Hitler establece objetivos para Zitadelle

Adolf Hitler, Wilhelm Keitel y Albert Speer observan una demostración de nuevas armas en 1943. La imagen ilustra el entorno de mando, la tecnología militar y la confianza en los nuevos armamentos que rodeaba las decisiones alemanas antes de Zitadelle. (Foto: Bundesarchiv / Wikimedia Commons).
Dos años antes, los ejércitos alemanes habían cruzado la frontera soviética convencidos de que la campaña del Este podía resolverse con rapidez. La Unión Soviética no se derrumbó. El Estado, el Ejército Rojo y la población soportaron pérdidas inmensas, retrocesos gigantescos y una guerra de ocupación que formaba parte del propio proyecto nazi.
En 1942, Hitler había intentado recuperar la iniciativa mediante el avance hacia el Cáucaso y los yacimientos petrolíferos. Esa apuesta terminó desviada hacia Stalingrado y convertida en una catástrofe. En el verano de 1943, el mapa ofrecía una última posibilidad ofensiva en el frente oriental: el gran saliente soviético alrededor de Kursk.
La operación Zitadelle debía golpear desde el norte y desde el sur para cerrar la bolsa, destruir las fuerzas soviéticas y restaurar, al menos por un tiempo, la iniciativa alemana. Pero los preparativos se habían alargado durante semanas. Las defensas soviéticas crecían. La sorpresa se había debilitado. Entre algunos mandos alemanes existían dudas sobre el valor de seguir esperando, sobre la capacidad real de las nuevas armas y sobre el costo de atacar una posición cada vez más preparada.
Alemania se enfrentaba ahora a un enemigo mucho más fuerte que el de 1941. El Ejército Rojo había aprendido, reorganizado sus fuerzas y acumulado tanques, artillería y reservas en una escala que hacía cada vez más difícil repetir las victorias de los primeros meses de la invasión. La guerra en el Este ya no ofrecía a Berlín el mismo margen de sorpresa, velocidad y ruptura.
El 1 de julio de 1943, cuatro días antes del ataque, Hitler habló ante los altos mandos del Frente Oriental. Su alocución no es una orden operacional detallada. Es algo más revelador: muestra el fondo político, racial y estratégico desde el cual Hitler justificaba la guerra en el Este. No se trataba solo de Kursk ni solo de una batalla de tanques. Para él, la ofensiva debía sostener una convicción: Alemania no podía ceder el territorio conquistado porque su guerra seguía siendo una guerra por espacio, dominio y hegemonía:
A esto se suman, a la inversa, las personas en los territorios sometidos, cuyo dominio es, naturalmente —casi diría yo—, un problema psicológico. No es que se les pueda dominar solo con la fuerza. Ciertamente, la fuerza es lo decisivo, pero igual de importante es, diría yo, ese algo psicológico que también necesita el domador de animales para hacerse dueño de ellos.
Deben tener la convicción de que somos vencedores; en cuanto algo se tambalea en esa convicción, naturalmente algunas de esas personas comienzan primero a aflojar en el cumplimiento de los deberes que les incumben, que se les han encomendado, en el trabajo, en el empleo laboral, en el suministro de mano de obra; y otras, desde luego, se animan de inmediato en el sentido de organizar acciones contra nosotros, atentados contra nosotros, etc.
Puede comprobarse con exactitud cómo cada crisis, en cualquier punto del frente, arroja de inmediato sus olas hacia atrás. También aquí es decisivamente importante que, bajo cualquier circunstancia, se produzca un éxito que elimine todos esos momentos de depresión entre nuestros aliados y de esperanza silenciosa entre los sometidos.
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Ahora bien, señores, una cosa es segura: el soldado pone su sangre. Los políticos tienden con demasiada frecuencia a imaginar que facilitan al soldado su sacrificio diciendo: no exigimos nada, no tenemos objetivos de guerra positivos. Señores, por eso perdimos al final la Guerra Mundial, porque llega el momento en que el soldado dice: si no tenemos objetivos de guerra positivos, ¿por qué luchamos entonces?
Yo tengo que poner positivamente mi vida; si ahora se me dice: no, no queremos conquistar esos territorios, no queremos eso, no necesitamos suelo, ¿por qué luchamos entonces? ¿Por qué vamos entonces al Donets, si se dice: no necesitamos eso, después lo devolveremos todo otra vez? Ese es un error capital.
Lo viví como soldado en la Guerra Mundial. Créanme: cuando entre nosotros se declaró por primera vez, de manera pública y abierta, que no teníamos objetivos de guerra, llegó una decepción gigantesca. Antes pensábamos que no volveríamos a marcharnos de Flandes. Así éramos nosotros mismos en el frente.
Créanme: el soldado común lo creía: de allí no nos vamos. Si hoy les digo a mis soldados, pero también al obrero común que construye en la costa del Muro Occidental: abandonaremos todo eso otra vez, él dice: entonces, cada día, doy tres paladas menos; ¿para qué voy a sudar?
Cuando llego allí —eso fue interesante en Cap Gris-Nez—, los obreros comunes me dicen: no nos iremos otra vez de aquí, no hemos construido esto en vano. Hoy todos están convencidos: lo hemos construido para quedarnos allí y yo tengo la misma convicción, firmísima.
