrones de ganado nos hacían sospechar mil cosas; siempre estábamos desplegados en posiciones convenientes. Temíamos que el policía alemán de Kamares hubiera sido informado de nuestros movimientos y de los puntos donde teníamos nuestros refugios, y pensábamos marcharnos a otros escondites del Psiloritis.
Todos estuvimos de acuerdo, pero cuando nos preparábamos, una obligación religiosa nos hizo cambiar de idea. Habíamos convenido con el abad del monasterio de Vrontisi que viniera al bosque de Rouvas a celebrar la liturgia y a darnos la comunión de los Santos Misterios.
Por eso, y porque el día del misterio era el 13 de agosto, permanecimos allí para cumplir el juramento que habíamos hecho al Todopoderoso: que nos ayudara a ayunar durante todo el quincenario y a recibir la santa comunión, aunque fuera a escondidas, porque así lo exigían las circunstancias.
…
Antes de que se marcharan los centinelas, pensamos en irnos a refugios lejanos; pero por la comunión, y porque nos separaba solo un día de la fiesta de la Panagia, decidimos quedarnos, para celebrar nuestra fiesta religiosa y nacional del 15 de agosto y para encontrarnos con nuestros enlaces y amigos, que vendrían a vernos y a traernos noticias.
Sábado 14 de agosto de 1943
Apenas amaneció, empezamos los preparativos para la gran fiesta del día siguiente. Teníamos en dos barriles pequeños unas liebres preparadas que habíamos guardado para el Quince de Agosto, porque habíamos ayunado y comulgado; y para comer carne fresca compramos un macho cabrío de enero., porque habíamos ayunado y comulgado; y para comer carne fresca compramos un macho cabrío de enero. Así, por la noche, todo estaba listo para celebrar uno de los días religiosos, nacionales e históricos más grandes de nuestra raza.
Poco antes de medianoche gritaron:
—Todo está listo.
Al poco rato nos reunimos todos y, después de persignarnos, comimos nuestra comida pascual. Solo faltaba el difunto Dionysis, pues desde la noche anterior había ido a su pueblo para arreglar los asuntos de sus hijos.
Si deseas saber más, visita Patris, sección “Γεώργιος Πετρακογιώργης, Τραχήλι, 15 Αυγούστου 1943” [George Petrakogiorgis, Trachili, 15 de agosto de 1943]. El fragmento procede de un texto atribuido al diario de Georgios Petrakogiorgis, escrito en agosto de 1945 y conservado en una copia mecanografiada.
A la mañana siguiente, la espera se convirtió en cerco. Desde las alturas, los alemanes cerraban los pasos; abajo quedaban los pueblos. Para los partisanos, combatir junto a las casas podía atraer represalias inmediatas contra las familias. Salir del cerco, en cambio, significaba internarse en un terreno donde el enemigo ya ocupaba parte de las crestas.
La voz más viva de esa jornada es la de Georgios Kargakis, conocido como Psarogiorgis, subjefe del grupo. Su relato no tiene la frialdad de un parte militar. Habla desde el cuerpo: calor, sed, piedra, sangre, miedo, rabia, manos y pies moviéndose antes que el pensamiento:
El pueblo estaba cercado, a tiro de piedra, debajo de nosotros. Veíamos a los alemanes y arreaban a la gente hacia Kafkalo. Piensas: si disparas un tiro, matarán a los aldeanos, matarán a tus hijos. Cada uno de nosotros tenía allí seis o siete hijos.
Ellos tenían una cuenta pendiente con el pueblo; lo tenían escrito en la lista negra y a nosotros nos habían puesto precio. Y luego nosotros, cercados como ratones en la trampa. Los veíamos allí, en las cumbres, con las armas en las manos, arrastrándose. Las bengalas envolvían nuestro refugio.
…
Nosotros éramos veintidós hombres, y ellos, una multitud. Se arrastraban como hormigas. ¿Dar allí la batalla, aguantar cuánto tiempo? ¿Una, dos, cuatro, cinco horas? ¿Y después? ¿Con qué cartuchos? No nos dejarían ni a uno. Que cada quien diga lo que quiera. ¿Cuánto tiempo iban a durar nuestros cartuchos, allí, cercados?
