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Lae cae y los japoneses buscan una salida

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Tropas de la 7.ª División australiana entran en Lae el 16 de septiembre de 1943 por una carretera cubierta de restos dejados por los bombardeos aéreos y de artillería. La fotografía corresponde al día de la captura de la ciudad. (Foto: Australian War Memorial / 128389)

El 16 de septiembre de 1943, soldados australianos comenzaron a entrar en Lae. Algunos llevaban casi dos semanas avanzando hacia aquella pequeña ciudad de Nueva Guinea; otros habían llegado al valle del Markham después de que paracaidistas estadounidenses tomaran Nadzab y abrieran una nueva vía detrás de las posiciones japonesas.

La ofensiva convergía sobre Lae desde dos direcciones. La 9.ª División australiana avanzaba desde la costa, después de desembarcar al este de la ciudad el 4 de septiembre. Desde el oeste se aproximaba la 7.ª División, introducida por aire a través de Nadzab. Entre ambas quedaban ríos, plantaciones y posiciones japonesas que todavía podían convertir unos pocos kilómetros en horas de combate.

Quienes marchaban hacia Lae no podían saber con certeza qué encontrarían al llegar. Todavía había francotiradores, retaguardias y pequeños grupos capaces de detener o castigar un avance. Pero detrás de aquella resistencia ocurría algo que, desde el lado australiano, resultaba mucho menos visible: parte de la fuerza japonesa ya intentaba marcharse.

Durante los días anteriores, hombres agotados, enfermos y heridos habían comenzado a abandonar la base hacia una salida que conducía directamente a las montañas. Para sus mandos ya no se trataba únicamente de defender Lae. Había que decidir qué podía llevarse, qué tendría que dejarse atrás y por dónde podían escapar los hombres que todavía quedaban.

Para muchos de los soldados que llegaron a Lae el 16 de septiembre, la caída de la ciudad parecía pertenecer a aquella jornada. Para quienes habían comenzado a abandonarla, sin embargo, había empezado once días antes. Kane Yoshihara, jefe de Estado Mayor del 18.º Ejército japonés, situó el comienzo de aquel desenlace:

El día 5, enormes bandadas de aviones enemigos aparecieron sobre Nadzab y comenzaron a descender paracaidistas, hasta ocultar por completo el cielo.

Mientras las unidades de Lae mantenían a raya al tigre en la puerta principal, el lobo había aparecido en la puerta trasera. Para el grupo de la base, que llevaba ocho largos meses librando una guerra sangrienta y desesperada, aquella aparición repentina significaba que la campaña de Salamaua tocaba a su fin. Un golpe de fortuna en medio de la desgracia fue que el comandante en Lae, el general de división Shoge, un hombre de sereno valor, pudo concentrar toda la fuerza de la guarnición de la base.

El núcleo de las fuerzas de Lae era el Batallón Kamino de la 20.ª División, junto con una unidad de cañones automáticos antiaéreos y unidades de equipamiento de aeródromo: una fuerza de combate muy reducida. Sin embargo, gracias al acierto en la dirección del general de división Shoge y a los intensos esfuerzos del mayor Mukai, oficial de Estado Mayor, pudieron contener durante dos semanas a fuerzas enemigas superiores mediante duros combates, dando tiempo al grueso del grupo de la base para terminar de concentrarse en Lae.

En particular, el oficial de Estado Mayor Mukai, actuando unas veces como comandante de pelotón y otras como comandante de compañía, iba directamente a las posiciones más avanzadas y dirigía los combates. La actitud del general de división Shoge era considerada la del comandante ideal. Era un auténtico samurái taciturno y, si no tenía ningún asunto que tratar, podía pasar uno o dos días sin abrir la boca; era un hombre de combate que no mostraba señales de alegría o tristeza, placer o dolor.

Incluso mientras contenía al enemigo por el este y por el oeste, cuando este se encontraba a muy corta distancia, seguía siendo un modelo de serenidad. Cuando la situación se hacía urgente, era bueno que los oficiales y los hombres se vieran influidos por el ánimo de su comandante. En tales circunstancias, la compostura del comandante hacía que oficiales y soldados recuperaran la calma. No es exagerado decir que, en el campo de batalla, el silencio es superior a la elocuencia.

