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La última salida por Smolna

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Judíos del gueto de Białystok durante la liquidación final de agosto de 1943 (Foto: autor no identificado; publicada en The Fight and the Destruction of Ghetto Białystok, December 1945, Yehud., del Dr. Szymon Datner).

En agosto de 1943, el gueto de Białystok seguía existiendo sobre una promesa cada vez más frágil: la utilidad. Sus talleres, sus fábricas textiles, sus trabajadores obligados y sus encargos para la administración alemana habían sostenido durante meses la ilusión de que el trabajo podía retrasar la muerte. En una ciudad donde la destrucción de las comunidades judías vecinas ya había mostrado el verdadero significado de las deportaciones, esa esperanza no era simple ingenuidad: era una forma de respirar un día más.

El 15 de agosto, la mentira empezó a cerrarse. Ephraim Barash, jefe práctico del Judenrat, fue informado de que al día siguiente los judíos del gueto, sus familias y el equipo de las fábricas serían trasladados a Lublin. Durante la noche, fuerzas alemanas y auxiliares formaron un cordón armado alrededor del gueto. La palabra “traslado” llegaba después de Treblinka, Auschwitz y las liquidaciones previas. Ya no podía escucharse sin pensar en la muerte.

La resistencia clandestina, unida solo desde hacía pocas semanas bajo el mando de Mordechai Tenenbaum-Tamaroff y Daniel Moszkowicz, sabía que no podía derrotar militarmente a las fuerzas que la rodeaban. Su objetivo era otro: resistir, abrir una brecha en la cerca del gueto y permitir que cuantos pudieran escaparan hacia los bosques cercanos. Para eso había armas, pero pocas; voluntad, pero no suficiente contacto con la multitud; planes, pero no control sobre el momento elegido por los alemanes.

Meses antes, Tenenbaum había redactado un manifiesto para el día en que comenzara la Aktion final. No era una crónica de los combates. Era la voz de una resistencia que había dejado de creer en las palabras alemanas y que llamaba al gueto a reconocer lo que significaba la deportación:

¡Compañeros judíos!

Días de horror caen sobre nosotros. No solo el gueto, la estrella amarilla, el odio y el desprecio, el insulto y la humillación: ¡estamos frente a la muerte!

Ante nuestros ojos conducen a la muerte a nuestras mujeres, nuestros hijos, nuestros padres, hermanos y hermanas. Miles ya se han ido; decenas de miles están destinados a ir. En estas horas terribles, que deciden nuestro destino —ser o no ser— les decimos:

Sepan esto:

Cinco millones de judíos han sido ya asesinados por Hitler y sus verdugos. No queda más del diez por ciento de los judíos polacos. En Chełmno, Bełżec, Auschwitz, Treblinka, Sobibór y otros campos de muerte, más de tres millones de judíos polacos han sido torturados, asesinados y llevados a una muerte antinatural.

Sepan esto:

¡Todos los deportados son conducidos a la muerte!

No crean la falsa propaganda de la Gestapo sobre cartas supuestamente enviadas por los deportados. Es una mentira cínica. A los deportados los llevan a enormes crematorios y a fosas comunes en lo profundo de los bosques polacos. ¡Cada uno de nosotros ha sido condenado a muerte!

No tenemos nada que perder. No crean que el trabajo los salvará. Después de la primera Aktion vendrá la segunda y luego la tercera, hasta el último judío. La división del gueto en diferentes categorías es una maniobra conocida de la Gestapo, que quiere engañarnos y embaucarnos. Quieren facilitar su tarea engañándonos con ilusiones.

¡Compañeros judíos!

¡Nos llevan a Treblinka! Nos gasearán como animales leprosos y luego nos quemarán en los crematorios.

¡No vayamos como ovejas al matadero! Si somos demasiado débiles para defender nuestras vidas, al menos somos lo bastante fuertes para defender nuestro honor como judíos y como seres humanos, para mostrar al mundo que, aunque estamos encadenados y atados, nuestro espíritu está vivo.

No vayan a la muerte por propia voluntad. Mientras haya aliento en ustedes, luchen por su vida; reciban a sus verdugos con uñas y dientes, con cuchillo y hacha, con ácido y barras de hierro. Que el enemigo pague sangre por sangre, muerte por muerte.

¿Se esconderán en madrigueras de ratas mientras sus seres queridos son llevados a la muerte y a la profanación? ¿Venderán a sus esposas, sus hijos, sus padres y sus propias almas por unas semanas de esclavitud? Ataquemos a nuestros enemigos, tendámosles emboscadas, matémoslos, desarmémoslos; resistamos a nuestros asesinos y, si es necesario, muramos combatiendo como héroes, y en nuestra muerte viviremos.

No tenemos nada que perder salvo nuestro honor. No vendan sus vidas barato. Venguen a las comunidades aniquiladas y a los pueblos devastados. Cuando abandonen sus casas, préndanles fuego. Quemen las fábricas y destrúyanlas. Que el enemigo no herede nada de nosotros.

¡Jóvenes judíos! Sigan el ejemplo de tantos guerreros, mártires judíos, soñadores y constructores, pioneros y hombres de acción: levántense y combatan.

Hitler será derrotado en la guerra. La alianza de opresores y caníbales será borrada de la faz de la tierra. El mundo será purificado y limpiado. Por ese futuro luminoso de la humanidad no deben morir como perros. Vayan a los bosques, únanse a los partisanos. No huyan del gueto; sin armas serán abatidos. Después de cumplir su deber nacional, vayan armados al bosque.

Pueden conseguir armas de cualquier alemán en el gueto. ¡Valor!

Si deseas saber más, consulta B’nai B’rith International, documento “Theme 2013 and Texts”, sección “The Manifesto”, que reproduce el llamamiento de Mordechai Tenenbaum-Tamaroff a partir de Dapim Min Hadleika, traducido del hebreo por Marganit Weinberger-Rotman.

Cuando llegó la noche del 15 al 16 de agosto, el manifiesto dejó de ser una advertencia para convertirse en una orden práctica. La resistencia ya no discutía si la Aktion llegaría, sino cómo responder cuando el cerco estuviera encima. La voz que mejor conserva esa transición no es una proclama, sino la memoria posterior de Haika Grossman, organizadora de la clandestinidad, mensajera y participante del levantamiento.

