Los cañones cierran la carretera

Fila de tanques medianos italianos M13/40 capturados por la 7.ª División Blindada en Beda Fomm, fotografiada el 20 de febrero de 1941. El 5 de febrero, Ritchie vio aproximarse tanques de este modelo entre las columnas que trataban de abrirse paso hacia el sur. (Foto: Australian War Memorial, 008414 / fotógrafo oficial británico desconocido).
En los primeros días de febrero de 1941, la retirada italiana de Cirenaica había dejado de ser un repliegue ordenado. La 6.ª División Australiana avanzaba hacia Bengasi, mientras largas columnas del 10.º Ejército italiano descendían por la carretera costera en dirección a Agedabia y Trípoli. Si lograban bordear el golfo de Sirte y continuar hacia el oeste, aún podían escapar de la persecución británica.
Para cerrarles el paso, la 7.ª División Blindada abandonó la ruta costera y cruzó el interior de la meseta del Jebel Akhdar. La maniobra debía llevar tanques, automóviles blindados, artillería y vehículos de abastecimiento hasta la carretera Bengasi–Trípoli antes de que aparecieran las primeras unidades italianas.
Al amanecer del 3 de febrero, la División había partido de Mechili hacia el oeste. Durante el día siguiente, sus columnas atravesaron un terreno apenas cartografiado, cubierto de rocas, barrancos, arena y polvo. Al caer la noche del 4, los vehículos llegaron a las proximidades de M’sus y formaron un campamento defensivo para descansar unas horas.
Mucho antes de las primeras luces del 5 de febrero, la marcha se reanudó. Los elementos más rápidos avanzaron hacia la carretera, mientras las piezas de artillería trataban de seguir el ritmo. La carrera contra el tiempo quedó decidida cuando los primeros vehículos británicos alcanzaron la ruta de retirada italiana y comenzaron a desplegarse sobre el terreno.
Henry R. Ritchie, artillero de la Tropa A del West Suffolk Yeomanry, recordó aquella mañana a través del té preparado bajo una manta, las estacas que marcaban las posiciones, el rugido de los tractores Quad y los pocos minutos necesarios para poner cuatro cañones en batería. Después llegó la espera, y tras ella las columnas italianas:
Mucho antes de las primeras luces, toda la División se encontraba en movimiento, dominada por una fiebre de viva expectación e impaciente por combatir. Los tanques, los automóviles blindados y los cañones estaban preparados y revisados. Aquel iba a ser el día de la batalla. La pólvora estaba seca y estábamos allí para medirnos y resolver la cuestión en un choque de armas. Teníamos la seguridad y la confianza de que, en la contienda que se acercaba, ocupábamos el terreno ventajoso y demostraríamos ser más que rivales para el enemigo; de que señalaríamos aquel día y ajustaríamos cuentas.
El escuadrón del 6.º Regimiento Real de Tanques y los automóviles blindados del 11.º de Húsares brillaban apagadamente bajo la luz de la mañana. Jock había conseguido preparar una lata de té encendiendo, de alguna manera, un pequeño hornillo italiano de petróleo bajo una manta. Mientras me entregaba mi abollada taza llena de té humeante, dijo:
—Auténtico brebaje de sargento mayor, Albert.
—Gracias, Jock —dije—. Tengo la boca como el suelo de un gallinero de cluecas.
La información era que tres largas columnas del ejército italiano avanzaban hacia el sur y que, si nos poníamos en marcha y aprovechábamos bien el tiempo, podríamos colocarnos en posición para cerrarles la retirada. Antes de que la blanca luz del frío amanecer comenzara a extenderse sobre la llanura de la meseta del Jebel Akhdar, la División salió de su campamento nocturno y avanzó hacia una tensión y una incertidumbre que iban en aumento.
Poco después de las nueve, nuestros tanques y automóviles blindados de vanguardia habían alcanzado la carretera Bengasi–Trípoli, y nosotros, los del West Suffolk Yeomanry, armados para la refriega y dispuestos para la prueba, nos acercábamos inmediatamente detrás de ellos.
