El forcejeo de Quebec

Líderes políticos se reúnen en la Ciudadela de Quebec durante la Conferencia de Quebec, agosto de 1943. En el sentido de las agujas del reloj, desde arriba a la izquierda: Mackenzie King, Winston Churchill, el conde de Athlone y Franklin D. Roosevelt. (Foto: AP/stf).
El 21 de agosto de 1943, la Conferencia de Quebec no fue solo una fotografía de unidad aliada. Detrás de Roosevelt, Churchill, Mackenzie King y los altos mandos había una discusión menos visible: cómo continuar la guerra contra Japón sin desordenar la estrategia global de los Aliados.
Europa seguía absorbiendo el peso principal. Sicilia estaba prácticamente perdida para el Eje, Italia se tambaleaba y la futura invasión del noroeste de Europa exigía barcos, hombres, aviones y una concentración de recursos que no podía improvisarse. Pero en Quebec la mirada también se desviaba hacia el Sudeste Asiático, Birmania, China, Sumatra y el océano Índico.
Churchill quería conservar margen de maniobra en aquella zona. Veía en Culverin —la posible operación contra Sumatra— una forma de golpear al Japón desde el Índico y de mantener a Gran Bretaña en un papel central en la guerra oriental. Los estadounidenses, y también algunos jefes británicos, temían que una operación demasiado ambiciosa desviara fuerzas sin producir un resultado decisivo.
Alanbrooke, jefe del Estado Mayor Imperial británico, vivió aquella discusión no como una fórmula diplomática, sino como una jornada de cansancio, irritación y negociación. Su diario no mantiene el lenguaje limpio del comunicado final. Conserva el forcejeo:
20 de agosto
Luchamos con la guerra contra Japón hasta después de la una de la tarde en nuestra reunión matutina de Jefes de Estado Mayor, sin llegar a conclusiones muy definidas. El problema es muy difícil, y lo hacía aún más difícil la actitud infantil del Primer Ministro, que escogía una operación y quería cerrar los ojos ante todo lo demás. A las 2:30 nos reunimos con los jefes estadounidenses y tuvimos dificultades para mantener la conferencia alejada de conclusiones definidas hasta que hubiéramos tenido una discusión final con el Primer Ministro.
Después salí a caminar, algo que necesitaba con urgencia, pues estaba de muy mal humor por el trabajo continuo y la falta de ejercicio.
Después de la cena, los planificadores vinieron a mi habitación y más tarde se les unieron Dill y Portal. Con su ayuda, finalmente llegamos a un documento adecuado para continuar mañana. Propongo primero pasarlo por los Jefes de Estado Mayor; después, llevarlo a Winston y, finalmente, conseguir que lo aprueben nuestros amigos estadounidenses.
21 de agosto
¡Otro día difícil! Comenzamos nuestra reunión de Jefes de Estado Mayor considerando el documento que Portal, Dill y yo, con ayuda de los planificadores, habíamos elaborado la noche anterior. Lo modificamos ligeramente y lo aceptamos. Luego tuvimos que reunirnos con Winston a las doce del mediodía para discutirlo con él. Estuvo más razonable y aceptó que se necesitaba un plan general para la derrota de Japón, pero siguió clamando por la operación de Sumatra como un niño consentido. Sin embargo, aceptó nuestro documento.
A las 2:30 p.m. nos reunimos con los estadounidenses y les presentamos el documento, sugiriendo que nos retiráramos para que discutieran entre ellos. Para eso se tomaron una hora completa, y cuando regresamos encontramos que deseaban enmendar aquellos puntos que habrían hecho que el documento fuera enteramente inaceptable para Winston. Siguieron más discusiones para conseguir que aceptaran una forma que fuera aceptable para Winston y para nosotros. Esto fue un alivio, pues rompió las últimas dificultades de esta conferencia y prácticamente terminó nuestro trabajo.
Después embarcamos en un buque proporcionado por el Gobierno canadiense para un viaje por el río Saguenay.
Si deseas saber más, consulta War Diaries 1939–1945, de Field Marshal Lord Alanbrooke, editado por Alex Danchev y Daniel Todman.
