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Tres canoas entran en Singapur

Miembros de la Operación Jaywick a bordo del Krait oscurecen su piel durante los preparativos para la incursión en Singapur.

Miembros de la Operación Jaywick a bordo del Krait durante el viaje hacia Singapur, mientras oscurecen su piel como parte de los preparativos para la incursión. Entre los identificados se encuentran Robert Page, Ivan Lyon, Andrew Huston y Walter Falls. (Foto: fotógrafo no identificado / Australian War Memorial, 067336).

El 26 de septiembre de 1943, Singapur seguía bajo ocupación japonesa desde su caída en febrero de 1942. La antigua base británica continuaba siendo un puerto importante para la navegación japonesa en el sudeste asiático, pero se encontraba lejos de cualquier ataque convencional aliado. Alcanzar sus fondeaderos exigía pasar inadvertido mucho antes de acercarse a ellos.


El Krait, antiguo pesquero japonés Kofuku Maru, había partido de Australia con catorce hombres a bordo. La operación, denominada Jaywick, había sido organizada por Special Operations Australia y empleaba hombres vinculados a la Z Special Unit. La apariencia del Krait le permitía confundirse con el tráfico local; cerca de Singapur, sin embargo, el buque tendría que quedar atrás.


El 26 de septiembre, seis hombres prepararon tres canoas plegables en Pulau Subar. Se repartieron en tres parejas: Ivan Lyon y Andrew Huston en la primera; Donald Davidson y Walter Falls en la segunda; Robert Page y Arthur Jones en la tercera. Una vez separadas las canoas, cada pareja tendría que encontrar su propio camino entre las islas, las luces y el tráfico del puerto y regresar por sus propios medios.


Arthur Jones, marinero de la Royal Australian Navy, iba con el teniente Robert Page en la canoa n.º 3. Jones describió así la entrada de ambos en el puerto:

Remamos en paralelo al muelle de Bukum. Todo estaba iluminado; no había apagón ni nada parecido, y una franja de luz corría paralela al muelle. Cuando estabas allí fuera, remando y mirando hacia dentro, pensabas que probablemente no había forma de meter la canoa sin que te vieran, porque había demasiada luz.


Estaban trabajando en los muelles. Bajo la popa de uno de los buques había lanchones, parecidos a barcazas, y tenían lámparas de arco mientras trabajaban y soldaban. Seguimos remando hasta encontrar el que parecía el más grande. Tenía el puente, los alojamientos, la chimenea y la sala de máquinas en el centro, y aquello proyectaba un poco de sombra sobre el agua, lo cual era una ventaja. Así que dijimos: “Bueno, hay que hacerlo; es el momento”, y remamos directamente hasta quedar al costado.


Sujetaba la proa de la canoa contra el buque con la sujeción magnética mientras Bob Page colocaba las minas lapa. En aquel buque todo parecía muy ruidoso. Estaba vacío y, en cuanto fijé la sujeción magnética, hizo ¡clang! Probablemente para nosotros sonaba mucho más fuerte de lo que realmente era, pero parecía como si alguien estuviera golpeando con un martillo.


Cuando Page colocaba una mina me tocaba en el hombro. Yo soltaba la sujeción, tomaba el remo y dejábamos que la canoa avanzara lentamente con la marea mientras él extendía el cordón detonante hasta la siguiente. Volvía a tocarme el hombro; yo dejaba de remar, sujetaba otra vez la canoa y él colocaba la siguiente. Repetimos aquello hasta poner la tercera. Para entonces estábamos bajo la proa, donde colgaba la cadena del ancla, así que nos dejamos llevar debajo del saliente y nos agarramos a la cadena.


Veíamos a un centinela caminar de un lado a otro por el muelle. Más allá estaban trabajando en otro buque, completamente iluminado, haciendo reparaciones. Comimos un poco de chocolate de nuestras raciones y pensamos que era hora de movernos. Retrocedimos remando hasta el centro del buque, donde había algo de oscuridad.


Cuando mirabas hacia fuera veías toda aquella agua iluminada y pensabas: “Dios mío, no hay manera de salir de aquí”. Tenías que darle la espalda. No podías ver; no sabías si iban a dispararte por la espalda ni qué podía ocurrir. Había que darse la vuelta y remar, esperando lo mejor, hasta alcanzar de nuevo aquella franja negra. Ese fue, creo, el momento de mayor tensión: salir sin saber qué había detrás de ti ni si te habían descubierto.