El oficial de posición de las piezas de la Tropa A, el teniente Hester-Hewitt —cuya madre decía que sus hombres lo adoraban—, se había adelantado y había elegido una posición para los cañones a unas trescientas yardas al este de la carretera. Había clavado cuatro estacas para indicar la posición de cada una de nuestras piezas.
Ross condujo hasta quedar a cuarenta yardas de la estaca de la pieza número cuatro y, mientras el Quad todavía estaba en movimiento, salté, corrí y me coloqué sobre la marca. Le indiqué que hiciera un amplio giro y viniera hacia mí, mientras al mismo tiempo le señalaba aproximadamente la orientación de la línea cero.
Ross hizo girar bruscamente el cañón a gran velocidad, pasó justo por encima de la estaca y clavó los frenos entre una infernal explosión de polvo. Los artilleros, que ya mantenían abiertas las dos puertas del Quad, saltaron del vehículo y corrieron alrededor para desenganchar la pieza y separar el remolque de municiones.
Entonces pude colocarme a horcajadas sobre la cola de la cureña y empujar el pesado extremo trasero hasta acercarlo a la orientación de la línea cero. Ross salió disparado con el Quad rugiente hacia la línea de vehículos, doscientas yardas detrás de los cañones. Mientras tanto, Kevin, instruido y entrenado para dominar la esencia de la rapidez, había saltado al asiento del apuntador para recibir los ángulos del oficial de posición de las piezas.
El pesado remolque había sido colocado en posición con sus compartimientos de municiones abiertos y, en menos de cinco minutos, los cuatro cañones estaban preparados para entrar en acción, con sus largos hocicos dirigidos hacia el norte.
Todo había funcionado como un reloj. En aquel páramo estéril del desierto libio, la Tropa A había entrado a toda velocidad. Las piezas habían sido desenganchadas y puestas en batería con tanta rapidez y precisión como los artilleros profesionales de la Tropa del Rey de la Royal Horse Artillery cuando llegaban al galope para disparar la salva de cumpleaños del monarca en Windsor Great Park.
Pero aquella posición solitaria estaba muy lejos de Windsor Great Park. Era una región triste y árida del golfo de Sirte llamada Beda Fomm.
Los artilleros trabajaban como castores para descargar el remolque y preparar las municiones. Ross y Francis, que apenas diez días antes habían oído por primera vez en sus vidas el estampido ensordecedor de una tropa de cañones de 25 libras, permanecían ahora junto a aquellas piezas que, en medio de una impaciencia creciente y una tensión contenida, se alzaban contra el cielo como oscuros monumentos acusadores.
La mañana permanecía inmóvil y sin viento, y nosotros hilábamos en silencio el tiempo. Era esa calma tensa y antinatural en la que uno sentía que podría oír moverse a un lirón.
Todos mirábamos en la misma dirección y apenas apartábamos la vista de la distancia septentrional. Era como esperar junto a la red a que saliera disparado un conejo acosado por el hurón.
En el puesto de observación, apenas seiscientas yardas por delante, el capitán Adrian Kershaw, endurecido y fríamente vigilante detrás de sus prismáticos, divisó una amplia pantalla de lona que brillaba bajo el sol de la mañana.
Aspiró bruscamente al ver lo que se acercaba. Una armada de tanques M13 y cañones enemigos, acompañada por decenas de camiones, Lancia, Bianchi y Fiat, avanzaba hacia él en tres anchas columnas. Era una escena brillante y amenazadora, como una gran pantalla de cine de ficción.
Permanecíamos fascinados, al borde de la batalla que se aproximaba. Ross descubrió que tenía húmedas las palmas de las manos y Francis parecía callado y ansioso, pero su confianza aumentaría de manera constante a medida que entrara en calor con la tarea.
Moldeados por el adiestramiento y la preparación, las cubiertas estaban despejadas y los floretes dispuestos mientras aguardábamos. Éramos los guardianes de la línea.
El capitán Kershaw esperó hasta que la distancia entre el puesto de observación y los vehículos enemigos de vanguardia se redujo a dos mil yardas. Poco después nos encontrábamos en plena y feroz comunión con la batalla.
