Las primeras bombas sobre Rabaul

Oficiales y suboficiales de la Batería Antiaérea de Rabaul en Frisbee Ridge, el 4 de enero de 1942, poco antes del comienzo de los ataques japoneses. De izquierda a derecha aparecen el sargento Bruce Gilchrist, el teniente Peter Fisher, el capellán John May, el teniente David Selby, el sargento Ernest Green y el sargento Hamilton Peters. (Foto: Australian War Memorial, P02312.004).
El 4 de enero de 1942, la guerra del Pacífico aún no había cumplido un mes. Las fuerzas japonesas avanzaban por Malaya y Filipinas, atacaban Borneo y extendían el conflicto hacia las islas situadas al norte de Australia. En Nueva Bretaña, Rabaul permanecía como uno de los puestos más expuestos de aquel frente que acababa de abrirse.
La ciudad era la capital administrativa del Territorio de Nueva Guinea bajo mandato australiano. Su valor no dependía únicamente de sus edificios o de su población, sino de Simpson Harbour, un puerto amplio y protegido, y de los aeródromos de Lakunai y Vunakanau. Desde allí podían vigilarse las rutas que descendían desde las Carolinas hacia Nueva Guinea y el mar del Coral.
La guarnición, conocida como Lark Force, reunía alrededor de 1,400 hombres. El apoyo aéreo correspondía al 24.º Escuadrón de la Real Fuerza Aérea Australiana, equipado con cuatro bombarderos Hudson y diez Wirraway, aparatos de propósito general derivados de un avión de entrenamiento. La defensa antiaérea terrestre descansaba en dos antiguos cañones de tres pulgadas.
Después del ataque japonés contra Pearl Harbor, aquellos cañones habían sido trasladados desde Malaguna Camp hasta Observatory Hill, una estrecha elevación sobre Simpson Harbour que los artilleros rebautizaron como Frisbee Ridge. Desde allí podían cubrir el puerto y, al menos en teoría, responder contra los aviones que aparecieran sobre Rabaul.
A media mañana del domingo 4 de enero, un observador costero informó que se aproximaba una formación desde el norte. El teniente David Mayer Selby, comandante de la batería antiaérea, contempló cómo los bombarderos surgían sobre el mar y avanzaban directamente hacia su posición:
…en perfecta formación de punta de flecha, dieciocho bombarderos pesados de largo alcance, relucientes como plata bajo la brillante luz del sol. Parecía imposible creer que estuvieran empeñados en destruir, tan serenos y hermosos se veían.
La excitación de los hombres era intensa… muchos rostros estaban pálidos y tensos mientras los bombarderos volaban directamente hacia la posición de los cañones y desde el puesto de mando se transmitían las correcciones de puntería y el ajuste de la espoleta.
—¡Fuego!
Si deseas saber más, visita Anzac Portal, sección “New Britain 1941–1945”, donde se reproduce el relato del teniente David Selby.
La orden llegó hasta la dotación del cañón número dos. Allí estaba David Bloomfield, un joven artillero que había regresado a la pieza después de trabajar durante algún tiempo en la oficina de la batería. Hasta aquella mañana, él y la mayoría de sus compañeros nunca habían oído disparar un cañón de tres pulgadas:
El 4 de enero de 1942 tuvimos nuestra primera emoción, cuando un solo hidroavión Kawasaki pasó hacia las diez, evidentemente en una misión de reconocimiento. A las once y media, una formación en punta de flecha de diecisiete bombarderos Kawasaki se aproximó desde el norte, sobre la isla de Watom, dirigiéndose directamente hacia nosotros.
Nos habían dicho que las bombas caían sobre su objetivo cuando los aviones pasaban sobre él. Continuaron acercándose y, naturalmente, estábamos bastante inquietos; pero pasaron sobre nuestras cabezas, cruzaron el puerto y siguieron hacia el aeródromo inferior, el aeródromo de Lakunai, donde cayeron las bombas.
Desafortunadamente, alcanzaron un hospital para la población local, el hospital de Rapindik, y causaron algunas bajas entre quienes se encontraban allí.
Desde entonces tuvimos ataques aéreos casi todos los días, que no resultaron muy satisfactorios para nosotros como unidad antiaérea. Debo señalar que el equipo que teníamos no se parecía en nada al equipo con el que habíamos entrenado en Sídney antes de embarcarnos hacia Rabaul.
En Sídney habíamos tenido el equipo más moderno, como un telémetro UB-7 y un predictor. En Rabaul teníamos una mira telescópica anular. No había predictor ni telémetro.
…
Todos los días hacíamos instrucción con los cañones. Nunca habíamos oído disparar uno de tres pulgadas, ninguno de nosotros. Creo que dos sargentos y un oficial sí lo habían oído.
Selby pidió permiso al comandante del 2/22.º Batallón… y se lo negaron. Así que nadie sabía qué esperar. Además, había una pequeña, diminuta grieta en el bloque de cierre del cañón número dos, donde yo estaba destinado, y nadie sabía cuál sería el resultado bajo fuego continuo.