Alanbrooke veía obstinación. Churchill, en cambio, se veía a sí mismo intentando evitar una decisión apresurada. El 20 de agosto, la víspera de la reunión de los Jefes de Estado Mayor Combinados del día 21, Churchill dejó por escrito su resistencia a cerrar la cuestión de Akyab, Birmania y Culverin:
Aún no estamos de acuerdo entre nosotros sobre la política que debe seguirse en Akyab, “Culverin”, etc., y, en mi opinión, todo el asunto ha sido estudiado de manera insuficiente. Yo mismo sigo estudiándolo. Mientras tanto, no es posible llegar a ninguna decisión con los estadounidenses en este asunto. Espero que los jefes de Estado Mayor tengan cuidado de no crear una situación en la que, ciertamente, tendré que negarme a asumir cualquier responsabilidad por una decisión tomada a su nivel. Esto implicaría remitir todo el asunto al Gabinete de Guerra en casa después de nuestro regreso.
Permanezco absolutamente donde estaba en la última conferencia, y donde estábamos todos: que una campaña a través de Rangún, remontando el Irrawaddy hasta Mandalay y más allá, sería sumamente perjudicial y desventajosa para nosotros. La captura de Akyab, sin tal campaña, es solo un acto de despilfarro y locura...
La situación que deseo tener en este mismo momento el año próximo es que seamos dueños de “Culverin”; que Wingate esté en contacto con los chinos en Yunnan; que las comunicaciones en la Alta Birmania hayan sido mejoradas tanto como sea posible; y que tengamos una opción libre sobre dónde lanzar el siguiente golpe anfibio, teniendo en cuenta las reacciones del enemigo, que para entonces se habrán hecho evidentes.
Si deseas saber más, consulta Closing the Ring: The Second World War, vol. V, [Cerrando el cerco: la Segunda Guerra Mundial, vol. V] de Winston S. Churchill. El pasaje procede del capítulo “The Quebec Conference” y reproduce un minuto del Primer Ministro al general Ismay fechado el 20 de agosto de 1943.
La tarde del 21, aquella tensión entró en el lenguaje seco de las actas. Lo que en Alanbrooke había sido mal humor, insistencia de Churchill y largas enmiendas estadounidenses, en el registro oficial aparece como una sucesión de documentos aprobados, modificados o remitidos a estudio. A las 2:30 p.m., los Jefes de Estado Mayor Combinados trataron precisamente los asuntos que habían trabado la discusión:
3. Mando del Sudeste Asiático
C.C.S. 308, 308/1, 308/2
Los Jefes de Estado Mayor Combinados:
a. Aprobaron C.C.S. 308, excluido el párrafo 8.
b. Aprobaron las enmiendas a los párrafos 8 a y b establecidas en C.C.S. 308/1.
c. Aprobaron la enmienda al párrafo 8 c establecida en C.C.S. 308/2. El documento enmendado fue publicado posteriormente como C.C.S. 308/3.
4. Operaciones específicas en el Pacífico y el Lejano Oriente, 1943–1944
C.C.S. 301, 301/1, 301/2
Los Jefes de Estado Mayor Combinados:
Aprobaron el nuevo subpárrafo ocho (i), “Ruta aérea hacia China”, establecido por los Jefes de Estado Mayor de los Estados Unidos en C.C.S. 301/2.
5. Rutas de suministro en el nordeste de la India
C.C.S. 325
Los Jefes de Estado Mayor Combinados:
Aprobaron las recomendaciones contenidas en el documento.
6. Plan aéreo para la derrota de Japón
C.C.S. 323
Los Jefes de Estado Mayor Combinados:
Acordaron que este documento fuera remitido a los Planificadores de Estado Mayor Combinados para su estudio y la presentación de un informe adecuado a los Jefes de Estado Mayor Combinados, no más tarde del 15 de septiembre de 1943.
Si deseas saber más, consulta Office of the Historian, Foreign Relations of the United States, Conferences at Washington and Quebec, 1943, documento 399, Combined Chiefs of Staff Minutes, del 21 de agosto de 1943.
