Eisenhower reprende a Patton

Bernard L. Montgomery y George S. Patton en el aeropuerto de Palermo, Sicilia, el 28 de julio de 1943, después de una visita de Montgomery. La fotografía resume, con cortesía exterior, una rivalidad de prestigio y mando que seguía pesando en el ambiente aliado tras Sicilia. (Foto: U.S. Army Signal Corps / National Archives and Records Administration, NAID 315833768).
El 2 de septiembre de 1943, la invasión de Italia estaba a punto de comenzar por el sur, pero el drama del día no estaba solo en los puertos, las lanchas o las unidades que esperaban cruzar el Estrecho de Messina. También estaba en los cuarteles aliados, donde la victoria en Sicilia había dejado una pregunta incómoda: qué hacer con George S. Patton.
Patton había conducido al Séptimo Ejército a través de Sicilia con una energía que lo volvió indispensable y peligroso al mismo tiempo. Era agresivo, teatral, brillante en el movimiento, feroz con sus subordinados y convencido de que la voluntad podía imponerse sobre el cansancio, el miedo y el cuerpo humano. Esa forma de mando había producido resultados militares; también había producido una crisis.
Durante la campaña siciliana, Patton había abofeteado a soldados hospitalizados a quienes consideró cobardes por no tener heridas físicas visibles. El episodio no era un simple exceso de lenguaje ni una escena privada de temperamento. Tocaba el centro mismo de la autoridad militar: la relación entre mando, disciplina, sufrimiento y obediencia. Eisenhower no podía ignorarlo, pero tampoco quería perder a uno de sus generales más eficaces en vísperas de nuevas operaciones en Italia.
Mientras Montgomery preparaba el cruce hacia Calabria y el Quinto Ejército se alistaba para el golpe principal en Salerno, Patton quedaba en una posición difícil: vencedor de Sicilia, reprendido por Eisenhower, apartado del mando principal inmediato y todavía demasiado valioso para ser descartado. La guerra seguía avanzando, pero para él el futuro se había vuelto incierto.
En medio de esa crisis personal y disciplinaria, al comentar el plan de Avalanche, Patton vio un punto que le pareció peligroso: el río Sele, usado como línea de separación entre el X Cuerpo británico y el VI Cuerpo estadounidense. A sus ojos, no era un detalle técnico. Era una invitación a que los alemanes golpearan por la línea de unión entre ambos cuerpos.
El 2 de septiembre, la reprimenda y la advertencia quedaron unidas. Patton estaba siendo llamado al orden por Eisenhower, pero seguía mirando el mapa como un comandante que no podía dejar de buscar el punto por donde vendría el contraataque:
Fui muy diplomático, pero no pude evitar llamarle la atención sobre el hecho de que el plan usaba el río Sele como límite entre el X Cuerpo británico y el VI Cuerpo estadounidense, sin nadie realmente sobre el río ni cerca de él. Le dije que, tan seguro como que Dios vive, los alemanes atacarían por ese río.
Él dijo que sus planes preveían que hubiera suficiente artillería en tierra a las 06:30 del Día D para detener cualquier contraataque alemán.
Por supuesto, los planes nunca funcionan [como se espera], especialmente en un desembarco. Lo sugerí, pero no caló.
No puedo entender por qué la gente es tan insensata. Todavía no me ha interrogado ningún planificador sobre mi experiencia en Torch, y sin embargo Torch fue la mayor y más difícil operación de desembarco intentada hasta ahora.
Diario, 2 de septiembre
Volé a Argel... Ike mandó llamarme... y me sermoneó... Me doy cuenta de que actué precipitadamente [en el incidente de la bofetada] y... acepté sus comentarios con el espíritu con que fueron hechos. Siento que le agrado. Por supuesto que así debería ser.
Me dijo que el Séptimo Ejército sería dispersado, que Bradley iría a Inglaterra para formar un nuevo ejército y planear [el ataque a través del Canal].
Le dije que yo era un planificador bastante bueno, pero él dijo que no me gustaba hacerlo; en eso, parece que soy como él, o eso dijo él (cumplido).
Volé de regreso a Palermo... Un día o dos en Argel casi me matan. Nadie allí parece interesado en la guerra, y uno no puede evitar la sensación de que el llamado Cuartel General Aliado es un cuartel general británico comandado por un estadounidense... Solo Hughes, Lucas y [T. J.] Davis hicieron comentarios elogiosos sobre las actividades del Séptimo Ejército en Sicilia. Era tan evidente que probablemente era intencional; la suposición más caritativa era que, como el Séptimo Ejército había hecho que el Octavo Ejército pareciera poca cosa, se consideraba desaconsejable, desde un punto de vista interaliado, dar crédito alguno al Séptimo Ejército...
En los recortes de prensa de Estados Unidos... la caída de Messina recibió escasa atención.
Si deseas saber más, lee The Patton Papers, 1940–1945 [Los documentos de Patton, 1940-1945], de Martin Blumenson.