Su relato permite ver lo que la arenga no puede mostrar por sí sola: la reunión nocturna, los patios, las armas defectuosas, los jóvenes en las posiciones, la multitud que no responde como la resistencia había imaginado, la madre perdida entre los deportados y la lucha junto a la cerca de Smolna:

Era el 15 de agosto de 1943, una hermosa tarde de verano. Nos habíamos reunido para una junta del Estado Mayor en la habitación desierta de Mordechai, en la calle Polna. La reunión duró más de lo habitual y terminó después de medianoche. No teníamos permisos para movernos de noche y nos vimos obligados a escurrirnos por los patios, pegándonos a las paredes de las casas silenciosas. Había sido la primera reunión completa del Estado Mayor. Habíamos terminado la distribución de tareas. El ambiente de la reunión había sido práctico, realista. Cuando llegamos a nuestra habitación en la calle Białostoczańska, ya era muy tarde. La habitación estaba vacía. Todavía no nos habíamos dormido cuando Gedalyahu entró. Serían alrededor de las dos de la mañana.

Vístanse. Una unidad de las SS ha entrado por la puerta de Jurowiecka y ha colocado centinelas cerca de la fábrica.

¿Qué significa eso?

No hagan preguntas. Tenemos que vestirnos y alertar a la organización. Yo voy a avisarle a Mordechai.

Últimamente el gueto había estado tranquilo. La vida había sido normal. No solo eso: acababan de llegar nuevos pedidos para las fábricas, desde Königsberg y desde el lejano Berlín. Qué feliz había estado el gueto en los últimos días por las muchas victorias soviéticas y por la caída de Mussolini. Y ahora, de pronto, una Aktion.

Nuestro plan de recibir a los alemanes antes de que lograran dispersarse por el gueto, de atacarlos inmediatamente al entrar, ya no era posible. Habían entrado de pronto, de noche. En unos minutos, el Estado Mayor, las células y sus comandantes estaban alertados. En una reunión apresurada en la calle decidimos, primero, enviar las células a sus posiciones regulares, de acuerdo con el plan original. Había que cambiar el plan general. Los principales puntos de ataque, que habían sido fijados cerca de las puertas para impedir que los alemanes entraran al gueto, habían perdido ahora gran parte de su valor. Todos los planes basados en ataques desde las casas cercanas a las puertas, con granadas y lluvia de fuego, tenían que modificarse. Nos habían arrebatado la iniciativa de golpe. Aun así, decidimos conservar y atrincherar las posiciones existentes. La primera orden, por tanto, fue mantener todas las posiciones y, desde ellas, atacar a los alemanes en cuanto se acercaran. Se colocaron centinelas y se establecieron líneas de contacto con los comandantes de sector. Enviamos gente a golpear puertas y postigos para despertar a los judíos:

¡Alemanes en el gueto! Si les ordenan presentarse, no vayan.

En realidad, todavía no sabíamos nada. Hasta estar seguros de que el gueto estaba siendo liquidado, no debíamos salir de la clandestinidad ni llamar en voz alta a la resistencia.

 

Mordechai caminaba a mi lado, en silencio, pensativo. Los minutos pasaban, y el gueto despertaba. Una puerta se abría con un chirrido: judíos, ¿qué ha pasado? Y cuando el hombre recibía la respuesta, la puerta se cerraba. El miedo aquietaba a los judíos; el miedo caminaba con ellos, en silencio, golpeando puertas y ventanas. Parientes y amigos corrían a las casas de otros para despertar a los que dormían. Nuestros compañeros estaban en todas partes, en todos los patios. Mordechai miraba por todos lados, se encontraba con la gente y la alentaba. Vi aquella noche los rostros de nuestros jóvenes compañeros, los movimientos de sus manos, su manera de caminar, y vi sus ojos —los de Avremele y Yentel, los de Sortka y Lonchik— brillando en la noche.

Eran las cuatro de la mañana. Los rayos del sol aún no habían aparecido cuando los carteles fueron colocados en los muros del gueto: todos los judíos del gueto, sin excepción, recibían la orden de presentarse a las nueve de la mañana, con pequeños paquetes de mano, en la calle Jurowiecka. Desde allí, todos los residentes del gueto, así como los talleres y las fábricas, serían trasladados a Lublin. Firmaba el comandante de las SS y la policía, Dibos.

Ahora todo estaba claro. Había llegado la liquidación. La mañana era pálida y fría, bajo el cielo azul despejado. Las calles se llenaron de judíos que se agolpaban alrededor de los carteles. Los leían una vez, otra vez, y luego se dispersaban, asustados. No había tiempo para preguntas ni explicaciones; los carteles hablaban por sí mismos. Los judíos los leían y se apartaban en silencio, cada uno hacia su casa. No había gritos; no había histeria. Tanteaban en la luz de la mañana como si estuvieran perdidos en la oscuridad. Todavía no estaban realmente despiertos; las telarañas del sueño y de la tranquilidad no se habían ido. No había lamentos ni llanto, solo una tensión silenciosa durante aquellas horas que avanzaban despacio.

Nos reunimos en la posición de la calle Piotrkowska. Mordechai también estaba allí. Propuso dividir a los miembros del Estado Mayor a ambos lados de la calle Jurowiecka, el lugar que los alemanes habían designado para el transporte. “Esas calles pueden quedar cortadas y, por eso, quizá sea mejor dividir el Estado Mayor”, argumentó. Su propuesta parecía lógica y estuvimos de acuerdo. Decidimos entonces distribuir las armas que había en los depósitos. Las del otro lado de Jurowiecka las entregamos a las unidades de combate en sus posiciones, y las de este sector, entre las células y posiciones situadas de este lado de Jurowiecka. Se tomó en cuenta la dificultad de mover armas por el gueto en ese momento.

