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Cefalonia todavía resiste

Dos artilleros italianos observan desde Procopata la trayectoria de las bombas lanzadas po

Dos artilleros italianos observan desde Procopata la trayectoria de las bombas lanzadas por cazabombarderos alemanes sobre Argostoli, el 16 de septiembre de 1943. Los ataques aéreos continuaron condicionando las operaciones de la División Acqui durante los días siguientes. (Archivio Renzo Apollonio; reproducción en Televignole.)

Después del anuncio del armisticio, Italia ya no combatía desde una sola posición. Víctor Manuel III y el gobierno de Badoglio se habían instalado en Brindisi; mientras tanto, desde Alemania, la voz de Mussolini volvía ese mismo día a hacerse oír en Italia. Las fuerzas alemanas ocupaban gran parte de la península y los Aliados seguían intentando asegurar su cabeza de playa en Salerno. Más allá del continente, las guarniciones italianas dispersas por los Balcanes y el mar Jónico afrontaban por su cuenta las consecuencias inmediatas de la ruptura con Alemania.

En Cefalonia, la División Acqui había pasado en pocos días de la convivencia armada con el contingente alemán a una negociación cada vez más tensa y, finalmente, al combate abierto. Desde el 15 de septiembre, antiguos aliados se enfrentaban por el control de la isla. La superioridad aérea alemana y la llegada de refuerzos iban estrechando el margen de las fuerzas italianas, que todavía trataban de recuperar la iniciativa.

Al amanecer del 18, cuarto día de combate, el general Antonio Gandin ordenó un nuevo intento de superar desde el norte la defensa alemana de Kardakata. El III Batallón del 317.º Regimiento de Infantería atacaría por el flanco de Kuruklata. La 11.ª Compañía del capitán Pantano tomó y perdió la localidad tres veces, combatiendo casa por casa; más al norte, incluso los avances limitados eran detenidos por la intervención aérea alemana.

Era una batalla fragmentada, librada simultáneamente en caminos, alturas, aldeas y posiciones separadas por pocos kilómetros. La cronología militar conserva los lugares disputados y los movimientos de las unidades. Los hombres que estuvieron allí conservaron otra memoria de aquella jornada.

Giuseppe Benincasa pertenecía al 317.º Regimiento de Infantería de la División Acqui y había llegado a las islas como músico de la banda regimental. Después de comenzar los bombardeos, fue empleado como enlace entre las posiciones. En sus memorias dejó esta secuencia:

El 18 de septiembre los Stukas, para nuestra sorpresa, dejaron de bombardear; por el contrario, lanzaban octavillas, informándonos de nuestro fin, pues para rendirnos ya era demasiado tarde. Los alemanes habían sufrido pérdidas de oficiales, hombres y medios.

Lo peor era que ni siquiera podíamos rendirnos porque no teníamos oficiales: los únicos presentes eran los comandantes de pelotón. En aquellos días recibimos una comunicación del subteniente Scagno, comandante de mi pelotón, quien, junto con una carga de granadas de mano, me dijo que transmitiera el siguiente mensaje: “El Comando de División informa que se limite el uso de municiones a lo necesario porque están a punto de agotarse”.

Con gran asombro advertimos que las cisternas de combustible y las mejores baterías no habían sido alcanzadas por los Stukas. Pensábamos que las habían respetado para poder reutilizarlas, porque estaban seguros de nuestra derrota. Como consuelo llegó un radiomensaje del general Ambrogio, que elogiaba nuestro valor diciendo que “La historia hablará de vuestro sacrificio”, lo que equivalía a un de profundis.

Con la carga de granadas de mano y el mensaje, partí para hacer la entrega al siguiente enlace, al que, por desgracia, no encontré. Me alejé algo más del lugar de la cita, que por fortuna estaba cubierto de vegetación lo bastante espesa como para poder ocultarme.

Desde lejos vi un avión que venía en mi dirección. De inmediato me deshice de la mortífera carga, buscando refugio entre la vegetación cercana, y encontré cobijo en un olivar. El piloto quizá pensó que las tropas alemanas, empeñadas en un combate con los italianos, necesitaban ayuda y, en picado, soltó una bomba en medio del olivar, a la distancia justa para salvarme. Oí un estruendo, pero también sentí un fuerte dolor en el muslo izquierdo. Sin prestar atención a la herida ni al dolor, en aquel momento prevaleció el deseo de sobrevivir y me trasladé a un lugar más seguro; pocos minutos después, el avión fue alcanzado por nuestra artillería antiaérea. Una estela de humo se hundió en la laguna de Argostoli.

Todavía asustado y feliz por haber escapado del peligro, emprendí el camino, cojeando visiblemente, hacia Rasata, donde estaban situadas algunas secciones sanitarias. En aquel ataque también había perdido la carga de granadas de mano. Después de comunicar la orden de racionar las municiones, me presenté en las secciones. El enfermero, inmediatamente después de examinarme, me desinfectó la herida, la vendó y me envió al depósito de la compañía a descansar. ¡Pero qué descanso! Pasaba el tiempo vivaqueando bajo la tienda y siempre con miedo a los aviones Stuka por la noche o a alguna incursión de soldados alemanes durante el día.