La discusión sobre Japón se calentó lo suficiente como para dejar, en la memoria de Churchill, una escena casi absurda. En medio del forcejeo por el papel británico en la guerra oriental, los altos oficiales que asistían como acompañantes fueron enviados fuera de la sala. Mountbatten aprovechó entonces para presentar Pykrete, una mezcla experimental de hielo y pulpa de madera pensada para proyectos navales. Por unos minutos, la estrategia global dio paso a golpes, hielo, un arma y un susto al otro lado de la puerta:
La discusión del Estado Mayor sobre la parte que nos correspondería en el gran asalto contra Japón se acaloró y derivó en un incidente divertido. Cada uno de los Estados Mayores conjuntos tenía detrás de sí un grupo considerable de doce a veinte altos oficiales de Estado Mayor, un auditorio expectante, silencioso, con los ojos brillantes. En ese momento, el presidente de la sesión dijo:
—Creo que será mejor que discutamos esto sin la presencia de nuestros Estados Mayores —con lo cual el grupo de altos oficiales salió en fila hacia una sala de espera.
La disputa quedó debidamente resuelta, como de costumbre, y Mountbatten, cuya posición como jefe de Operaciones Combinadas le daba un asiento en el Comité de Jefes de Estado Mayor británico, aprovechó la oportunidad para preguntar al presidente si podía hacer una demostración de la mezcla especial de hielo que sus científicos habían encontrado. Se llamaba Pykrete.
Al recibir permiso, uno de sus oficiales de Estado Mayor hizo entrar, sobre un gran montaplatos con ruedas, dos bloques de hielo de unos tres pies de alto: uno de hielo común y corriente, el otro de Pykrete. Invitó al hombre más fuerte presente a partir cada bloque de hielo por la mitad con una herramienta especial que había traído. Todos los presentes eligieron al general Arnold para el papel de “hombre fuerte”. Se quitó el abrigo, se arremangó y blandió la herramienta, partiendo el hielo ordinario de un solo golpe. Se volvió, sonriendo, y, frotándose las manos, tomó de nuevo la herramienta y avanzó sobre el bloque de Pykrete. Blandió la herramienta y, al bajarla, soltó un grito de dolor, pues el Pykrete había sufrido poco daño y sus codos habían recibido una fuerte sacudida.
Mountbatten remató entonces la demostración sacando una pistola del bolsillo para demostrar la resistencia del Pykrete contra los disparos. Primero disparó contra el hielo ordinario, que se hizo añicos. Después disparó contra el Pykrete, que era tan fuerte que la bala rebotó y pasó muy cerca de Portal.
Los oficiales que esperaban fuera, ya bastante preocupados por el sonido de los golpes y el grito de dolor del general Arnold, se horrorizaron al oír los disparos del revólver; uno de ellos gritó:
—¡Dios mío! ¡Ahora han empezado a dispararse!
Pero ¿quién, en la guerra, no tendrá su risa entre las calaveras? Y esta fue una.
Si deseas saber más, consulta Closing the Ring: The Second World War, vol. V, [Cerrando el cerco: la Segunda Guerra Mundial, vol. V] de Winston S. Churchill. El episodio de Pykrete aparece en el capítulo “The Quebec Conference”, dentro de la discusión sobre la participación británica en la guerra contra Japón.
La anécdota sobrevivió porque parecía casi teatral. Pero detrás de aquella risa momentánea estaba el problema que Quebec no podía evitar: cómo derrotar a Japón, cómo mantener a Gran Bretaña dentro de esa campaña, cómo sostener la guerra en China y Birmania, y cómo impedir que los aliados llegaran a conclusiones incompatibles.
El 21 de agosto de 1943, la unidad aliada no fue una mera frase solemne. Fue un documento arrancado por la fricción. Alanbrooke salió al río Saguenay con alivio porque, por unas horas, la maquinaria había vuelto a moverse. No porque todos pensaran igual, sino porque habían encontrado una forma de seguir juntos.

Fala, el perro de Roosevelt, posa ante los fotógrafos que esperaban noticias de las deliberaciones de Quebec, agosto de 1943. (Foto: Capt. William G. Horton, War Office official photographer; Imperial War Museums, H 32147; vía Wikimedia Commons).

Anthony Eden, Franklin D. Roosevelt, la condesa de Athlone, Winston Churchill, el conde de Athlone, Mackenzie King, Alexander Cadogan y Brendan Bracken en la terraza de la Ciudadela de Quebec, 18 de agosto de 1943. (Foto: Capt. William G. Horton, War Office official photographer; Imperial War Museums, H 32144).

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