Aquello era, al mismo tiempo, una posición de combate y un puesto de mando para todo el sector. Todavía puedo ver a Gedalyahu y Zerah, a Yoshko y Leibush; recuerdo a los jóvenes, Meir y Avremele. Todos, hasta el último, vinieron a recibir instrucciones y luego regresaron a sus posiciones. Sobre todo recuerdo a Kuba: Kuba no había cambiado; estaba callado, como siempre, lento y pensativo. Solo le había cambiado la expresión. Siempre había sido amistoso y tranquilo; ahora estaba furioso. Estaba furioso por las armas que rodaban a sus pies y que no servían de nada. Todavía no había logrado repararlas todas para el combate. Había un fusil sin seguro, una metralleta capaz de disparar balas contra el enemigo, pero inútil, chatarra. Kuba estaba sentado, furioso, en su banco de trabajo, intentando rehabilitar al menos otro fusil y quizá otra ametralladora. El tiempo apremiaba: a las nueve en punto comenzaría la batalla. La gente esperaba armas. Las posiciones pedían munición con ansiedad. El tiempo pasaba. Los correos iban y venían. Había muy pocas de las armas largas prometidas. La gente tomaba pistolas, pero quería mejores armas ofensivas. No se conformaban con armas solo para la defensa personal. Kuba estaba furioso mientras sus manos manipulaban el hierro, con los dedos temblándole ligeramente. Seguía trabajando en su banco, con Meir ayudándolo. Las armas fueron finalmente distribuidas, y aun así Kuba continuó trabajando.

El apartamento de Piotrkowska estaba en desorden. Se habían abierto los depósitos de ropa que habíamos logrado trasladar al bosque. Los compañeros se vestían, se preparaban. ¿A quién le importaban los calcetines de lana, los zapatos enteros? El objetivo principal era que pudiéramos movernos. No había histeria, ni una sola señal de confusión.

Leibush Mandelblit, miembro comunista del Estado Mayor, estaba apoyado contra la pared. Tenía fiebre alta; no podía hablar: la garganta ulcerada. Le ardían los ojos. Él también estaba decidido a combatir, junto con sus compañeros. A su lado estaba de pie un muchacho de unos doce o trece años; lo había llevado consigo.

Allí estaba nuestra Avremele, y estaban Lonchik y Meir y Yentel, que había vuelto herida del vagón de la muerte después de la primera Aktion. Después de aquello, había guiado a las células y les había enseñado a usar armas. Había sobresalido en el curso general; los adultos asentían con la cabeza, asombrados, preguntándose de dónde sacaba aquella muchacha tan joven tanta facilidad y conocimiento sobre el uso de instrumentos de muerte. Agradable y talentosa, delicada, de las mejores alumnas del gimnasio, examinaba su arma y miraba sus zapatos para ver si eran lo bastante resistentes. Había sido herida, pero sus heridas habían sanado. Había saltado del vagón de la muerte, había caído y se había levantado otra vez. También estaban los demás, los miembros del grupo Tel-Amal, todos en posición; comandantes, maestros, correos, tomando sus lugares, volviendo y corriendo hacia sus oficiales.

Yo era la única que no se preparaba para el día siguiente. No revisé mis zapatos, no revolví la mercancía del depósito tirada sobre las camas. No fui a despedirme de mi madre. No fui a su casa a cambiarme de ropa. Solo miraba el tumulto y los preparativos, y me preguntaba. Durante años los había endurecido, a esos jóvenes, había moldeado sus caracteres y les había enseñado poco a poco la lógica de la acción. Ahora pasaban ante mí, rumbo a su prueba decisiva, y quizá recorriendo su último camino.

Gedalyahu estaba allí. Bromeaba. Esta vez no era humor de horca. Bromeaba de todo corazón, porque al día siguiente ya no tendría que ir a trabajar en el detestable contingente de la policía del gueto. Ahora era un hombre libre. Él también se preparaba para el combate, revolviendo el montón de medias que Sonka había traído unos minutos antes de la pequeña “fábrica” de su padre, buscando un par que le quedara. Al amanecer, Gedalyahu se volvió hacia mí. ¡Qué ojos, Dios del cielo! Nunca los había visto como eran en realidad. No sé por qué, pero me pareció que Gedalyahu iba a expresar sus sentimientos de primer amor. Me pareció ridículo permitir que un pensamiento tan extraño entrara en mi mente en un momento así. Gedalyahu me llamó aparte:

Hace unos minutos hablé con Zerah, con los otros miembros del Estado Mayor y con nuestra dirección. Debes salir del gueto inmediatamente. Tal vez todavía pueda hacerse. Después de todo, Raska logró salir. No tiene sentido que te quedes aquí.

No entiendo. ¿Quieres mandarme lejos ahora? ¿No puedo combatir como todos los compañeros?

No quería insultarte ni poner en duda tu honor. Al contrario; no te enojes, te lo explicaré.

Gedalyahu se detuvo a la mitad, miró el pedazo de pan negro que tenía en la mano y se avergonzó.

 

Entiendes, alguien tiene que salir vivo de este asunto. Le dije a Raska que debemos organizar la ayuda fuera del gueto. Podemos suponer lógicamente que algunos de nosotros sobrevivirán; nu… ¿cómo voy a decirte esto? El mundo seguirá existiendo, todavía habrá judíos y habrá movimiento

Gedalyahu no pudo contenerse; escupió entre los dientes delanteros, como siempre.

 

En resumen, pensamos que tú eres la indicada para salir de esto a salvo y saborear la victoria.

Gedalyahu se detuvo. Sentí como si el mundo se hundiera bajo mis pies. Me dio vueltas la cabeza. Quise caer sobre Gedalyahu y besarlo, abrazarlo por su gran alma, por su carácter precioso, por la ternura envuelta en una aparente vulgaridad. ¡Qué alto se había vuelto Gedalyahu! De pronto se preocupaba por la historia, por el mundo que prevalecería después de nosotros.

¡No me iré!

Después de eso nunca volvimos a hablar del asunto. Lo encontré unas cuantas veces más, desplazándose de un lugar a otro, recorriendo las posiciones. Oí el sonido de su risa y lo vi gritar cerca de la puerta. Sobre todo, recuerdo el sonido de las maldiciones rusas que escupía entre los dientes. Eran maldiciones comunes, pero iban dirigidas contra lo que odiaba, con todo su corazón y toda su alma. Odiaba a los traidores, a los débiles y, sobre todo, despreciaba al enemigo.