Después nos cogerían vivos, a los que quedáramos; nos harían pedazos, nos humillarían, nos llevarían entre la gente. Teníamos que encontrar una salida.
…
Miramos y estaban por todas partes, en las cumbres, alemanes; y allí donde decía Petrakogiorgis, justo encima de nosotros, había reunido un pelotón. Si no hubiera habido alemanes allí, en Stalistra, para tomar la ladera por Stiligka y ocupar nosotros las alturas, sí, nos habríamos quedado allí. Pero todo estaba ocupado.
La cosa estaba bien atada. Entonces mi hermano, Psarokostas, nos habló de un paso que conocían muy pocos, el Skaláki de Notikí, para cruzar por allí hacia el monte de Zarianó. Petrakas le dijo:
—Toma los prismáticos y mira.
Tomó los prismáticos y salió por una grieta. También allí estaban sentados los alemanes. Mira qué malditos colaboradores habían tomado a los alemanes de la mano y los habían subido antes del amanecer, de noche.
Mientras tanto, llegó Dionysis y nos dijo que todo estaba lleno de alemanes, que el pueblo estaba cercado. Él también era de la misma opinión: pasar hacia Rouvas.
…
Cuando yo vi y volví a mirar, no hacían falta muchas palabras. Desde Pefkiá hacia abajo, hasta Angoutsáki, el terreno estaba libre. Dijimos: por allí iremos. ¿Cómo íbamos a saber que nos tenían preparada la trampa en Trachili? ¿Cómo sabían ellos que pasaríamos por allí? Nosotros no lo sabíamos.
Lo decidimos en el último momento. Era un paso, y ellos dijeron: quizá pasen por aquí. Los guías que los subieron tal vez habían hecho sus planes.
Bajé yo con algunos, descendí por Pefkiá y avancé hacia Plakoures. Había sacado de antes a mi hijo Yannis, un muchachito sin bigote, todavía un niño, lo había sacado por la mañana del refugio cuando vimos el cerco. Dije: si baja, como pastorcito, nadie lo molestará. Se fue con Karamanitokostas para que lo cuidara.
Bajé, avancé hacia Plakoures y llamé a Genarokostas, que estaba haciendo queso, para preguntarle si había visto a Gianniós; me dijo que iba hacia abajo.
Después pasamos por una hondonada y bajamos a Angoutsáki. En ese momento volvieron a caer bengalas, porque también nos las habían lanzado arriba, en el refugio. Alemanes arriba, alemanes abajo: ¿adónde ir? Tomamos el sendero y empezamos a subir por el paso de Trachili.
Los vimos; los vimos, pero no nos echamos atrás. No subíamos todos juntos; íbamos en dos o tres grupos. Los primeros nos quedamos en la entrada porque era difícil subir. Aquellos malditos nos veían subir y no decían ni una palabra. Petrakas me dijo que, antes de asomar por arriba, saliera yo a ver qué pasaba. Salí, ¿y qué iba a ver?
Les dije:
—¡Alemanes!
¿Qué hacer? ¿Retroceder? Se lanzó la primera hornada. Balaskas le metió una bala al oficial. El hombre gritaba; qué decía, no alcancé a distinguirlo. Recibió una en la frente y cayó.
Entramos nosotros, y creo que ellos se asustaron más que nosotros. Íbamos delante, cinco o seis hombres; los otros seguían todavía arriba, en el sendero. Los alemanes nos dieron el alto. Lo que pasó no puede contarse.
…
Vimos a los alemanes. En cuanto los vimos, lanzamos dos gritos que hicieron temblar la tierra. En aquella hora juegan tus manos y tus pies. Ellos te gobiernan. Si el miedo te corta y se te marchitan, estás perdido.
Apenas salimos, el compadre Balaskas le disparó al capitán que llevaba los prismáticos y gritaba, moviendo las manos, como si estuviera dando órdenes. Le dio al capitán y soltó un gruñido como el de un cerdo cuando lo degüellan. Los alemanes se desconcertaron.