Los primeros proyectiles cayeron entre los vehículos de cabeza mientras el sol de la mañana comenzaba a ofrecer su débil calor. Los tanques enemigos se desplegaron a ambos lados de la carretera mientras se preparaban para combatir. Era como si la marea estuviera subiendo.
Quizá los dioses de la guerra, al contemplarnos desde lo alto, habrían aprobado lo que veían. Tal vez se habrían regocijado ante la actitud de aquellos dos ejércitos enfrentados y habrían saboreado el inevitable derramamiento de sangre.
De un lado estaba un ejército que, durante dos meses febriles e imborrables, había arrasado cuanto encontraba en su avance directo y devastador y confiaba plenamente en la victoria. Del otro, un ejército numéricamente superior, pero que había perdido gran parte de su voluntad de combatir, se encontraba ahora ante una lucha inminente contra los cañones y los blindados de los soldados del desierto de la temida 7.ª División Blindada.
Aun así, el ejército fascista estaba a punto de recurrir al expediente desesperado de emprender un esfuerzo decidido para abrirse paso a golpes.
Los cañones rugieron al cobrar nueva vida y casi podíamos darnos por seguros de una sordera permanente en la proximidad demoledora de cuatro oscuras piezas de trueno concentrado.
Como respuesta, los artilleros italianos tendieron sobre nosotros un dosel de metralla, como hojas que estallaban al penetrar el aire cercano, azul hielo. Los proyectiles enemigos, como incendios silbantes, se estrellaban contra la tierra seca como serpientes de cascabel encendidas por el whisky.
Un cañón pesado enemigo, distante, hacía su incisiva declaración con una nota oscura de amenaza. Los artilleros enemigos, ciegos a la locura de sus gobernantes, permanecían en su misión sin esperanza mientras las bolas de fuego silbaban a través del brillante resplandor de la mañana.
A poca distancia, entre la concentración enemiga y claramente visibles a través de las aberturas del humo que se desplazaba, dos sombríos penachos de fuego se elevaban sobre la batalla cuando nuestros proyectiles alcanzaron sus blancos y enviamos a los descarriados bandidos fascistas a su destino inexorable.
Los ojos, escocidos por el polvo, nos lloraban y estaban sensibles; los músculos, todavía entumecidos por el frío, estaban presos de un dolor sordo, y los oídos, forzados y castigados, habían quedado embotados.
Todavía quedaba más terreno muerto por conquistar.
Si deseas saber más, busca el título The Fusing of the Ploughshare: From East Anglia to Alamein — The Story of a Yeoman at War [La reja del arado convertida en arma: de Anglia Oriental a El Alamein, historia de un yeoman en guerra], de Henry R. Ritchie.
Durante la tarde del 5 de febrero, la carretera dejó de ser una vía de escape despejada. Las primeras columnas italianas se detuvieron, otras comenzaron a acumularse detrás de ellas y los vehículos que trataban de abandonar el asfalto encontraron a los blindados y las patrullas británicas extendiéndose por el desierto.
La línea que cerraba el paso seguía siendo delgada. Sus hombres habían llegado por delante de buena parte de la fuerza principal y sus municiones, combustible y vehículos habían tenido que atravesar el mismo terreno que acababan de dejar atrás. Del norte continuaban llegando soldados, tanques y cañones italianos que todavía podían intentar abrirse paso.
Ritchie no recordó el comienzo de Beda Fomm como una flecha dibujada sobre un mapa. Recordó el té, el polvo, las estacas, el peso de la cureña, los cañones preparados en cinco minutos y la espera silenciosa antes de que aparecieran los M13. Al anochecer, la carretera permanecía cerrada, pero la batalla apenas había comenzado.

Una pieza británica de 25 libras del 107.º Regimiento de la Royal Horse Artillery dispara desde una posición camuflada en Tobruk, el 27 de agosto de 1941. El disparo levanta una densa nube de humo y polvo alrededor de la dotación. (Foto: Australian War Memorial, 020377 / Thomas Fisher).

Beda Fomm, en la costa de Cirenaica, fotografiada en marzo de 1941. Cerca de esta pequeña localidad, la 7.ª División Blindada cerró la ruta de retirada del 10.º Ejército italiano hacia Agedabia y Trípoli. (Foto: Australian War Memorial, 040030).

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