Nuestras posiciones no estaban muy bien escondidas. No teníamos intención de escondernos. Pensábamos caer sobre los soldados de las SS que vinieran a sacar por la fuerza a sus víctimas. Los alemanes se dispersarían, después de las nueve, cuando el punto de concentración en la calle Jurowiecka no estuviera lleno. Defenderíamos a los judíos escondidos, y de ese modo ellos también se unirían a los combatientes. Para nosotros estaba claro que los judíos no irían a la calle Jurowiecka. En la primera acción nadie había querido entregarse voluntariamente. Cada casa se convertiría en una fortaleza. Las posiciones habían sido establecidas en casas altas, con muros sólidos. No serían tomadas fácilmente. La de la calle Częstochowska estaba en el tercer piso; la de Piotrkowska también estaba en el piso superior. Cuando se acercaran a la casa, los recibirían salvas de balas y granadas. El plan era simple. También había combatientes en las puertas. Es cierto que los primeros grupos de las SS habían entrado al gueto antes, a las dos de la mañana, sin que lo supiéramos. Habían establecido puestos cerca de las fábricas, lo que nos impedía sabotearlas. Sabíamos, sin embargo, que podíamos burlar a los guardias dispersos por todo el gueto.

Las posiciones estaban listas, y también los combatientes armados. En las habitaciones vacías, abandonadas por sus inquilinos, había objetos dispersos como después de una catástrofe. Con esos objetos, y con los muebles, haríamos barricadas detrás de las cuales dispararíamos. La moral en las posiciones era excelente. Eran las siete de la mañana. Habían pasado cuatro horas desde que aparecieron los carteles; todo el gueto sabía lo que le esperaba. No se veía a los alemanes allí, salvo a quienes custodiaban las fábricas y el edificio del Judenrat. Todavía teníamos dos horas por delante. Desde la posición del Estado Mayor, en la calle Piotrkowska, se enviaron correos a las calles del gueto para averiguar qué pensaban hacer los judíos. Dos compañeros fueron enviados a la calle Polna, donde se encontraba la estación de bomberos. Debían ordenar a los bomberos que se fueran a casa y que no se atrevieran a apagar ningún incendio en las fábricas. Había que sacar piezas de sus camiones para impedir que pudieran moverlos. Y, finalmente, había que traer gasolina desde la estación.

No había pasado ni media hora cuando los correos volvieron con noticias terribles: las masas fluían hacia Jurowiecka con todas sus pertenencias. ¡Increíble! ¿Qué había pasado? ¿Iban por voluntad propia? Eran apenas las siete y media; ¿por qué tenían tanta prisa por morir? Llegaron noticias vergonzosas de los bomberos: ni siquiera quisieron oír hablar de abandonar su estación y dejársela a los jóvenes locos. No sabotearían sus máquinas ni entregarían gasolina. Nos habían decepcionado los bomberos, esos hombres que no temían trepar muros empinados, que podían burlarse de todo. Tenían miedo de los alemanes. Tendríamos que incluir su estación en el sabotaje que comenzaría exactamente a las nueve.

La situación en las calles era todavía peor. Eran las ocho. Nuestros correos estaban dispersos por todo el gueto, celebrando reuniones en los patios de los lager, explicando y persuadiendo:

 

Judíos, no vayan voluntariamente. Esto no es una evacuación a Lublin. Los alemanes mienten como siempre. Salir del gueto significa morir en las cámaras de gas. ¡No vayan! Escóndanse, y luego combatan con cualquier cosa que puedan encontrar.

Los compañeros corrían detrás de los grupos de judíos, pero la ola avanzaba, fluía aparentemente sin fin. Judíos cargados con edredones, almohadas, vestidos con abrigos de invierno; uno arrastraba una piel caliente, ahora ya no tendría miedo, la había arrastrado por todos los infiernos de las búsquedas y ahora le resultaba difícil abandonarla. Niños llorando, perdiéndose en la confusión y encontrando de nuevo a sus padres. Un cochecito de niño, con las ruedas vencidas bajo el peso de la carga amontonada encima, y un niño meciéndose sobre todo aquello. ¡Salvar la propiedad judía! La familia marchaba al sol; era más fácil morir entre muchos que luchar y sufrir solo. Al parecer, una muerte rápida era más fácil que una tortura prolongada. Quizá no habíamos comprendido del todo la agonía de los padres que miraban a sus hijos hambrientos. ¿Para qué servía vivir una vida así?

Quizá por todo eso las masas fluían aquella mañana hacia su muerte.

En vano nuestros compañeros se colocaban en las esquinas; en vano cerraron los tres puentes sobre el Białka en un intento inútil de hacerlos volver a sus casas. No escuchaban; cerraban los oídos a nuestros llamados. La situación era crítica. Eran las ocho. El Estado Mayor volvió a reunirse en Piotrkowska. Ahora estaba claro que quedaríamos como islas aisladas en el gueto desolado. No teníamos masas detrás de nosotros. Los alemanes no se veían por ninguna parte del gueto. Sacarían el transporte y nosotros quedaríamos allí, pequeños grupos de combatientes empeñados en el suicidio. Nos habían privado del propósito público de nuestra lucha. Los alemanes, preparados por la experiencia de Varsovia, habían acertado en su planificación. Estaban logrando vaciar la parte urbana del gueto, donde era posible librar combate callejero, donde cada casa podía convertirse en un bastión. Los judíos estaban siendo concentrados en la calle Jurowiecka y al este de ella. Del lado suburbano había jardines, campos vacíos y casas de madera que no podían servir ni de posiciones ni de refugio.

La situación era desesperada y teníamos que decidir de inmediato. Mantener nuestro viejo plan significaba renunciar al sentido mismo de nuestra lucha: abandonar a quienes habían quedado separados de los combatientes y permanecer como un grupo que se suicidaba para conservar su honor.

Si íbamos a cambiar el plan, solo había una manera de hacerlo: ir con las masas al punto de concentración y levantarlas a la revuelta. Eso significaba renunciar a los muros de la ciudad y reducir las posibilidades de combate callejero; nuestras fuerzas no eran suficientes para un combate abierto, cuerpo a cuerpo. ¿O quizá una batalla breve aumentaría las posibilidades de arrastrar a todo el pueblo? Sabíamos que el nuevo plan había sido concebido más en la ira y en un espíritu de rebelión que sobre cualquier estrategia bien pensada. Renunciar al plan original significaba que no dirigiríamos las acciones, y que no atacaríamos. Había consideraciones serias, y el tiempo se acababa. Ya eran las ocho y cuarto. La elección era difícil.

