El tren de Hodonín

Campo de Hodonín u Kunštátu durante la ocupación alemana. El recinto funcionó como lugar de concentración de familias romaníes antes de los transportes hacia Auschwitz-Birkenau.
En la noche del 21 al 22 de agosto de 1943, mientras la guerra parecía medirse en frentes inmensos —Ucrania, el Mediterráneo, el Pacífico—, en Moravia una operación más silenciosa dejó casi vacío un campo entero.
En Hodonín u Kunštátu, al norte de Brno, el llamado campo gitano del Protectorado había reunido desde 1942 a familias romaníes enteras: hombres, mujeres, ancianos, niños pequeños, mujeres embarazadas. No era solo un lugar de encierro. Era una estación de concentración antes de Auschwitz-Birkenau.
En esas horas, los prisioneros fueron trasladados a la estación de Nedvědice, a unos diez kilómetros del campo. Desde allí, un tren especial salió hacia Brno y continuó hacia Auschwitz II-Birkenau. Las reconstrucciones documentales sitúan el transporte desde Hodonín en 749 prisioneros —algunos registros señalan 748—; en Brno se añadieron otros diecisiete antes de continuar hacia Auschwitz-Birkenau.
Entre quienes subieron a aquel tren iba Tomáš Šubrt. Su recuerdo no comienza con una cifra, sino con una certeza: en Hodonín había tifus, y quienes partían sabían que el destino era Auschwitz. Lo que siguió fue el traslado, el engaño en Brno, los vagones cerrados y la llegada a Birkenau:
En Hodonín había tifus. Sabíamos que íbamos a Oświęcim, donde nos esperaba la muerte. En Brno nos dijeron que íbamos allí a vivir, que tendríamos de todo, que lleváramos ropa blanca y comida solo para dos días, que allí recibiríamos todo, que allí tendríamos nuestro hogar.
Viajamos unas doce horas, en tren directo hasta allí; se detuvo en Přerov y en Bohumín. Viajábamos en vagones cerrados de carga, los llamados zetky, en los que habría unas cincuenta personas en cada uno. Hasta la frontera nos escoltó la policía checa; desde la frontera, los SS alemanes, que trataban mal a los prisioneros.
Para el camino no recibimos nada, ni comida ni bebida. Mi transporte conservó sus cosas por casualidad; era el segundo transporte. Algo de comida para dos días y el agua que habíamos tomado en Brno en recipientes. Con nosotros pudimos llevar ropa blanca, ropa de vestir y calzado. Después cambiábamos esas cosas con los polacos por comida.
Fui a Oświęcim con mi esposa Filomena, mi hijo Jaroslav y mi hija Květoslava. Y con mi madre, mi suegro y mi suegra, tres hermanos y sus doce hijos, una hermana y mi cuñado, sus cinco hijos y otros doce niños más, aproximadamente. También viajé con otra hermana de Kyjov, con la familia Holomek, con cinco hijos y dos nietos. En un mismo transporte común.
Nos dejaron en una vía lateral; no era una estación, era un terraplén de tres o cuatro metros de altura, y nos arrojaban desde los vagones para que quedaran vacíos cuanto antes. Entonces, cuando los niños lloraban y nosotros nos resistimos, los SS mataron a uno de los nuestros. Nos trataban mal.
Nos formaron de cinco en fondo, tanto a los viejos como a los niños. Nos pateaban. Tuvimos que caminar quizá un kilómetro hasta Birkenau. Los kapos, que sabían polaco y algunos checo, nos decían que allí estaríamos bien, que allí tocaba música. Cuando llegamos a la puerta del campo, sí, tocaba la música de los prisioneros; pero vimos que allí yacía un prisionero muerto con un pico en la cabeza, que allí había otro ahorcado en una manija, que más allá había otro fusilado. Y aquello nos impresionó terriblemente; quedamos sorprendidos y descompuestos ante aquel horror absurdo y bestial.
Si deseas saber más, consulta Nemůžeme zapomenout–Našťi bisteras: Nucená táborová koncentrace ve vyprávěních romských pamětníků [No podemos olvidar–Našťi bisteras: la concentración forzada en campos en los relatos de memoria de testigos romaníes], de Ctibor Nečas, Universidad Palacký, Olomouc, 1994. El fragmento procede del relato memorial de Tomáš Šubrt, compuesto a partir de sus respuestas escritas al cuestionario enviado en 1972 por Vlasta Kladivová a antiguos prisioneros del campo gitano de Auschwitz II-Birkenau.