Aunque el ataque de las tropas que habían desembarcado en la zona del río Buso era feroz, la naturaleza restringida del terreno hacía relativamente fácil contraatacar. Pero cuando el ataque desde la llanura de Nadzab abrió la retaguardia de Lae, el enemigo pudo avanzar prácticamente por cualquier sector. Toda la preocupación de la guarnición de Lae se concentró entonces allí.

Aunque en aquel momento desconocíamos la verdadera situación, el movimiento de las unidades que habían descendido sobre Nadzab era muy lento. Si hubieran atacado con toda su fuerza, la hora de la muerte de Lae habría llegado en cuestión de unas pocas horas; para nuestras tropas, que aquello no ocurriera fue una suerte en medio de la desgracia.

Pero ¿qué ocurría con la guarnición de Lae, que había conseguido completar su difícil concentración, frente al gran número de hombres de la 9.ª División australiana enemiga, que intensificaba su violento ataque desde la zona del río Buso? Aquello era una desgracia entre desgracias.

Originalmente eran unidades terrestres de la fuerza aérea y no habían recibido instrucción para la guerra terrestre. Además, su equipo no era adecuado. Como potencia de fuego tenían cañones automáticos destinados a disparar al cielo, pero que ahora apuntaban hacia la tierra; además, tenían que participar en combates nocturnos, algo extremadamente difícil.

Sus pérdidas aumentaron bajo los violentos ataques terrestres y aéreos del enemigo. Su comandante murió y su segundo asumió el mando. En aquel desesperado momento psicológico del combate no se les permitió retroceder ni un solo paso y, finalmente, los soldados fueron muriendo hasta que la posición quedó convertida en un lugar de cadáveres.

El teniente general Nakano, comandante de la 51.ª División, se retiró desde Salamaua hasta Lae y, según diversos informes, estudió los reportes de la unidad de ingenieros de Kitamoto, que anteriormente había participado en la pacificación de la zona de Finisterre. Finalmente decidió cruzar la cordillera Finisterre y avanzar hacia las proximidades de Kiari, en la costa norte, y dispuso que en la retirada de Lae saliera primero la Marina y después el Ejército.

Había dos propuestas sobre la dirección de la retirada. La primera era la del teniente general Nakano: cruzar la cordillera Finisterre. La segunda consistía en avanzar hacia el oeste por el pie meridional de la cordillera y retirarse hacia la zona del valle de Bogadjim, ocupada por el Destacamento Nakai de la 20.ª División.

Respecto de la primera propuesta, no solo existían dudas acerca de si era posible realizarla, porque, aunque la distancia no era grande, suponía atravesar una cordillera todavía desconocida de 4.000 metros de altura; el Ejército tampoco confiaba lo suficiente en que hubiera suministros disponibles en Kiari una vez completado el avance. En cuanto a la segunda, existía el peligro de exponer nuestro flanco al grupo enemigo —la 7.ª División australiana—, aunque una acción decidida del Destacamento Nakai ofrecía la posibilidad de contener al enemigo. Su principal ventaja era que, aunque la distancia era grande, el terreno era llano y el movimiento resultaba fácil; además, el Destacamento Nakai podía preparar provisiones suficientes.

Cada uno de los planes tenía ventajas y desventajas, méritos y defectos. El Ejército comunicó que no restringiría la decisión del comandante de división y que confiaría en lo que este eligiera.

El teniente general Nakano escuchó el informe del teniente Kitamoto, quien anteriormente había representado a Japón en el maratón olímpico, y este manifestó que cruzar la cordillera Finisterre sería difícil, pero no imposible. Nakano decidió que, si adoptaban la propuesta de avanzar hacia el oeste por la llanura de Nadzab, aunque contarían con el refuerzo del Destacamento Nakai, los aviones enemigos, que no hacían distinción entre la noche y el día, caerían sobre ellos antes de que pudieran establecer contacto con el destacamento, y toda la división sería aniquilada.

Por eso, aunque era una empresa enorme, se decidió por la propuesta de cruzar la cordillera Finisterre. Fue la célebre travesía del Saruwaged por el grupo de la base.