La advertencia de Patton sobre el Sele pertenecía al mundo de los planes de desembarco. Pero la crisis del 2 de septiembre tenía otra dimensión: Eisenhower debía decidir si aquel general, capaz de ver peligros reales en el campo de batalla, podía seguir siendo sostenido tras haber humillado a soldados heridos o quebrados por la guerra.
Kay Summersby Morgan, conductora británica del Cuerpo de Transporte Motorizado y más tarde asistente cercana de Eisenhower, había visto a Patton en el trato cotidiano del cuartel aliado: teatral, explosivo, cortés a su manera, a veces casi paternalista con ella. Esa cercanía le permitió mirar el caso Patton desde otra habitación de la misma crisis: la de Eisenhower. En su recuerdo, el problema no era si Patton había cruzado una línea —eso estaba claro—, sino qué podía hacer el comandante supremo con un general brillante, indisciplinado y todavía necesario:
Patton había desempeñado un papel importante en los combates del norte de África y, en Sicilia, su Séptimo Ejército había hecho que Montgomery pareciera un conservador anticuado y cauteloso. Ike lo consideraba uno de sus generales más valiosos, y durante todo el tiempo que estuvimos en Argel fue un invitado frecuente. Siempre lo pasábamos bien cuando venía a cenar. Era divertido y tenía una cadena interminable de anécdotas. Ike solía bromear mucho con él. Después de que Patton terminaba de contar alguna historia larga y complicada, Ike decía:
—Vamos, Georgie, no creo ni una palabra.
Y Georgie se ponía todo colorado e indignado.
Después de cenar, cuando los hombres empezaban a intercambiar historias subidas de tono, Patton siempre me sacaba de la habitación como si yo fuera su hija, diciendo:
—Kay, es hora de que te vayas. Dile a uno de esos apuestos ayudantes míos que juegue ping-pong contigo.
Ike guiñaba un ojo. Yo me disculpaba y me iba. Siempre aprecié su consideración. Georgie era, en realidad, bastante mojigato. Podía ser muy encantador y me caía bien.
Pero ahora estaba furiosa con él. Georgie había visitado un hospital de campaña justo detrás de las líneas en Sicilia —una de esas visitas rutinarias que hace todo comandante—. Habló con los hombres, contó algunas historias y entonces se encontró con un soldado que estaba sentado solo y temblando. Georgie le preguntó qué le pasaba. El soldado le dijo que eran los nervios, que ya no podía soportar el bombardeo constante. Eso hizo estallar a Patton. Empezó a despotricar diciendo que no existía tal cosa como los nervios, llamó cobarde al hombre y le dio una bofetada en la cara. El incidente se mantuvo encubierto durante un tiempo, pero tenía que salir a la luz y así fue. Fue una conmoción terrible.
Eisenhower le escribió a Patton una reprimenda muy severa y le ordenó que presentara una disculpa pública, pero hubo muchas personas que criticaron a Ike por ser demasiado blando con el general. Pensaban que debía haberlo sometido a consejo de guerra o haberlo enviado de regreso a Estados Unidos, en desgracia, o ambas cosas. Todo el asunto fue muy angustiante.
Ike no justificó ni por un momento la conducta de Patton, pero, por otro lado, no quería perder a un general valioso solo por un error. Perdió muchas noches de sueño por esto. Finalmente, nos dijo:
—Voy a apoyar a Georgie. Creo que lo necesitamos.
Si deseas saber más, lee Past Forgetting: My Love Affair With Dwight D. Eisenhower, de Kay Summersby Morgan.
Así, en la víspera de Baytown y a pocos días de Avalanche, Patton aparecía dividido entre dos realidades. En una, seguía siendo el comandante que detectaba una grieta peligrosa en un plan de desembarco. En la otra, era el general reprendido, vigilado, sostenido por un Eisenhower que no aprobaba su conducta, pero tampoco quería prescindir de él.
El 2 de septiembre no tuvo todavía el ruido de las playas de Salerno ni el movimiento de las primeras tropas sobre Calabria. Fue una jornada de antesala: planes revisados, mandos incómodos, orgullo herido, decisiones disciplinarias y una advertencia sobre un río.
La guerra estaba a punto de entrar en Italia. Patton no encabezaría esa entrada. Pero desde el margen, con todos sus defectos a la vista, había visto algo que otros preferían confiar a los horarios, la artillería y los planes. En el mapa, el Sele era una línea. Para él, era el lugar por donde podía llegar el golpe.

Kay Summersby en una fotografía del Ejército estadounidense de 1944. Durante la guerra fue conductora y asistente cercana de Dwight D. Eisenhower, una posición que le permitió observar de cerca el ambiente cotidiano del cuartel aliado y las tensiones provocadas por el caso Patton. (Foto: U.S. Army Signal Corps, National Archives and Records Administration.)

Tropas y artillería desembarcan en Salerno durante la Operación Avalanche, septiembre de 1943. La imagen ilustra el tipo de desembarco cuyo plan Patton había criticado por la vulnerabilidad en torno al río Sele. (Foto: U.S. Navy / National Archives and Records Administration, 80-G-54600).

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