El tren siguió hacia Auschwitz-Birkenau. Detrás quedó Hodonín, casi vacío, con enfermos, trabajadores destinados a limpiar el recinto, unos cuantos liberados por decisiones administrativas y familias partidas por el transporte. Marie Květa Ondrášová, una muchacha obligada a trabajar en la enfermería del campo, no narró el viaje desde dentro del vagón. Su memoria volvió al lugar que el tren dejó atrás:
Entonces volvieron a llegar camiones, nos cargaron en esos camiones y nos llevaron hasta los trenes de carga, a los vagones para cerdos, ¿sabe? Y a cuantos cabían en aquel vagón, a tantos los echaban dentro. Y fuimos en tren hasta Kunštát, cerca de Hodonínek. Allí nos sacaron; a los ancianos que había y a las madres con niños pequeños los llevaban a Hodonínek en esos camiones, sí. Porque no habrían llegado ni de noche. Y nosotras, las muchachas, y los muchachos que había, en filas de tres, tuvimos que ir a pie. Así llegamos.
Sí, a todos nos raparon al cero, sin perdón. Yo tenía trenzas; los barberos me las cortaron y las dejaron bien puestas. Ya sabe: quien tenía el pelo bonito y limpio, se lo llevaban para pelucas.
Ropa a rayas, ropa a rayas, sí. Encima les daban una especie de frac negro, como si fuera una nube enorme; pero descalzos y con zuecos, descalzos y con zuecos. Y, por lo demás, bañarse no existía; lavarse, de alguna manera, tampoco.
Muchos, muchos. Estaban uno junto al otro; eran muchos. Y allí ponían precisamente a esos de los que le hablo, que ya se helaban y sabían que iban a morir; allí estaban, en esos carros. Y allí todo se congelaba y moría. Nada de calor, nada, no se calentaba nada.
Por la mañana recibían café negro; cada uno recibía un pedacito de pan así, sí.
Se lo robaban unos a otros como podían.
Y al mediodía, cuando volvían del trabajo —ya era tarde por la tarde— recibían burina; eso era comida y cena.
Uno no sabía si aquello era sopa o goulash de papa.
Andaban por allí, claro, alemanes con uniforme, y luego iba con ellos un civil. Yo no supe enseguida quién era, pero era Herzig, sí.
Así que tuve que tomar la ropa interior y enseñársela, y él dijo:
—Kommen Sie mit —que significaba que fuera con él.
Dios mío, ¿qué van a hacer conmigo? —decía yo. ¿Qué va a ser esto, Cristo Jesús?
Me tomó y me llevó a la enfermería, y dijo:
—Hier müssen Sie arbeiten.
Y yo digo:
—Pero si yo no sé nada, por favor; en mi vida he estado en una enfermería, ni siquiera fui a la escuela. Yo, yo no conozco nada.
Y él dijo:
—Das ist egal —sí, que eso con el tiempo lo aprendería, dijo.
Y después llegaron a Hodonínek, desde la vida civil, treinta y seis mujeres embarazadas, incluida mi difunta mamá. Y la primera en dar a luz allí fue mi mamá.
Me dijo lo que tenía que hacer, de qué largo tenía que dejar el ombligo, cómo tenía que atarlo, en la parte de la mamá y allí. Después, dejar un pedacito así y, por encima de ese pedacito, cortarlo y, con el alcohol, apretar esa puntita para limpiarla. Y después me hablaba de una placenta, solo que yo no sabía qué era eso, claro, nada.
Nuestra mamá era delgadita como un dedo, y aun así cuidaba aquel pan, todo así, y los sacó adelante a todos, ¿ve?, incluso a la más pequeña. Yo le decía:
—Mamita, por favor. Mira, ya no tenemos papá. Y si ahora tú también tuvieras que irte, ¿qué voy a hacer con esos niños? Si ella apenas acaba de nacer, todavía no sabe nada del mundo. Mamá, yo sé que es pecado decirlo, pero déjala morir. Te va a agotar y aquí no hay comida así. ¿Cómo le vas a dar de mamar?
Y allí tenían que desnudar cada cadáver, dejarlo completamente desnudo y enseguida envolverlo en un papel negro así y atarlo tres veces.
Cuando lo llevaban detrás del campo, allí estaba hecha esa fosa común,
Siempre lo tiraban allí, a esa fosa, y lo espolvoreaban con cal clorada.
Después, por la noche, me traían cadáveres; así que los tenía puestos en el pasillo, por todas partes, por todas partes donde se podía. Y yo, sobre la mesa de la consulta.