Cuando el Ejército recibió el informe de que el grupo de la base había decidido realizar la travesía del Saruwaged, movilizó inmediatamente todas sus unidades de transporte marítimo y dedicó todos sus esfuerzos a abastecerlo, al mismo tiempo que al grueso de la 20.ª División en Finschhafen.

Cuando la división salió de Lae llevó tantas provisiones como pudo para intentar valerse por sí misma. Los suministros que habían sido destinados a Salamaua fueron tomados con alegría como provisiones para la retirada. Las unidades navales, cuyos hombres estaban en buenas condiciones, pudieron cargar alimentos para catorce o quince días; las unidades del Ejército, en cambio, estaban extremadamente agotadas y solo podían llevar aproximadamente una semana de provisiones.

Con aquellos escasos suministros partieron hacia el pico Saruwaged, para realizar una travesía que alcanzaba los 10.000 pies de altitud y una distancia de 250 millas.

Especialmente triste era la situación de los enfermos. Incapaces de retirarse, no les quedaba nada salvo una medida extrema. Por propia decisión, con sus granadas o sus fusiles, se suicidaron.

Para un soldado japonés, la mayor deshonra es caer en manos del enemigo. Es una tradición del antiguo Japón; una convicción firmemente arraigada que no admite discusión. Nuestros camaradas murieron con el espíritu en paz, y debemos rezar por sus almas.

En la historia de la travesía hay innumerables incidentes que podrían relatarse, pero, en aras de la brevedad, incluiré únicamente dos o tres anécdotas.

Como he explicado antes, la decisión de realizar la travesía del Saruwaged se debió al apoyo del teniente Kitamoto, y ahora demostró la capacidad que había tenido como antiguo competidor del maratón olímpico. Desempeñó un papel activo en la cordillera Finisterre, esforzándose por pacificar a los nativos, reuniendo recursos y obteniendo información; el hecho de que consiguiera una cooperación total de los habitantes de las montañas fue una de las principales razones por las que aquella difícil travesía pudo realizarse. Los nativos se maravillaban de su capacidad para caminar, y él se ganó su confianza.

El siguiente episodio corresponde a la orden de la división de abandonar un cañón de montaña. El coronel Watanabe, comandante del 14.º Regimiento de Artillería de Campaña, pensaba que, mientras hubiera tropas de artillería, sin importar cuál fuese la situación, sería injustificable que no pudieran disparar un solo tiro en el campo de batalla.

Como la fuerza combatiente era pequeña y los hombres estaban cansados, decidió que un solo cañón bastaría. También resolvió que debían llevar algunos proyectiles y, alentando a sus hombres, emprendió la marcha hacia el Saruwaged.

Soldados que ya cargaban alimentos insuficientes para ellos mismos no deberían haber tenido que transportar además piezas y componentes del cañón de montaña de 50 kilogramos. Oficiales y soldados se turnaban y, entre varios hombres a la vez, los llevaban mientras ascendían por las empinadas pendientes.

Naturalmente, oficiales y soldados compartían los sentimientos de su comandante de regimiento y se aferraban a las rocas con un espíritu verdaderamente formidable. Finalmente, sin embargo, el comandante de la división se enteró. Quedó profundamente conmovido por su sentido de la responsabilidad, pero no podía pasar por alto su sufrimiento y terminó dictando una orden divisionaria para que dejaran de hacerlo.

En el Saruwaged, el comandante del regimiento y sus subordinados, con lágrimas en los ojos, se despidieron formalmente de aquel cañón, el último que le quedaba al regimiento.

Es habitual y natural que un artillero crea que su cañón y su destino son una misma cosa. Puede imaginarse, por tanto, cuán desesperados estaban.

Si deseas saber más, consulta Southern Cross [Cruz del Sur], de Kane Yoshihara, en la traducción inglesa de Doris Heath conservada por el Australian War Memorial, AWM54 423/4/154. Yoshihara presenta a Masamichi Kitamoto como antiguo competidor del maratón olímpico; en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932, Kitamoto compitió en las pruebas de 5.000 y 10.000 metros.

