El HMS Hood es sublimado

Una de las imágenes más conocidas de la Segunda Guerra Mundial es esta del Bismarck abriendo fuego sobre el HMS Hood, el 24 de mayo de 1941, a una distancia aproximada de 20 kilómetros.

Desde que habían salido de Noruega, la Marina Real inglesa se había dado la tarea de localizar y hundir al Bismarck; el almirante Lütjens tenía a su cargo la Operación Rin y sus órdenes eran la de acabar cuanto navío mercante se apareciera en su camino.

 

La mañana del 24 de mayo trajo consigo un clima favorable y las aguas del Atlántico Norte se encontraban relativamente calmadas. El Prinz Eugen lideraba el convoy y tras su estela se encontraba el acorazado Bismarck.

 

El barón Burkard von Müllenheim-Reichberg se encontraba a bordo del Bismarck como 3er. Oficial de Artillería y su testimonio es uno de los más detallados de lo ocurrido en la mañana del 24 de mayo de 1941:

La única imagen conocida de la explosión del orgullo de la Marina Real inglesa, el HMS Hood, tomada desde el acorazado alemán Prinz Eugen. Un proyectil del Bismarck había impactado la Santamaría de popa del Hood. Entre brillantes destellos rojos y amarillos, el Hood se partió en dos y se hundió en dos minutos. 1,418 hombres murieron en este infierno.

El reloj mostraba las 0553. El rango, calculé, era menos de 25,000 metros. ¡Hubo destellos como relámpagos allí! Todavía aproximándose casi de proa, el enemigo había abierto fuego. ¡Donnerwetter! Esos destellos no podían provenir de los cañones de medio calibre de un crucero. Seguro de que nosotros responderíamos al fuego inmediatamente, me preparé para el ‘permiso para abrir fuego’ y el estruendo de nuestros cañones que seguiría a continuación. No sucedió nada. Nosotros en nuestras estaciones nos miramos unos a otros con asombro. ¿Por qué no estábamos haciendo nada? La pregunta permaneció en el aire. La voz de Schneider se escuchó por el teléfono. “Solicito permiso para abrir fuego”. Silencio. Schneider otra vez: “El enemigo ha abierto fuego”, “obuses enemigos bien agrupados” y de nuevo, “solicito permiso para abrir fuego”. Aún no había respuesta. Lütjens estaba titubeando. Los segundos cargados de tensión se convirtieron en minutos. Los buques británicos estaban virando ligeramente a puerto, el navío liderando mostraba un larguísimo castillo de proa y dos torretas gemelas pesadas. Por el teléfono escuché a Albrecht gritar “¡El Hood –es el Hood!” Fue un momento inolvidable. Allí estaba, el famoso buque de guerra, alguna vez el más grande del mundo, que había sido el “terror” de tantos de nuestros juegos de guerra. Dos minutos habían transcurrido desde que los británicos abrieron fuego. Lindemann no podía contenerse más y se le escuchó murmurarse así mismo, “No dejaré que le disparen a mi barco bajo mi culo”. Después, por fin, llegó al intercomunicador y dio la voz, “permiso para disparar”.

 

Ambos barcos alemanes concentraron su fuego sobre el Hood, mientras que ella, engañada, como frecuentemente estaban nuestros enemigos, por la similitud en el diseño de todos nuestros tipos de barcos, estaba disparando al Prinz Eugen, creyendo que era el Bismarck. El capitán del otro barco inglés, que resultó ser el acorazado Prince of Wales, dándose cuenta lo que había sucedido, comenzó a disparar al Bismarck, a pesar de la orden del almirante Holland de concentrar el fuego en el buque alemán liderando. Alrededor de cuatro minutos después de que iniciaron los disparos y después de que seis obuses habían sido apuntados al Hood, Lütjens ordenó al Prinz Eugen colocar bajo fuego al Prince of Wales, al cual él se refería como el King George V. Siendo que nos habían ordenado que mantuviéramos a nuestros viejos acompañantes, el Norfolk y el Suffolk, bajo observación continua en caso de que nos lanzaran torpedos, no pude seguir viendo lo que estaba sucediendo más allá de nuestra columna de puerto. Tuve que depender de lo que escuchaba por el teléfono de control de disparo.

 

El permiso de Lindemann para abrir fuego fue seguido inmediatamente por nuestros primeros proyectiles pesados. El Bismarck estaba en acción y el estruendo de sus cañones se podía escuchar tan lejos como Reykjavik, la capital de Islandia. Escuché a Schneider ordenar el primer disparo y escuché su observación a la caída del proyectil, “corto”. Corrigió el rango y la elevación y ordenó un grupo de 400 metros. La descarga grande la describió como “larga” y la descarga base como “encima” e inmediatamente ordenó. “buena carga completa rápido”. Había colocado su batería directo sobre el blanco al principio del enfrentamiento.

 

 

Continué escuchando la voz calmada de Schneider haciendo correcciones a la batería y sus observaciones. “El enemigo está en llamas”, dijo una vez y luego “buena carga completa rápido”. El cuarto de computadora delantero de la batería le decía en intervalos regulares “Atención, caída”.

 

Desde que la acción inició, me he estado preguntando si podría distinguir el sonido de los proyectiles enemigos impactándonos de nuestros propios disparos –con todo el ruido que estaba ocurriendo, eso no siempre es fácil-. Después escuché a Schneider otra vez: “¿Caray, fue eso un proyectil fallido? Ese realmente se lo comió”. Por el teléfono escuché un balbuceo de voces cada vez más fuerte –parecía como si algo sensacional estuviera a punto de ocurrir, si no es que ya había sucedido-. Convencido de que el Suffolk y el Norfolk nos dejarían en paz al menos por unos minutos, le encargué temporalmente la observación del horizonte a través del director de popa a uno de mis contramaestres y fui al director de proa. Mientras estaba volteando hacia al Hood, percibí un grito “¡Ella está explotando!” “Ella” –¡sólo podía ser el Hood!- La vista a continuación es algo que nunca olvidares. En principio el Hood no se veía por ninguna parte; en su lugar estaba una colosal columna de humo negro subiendo hasta el cielo. Gradualmente, al pie de la columna, distinguí la proa del crucero de batalla proyectándose hacia arriba en ángulo, una señal segura de que se había partido en dos. Después vi algo que no difícilmente pude creer: ¡un destello naranja saliendo de sus cañones delanteros! Aunque sus días de combate habían acabado, el Hood estaba disparando una última carga. Sentí un gran respeto por esos hombres allí.

El impacto del Bismarck había dado en la Santamaría del Hood, causando la gigantesca explosión del acorazado británico. En dos minutos el Hood había desaparecido junto con el vicealmirante Holland y 1,417 hombres a bordo, sólo tres de su tripulación sobrevivieron. El Bismarck continuó su trayecto.

 

Si quieres saber más, lee “Battleship Bismarck: A Survivor’s Story” [El acorazado Bismarck: una historia de un sobreviviente], del Barón Burkard von Müllenheim-Rechberg.

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