Propuse que adoptáramos el nuevo plan. Nadie se opuso. Mi propuesta fue aceptada porque ya no quedaba tiempo y quizá también porque nadie tenía fuerzas para discutir. Zerah y Yoshko asumieron la tarea de ejecutarla. Todavía teníamos treinta y cinco minutos. ¿Qué justificación podía encontrarse para cualquier plan que no fuera defender a las masas y salvarlas, organizarlas y conducirlas a la liberación y a la muerte con honor?

Durante esos treinta y cinco minutos, todas las posiciones al otro lado de Jurowiecka fueron trasladadas apresuradamente al lado donde estaba nuestra gente, hacia los jardines y los suburbios.

Una segunda parte, más pequeña, de la clandestinidad se concentró alrededor de Mordechai y Daniel. Teníamos que trasladar las armas que no queríamos revelar antes de abrir fuego. Nuestros combatientes empezaron a mezclarse con la gente, cargados como ellos con bultos, edredones, almohadas y mantas, y dentro de ellos, las armas ocultas: fusiles y pistolas, granadas y munición. Zila, de Grodno, llevaba un bulto enorme a la espalda. Cruzó el pequeño puente donde había grandes multitudes. Todo el mundo quería ser el primero. Ella también empujaba hacia adelante, apresurada. Las armas tenían que llegar a tiempo. Faltaban unos minutos para las nueve. Las calles estaban vacías. Los últimos judíos se apresuraban, corrían, sudaban, cargando sus bultos y sus hijos. No querían llegar tarde. No querían ser golpeados.

Las calles estaban desiertas. Algunas casas tenían las puertas cerradas desde afuera; algunos judíos, al parecer, querían asegurar la propiedad que habían dejado atrás. Un mendigo siempre se había sentado en aquella esquina y, enfrente, una mujer solía apoyarse contra la pared, con la mano extendida, gimiendo. Pedía caridad. No suplicaba, solo gemía en silencio, con la cabeza envuelta en trapos, pegada a la pared. Su lugar permanente estaba cerca del edificio del Judenrat, y la policía judía la echaba regularmente. Ahora no había policía allí, ni mujer mendiga que gimiera. El lugar estaba vacío.

Miré por última vez la calle principal y huí de regreso a Białostoczańska. Nuestras posiciones se estaban desmontando, una por una. Ahora solo tenía que apresurarme al puente que llevaba desde Białostoczańska, a través de los basureros, hacia Jurowiecka. Creo que yo era la última. Tenía las manos vacías. No llevaba bultos, ni siquiera medias para cubrir mis pies desnudos, solo los zapatos gastados que me había puesto la tarde anterior. Me pareció que cerraba la marcha de un desfile sangriento, con la calle del gueto quedando atrás, desolada.

Todos los combatientes ya habían cruzado el puente. Solo quedaban pequeños grupos de dos o tres. Uno iba al Judenrat, donde parecía ubicarse el Estado Mayor de la liquidación, encabezado por Friedl. Otro se dirigía a las fábricas de la calle Różańska, donde se cosían botas para soldados nazis, con decenas de miles todavía en los almacenes, y otro a las fábricas textiles de la calle Polna y a la estación de bomberos allí situada. El resto de las fábricas estaban al otro lado del gueto, hacia donde fluían las multitudes. Cuando hubiera disparos en las calles Fabryczna y Ciepła, debían llevar a cabo su sabotaje. Iban armados principalmente con granadas y pistolas. Debían acercarse desde la zona, lanzar sus granadas contra los guardias y destruir las máquinas.

Conocíamos bien el plano de las fábricas; era fácil dañar los materiales inflamables que había en todas ellas, los depósitos de combustible y los almacenes. Esos grupos, diez personas en total, estaban compuestos en su mayoría por muchachas jóvenes de todos los movimientos. Todas eran jóvenes, y todas cayeron en combate. Durante mucho tiempo, los judíos habían trabajado en beneficio del frente nazi y se habían visto obligados a ayudar a construir una victoria del enemigo del género humano. Hoy las fábricas estaban en silencio. ¡Hoy prevalecería el fuego que consumiría las instalaciones y las mercancías!

Mientras tanto, todos nos habíamos reunido en el número 13 de la calle Ciepła. Allí los inquilinos todavía permanecían, mirándonos a la vez con miedo y confianza. La entrada a la habitación de Mordechai pasaba por la cocina. Los inquilinos habían decidido no abandonar su apartamento. Veían entrar y salir a jóvenes, con las armas visibles bajo la ropa. Podían ver a los centinelas cerca de la habitación, y al parecer habían decidido que valía la pena quedarse con aquella gente. Al salir del apartamento, uno se encontraba en un patio suburbano detrás de la casa, desde donde se podía llegar a las calles Nowogródzka y Chmielna, donde había casas dispersas separadas por pequeños lotes y jardines. Al otro lado de Nowogródzka estaba el atractivo edificio donde vivían Barash y el rabino Rosenman. Detrás del edificio estaban los grandes y espaciosos huertos del Judenrat, con un granero y un alto pajar en medio. A la derecha estaba el alto muro del gueto y, junto a él, las pequeñas calles de tierra de Górna y Smolna.

Me abrí paso entre la multitud, avanzando por la calle Ciepła. ¿En qué pensaba entonces? No lo sé. Solo sé que me apresuraba mucho porque se acercaban los últimos minutos. De pronto vi a mi madre entre la multitud. Quise escabullirme sin detenerme. Tenía miedo del encuentro, miedo de verla en el transporte. Temía ver su rostro arrugado, prematuramente viejo, su cabello gris. Tenía miedo de verla sola. Retrocedí, cobardemente, como si huyera de un campo de batalla, pero ella me vio.

Chaikele, ¿adónde vas?

Me quedé callada, la besé en sus labios secos y huí. Nunca volví a verla…

Cuando llegué a Ciepła, el gentío se había disipado. En el triángulo entre Ciepła, Nowogródzka y Smolna se movían nuestros compañeros de la organización combatiente. Muchos iban y venían, con las armas visibles bajo los abrigos.

