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Boyington tiende una trampa sobre Kahili

Pilotos del escuadrón VMF-214 posan en dos filas ante un F4U Corsair en el aeródromo de Turtle Bay, Espíritu Santo, en septiembre de 1943.

Pilotos del escuadrón de cazas VMF-214, las “Ovejas Negras”, posan junto a un F4U Corsair en el aeródromo de Turtle Bay, Espíritu Santo, hacia septiembre de 1943, antes de su traslado a Munda. (Foto: Marina de los Estados Unidos / National Archives / vía Wikimedia Commons / 80-G-54288)

En octubre de 1943, la campaña de las islas Salomón había desplazado su centro de gravedad hacia Bougainville. La conquista del aeródromo de Munda, en Nueva Georgia, y el avance aliado hasta Vella Lavella habían permitido establecer nuevas bases aéreas desde las cuales atacar las posiciones japonesas situadas más al norte. Sin embargo, el retroceso de las fuerzas japonesas no había puesto fin a su capacidad de resistencia en el aire.


En el extremo meridional de Bougainville, los aeródromos de Kahili y Kara, junto con el de Ballale, situado en una pequeña isla cercana, continuaban formando parte de la red de bases japonesas que protegía los accesos a Rabaul, en Nueva Bretaña. Desde aquellas instalaciones podían operar cazas capaces de interceptar a los aviones aliados que se internaban en el archipiélago. Los aeródromos, sus defensas antiaéreas y las aeronaves estacionadas en ellos constituían objetivos de importancia para los estadounidenses.


A mediados de octubre, las fuerzas aéreas aliadas intensificaron sus ataques contra las pistas del sur de Bougainville. Los bombarderos y cazas procedentes de Munda y Barakoma, en Vella Lavella, emprendían misiones para reducir la capacidad operativa de aquellas bases. La cercanía de las nuevas bases aliadas permitía aumentar la frecuencia de los ataques, pero también exponía a los pilotos a los cazas enemigos y a las defensas terrestres que protegían las instalaciones.


Entre las unidades que participaban en aquellas operaciones se encontraba el escuadrón de cazas VMF-214 del Cuerpo de Marines de Estados Unidos, conocido como las “Ovejas Negras”. Su comandante era el mayor Gregory “Pappy” Boyington, un aviador de 30 años que había combatido anteriormente en China con el Grupo de Voluntarios Estadounidenses, los célebres Tigres Voladores. Al mando de sus pilotos de F4U Corsair, Boyington participaba en una campaña aérea en la que los enfrentamientos podían producirse a considerable distancia de las bases propias, sobre islas ocupadas por el enemigo y extensiones de mar abierto.


El 17 de octubre, una formación de cazas estadounidenses se dirigió hacia Kahili. La jornada quedaría registrada en la documentación militar y recibiría una mención destacada en el reconocimiento oficial concedido posteriormente a Boyington. El propio comandante recordó aquella incursión en sus memorias y relató cómo se desarrolló el enfrentamiento con los aviones japoneses:

Después de un tiempo se nos hizo un poco más difícil atrapar a nuestras presas, porque los japos no despegaban cuando teníamos la ventaja. En lugar de eso, dispersaban sus aviones por tierra, de modo que habría sido una temeridad intentar ametrallarlos.


Ametrallar objetivos en tierra en pleno día era, en el mejor de los casos, una empresa muy arriesgada, porque todas las armas del lugar, incluidos los fusiles, podían apuntar contra uno cuando descendía para ametrallar. Así que tuvimos que idear otros métodos para hacerlos despegar. Cualquier parecido con las leyes que protegen a los patos es pura coincidencia, amigos míos.


En octubre llevamos a cabo una estratagema que tuvo mucho éxito, cuando veinticuatro de nosotros volamos a Bougainville en formación de “V”, a gran altura, para que los japos creyeran que éramos bombarderos en picado sin escolta y quizá despegaran. Mientras nos aproximábamos a Kahili, hablábamos entre nosotros acerca de dónde pensábamos bombardear. Y lo mejor de toda la estratagema fue que los japos cayeron en la trampa.


Lo malo de las cosas buenas era que generalmente solo funcionaban una vez; dos, a lo sumo. Aquella fue una de esas primeras veces, ¡y qué primera vez!