Se había corrido la voz de que los soldados italianos capturados eran fusilados; aquello despertó en todos el deseo de combatir hasta la muerte. Combatir, es un decir. Nuestro armamento era anticuado, sin aviones, sin buques de apoyo y, sobre todo, sin víveres, con las municiones a punto de agotarse y la moral hecha pedazos.

Si deseas saber más, busca Memorie di Cefalonia. La guerra volutamente dimenticata e il martirio della Divisione “Acqui” [Memorias de Cefalonia. La guerra deliberadamente olvidada y el martirio de la División “Acqui”], de Giuseppe Benincasa. El general que Benincasa recordaba como Ambrogio era Vittorio Ambrosio, jefe del Comando Supremo italiano.

La documentación de la jornada confirma que, ante las reiteradas solicitudes de ayuda procedentes de Cefalonia, el mando italiano respondió que no podía enviar los auxilios solicitados y que la división debía continuar causando al enemigo las mayores pérdidas posibles.

Mientras tanto, la posición alemana también se endurecía. El 18 de septiembre, el Grupo de Ejércitos E fue informado de la decisión de poner fin al trato hasta entonces más moderado hacia las fuerzas italianas que resistían. Aunque la disposición remitía a una orden general del 15 de septiembre, ese día se transmitió específicamente para Cefalonia la instrucción de que no se hicieran prisioneros, como respuesta a lo que el mando alemán consideraba la conducta desleal de la guarnición italiana.

El combate no se concentró en un solo punto ni produjo una experiencia única capaz de resumirlo. En la Compañía de Acompañamiento del 17.º Regimiento de Infantería, Salvatore Li Causi vivió aquella jornada desde otro lugar dentro de la misma división:

Todos mis compañeros estaban atacando y también mi capitán Verro dejó allí la vida; yo me salvé por hacer de cocinero. Hice de cocinero para los suboficiales, para los oficiales y para la batería. Yo, con la cocina, estaba un poco alejado del frente, y aquí estoy.

Llegaban los Stukas; no tuvieron tiempo de desmontar los cañones para llevarlos a la colina. Volaban veinte, treinta Stukas y bombardearon. El general Gandin dio precisamente al capitán Verro la orden de tomar esa posición.

Por carretera, los cañones eran arrastrados por mulos; en la colina se desmontaban: las ruedas, la cabeza, el freno; luego las piezas se cargaban sobre los mulos para volver a montarlas, pero no tuvieron tiempo: llegaron los aviones y comenzaron a bombardear.

Si deseas saber más, consulta “Echi antichi e recenti del massacro di Cefalonia”, publicado en La Freccia Verde, donde se reproducen las palabras de Salvatore Li Causi.

La ruptura entre italianos y alemanes había avanzado mucho más deprisa que cualquier posibilidad de adaptarse a ella. En apenas unos días, decisiones que antes pertenecían a una misma cadena de guerra empezaron a responder a mandos opuestos, mientras quienes combatían tenían que desenvolverse entre órdenes contradictorias, recursos cada vez más limitados y una hostilidad que se endurecía con cada jornada.

Ese proceso no era exclusivo de Cefalonia. El armisticio había modificado de inmediato la posición internacional de Italia, pero no podía reorganizar con la misma rapidez a cientos de miles de hombres dispersos fuera de la península, ni borrar años de disciplina, obediencia y guerra compartida. En muchos lugares, la antigua alianza se estaba deshaciendo de manera improvisada; en Cefalonia, además, ambos bandos seguían encerrados en el mismo espacio y sometidos a una confrontación cada vez menos contenida.

Al caer la noche del 18, la Acqui seguía combatiendo y en la isla nada estaba todavía resuelto. Pero cada nueva orden reducía el espacio para el acuerdo y hacía más difícil imaginar un regreso a la situación anterior. Cefalonia seguía siendo la misma isla; la alianza que había llevado hasta allí a italianos y alemanes ya no encontraba sitio en ella.

Giuseppe Benincasa en Cefalonia en 1944, después de incorporarse a las fuerzas partisanas

Giuseppe Benincasa en Cefalonia en 1944, después de incorporarse a las fuerzas partisanas griegas del ELAS. El antiguo soldado del 317.º Regimiento de Infantería de la División Acqui sobrevivió a los combates de septiembre de 1943 y dejó posteriormente sus recuerdos en Memorie di Cefalonia. (Associazione Nazionale Divisione Acqui.)

Soldados del 17.º Regimiento de Infantería de la División Acqui durante una marcha de tras

Soldados del 17.º Regimiento de Infantería de la División Acqui durante una marcha de traslado en Cefalonia en 1943. A este regimiento pertenecía Salvatore Li Causi, cuya memoria conserva otra perspectiva de los combates de septiembre. (Archivio Renzo Apollonio; reproducción en Televignole.)

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