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Por lo tanto, es así: bajo ninguna circunstancia debemos subrayar que no tenemos ninguna intención de irnos de aquí. Eso no significaría, por ejemplo, que vayamos a formar ejércitos nacionales ucranianos; significaría socavar, diría yo, la firmeza del soldado alemán y la dureza de cada individuo.
Nuestros enemigos también nos impusieron eso en la Guerra Mundial. Siempre nos reprocharon que teníamos planes de conquista mundial, con la idea de ablandarnos hasta que finalmente dijéramos: no queremos eso. Eso dijimos en la Guerra Mundial, y con ello la fuerza de resistencia disminuyó automáticamente de inmediato.
Considero que es un error capital y catastrófico, y un desarrollo cargado de consecuencias, hacer siquiera lo más mínimo que pueda despertar en un hombre la convicción: aquí nos iremos otra vez; aquí de todos modos no nos quedaremos; aquí se fundarán Estados nacionales; de ahí tendremos que salir otra vez; esto no tiene ningún sentido, porque con ello no ganamos nada.
Por eso es extraordinariamente decisivo que no nos engañemos a nosotros mismos, es decir, que lleguemos exactamente hasta donde creemos poder responsabilizarnos ante nuestros propios soldados y también, digamos, ante nosotros mismos.
Y ahí, naturalmente, solo puedo decir una cosa: yo iría, quién sabe, hasta dónde; si no fuera por el efecto psicológico, diría: hacemos una Ucrania completamente independiente. Lo diría con toda frialdad y luego no lo haría. Eso haría. Pero un político puede proponérselo; no puedo, sin embargo, decirle públicamente a cada soldado —porque tendría que declararlo públicamente—: no es verdad lo que dije, es solo táctica.
El hombre no lo sabe. Ya antes, en mi lucha política, me decían siempre: oiga, ¿por qué no lo hace usted con más astucia? Había gente que decía: bien, usted declara eso por el Tirol del Sur, está muy bien, se entiende, tenemos que hacerlo; pero ¿por qué no declara que es solo táctica? Yo digo: ¿Se han vuelto locos? ¿Cómo voy a decirle a la gente que eso es solo táctica?
Al principio, eso realmente no era táctica, sino mi verdadera convicción. ¿Qué importan unas montañas más o menos? Necesitamos espacio vital. Hay que tener claro esto: la lucha, señores, es una lucha por espacio vital. Sin ese espacio vital, el Reich alemán y la nación alemana no pueden existir. Debe convertirse en la potencia hegemónica de Europa.
…
No quiero hacer cuatro años de guerra y, en los últimos cinco minutos, dejar escapar de la mano ese trofeo ambulante por alguna esperanza vaga, ni siquiera de tal manera que la gente crea que lo hemos entregado. El soldado tampoco puede creerlo.
Por eso aquí hay cierta delimitación: encontrar el camino que, por una parte, conduzca al objetivo, es decir, batallones en el Este, y que, por otra parte, impida que de ahí surjan ejércitos, que de ahí se deriven consecuencias políticas que alguna vez tengamos que cumplir o que el soldado ya no entienda. Esa es nuestra tarea.
Si deseas saber más, visita el artículo de Helmut Krausnick, “Zu Hitlers Ostpolitik im Sommer 1943”, en el Leibniz Institute for Contemporary History / Institut für Zeitgeschichte, donde se reproduce un fragmento de la alocución de Hitler del 1 de julio de 1943.
La reunión del 1 de julio no convirtió a Zitadelle en una operación más prudente. Al contrario, dejó ver una lógica cerrada: la ofensiva debía producir éxito porque el régimen necesitaba éxito; el territorio debía conservarse porque la guerra del Este se había concebido como conquista; cualquier concesión política a los pueblos sometidos debía limitarse a propaganda, mano de obra o unidades auxiliares, nunca a una verdadera transformación del proyecto nazi.
En esa visión, Kursk no era solo un saliente en el mapa. Era el lugar donde Hitler todavía intentaba sostener una guerra que ya se estrechaba en torno a Alemania desde varios frentes. En el Mediterráneo, el Eje acababa de perder África y miraba con inquietud hacia Sicilia. En el aire, las ciudades alemanas sentían con más fuerza la guerra de bombardeo. En el Este, el Ejército Rojo esperaba detrás de defensas profundas.
Cuatro días después, los cañones abrirían el paso a Zitadelle. Pero la alocución del 1 de julio ya mostraba una derrota más íntima: la incapacidad del régimen para imaginar otra salida que no fuera insistir, aferrarse y exigir nuevos sacrificios en nombre de un objetivo que seguía llamando “espacio vital”.

Jóvenes soldados alemanes son seleccionados y enviados al frente oriental. Para el verano de 1943, Zitadelle exigía a la Wehrmacht nuevos esfuerzos humanos en un frente que ya había consumido enormes recursos desde 1941 (Foto: Bundesarchiv).

Tropas alemanas en el frente oriental, junio-julio de 1943. La imagen ilustra el contexto inmediato de la operación Zitadelle: una ofensiva preparada durante semanas contra defensas soviéticas cada vez más profundas. (Foto: Bundesarchiv).

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