Llegaron y volvieron a cortarlo todo, completamente al cero. También les cortaban las cejas, todo. A nosotros no; nosotros estábamos en la enfermería. También con la abuela, con toda la familia. Eso también me parecía raro. No decían nada, y entonces los pequeños decían:
—Dios mío, Dios mío, ¿qué van a hacer con nosotros?
Ya sabe cómo estaría mamá. No puede imaginárselo, pero le dio la criatura. Y todos pensábamos, yo pensaba, yo pensaba. Le decía:
—Mamita, no tengas miedo, ya verás, ella la salvará.
Y después nosotros salimos de allí para volver a casa, sí. Si lo hubiéramos sabido. Mi pobre madre se arrancaba los cabellos de la cabeza, pero ya no se podía hacer nada. Se los llevaron a todos y a Sonička con ellos.
Si deseas saber más, consulta la entrevista oral de Marie Květa Ondrášová conservada por el United States Holocaust Memorial Museum y la tesis Romský holocaust – příběh Marie (Květy) Ondrášové [El Holocausto romaní: la historia de Marie (Květa) Ondrášová], de Dominik Kárász, que reproduce fragmentos de la transcripción de la entrevista.
La voz de Marie termina en una escena familiar: una niña entregada a otra mujer con la esperanza de salvarla, y un transporte que se lleva a todos. Pero la enfermería de Hodonín también dejó otro rastro documental. El médico Alfréd Mílek, prisionero por su origen judío, fue destinado al campo para atender a los enfermos. Décadas después, al recordar aquel lugar, no habló de estrategia ni de órdenes militares. Habló de enfermedad, de cadáveres y de entierros:
Fui encarcelado el 10 de enero de 1943 por razones raciales —origen judío—, y por eso fui destinado al campo para gitanos de Hodonín. Debía ocuparme allí —como médico— de los enfermos. Observo que en aquel campo —que contaba con más de mil personas— había exclusivamente familias gitanas.
La epidemia de fiebre tifoidea en el campo tuvo una cosecha abundante. Murieron unas cincuenta personas. Quisiera señalar que más tarde vi a una parte de esos gitanos en KL Birkenau e incluso hablé con ellos a través del cercado del campo, momento en el que fui sorprendido por un hombre de las SS que quería presentar un informe sobre esta falta. Me salvó el médico jefe de la sala de enfermos del sector BII b, el doctor Hermann, quien convenció al hombre de las SS de que él mismo me castigaría.
Estuve en el campo gitano hasta el 19 de julio de 1943. Durante mi estancia en ese campo tuve problemas con el entierro de los muertos. El sacerdote local no quería permitir que se enterrara a los muertos en el cementerio y tampoco quería —alegando poca comprensión por parte de sus superiores eclesiásticos— consagrar un trozo de tierra detrás del cementerio.
Ante eso ordenó levantar una cruz en un campo vacío, y allí enterrábamos a los gitanos fallecidos. Faltaban ataúdes, de modo que los cadáveres se envolvían en papel negro. Por desgracia, al trasladar los cadáveres el papel se rompía, y a menudo había que llevar al difunto sin esa protección. Al principio iban muchos gitanos en los cortejos fúnebres; más tarde, solo la familia más cercana.
Si deseas saber más, consulta Romský holocaust – příběh Marie (Květy) Ondrášové [El Holocausto romaní: la historia de Marie (Květa) Ondrášová], de Dominik Kárász. El informe de Alfréd Mílek citado allí está fechado en Praga el 23 de noviembre de 1972; la copia usada por Kárász procede del Muzeum romské kultury de Brno, fondo de copias de documentos de archivo, Tábor Hodonín u Kunštátu, sign. 133/2007. El original se conserva en AMPO Oświęcim, fondo Oświadczenia, kart. 80.
Cuando el tren salió hacia Auschwitz, Hodonín ya no era solo un campo: era un espacio desarmado por dentro. Quedaban medicinas por embalar, ropa por atar en paquetes, barracones por limpiar, enfermos por mover y una fosa común detrás del recinto.
El 22 de agosto de 1943 no dejó una batalla, ni una proclama, ni una ciudad conquistada. Dejó un tren. En sus vagones viajaban familias enteras que habían pasado por el hambre, la enfermedad, el rapado, el trabajo y la espera. Detrás quedaban unos pocos testigos, los objetos del campo y una memoria que durante años tuvo que pelear por ser escuchada.

Marie Květa Ondrášová a los doce años, durante su primera comunión. (Foto: Colección del Muzeum romské kultury; vía Testimonies of Roma and Sinti).

Marie Květa Ondrášová con su esposo después de la guerra. (Foto: Colección del Muzeum romské kultury; vía Testimonies of Roma and Sinti).

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