Esperamos hasta que aproximadamente la mitad de los japos hubiera despegado de Kahili, mientras el resto estaba despegando o rodando hacia el extremo de la pista. No creo que ninguno de los primeros en despegar llegara mucho más allá de los cinco mil pies. Pero ya habían dado el paso, y eso era todo lo que queríamos. Cambiamos rápidamente la formación de grupos de tres aviones en “V”, como bombarderos, a parejas de cazas, y entonces nos precipitamos sobre nuestro desprevenido enemigo.


Empezamos a derribar a los primeros japos a unos cinco mil pies, cuando ascendían en considerable desventaja. Incluso los japos que estaban en tierra se encontraban prácticamente indefensos, porque no podían disparar por temor a alcanzar sus propios aviones. Siguiendo los rastros de polvo a lo largo de la pista, podíamos ver a otros que estaban despegando. Algunos de aquellos Zeros fueron derribados antes de que les diera tiempo a recoger el tren de aterrizaje.


Más allá del extremo de la pista de Kahili, que terminaba justo al borde del océano, vi ocho salpicaduras, con aceite que poco a poco se extendía en círculos cada vez mayores sobre la superficie del agua. Aquello debió de ser un espectáculo desmoralizador para los japos que estaban en tierra, viendo a su valerosa fuerza aérea despegar por la pista y, antes de completar un semicírculo, terminar en el agua, justo delante de sus narices.


…


Aquel resultó ser un buen día para mí, pues yo también pude incendiar a uno a cinco mil pies, y a otro justo debajo, mientras giraba tras rebasar el extremo de la pista, durante el ascenso. Un tercer Zero bajó el morro para ganar velocidad e intentó dejarme atrás volando en línea recta después de despegar de la pista. No lo consiguió, porque lo derribé, pero aquello sí me metió en serios problemas.


Podíamos volar a Bougainville a la altura que quisiéramos. Lo principal que debíamos recordar era mantenernos siempre por encima del enemigo antes de empezar a atacarlo y no permanecer debajo de uno de aquellos cacharros más tiempo del absolutamente necesario.


En cuanto a infringir esta última máxima, desde luego que la infringí al derribar al tercer Zero, porque lo perseguí hasta el agua y apenas había comenzado a ascender con fuerza, buscando más blancos, cuando cinco Zeros se me echaron encima.


Gracias a Dios, había una pequeña nube cerca, y casi lo único que podía hacer era seguir entrando y saliendo de ella. Cada vez que salía, dos o tres de los japos me acribillaban con sus disparos. Entonces tenía que ejecutar un viraje cerrado, con una pronunciada inclinación lateral, y volver a meterme por un momento en mi nube. Aquella rutina pareció prolongarse hasta que sentí que todo mi cuerpo se secaba. La sequedad, que comenzó en la boca, bajó poco a poco por la garganta y luego hasta el estómago. Finalmente, a pesar de todas las acrobacias que estaba haciendo en aquella cabina, me quedé tan seco que tuve que buscar a tientas mi cantimplora, desprenderla del cinturón de lona y beber un trago de agua.


En medio de todo aquello, algún payaso allá arriba gritó por radio:


—¿Dónde está la pelea? ¡Quiero meterme en la pelea!


Fue entonces cuando le di la respuesta que los pilotos me repitieron más tarde, después de que hubiéramos aterrizado. Parece que, entre la sed y los apuros, yo le había gritado por radio:


—¡Jesucristo, estúpido hijo de puta, si tantas malditas ganas tienes de disparar contra los Zeros, baja sobre las islas Farro a tres mil pies! ¡Tengo a cinco de ellos acorralados aquí!

Si deseas saber más, lee Baa Baa Black Sheep (La oveja negra), de Gregory “Pappy” Boyington.

El relato de Boyington conserva el lenguaje espontáneo de los aviadores, muy alejado de la solemnidad con la que solían describirse las acciones de combate. En aquellas comunicaciones por radio había lugar para la impaciencia, las bromas y las expresiones más ásperas, incluso cuando la situación exigía toda la atención de quienes participaban en ella. Era parte de la vida cotidiana de unos pilotos que podían pasar de largas horas de vuelo a enfrentamientos de apenas unos minutos.