Discutían el plan: romper la cerca y abrir un camino para la multitud que venía detrás de nosotros. En el gueto mismo no se veía a los alemanes, salvo los que estaban apostados a lo largo del lado más lejano de la calle Jurowiecka, mirando hacia el gueto. Intentamos calcular el tamaño de sus fuerzas, pero no pudimos hacernos una idea clara. Decidimos abrir el ataque sin considerar la fuerza del enemigo. No había alternativa; era la única estrategia. Sabíamos que seríamos los primeros en caer; que la vanguardia, los atacantes, estaría bajo fuego intenso y que tal vez solo unos pocos lograrían abrirse paso. Las masas estaban detrás de nosotros; si se rompía la barrera, huirían por miles. Más de 20,000 judíos estaban en el punto de concentración: caerían decenas, quizá cientos lograrían pasar; si caían cientos, miles podrían ganar. Seríamos el puente hacia la vida para aquella gente. Abriríamos camino para las masas con nuestras armas. Detrás de la cerca había un suburbio amplio con senderos retorcidos; desde allí, el camino al bosque quedaba abierto.

Dos combatientes, uno de ellos el comunista Zalman, que había estado en un grupo partisano y había vuelto al gueto, se esconderían hasta la noche —tenían prohibido entrar en la batalla— y saldrían del gueto de noche para llamar a su grupo en ayuda y reunir a todos los que hubieran huido. Cualquiera que saliera vivo del gueto tendría su lugar entre los partisanos. El Estado Mayor en conjunto votó a favor del plan. Se distribuyeron armas: cien fusiles, además de pistolas y granadas. Había muchos combatientes; más de doscientos quedaron sin armas, o solo con armas de mano para defensa propia. Había una vieja ametralladora, y fue entregada a Nahum Abelevich, como le habíamos prometido.

Las pocas armas automáticas fueron distribuidas. La mayoría de las muchachas permanecieron sin armas, pero tenían otra tarea. Los grupos de sabotaje e incendio estaban compuestos en su mayoría por muchachas. Otras eran correos, y algunas enfermeras. Tenían armas pequeñas. Tendríamos que liquidar a los guardias y las patrullas. Allí las muchachas se rebelaron y se negaron a renunciar a sus papeles. El Estado Mayor tampoco cedió: ellas debían iniciar el combate. Fue una decisión rápida. Solo Mordechai y Daniel permanecerían en la habitación. Se estableció una cadena de corredores y se dividieron los sectores a lo largo de la cerca. La división no fue difícil; se hizo según las células y sectores. Yo quedé en el sector que incluía el frente de Smolna.

 

Nos separamos de Mordechai seguros de que volveríamos a vernos, pero nunca lo hicimos. Mordechai me sorprendió en esos últimos momentos. Su habitación estaba ordenada: las camas hechas, un mantel de colores sobre la mesa. De un armario contra la pared sacó las armas que habían sido traídas de los depósitos de este sector. Llevaba el cabello peinado, un traje gris, el cuello abotonado y las botas lustradas. Estaba sentado a la mesa, escuchando los informes de los corredores. Escuchaba sin responder, no maldecía; ni una sola vez oí su “holeira” favorito. Escuchaba a cada uno hasta el final y daba brevemente su orden:

No disparen contra los alemanes que están a lo largo de la calle Jurowiecka. Si intentan entrar en nuestra zona, y en los sectores de combate, no los dejen. Disparen.

Intenten mirar por encima de los techos de las casas hacia la cerca. ¿Imposible? Entonces acérquense arrastrándose a la cerca y miren por un agujero. Háganlo despacio, sin hacer ruido.

¿Era ese Mordechai, el Mordechai nervioso, dinámico, de respuesta rápida, tan fácilmente entusiasmado? Es cierto, le ardían los ojos, pero sus movimientos eran deliberados y sus respuestas directas y claras. ¿Era ese el Mordechai cuya imaginación a menudo se le escapaba, cuyo entusiasmo tantas veces le arrebataba el equilibrio? Sin duda, era un Mordechai nuevo. Era un comandante que sabía por qué hacía su trabajo.

Cuando le informé que los miembros del Estado Mayor del otro sector habían decidido todos entrar en combate, respondió:

 

Correcto, muy correcto. Iba a sugerírselo, pero era difícil. Nu, buena suerte.

Ya no nos miró. Mordechai, que cada vez que un compañero partía a una misión peligrosa se emocionaba y lo seguía con miradas ardientes; Mordechai, que era tan entusiasta con la gente: no quedaba recuerdo de aquel Mordechai ese día. Solo estaba la realidad de la liquidación del resto del judaísmo polaco, del último gueto, al parecer, y el hecho de la batalla que se acercaba.

 

Daniel estaba tranquilo como siempre. Tampoco él se emocionaba y daba sus consejos de manera deliberada y lógica. Mordechai daba órdenes mirando a Daniel. Vi sus miradas encontrarse y sus labios moverse en acuerdo. Daniel estaba pálido y tenía las mejillas hundidas. Su rostro era agradable, aunque la tuberculosis lo había consumido. Desde Kartuz Bereza, el infame campo de concentración de la Polonia semifascista, había llegado con su tuberculosis a la mesa de mando del gueto.

 

Esta es la última imagen, grabada en mi memoria, de la sala del Estado Mayor de la revuelta en el gueto de Białystok: la pequeña habitación en el número 13 de la calle Ciepła, Mordechai y Daniel sentados a la mesa cubierta con un mantel de colores, el mapa del gueto extendido ante ellos, el armario abierto de par en par, con armas dentro.

 

Los dos hombres solo se conocían desde hacía unas semanas. Permanecí junto a la mesa durante un largo rato y miré por la ventana baja. El sol entraba por la ventana. Hacía calor en la habitación.

¿No habíamos decidido que saldrías del gueto esta mañana? —Daniel no levantó los ojos de la mesa. Preguntó en un susurro, como si quisiera no romper el último silencio compartido.

Decidí no irme. No puedes obligarme, ¿verdad?

Daniel guardó silencio. Abrí la puerta con cuidado y salí. Desde atrás podía sentir sus ojos sobre mi espalda. Me pareció que hacía más calor. Me desabotoné el abrigo y me dirigí hacia la posición; ya pasaban de las nueve. Empezaría muy pronto.