Recibimos el aviso de los observadores costeros. Estaban llamando a Rabaul para informar que venían aviones y sonó la sirena de ataque aéreo en la ciudad. En cuanto sonó, ocupamos nuestras posiciones en los cañones y esperamos para ver qué aviones eran.
Naturalmente, había un ambiente de excitación y nerviosismo. No sabíamos qué iba a ocurrir. Simplemente estábamos preparados para hacer aquello para lo que habíamos entrenado desde que nos alistamos.
Cuando vimos venir la punta de flecha, se gritó la primera orden:
—Espoleta 2-9, arriba tres y medio, derecha cuatro.
Todo se hizo automáticamente. Entró el proyectil, bajó la palanca de disparo y salió el proyectil. Entonces tuvimos que esperar para ver, en aquel cielo azul y despejado, los copos de algodón formados por las explosiones.
Estaban muy por debajo del objetivo. En la dirección general, pero muy por debajo.
Como eran cañones de tres pulgadas y no de 3.7, el ajuste máximo de la espoleta era 3-0, que probablemente equivaldría a unos quince o dieciséis mil pies. No sabíamos exactamente a qué altura estaban, pero yo diría que quizá volaban a dieciséis o diecisiete mil pies.
…
Estuve sordo durante un rato. Fue toda una revelación y, naturalmente, desde mi posición en el cañón recibí el calor del fogonazo y el estampido de la explosión. Pero todos nos lo tomamos con calma.
Durante todo el día estuvimos hablando de aquello. Diría que fue el tema de conversación de toda la jornada. Parloteábamos como lo haría un grupo de muchachos. Yo me quejaba de que me zumbaban los oídos, pero nadie parecía muy interesado.
Pensé que las cosas iban a empeorar. Aquella noche hubo otro ataque, así que supuse que esto se convertiría en algo bastante habitual. Evidentemente, estaban bombardeando ambos aeródromos.
…
No se molestaron en bombardear la ciudad ni ninguna otra cosa. Supusimos que debían tener en mente apoderarse de ella intacta para utilizarla ellos mismos.
Si deseas saber más, visita Australians at War Film Archive, entrevista a David Bloomfield, y consulta The Royal Australian Air Force 1939–1942 [La Real Fuerza Aérea Australiana, 1939–1942], de Douglas Gillison.
Los registros operacionales identifican la formación principal como veintidós bombarderos Mitsubishi G3M Tipo 96 “Nell”. Dos Wirraway del 24.º Escuadrón despegaron para interceptarlos, pero no pudieron ganar altura con suficiente rapidez para alcanzar a los bombarderos.
Dos Wirraway del 24.º Escuadrón despegaron para interceptarlos, pero no pudieron ganar altura lo suficientemente rápido como para alcanzar a los bombarderos. En tierra, los proyectiles de tres pulgadas estallaron por debajo de la formación. Aquellos disparos fueron probablemente los primeros realizados en combate por una unidad de milicia en defensa de un territorio australiano.
Más de cincuenta bombas cayeron sobre la zona de Rabaul. Tres alcanzaron la pista de Lakunai y otra cayó sobre el recinto de trabajadores de Rapindik, donde murieron quince neoguineanos. Las primeras víctimas del ataque no fueron los hombres que ocupaban los cañones ni los pilotos que intentaron ascender hacia la formación, sino habitantes de la población local.
Los daños de aquella mañana no bastaron para cerrar los aeródromos ni para destruir la guarnición. Sin embargo, desde Frisbee Ridge ya se podía medir la desigualdad. Los bombarderos podían cruzar el cielo por encima del alcance efectivo de las piezas, mientras los Wirraway se esforzaban por ascender hasta una altura que los atacantes alcanzaban con facilidad.
Hasta entonces, la batería había repetido diariamente movimientos aprendidos en Australia sin saber cómo sonaría un cañón disparado con munición real. Cuando finalmente llegó la orden, el entrenamiento funcionó: se ajustaron las espoletas, se cargaron los proyectiles y se bajaron las palancas. Lo que no funcionó fue la distancia entre las explosiones y sus blancos.
Al caer la noche, Rabaul seguía en pie, pero la espera había terminado. Desde aquel 4 de enero, el zumbido de motores procedente del norte ya no anunciaría una posibilidad, sino el regreso de las bombas.

El teniente Peter Wallace Fisher, segundo al mando de la Batería Antiaérea de Rabaul, a la izquierda, junto al teniente David Mayer Selby, comandante de la unidad, en Malaguna Camp en 1941. La batería disponía de dos antiguos cañones antiaéreos de tres pulgadas, trasladados posteriormente a Frisbee Ridge. (Foto: Australian War Memorial, P02312.001).

Vista aérea del aeródromo de Lakunai hacia 1944, mirando al noroeste sobre la ciudad de Rabaul, con la isla de Watom a la distancia. Lakunai fue el objetivo principal de la primera incursión japonesa del 4 de enero de 1942. (Foto: Australian War Memorial, OG0605H / John Thomas Harrison).

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