La acción de Kahili quedó recogida también en el reconocimiento militar otorgado posteriormente a Boyington. Su Medalla de Honor correspondía al conjunto de sus servicios como comandante del VMF-214 entre septiembre de 1943 y enero de 1944, pero la citación dedicó un pasaje específico a lo ocurrido el 17 de octubre. El documento oficial describió aquella jornada en los siguientes términos:

Resuelto en sus esfuerzos por infligir graves daños al enemigo, el mayor Boyington dirigió una formación de veinticuatro cazas sobre Kahili el 17 de octubre y, dando vueltas persistentemente sobre el aeródromo, donde había sesenta aviones enemigos en tierra, desafió audazmente a los japoneses a enviar sus aviones al aire. Bajo su brillante mando, nuestros cazas derribaron veinte aeronaves enemigas en el combate que siguió, sin perder un solo avión.

Si deseas saber más, consulta la citación oficial de Gregory “Pappy” Boyington en la Congressional Medal of Honor Society y en el National Medal of Honor Museum.


Los hombres del VMF-214 llamaban “Pappy” a un comandante que apenas tenía treinta años. El sobrenombre sugería una familiaridad peculiar, y las memorias de Boyington dejan entrever algo de ella. No excluyó de su relato las expresiones vulgares ni las bromas de los aviadores, y tampoco intentó convertir las conversaciones por radio en diálogos ejemplares. Conservar aquella aspereza era también conservar la manera en que se hablaban los pilotos de las “Ovejas Negras”.


Las voces habían acompañado la operación desde el comienzo. Mientras los Corsair imitaban la formación de unos bombarderos, sus pilotos hablaban de los objetivos sobre los que supuestamente lanzarían sus bombas. Más tarde, durante el enfrentamiento, la radio recogió llamadas de auxilio, impaciencias y exabruptos. Boyington recordó aquellos intercambios con la misma desenvoltura con la que hablaba de las leyes de caza y de sus presas. Su sentido del humor podía ser tan brusco como el lenguaje con el que describía a sus adversarios.


Hay un detalle particularmente revelador en la forma en que contó aquella jornada. Después de aterrizar, otros pilotos le repitieron la respuesta que había gritado a un compañero en pleno combate. Lo que en el aire había sido una reacción momentánea encontró una segunda vida en las conversaciones del escuadrón. Boyington había dirigido la formación sobre Kahili, pero al regresar también pasó a formar parte de las anécdotas que sus propios hombres tenían para contar.


Cuando años más tarde puso por escrito aquella historia, conservó la frase tal como la recordaba a través de ellos. La escena había comenzado en la cabina de su Corsair y había continuado entre quienes lo acompañaron sobre Bougainville. En las memorias de Boyington, incluso su propia voz llegaba, en ocasiones, de regreso por boca de las “Ovejas Negras”.

Gregory “Pappy�” Boyington aparece en el centro de un grupo de aviadores reunidos en el aeródromo de Turtle Bay en septiembre de 1943.
Gregory “Pappy” Boyington aparece en el centro de un grupo de aviadores reunidos en el aeródromo de Turtle Bay en septiembre de 1943.

El mayor Gregory “Pappy” Boyington, en el centro, conversa con varios aviadores en el aeródromo de Turtle Bay, Espíritu Santo, el 11 de septiembre de 1943. (Foto: Marina de los Estados Unidos / National Museum of the U.S. Navy / vía Wikimedia Commons / 80-G-54305)

Caza F4U-1 Corsair estadounidense en el momento de despegar de una pista, con el tren de aterrizaje todavía extendido.
Caza F4U-1 Corsair estadounidense en el momento de despegar de una pista, con el tren de aterrizaje todavía extendido.

Un caza Vought F4U-1 Corsair del escuadrón VMF-214 despega de Espíritu Santo, en las Nuevas Hébridas, el 11 de septiembre de 1943. (Foto: Marina de los Estados Unidos / National Museum of Naval Aviation / vía Wikimedia Commons / 1996.253.7154.037)

Baa Baa Black Sheep

Baa Baa Black Sheep

Memorias de Gregory “Pappy” Boyington sobre los Tigres Voladores, las “Ovejas Negras”, los combates del Pacífico y su experiencia como prisionero de guerra japonés.

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