Encontramos una casa en la calle Smolna, de madera, de un solo piso, con un desván, situada al borde del gran jardín del Judenrat. Al frente daba a la cerca. La casa estaba vacía; había pertenencias dispersas sobre las camas sin hacer y sobre la gran mesa familiar. Había almohadas y edredones, mantas, y sobre la mesa los platos de la comida del día anterior. Al parecer, los inquilinos habían ido al transporte. Zerah comandaba este sector.

 

No pasaba nada. Alcanzó a ver el terraplén del ferrocarril. No se veía movimiento militar; el terraplén ocultaba lo que ocurría detrás. Se acercaban las diez. De pronto, una columna de fuego se elevó al cielo, no lejos de nosotros. Esa era la señal. Habíamos prendido fuego al pajar para avisar a todos los sectores, a todas las posiciones y a los grupos de sabotaje dispersos por el gueto. Según el plan, la acción debía ser concentrada y repentina. Inmediatamente después oímos explosiones al otro lado del gueto, y columnas de fuego se alzaron en la distancia. Supimos que las muchachas habían cumplido su misión. No sabíamos dónde estaba Ruvchik ni qué había pasado en el Judenrat. La calle Fabryczna estaba en llamas y las explosiones continuaban. La fábrica de lona ardía. Otra detonación, y el granero quedó demolido. Desde el sector de Nowogródzka se oyeron gritos de “¡hurra!”, con ecos lejanos. “¡Hurra!”, respondimos todos. Estábamos rompiendo el cerco. La cerca estaba frente a nosotros. Disparamos y avanzamos. Primero hubo silencio. No respondían al fuego. ¿Dónde estaba el enemigo? ¿Dónde se escondía? Estábamos junto a la cerca, intentando superarla.

Ach, Gott —oímos un grito muy cerca de nosotros.

Allí estaban, escondidos junto a la cerca. Oímos disparos. Caían y gemían; no nos atacaban. Estaban asustados. “Hu… raaa…” El mundo entero tembló, se movió y nosotros nos tambaleábamos bajo la fuerza de los fusiles que rugían a lo largo de toda la cerca. De pronto estábamos bajo fuego. Un hombre yacía en su propia sangre. La casa se incendió; las casas contiguas también ardían como cajas de fósforos. La casa ya no era refugio; tuvimos que retroceder. La abandonamos y alcanzamos los amplios parques de la calle Nowogródzka. En los otros sectores nuestros compañeros también retrocedían. El fuego consumía las casas, y nosotros estábamos de pie en campo abierto, donde el enemigo podía vernos con facilidad. Sería un combate cara a cara.

Ahora disparaban desde el terraplén. Ellos también habían retrocedido, disparando con armas pesadas. Una ametralladora empezó su tableteo de muerte. Los que estaban detrás de la cerca, los que habían gritado “Ach, Gott”, usaban fusiles: señal de que estaban preparados y listos para la revuelta. Solo guardias armados con fusiles estaban apostados a lo largo de la cerca: señal de que estaban preparados para enfrentar la revuelta. La ametralladora tableteaba sobre nuestras cabezas. Atacamos y retrocedimos una y otra vez.

Recuerdo que disparé, caí, me levanté y corrí hacia la cerca, y luego retrocedí con los demás. Golpeé contra el alambre de púas y me sangraron los pies. Estaba sucia, cubierta de barro y hollín. Grité “¡hurra!” con el resto y me pegué al suelo con los demás cuando el fuego alemán se intensificó. Escuché gemir a los heridos y vi caer a un compañero cerca de mí. Su grito se cortó. Todavía puedo ver el abrigo de Zerah agitarse al viento; todavía veo a Gedalyahu; el aire aún tiembla por sus movimientos veloces, por su carrera ciega a la cabeza de la unidad de ataque.

¡Eh, compañeros, hurra, adelante! —todavía resuena su voz excitada.

Avremele, Yentel, Sonka y todos los jóvenes que corrían con nosotros y caían, se levantaban otra vez y, aunque heridos, volvían a lanzarse hacia adelante; Lonchik y Meir y todos los demás…

Allí estaba Leibush, enfermo; Chaia, la veterana comunista cuyo cabello se había vuelto gris en la lucha; Lilka, rápida de movimientos pese a su edad, Lilka Malerevich, cuyas últimas palabras, dichas mientras estaba de pie a mi izquierda y corría detrás de mí, para avanzar y caer, para pegarse al suelo y volver a levantarse y correr hacia el enemigo, todavía resuenan en mis oídos:

Adelante, adelante, no tenemos nada que perder.

Lo gritaba hacia mí, hacia los compañeros, hacia los heridos, y quizá también hacia el compañero que había caído a mi derecha.

Había un campo delante de nosotros, sembrado de cuerpos. La batalla se hacía más feroz. También el día se calentaba. Los disparos se intensificaron; una ametralladora pesada tronó en el aire, silenciando las voces de venganza. El jardín, las calles Nowogródzka y Smolna estaban sembrados de cadáveres. Yacían a lo largo de toda la cerca. El sol ya estaba alto en el cielo, el sonido de los disparos desde el gueto se hacía más débil. No había munición, no había ametralladoras pesadas. La puerta de la calle Fabryczna, cerrada y sin uso, se abrió de pronto, y un tanque pesado avanzó lentamente hacia la calle Ciepła. Se detuvo de golpe; al parecer había sido alcanzado por un cóctel Molotov.

Había más tanques frente a nosotros.

Gente de la multitud empezó a unirse a nosotros. Gente común que no había sido organizada en células. Reconocí a una mujer. Se habían dicho toda clase de cosas despectivas sobre ella; ahora gritaba a la multitud:

Vamos, ¿qué están esperando?

Pasó corriendo junto a mí, seguida por policías. Los reconocí, colegas de Gedalyahu, los mejores de ellos. Siempre lo habían obedecido y él se había apoyado en ellos. Obreros de las fábricas, con el rostro surcado de arrugas, la ropa hecha jirones; no fueron muchos los que se unieron a nosotros, solo unas pocas decenas, pero aquello alentaba. Una vez más intentamos romper la cadena armada alemana. Tal vez pudiera abrirse un camino para las masas tendidas sobre sus bultos en la cercana calle Jurowiecka.

