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Los nombres que salieron de Stanley

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El Teia Maru, antiguo Aramis, utilizado como buque de intercambio en 1943. Christie y los demás repatriados que salieron de Stanley embarcaron en él en Hong Kong el 23 de septiembre. (Foto: autor desconocido / All Japan Seamen's Union, vía Wikimedia Commons).

El 23 de septiembre de 1943, Hong Kong llevaba casi veintiún meses bajo ocupación japonesa. La colonia británica se había rendido el 25 de diciembre de 1941 y los supervivientes de su guarnición permanecían prisioneros. En el extremo sur de la isla, el campo civil de Stanley reunía a hombres, mujeres y niños de varias nacionalidades bajo vigilancia japonesa.

Entre quienes habían llegado a Hong Kong con el contingente canadiense conocido como Fuerza C estaba la teniente Kathleen Georgina Christie, enfermera militar del Royal Canadian Army Medical Corps, RCAMC [Real Cuerpo Médico del Ejército Canadiense]. Junto con la teniente Anna May Waters, fue destinada al Hospital Militar Británico de Bowen Road. Tras la rendición, ambas continuaron atendiendo a los heridos en el hospital, convertido por los japoneses en campo de prisioneros de guerra.

El 10 de agosto de 1942, Christie, Waters y el resto del personal femenino de enfermería fueron trasladadas a Stanley. Allí, Christie compartió el cautiverio con unas 2.400 personas. Para las dos enfermeras canadienses comenzaba una nueva etapa de internamiento, esta vez entre la población civil de la colonia.

Durante 1943, Estados Unidos y Japón negociaron un segundo intercambio de civiles. Canadá consiguió que algunos de sus nacionales en territorio controlado por Japón fueran incluidos en el acuerdo estadounidense. Dos buques viajarían bajo salvoconducto hacia el territorio portugués neutral de Goa: el japonés Teia Maru, que recogería a los repatriados aliados en Asia, y el sueco Gripsholm, fletado por Estados Unidos y encargado de transportar a los civiles japoneses que serían intercambiados. El Teia Maru llegó a Hong Kong el 22 de septiembre.

Kathleen Christie recordaría así cómo comenzó para ella aquella salida de Stanley:

En julio de 1943 —habíamos oído rumores todo el tiempo— recuerdo que, durante las primeras semanas después de la rendición, yo les decía a los muchachos:

En casa para el 1 de julio.

Y ellos pensaban que yo sabía algo. Me creían. En julio de 1943, después de todos aquellos rumores —los canadienses regresan a casa; todos regresamos a casa; las enfermeras regresan a casa—, alguien llegó —recuerdo que yo estaba jugando al bridge— y nos dijo, sin aliento:

¡Los canadienses regresan a casa en septiembre!

May y yo simplemente seguimos jugando. Pero esta vez resultó ser verdad.

 

Los estadounidenses preparaban su segunda repatriación de todos sus civiles que aún permanecían en el Lejano Oriente. Ya habían realizado una en julio de 1942 y habían logrado sacar a algunos. Llevaban algún tiempo intentando sacar a los demás, pero los japoneses no proporcionaban un buque adecuado. El gobierno canadiense acordó con el estadounidense repatriar a los civiles canadienses que se encontraban en el Lejano Oriente. Había algunos en Japón, y otros en Pekín y Shanghái, Cantón y Hong Kong. Creo que ese era el último lugar donde quedaban canadienses. Como estábamos en un campo de internamiento civil, a nosotras dos, que llevábamos dos estrellas en los hombros, nos incluyeron como civiles canadienses.

Nuestro oficial médico superior, John Crawford, nos había dicho que, si teníamos la oportunidad de regresar a casa, debíamos hacerlo, porque él había estado trabajando para que así fuera. También nos dijo:

 

Quizá puedan ser de alguna utilidad cuando regresen, porque aquí no están haciendo nada.

 

Así que lo aceptamos. Hablé con el padre Murphy acerca de los canadienses: los ciegos, los amputados, los incapacitados de forma permanente. Él lo intentó; fue varias veces a ver a los japoneses y finalmente, prácticamente con todas sus letras, le dijeron:

Pare con esto o no se irá nadie.

Así que dejó de insistir.