Podíamos ver nuestro siguiente objetivo directamente enfrente. Pensamos que, si había tripulantes sobre cubierta, estarían en el costado que miraba hacia el muelle, a babor, porque del lado de estribor el agua de Singapur estaba oscura. Así que entramos por estribor, bajo la proa. Estábamos a punto de prepararnos para colocar la primera mina cuando miramos hacia arriba y vimos cigarrillos, con unos tipos colgados de ellos, asomados por la borda.


Tuvimos que retroceder remando, pasar bajo la proa y rodear el buque por el otro costado. Tenía que ser nuestro objetivo; ya lo habíamos elegido. Solo podíamos esperar que allí no hubiera nadie. Desde la proa no vimos a nadie asomándose, así que dimos la vuelta a la canoa y nos dejamos llevar hacia la sección central.


Colocamos la primera mina, seguimos derivando y pusimos la segunda y la tercera: una junto a la sala de máquinas y una junto a cada una de las escotillas. Durante todo el trabajo no levantamos la vista. Como no habíamos visto a nadie desde la proa, era mejor no mirar; tu cara podía delatarte, o cualquier movimiento excesivo. Pusimos las tres, derivamos hasta quedar bajo la popa y entonces eché un vistazo. No vi a nadie. Todo estaba tranquilo. Ese era nuestro segundo buque.


Sabíamos aproximadamente dónde estaba el tercero y remamos hacia la costa de Singapur hasta encontrarlo. Estaba muy bajo en el agua, evidentemente muy cargado. También era un buque muy viejo y tenía muchísimo óxido. Nos acercamos sigilosamente hasta la sección central.


La sujeción magnética no quería adherirse por el óxido y por el estado del casco. Para eso servían los imanes flexibles: una parte podía quedar sobre el óxido y otra encontrar acero limpio, o alguna incrustación. Tuve que moverla y raspar un poco hasta conseguir que agarrara. Teníamos que trabajar deprisa. El buque estaba tan bajo en el agua que prácticamente podías ponerte de pie en la canoa y alcanzar la cubierta superior. Si alguien se hubiera asomado por la borda, estábamos acabados.


Colocamos las tres minas sin problemas, arrojamos por la borda la sujeción magnética y algunas cosas que ya no necesitábamos, y pusimos rumbo a la isla Dongas.


Acabábamos de llegar a la playa cuando empezaron las explosiones. Corrimos hacia la parte posterior de la isla y subimos un poco para intentar ver el puerto. Todo lo que alcanzábamos a distinguir era una gran cantidad de humo extendiéndose sobre él. Uno de los compartimentos del petrolero debía haberse incendiado; había humo negro por todas partes. No podíamos ver qué ocurría con los demás buques, pero escuchamos siete explosiones separadas.


Todos nos dimos la mano. El trabajo estaba hecho. Pero al mirar desde Dongas hacia el puerto comprendías que solo estábamos en una pequeña isla. Si enviaban patrullas para buscar, podían registrarla fácilmente y aquello podía acabarse allí mismo.


Nos desplazamos unos cien metros hasta Batam, una isla grande, pensando que allí tendríamos alguna posibilidad de movernos si venían a buscarnos. Tuvimos que avanzar por el barro hasta la cintura para internarnos entre los manglares, lo bastante lejos como para quedar fuera de la vista. Durante buena parte del día permanecimos con el agua hasta la cintura; conseguimos subirnos a las ramas de los manglares y sentarnos allí durante un rato.


Nos quedamos hasta que oscureció. Había aviones sobrevolando la zona y no sabíamos si buscaban submarinos ni qué estaban haciendo. También vimos lo que parecían patrulleras, grandes lanchas moviéndose alrededor. Esperamos allí hasta la noche y entonces nos marchamos. Nadie llegó a acercarse a buscarnos.

Si deseas saber más, visita Australians at War Film Archive, entrevista a Arthur Jones, transcripción 1010.

Page y Jones habían recorrido una de las tres rutas hacia los fondeaderos. Cuando dejaron atrás aquella parte del puerto, la operación seguía dispersa en pequeñas embarcaciones, y cada pareja avanzaba con una visión necesariamente limitada de lo que ocurría alrededor.


En la canoa n.º 1, el mayor Ivan Lyon y Andrew Huston avanzaban hacia otro sector del puerto. Lyon dejó este relato de la aproximación:

Page y yo decidimos permanecer juntos durante la aproximación al área de objetivos. Remamos a un ritmo tranquilo, avanzando bien con la corriente de través y deteniéndonos solo cuando los reflectores de Blakang Mati barrían el agua demasiado cerca. Hacia las 21:30 llegamos a Pulau Jong y nos separamos.