Un avión zumbó sobre nuestras cabezas. Voló bajo, dio varias vueltas y desapareció. Volvió y nos ametralló en los campos y las calles. Los alemanes en el terraplén no dispararon ni una sola vez contra las masas cercanas. ¿Era una trampa? Por supuesto. Dos columnas de las SS se acercaron, una tras otra, con cuidado, furtivamente: una desde Ciepła, la otra desde la esquina de Ciepła y Jurowiecka. Dos columnas, con sus armas automáticas. Hasta entonces no se había visto a los alemanes en la zona del gueto combatiente. Los tanques no habían tenido éxito. Ahora enviaban infantería de las SS. Les disparamos, pero el campo de batalla se estrechaba. Muchos de ellos cayeron, pero la columna era larga; avanzaban y disparaban, se acercaban y seguían disparando. Venían hacia mí desde la dirección de Jurowiecka-Smolna, cerrando el paso entre las masas y nosotros. Nos rodearon con ráfagas de fuego. Las SS ordenaron a la gente echarse al suelo. Oíamos las órdenes que venían desde la calle Jurowiecka.

¡Liegen! ¡No levanten la cabeza! Dispararemos contra todos los que resistan, cuidado.

Querían aislarnos de la multitud. La protegían de las balas y apuntaban contra los rebeldes temerarios.

¡Eh, valientes, ataquen una vez más!

Estábamos aislados. Se nos había acabado la munición; había muchas víctimas. Los grandes grupos ya no vendrían detrás de nosotros; no podríamos arrastrarlos hacia los bosques para que se unieran a la lucha por la libertad del judío. Habíamos matado alemanes, habíamos combatido, nos habíamos convertido en un puente de cuerpos, pero las masas no romperían el cerco. Los alemanes habían usado armas pesadas contra la revuelta. La gente no se atrevería a abrirse paso detrás de nosotros. Estaban demasiado débiles.

Las columnas se acercaban y el cerco estaba casi completo. Entonces llegó la orden de intentar abrirnos paso entre las columnas que se nos aproximaban y unirnos a los grupos de la calle Górna. A nuestro único ametrallador se le ordenó cubrir la retirada. Me moví y alcancé la casa. Detrás de mí oía disparos. Me pegué contra la pared y sentí una ola de aire caliente, y luego oí un silbido. El yeso cayó a mis pies. Una bala impactó en la pared a solo unos centímetros de mí.

La casa era de piedra y ladrillo, una construcción sólida. El otro lado daba a la calle Jurowiecka. La pistola en mi mano ya no servía de nada; mis granadas y mi munición se habían agotado. Llevaba mi abrigo gastado a la espalda y zapatos de verano en los pies. Tenía los pies y el rostro sucios de sangre y barro, la boca me ardía y el corazón me latía con fuerza. Detrás de mí estaban el campo de batalla, los alemanes y los compañeros, muchos de los cuales, al parecer, también lograrían romper el cerco. Delante estaban las personas aterradas, tendidas sobre sus bultos en la calle Jurowiecka. Ahora Ciepła también estaba cerrada por la segunda columna. Ya no había paso hacia Górna. A lo lejos todavía se oían disparos aislados desde los lados del campo de batalla, Smolna y Ciepła. Nuestros compañeros, cuyos disparos no era difícil de distinguir, evidentemente no habían logrado salir de la trampa y disparaban sus últimas balas contra el enemigo. Intenté escabullirme hacia la calle Ciepła para llegar a Górna, pero no lo logré. Había perdido a mi grupo, a mis compañeros, y ante mí solo estaba el transporte. Ya eran entre las tres y las cuatro de la tarde. Permanecí entre la multitud buscando compañeros; quizá alguien más también había llegado allí en vez de alcanzar la calle Górna. Era difícil buscar; la gente estaba de pie o sentada, apretada. Ecos débiles de disparos aislados seguían llegando a mis oídos, pero estaba claro: la batalla había terminado.

Estaba en el transporte; de pronto se me ocurrió. ¿Iba a irme con el transporte? En toda mi actividad en la clandestinidad había luchado contra ir allí como ovejas al matadero… Cada día y cada noche, me decía a mí misma y decía a otros: “¡No permitan que nos lleven!” Busqué entre la multitud. Salvo la masa negra, que se movía lentamente, no vi nada en la calle Jurowiecka; el sol brillante caía sobre aquella masa negra.

Si deseas saber más, lee The Underground Army: Fighters of the Bialystok Ghetto [El ejército clandestino: combatientes del gueto de Białystok], de Haika Grossman, traducido al inglés por Shmuel Beeri.

El testimonio de Grossman deja ver la fractura exacta de aquella mañana. La resistencia había imaginado casas convertidas en fortines y una población que no acudiría voluntariamente a Jurowiecka. Los alemanes, aprendiendo de Varsovia, empujaron a la multitud hacia una zona menos favorable para el combate callejero. La brecha que los combatientes quisieron abrir hacia Smolna debía ser, en palabras de Grossman, un puente hacia la vida. Terminó siendo un puente de cuerpos.

 

No fue una victoria militar. No podía serlo. La resistencia de Białystok no detuvo la liquidación del gueto ni salvó a la mayoría de sus habitantes. Pero el 16 de agosto dejó al descubierto una verdad que el lenguaje alemán intentaba ocultar: aquello no era una evacuación de trabajadores ni una reorganización de fábricas. Era la destrucción de una comunidad entera.

Por eso Smolna importa. No como símbolo fácil, ni como consuelo, sino como el punto donde una parte del gueto se negó a caminar solamente hacia el lugar que le habían asignado. Entre la orden de reunión y la cerca, entre Jurowiecka y el bosque, Białystok tuvo unas horas en las que la muerte dejó de presentarse como trámite y fue enfrentada por su nombre.

Haika Grosman, una de las organizadoras de la clandestinidad del gueto de Białystok y participante en el levantamiento, fotografiada en Polonia en 1945. Su memoria posterior conserva una de las voces más cercanas a la noche del 15 al 16 de agosto y al intento de ruptura hacia Smolna. (Foto: Moreshet Mordechai Anilevich Memorial; vía United States Holocaust Memorial Museum).

Deportación de judíos de Bialystok, Polonia, agosto de 1943.jpg

Deportación de judíos de Białystok, Polonia, agosto de 1943. (Foto: Archivo Fotográfico de Yad Vashem, 2700/116).

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