Y, efectivamente, llegó el 23 de septiembre de 1943. No podíamos llevarnos ningún papel... Ah, solo habíamos recibido correo una vez, en junio de 1943. Yo recibí tres cartas y todas tenían más de un año. No podíamos llevarnos libros, papeles, fotografías ni nada por el estilo; ni siquiera las cosas que habíamos llevado con nosotras cuando llegamos allí podíamos llevárnoslas a casa. Y, por supuesto, nos registraron. Cuando empezó a correr por Stanley la noticia de que los canadienses se marchaban, cada vez que salía a caminar alguien me decía:

Cuando salga, ¿podría escribirle a fulano?

Y me daban aquellas direcciones larguísimas de Gran Bretaña; las de Australia eran igual de largas. Cuando regresaba a mi habitación, las anotaba, junto con el nombre de quien me lo había pedido. Después, cada vez que me encontraba con alguna de esas personas en el campo, le repetía el nombre y la dirección que me había dado para que yo escribiera cuando llegara a casa. Tenía una lista bastante larga. También tenía la lista de bajas de la brigada, escrita, pero además memorizada.

Cuando estábamos abajo, junto a la orilla, esperando —siempre en orden alfabético— a que nos registraran antes de subir al barco, de pronto recordé aquellas listas de nombres. Nos habían advertido qué nos ocurriría si nos encontraban con algo que no debíamos tener y, como digo, ya habíamos visto bastante; eso ayudaba a obedecer las reglas. Así que saqué las páginas de aquella libreta, las hice pedazos y las tiré. Cuando finalmente subimos al Teia Maru y nos entregaron aquel rollo de papel higiénico, lo primero que hice fue entrar, sentarme y volver a escribir todos aquellos nombres y direcciones sobre aquel papel higiénico naranja.

En aquel barco no se podían escribir cartas; para empezar, no había papel. Pero cuando subí al Gripsholm, empecé a escribirlas. Envié algunas desde Sudáfrica cuando hicimos escala allí; envié otras desde Río de Janeiro cuando paramos allí. Y el resto las envié desde casa. Si no recibía respuesta de alguien al cabo de un mes más o menos, volvía a escribirle, porque sabía que el correo se perdía.

Si deseas saber más, visita Hong Kong Veterans Commemorative Association para consultar Kathleen G. Christie, Experiences as a Prisoner-of-War, World War 2, entrevista realizada por Charles G. Roland el 8 de diciembre de 1982, Oral History Archives, Hannah Chair for the History of Medicine, McMaster University, entrevista HCM 28-82, pp. 58–60.

La salida de Hong Kong fue solo la primera etapa. El Teia Maru continuó recogiendo repatriados en puertos del Asia ocupada antes de dirigirse a Mormugao, en la Goa portuguesa. Allí, el 19 de octubre, los pasajeros aliados fueron intercambiados por civiles japoneses llegados a bordo del Gripsholm. Christie y Waters regresaron a Canadá a comienzos de diciembre.

Salir de Stanley no borraba la diferencia entre quienes podían marcharse y quienes debían seguir cautivos. Pero devolvía a Christie algo que el internamiento había restringido casi por completo: la posibilidad de actuar más allá del campo. Después de meses en que casi todas las decisiones dependían de otros, incluso una acción sencilla podía volver a tener consecuencias fuera del alambre.

Para las familias, la guerra podía medirse en meses sin noticias. No saber si un hijo, un esposo o un hermano seguía vivo convertía cualquier mensaje fiable en algo mucho mayor que unas cuantas palabras. La distancia no desaparecía, pero dejaba de ser un silencio absoluto.

La guerra en Asia todavía tenía un largo camino por delante y miles de cautivos seguirían lejos de casa. Christie no podía cambiar esa realidad. Sí podía, desde el otro lado, hacer llegar a algunas familias una certeza que el cautiverio les había negado.

Para Christie, la libertad empezó con una obligación muy concreta: conseguir que, fuera del alambre, alguien supiera todavía a quién esperar.

Retrato de Kathleen “Kay” Christie, enfermera militar canadiense enviada a Hong Kong con la Fuerza C en 1941 y posteriormente internada en Stanley. (Foto: fotógrafo no identificado / Cabbagetown People).

El Gripsholm carga en Nueva York antes de zarpar en septiembre de 1943 con civiles japones

El Gripsholm carga en Nueva York antes de zarpar en septiembre de 1943 con civiles japoneses destinados al intercambio. Tras el canje en Goa, el buque llevó de regreso a los repatriados aliados, entre ellos Christie y Waters. (Foto: U.S. Navy / Library of Congress, Prints and Photographs Division, LC-USZ62-43767).

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