Entré en mi zona hacia las 22:30 y descubrí que todos los buques, salvo los petroleros, estaban a oscuras y resultaban invisibles contra las colinas. Después de buscar durante un tiempo localicé uno, pero al examinarlo comprobé que “pertenecía a Page”. Cuando se agotó mi límite de tiempo decidí atacar un petrolero.


Nos aproximamos directamente por popa y colocamos dos minas lapa a la altura de la sala de máquinas y una en el eje de la hélice. A mitad del trabajo, Huston me llamó la atención sobre un hombre que nos observaba fijamente desde un portillo, diez pies más arriba. Siguió mirando hasta poco antes de que partiéramos; entonces retiró la cabeza y encendió la lámpara junto a su litera. No tomó ninguna medida aparente.


Partimos hacia Dongas, a 12 millas. Llegamos a las 05:15, justo cuando se produjo la primera explosión en el fondeadero de inspección. Page y Jones llegaron unos momentos después. Amanecía y los habitantes cercanos habían sido despertados por la actividad del puerto, así que entramos sin demora en el refugio de los manglares.

Si deseas saber más, consulta Australian War Memorial, colección EXDOC154, AWM2022.6.46, Log book of the MV Krait's voyage from Australia to Singapore on Operation Jaywick, 1943, sección III, “The attack by Canoe No. 1”.

Las primeras evaluaciones de Jaywick atribuyeron daños a los siete buques atacados. La revisión posterior de documentación japonesa ofrece un resultado algo distinto: seis buques fueron alcanzados. La identificación exacta y el grado de daño de algunos de ellos siguen siendo objeto de revisión.

El éxito de Jaywick dependió de algo más frágil que las minas transportadas por las canoas: que una presencia pudiera ser vista sin llegar a ser comprendida. Los hombres no atravesaron un puerto vacío. Había luces, trabajadores, centinelas y tripulantes. Algunos estuvieron extraordinariamente cerca de descubrirlos; ninguno llegó a entender a tiempo qué estaba ocurriendo.


Esa incertidumbre era parte del éxito. Los seis hombres necesitaban desaparecer sin dejar detrás una ruta, una unidad o una identidad que pudiera seguirse. Cuando comenzaron las explosiones, el ataque no ofrecía por sí mismo una respuesta sencilla acerca de quién había conseguido penetrar hasta allí. Para quienes regresaban en las canoas, no haber sido identificados significaba una posibilidad de volver a casa. En una ciudad ocupada, la ausencia de un responsable visible podía adquirir otro significado.


Jaywick triunfó porque sus autores dejaron detrás explosiones, pero ningún rostro. En una ciudad ocupada, ese vacío también podía convertirse en una acusación.

Ivan Lyon, Andrew Huston, Robert Page, Walter Falls y Arthur Jones en Pulau Bulat durante la Operación Jaywick.
Ivan Lyon, Andrew Huston, Robert Page, Walter Falls y Arthur Jones en Pulau Bulat durante la Operación Jaywick.

De izquierda a derecha, Ivan Lyon, Andrew Huston, Robert Page, Walter Falls y Arthur Jones durante una pausa en Pulau Bulat, septiembre de 1943. Cinco de los seis hombres asignados a las tres canoas aparecen en la imagen; Donald Davidson no está presente. (Foto: fotógrafo no identificado / Australian War Memorial, 067337).

Miembro de Z Special Unit junto a una canoa plegable de dos hombres oculta entre la vegetación antes de Jaywick.
Miembro de Z Special Unit junto a una canoa plegable de dos hombres oculta entre la vegetación antes de Jaywick.

Un miembro de la Z Special Unit junto a una de las canoas plegables de dos hombres, oculta entre la vegetación antes de la incursión contra el puerto de Singapur. Tres embarcaciones de este tipo realizaron la aproximación final de la Operación Jaywick. (Foto: fotógrafo no identificado / Australian War Memorial, 067335A).

Retrato de grupo de personal relacionado con la Operación Jaywick después de completarse la misión.
Retrato de grupo de personal relacionado con la Operación Jaywick después de completarse la misión.

Retrato de grupo tomado después de la Operación Jaywick. Entre los presentes se encuentran Arthur Jones, Andrew Huston, Walter Falls, Donald Davidson, Ivan Lyon y Robert Page, además de otros miembros y personal relacionado con la misión. (Foto: fotógrafo no identificado / Australian War Memorial, 045424).

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