Dionysis estaba a mi derecha, más lejos. Lo vi peleando como una fiera. El desdichado fue herido gravemente. Hatzimanolis lo vendó, pero murió poco después.
Yo tomé el flanco izquierdo, que hacía como un escalón. Estaba bajo el fuego denso del lado izquierdo. Las balas —no podía cubrirme por completo— pasaban rozando, pegadas al pañuelo. Las ametralladoras me disparaban desde arriba sin parar. ¿Qué granizo? Peor que granizo. Yo me levantaba y disparaba una por una; pero donde caía, era una vez y se acabó.
Nosotros les habíamos tomado el aire a aquellos malditos. ¿Y qué crees? Disparaban por miedo. Cartuchos tenían de sobra; estaban desplegados, y venga, disparaban. Pero también nosotros, desde la hondonada en que habíamos caído, y los demás, a la derecha del lomo, les disparábamos, y no dieron ni un paso para cerrarnos el cerco. Oí a Petrakas gritar:
—¡A ellos, muchachos, son cobardes!
Ellos oyeron las voces y se agazaparon; pero tenían fuerza de fuego, eran muchos y estaban bien atrincherados.
Después de que mataron a Sartzetakis, un buen muchacho de Krya Vrysi, limpiamos dos bolsas y a los dos ametralladores que lo habían abatido. Estaban dos dentro de la Mandra y nos disparaban. Si no hubiera sido por las encinas y las rocas, nos habrían segado a todos en la hondonada.
Yo estaba a la izquierda. En medio estaban Skouros y Bachris, y a la derecha, en el lomillo, otros. A ambos los dejamos sin regreso. Pero antes vi a uno que se revolvía y se preparaba para dispararle a Bachris.
Le grité:
—¡Cuidado, Bachris, que te comen!
Él se volvió hacia la roca; de otro modo también lo habrían matado a él. Así quedó limpio por allí el paso, y yo crucé hacia el este.
La cosa duró horas. Y lo que digo es poco. Oías un lamento como si estuvieras en otro mundo; y qué mundo: el infierno. En aquella hora no calculas nada. Disparas y te disparan, y que Caronte se lleve a quien alcance.
Nos disparaban sin parar. Aquellos malditos tenían medios: ametralladoras, morteros, granadas, qué no tenían. Podían, claro, cerrarnos, aplastarnos, no dejar ni a uno. Pero no se acercaban; no conocían la montaña. Disparaban, eso sí, disparaban. Tantas miles de balas. Caían las hojas de las encinas como estopa de nieve. Lo que más temíamos eran las balas que rebotaban en las rocas; de esas no podías protegerte.
Eso no era una batalla. Yo no recuerdo algo igual en otra guerra, cuando estuvimos en Asia Menor. Aquello era un torbellino. Hacía calor; teníamos los labios secos. Los muertos, los nuestros y los extraños yacían al sol. Cascos dispersos por aquí y por allá, cantimploras tiradas, sangre. Los heridos gemían y los disparos resonaban entre las peñas. Un lamento.
La fiesta continuó. Yo me encontré hacia el este mientras el día giraba. Sol de frente. Era terreno pelado, sin espesura, solo grandes rocas. Allí te agarra la sed. La garganta parecía que se te iba a pegar de sequedad. La ropa desgarrada, los codos comidos por los matorrales. Sostener el fusil y sentir que se te resbala de las manos por el sudor y la sangre en las palmas.
Todavía no había pasado bien el mediodía. Estábamos al este, hacia la ladera pelada que mira hacia Vrontisi: yo, Skouromanolís de Zaros, Bachris de Ano Meros y Hatzimanolis de Miamou, que antes había vendado al pobre Dionysis, aunque después expiró. El jefe estaba más al sur; nos reuniríamos con él más tarde.
Acordamos hacer una salida los cuatro: yo y Skouros primero, y los otros dos, Bachris y Hatzimanolis, nos cubrirían. Y para no alargarlo, allí, en la carga que hicimos, cuando habíamos avanzado unos cincuenta metros, fui herido.
Oí una ráfaga que golpeó contra la culata, y sentí un ardor en la mano, como si me la hubieran cortado; las balas levantaban las piedrecillas del suelo. Me tiré y me cubrí detrás de una roca. Vi la sangre y dije: “Maldita cosquilla, te han dado, Psarogiorgis”.