Para la mañana del 16 de septiembre, las decisiones que Yoshihara recordaría años después ya habían comenzado a vaciar Lae. Parte de la fuerza japonesa estaba ya en las montañas; otras unidades y pequeños grupos seguían cubriendo la retirada. Desde el oeste, los australianos continuaban avanzando sin saber si encontrarían una ciudad todavía defendida o ya abandonada.

Walter “Bill” Russell estaba entre ellos. Servía como tirador de Bren en el 2/2.º Batallón de Pioneros, una unidad que había llegado a Nadzab y había trabajado en la ampliación de la pista. El accidente de un B-24 Liberator en Port Moresby alteró la distribución de las tropas destinadas al avance, y la Compañía A de los pioneros terminó marchando hacia Lae.

Muchos años después, al recordarlos, Russell no habló de aquellos últimos kilómetros como una maniobra entre divisiones. Recordó una plantación, a un amigo y el fuego que seguía cayendo cuando la ciudad estaba ya casi al alcance:

Aquello cambió nuestros planes. El 2/33.º Batallón iba a entrar en Lae; nosotros ocupamos su lugar y la Compañía A del 2/2.º Batallón de Pioneros avanzó hacia la ciudad.

Encontramos resistencia dispersa mientras avanzábamos y, al acercarnos a Lae, llegamos a un lugar llamado Heath’s Plantation. Allí perdí a mi mejor amigo. Era nuestro boxeador de peso wélter, Nick Eddy, y un francotirador lo mató allí. Fue la primera baja de nuestro batallón.

Llegamos a Lae antes de lo previsto y nuestro comandante quería ser el primer hombre en la ciudad. La 9.ª División venía desde el mar y también había desembarcado; nos metimos entonces en el fuego de la artillería de la 9.ª División, que todavía mantenía un bombardeo. Fue un momento bastante frenético.

Ya era bastante malo que te dispararan los japoneses; que además lo hiciera tu propia artillería no era precisamente lo mejor. A nuestro comandante lo reprendieron por aquello; lo llamaron aparte.

De todos modos, cuando aquello terminó y Lae cayó, regresamos a Nadzab.

Si deseas saber más, visita Australians at War Film Archive, sección “Walter Russell – Transcript of interview”. El Australian War Memorial registra a Hetherington Martin “Nick” Eddy, del 2/2.º Batallón de Pioneros, como muerto en combate el 15 de septiembre de 1943.

La captura de Lae cumplía uno de los principales objetivos aliados en Nueva Guinea, pero también revelaba los límites de una victoria medida únicamente por la posesión del terreno. La ciudad, sus aeródromos y el acceso al valle del Markham habían cambiado de manos; buena parte de la fuerza japonesa, sin embargo, había conseguido escapar antes de que el cerco pudiera cerrarse por completo.

Esa diferencia tendría consecuencias. Para los Aliados, Lae podía convertirse en punto de partida para nuevas operaciones. Para el 18.º Ejército japonés, conservar hombres significaba aceptar otra clase de guerra: menos ligada a la defensa de bases y cada vez más condicionada por montañas, selva, enfermedad y líneas de abastecimiento difíciles de sostener.

El avance aliado tampoco terminaba allí. Desde Lae y Nadzab, la campaña comenzaría a extenderse hacia nuevos valles y hacia la península de Huon. Lae dejaba de ser un objetivo para convertirse en un punto de partida. Los australianos ya no estaban intentando llegar a la ciudad. Ahora podían avanzar desde ella.

Lae había cambiado de manos. La guerra, entretanto, ya se internaba en las montañas.

Un LST desembarca hombres, vehículos y material de la 9_edited.jpg

Un LST desembarca hombres, vehículos y material de la 9.ª División australiana al este de Lae el 4 de septiembre de 1943, durante la primera operación anfibia australiana desde Gallípoli. (Foto: Australian War Memorial / 042365)

Soldados australianos inspeccionan edificios destrozados en Lae el 22 de septiembre de 194

Soldados australianos inspeccionan edificios destrozados en Lae el 22 de septiembre de 1943, seis días después de la captura de la ciudad. (Foto: Australian War Memorial / fotógrafo oficial australiano no identificado / 015780)

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