No perdí el sentido. Me apreté fuerte el brazo y me acerqué a la roca para tomar aliento y ver la herida. Detrás de la piedra vi a un soldado alemán tendido boca abajo, con el dedo en el gatillo. No se movía. Cosa extraña. No podía saber si estaba vivo o muerto. Tomé una piedra y se la arrojé. No se agitó.
Vi que el terreno se había despejado y me miré. Había recibido seis balas, pero tuve suerte: las balas que iban al vientre las recibió la culata. Las otras me abrieron el brazo profundamente. Todavía estaba caliente. Me apreté bien el brazo y llamé a Skouromanolís.
Vino —Dios lo tenga en bien—; era un muchacho firme y sereno. Yo, lo digo, girándome de un lado a otro, con los ojos echando chispas. Él me gritaba:
—¡Agáchate, Psarogiorgis, que te van a matar!
Pero yo, déjalo, estaba demasiado loco. Me levantaba y disparaba de pie; y donde iba a dar, no se salvaba ni un pájaro al vuelo. En Asia Menor había sido tirador-ametrallador.
Llamé, como digo, a Skouromanolís y saltó como un pájaro. Llegó, me ayudó y volvimos hacia el oeste para encontrar a los demás y buscar un sitio donde pudiera vendarme bien. Allí empezaron los dolores, porque cuanto más pasaba el tiempo, más se enfriaba la herida. Mientras tanto, yo no podía ver qué había sido de los otros, a la derecha, arriba en el lomo; quiénes estaban muertos y quiénes vivos, porque la cosa no se había detenido.
Si deseas saber más, visita Patris, sección “15 Αυγούστου 1943: Η Μάχη στο Τραχήλι και ο Γεώργιος Καργάκης-Ψαρογιώργης” [15 de agosto de 1943: La batalla de Trachili y Georgios Kargakis-Psarogiorgis]. El testimonio de Georgios Kargakis, Psarogiorgis, fue narrado en julio de 1976 al maestro Minas G. Papadakis y reproducido en Trachili, de Konstantinos Kargakis.
Trachili no fue una de las grandes batallas del Mediterráneo, ni cambió por sí sola la dirección militar de la guerra. En otros frentes, ese mismo verano, ejércitos completos se movían sobre mapas más visibles. Pero en Creta la guerra no se medía solo por kilómetros, puertos o aeródromos. Se medía también por la capacidad de una patrulla de montaña para sobrevivir a un cerco, por el riesgo que corría una aldea al alimentar a sus hombres, por el nombre de cada enlace y por cada paso conocido entre las rocas.
El combate dejó muertos, heridos y cifras que las fuentes posteriores no siempre ordenan de la misma manera. Lo esencial, sin embargo, aparece con claridad en las voces que quedaron: no fue una emboscada limpia ni una acción heroica vista desde lejos, sino una salida desesperada bajo fuego, en un terreno donde cada piedra podía salvar o matar.
La fiesta de la Panagia había empezado con comida preparada, comunión y la esperanza de recibir noticias. Terminó con cuerpos tendidos al sol, cantimploras abandonadas, sangre en las manos y una certeza que la montaña conservaría durante años: en Creta, la ocupación alemana no solo se enfrentaba a ejércitos regulares, sino también a comunidades enteras cuya resistencia convertía cada refugio, cada monasterio y cada paso estrecho en parte del frente.

Entierro de los muertos de la batalla de Trachili en el monasterio de San Antonio y Santo Tomás, en Vrontisi. La imagen pertenece a la memoria local del combate y muestra el vínculo entre la resistencia armada, los monasterios del Psiloritis y las comunidades que apoyaron a los partisanos durante la ocupación. (Foto vía Patris).

Ruinas de Nea Vorizia, un asentamiento construido en las laderas del Psiloritis tras la destrucción alemana de Vorizia en agosto de 1943. El lugar nunca llegó a ser habitado por los vecinos, quienes prefirieron reconstruir el pueblo original. (Foto vía Cretan Beaches).

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