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La Rollbahn bajo los Sturmovik

Soldado de la División Großdeutschland en el sector de Akhtyrka-Poltava, junio de 1943.jpg

Soldado de la División Großdeutschland en el sector de Akhtyrka/Poltava, junio de 1943, armado con un Karabiner 98k equipado con lanzagranadas de bocacha. La imagen sitúa visualmente a la división enviada al sector de Akhtyrka durante la crisis alemana de agosto. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-732-0123-17 / Pfeiffer / CC BY-SA 3.0 de; vía Wikimedia Commons).

En el sur del frente oriental, la batalla de Kursk ya no se limitaba al saliente donde había comenzado en julio. En los primeros días de agosto, la iniciativa había pasado al Ejército Rojo, y la ofensiva soviética contra Belgorod y Járkov empezó a abrir grietas en el frente alemán que todavía no eran una retirada general, pero ya tampoco podían leerse como una defensa estable.

Entre Akhtyrka y Járkov, el problema alemán no era solo conservar una ciudad o una línea. Era impedir que los ejércitos soviéticos separaran al 4.º Ejército Panzer del Armeeabteilung Kempf y abrieran el camino hacia Poltava. Akhtyrka se convirtió en uno de esos puntos que, sobre el mapa, parecían sostener un flanco; sobre el terreno, significaban carreteras saturadas, columnas mezcladas, servicios de retaguardia empujados hacia adelante y unidades que llegaban tarde o a medias.

En esa situación, la Rollbahn —la gran ruta de tránsito por donde se movían vehículos, abastecimientos, cocinas de campaña, munición, hombres y órdenes— dejó de ser una vía segura. Bajo un cielo despejado, el polvo levantado por los convoyes marcaba la carretera desde lejos. Para los aviones soviéticos de ataque a tierra, aquellas columnas eran blancos móviles; para los soldados alemanes, la distancia entre el frente y la retaguardia se reducía a unos segundos de ruido, fuego y tierra removida.

Hans Heinz Rehfeldt se encontraba entonces con los servicios próximos del II Batallón, entre Chernetschino y Lebedin. Su entrada del 12 de agosto no describe la ofensiva desde el puesto de mando, sino desde la carretera misma: camiones detenidos, hombres buscando cobertura en un campo, cohetes que silban cerca del suelo, polvo entre los dientes y la pregunta que resume un cambio de época en el frente oriental: ¿dónde estaban ahora los cazas alemanes?

12 de agosto de 1943

Hoy conduje el destacamento de avance de todo el Tross del II Batallón. Tuvimos que regresar a Lebedin por la Rollbahn, recorriendo largas distancias. Toda clase imaginable de vehículo se esforzaba por llegar al frente o por regresar a la retaguardia. Los cazabombarderos están activos todos los días, ¡y se les teme! Los hombres preguntan: “¿Dónde están nuestros cazas?” Los aviones empeñados nos barren con bombas, cohetes y cañones. Hacen tres ataques y luego, tras un amplio viraje, vienen por nosotros a baja altura, ¡con todas sus bocas de fuego disparando!

¡Los camiones se detienen! ¡Todos fuera del vehículo y a cubrirse por completo! ¿Pero dónde? Corremos hacia el campo y nos ocultamos detrás de un montón de gavillas de cereal. Los proyectiles de los cañones automáticos se clavan en la tierra cerca de nosotros; oímos el feo silbido de los cohetes. Las ráfagas de ametralladora pasan muy cerca sobre nuestras cabezas; la mayor parte de todo aquello va a dar al campo arado, a cinco o diez metros detrás de nosotros. ¡Todo lo que quince aviones rusos podían ofrecer en unos pocos minutos! Todos pensamos: “¡Estamos acabados!” Las balas incendiarias prendieron la paja y el cereal cosechado. Tres hombres resultaron heridos por “bombas antipersonal ligeras”. Apenas había terminado cuando saltamos a nuestros camiones y salimos rugiendo a toda velocidad, dejando tras nosotros largas banderas de polvo. Esto dificultaba la visibilidad de los conductores. Algunos camiones quedaron abandonados y ardiendo a un lado de la Rollbahn.

Finalmente llegamos a la nueva zona de alojamiento, una aldea situada justo fuera de la Rollbahn. Los hombres escribieron con tiza en las puertas: “Nahtross [servicios próximos], 9.ª Compañía, armas y equipo o cocina de campaña, conductores, etc.”. Tuve que tomar un camión de regreso para traer al II Batallón. El cielo estaba despejado; corrimos por la Rollbahn a 70 km/h. Enormes penachos de polvo seguían a todos los vehículos. Había que reducir la velocidad ante el tráfico que venía de frente, cuya visibilidad había quedado reducida a unos pocos metros. Nuestros uniformes, las armas, todo estaba cubierto de aquel polvo amarillo claro. Sobre los rostros sudorosos formaba una capa pardo-amarillenta. Se metía entre los dientes.

A las 13:00 conduje al batallón de regreso por la Rollbahn. Había numerosos convoyes más, todos avanzando mucho más despacio debido a la visibilidad reducida. Pensé en los muchos aviones de ataque a tierra que nos habían tratado con tanta rudeza apenas tres horas antes. No sé de dónde ni cómo llegó a usarse esta palabra, “barrer” (beharken), en relación con el fuego de armas. Pero hay que tener suerte. Llegamos a los nuevos alojamientos sin que nos vieran. A cada compañía se le mostraron las casas que le habían sido asignadas. La infantería cavó entonces pozos de tirador. “Quien cava hondo tiene más posibilidades de vivir”. Informé a los oficiales del batallón de que todos habían llegado sin bajas. Una buena noticia: el Ferntross [servicios de retaguardia fija], todavía unos kilómetros atrás, traía el correo.

Durante la noche, Iván nos hostigó con sus malditos Il-2, las “máquinas de coser”, que rugían de un lado a otro.

Si deseas saber más, busca el título Mortar Gunner on the Eastern Front, Volume II: Russia, Hungary, Lithuania and the Battle for East Prussia [Artillero de mortero en el Frente Oriental, volumen II: Rusia, Hungría, Lituania y la batalla por Prusia Oriental], del Dr. Hans Heinz Rehfeldt.

En la entrada de Rehfeldt, la Rollbahn no aparece como una simple carretera militar. Es una superficie expuesta. Por ella se mueve lo que mantiene vivo a un batallón: camiones, conductores, cocinas, equipos, munición, correo. Pero también por ella se revela una nueva vulnerabilidad: el movimiento alemán ya no queda oculto por la velocidad ni protegido por la Luftwaffe.

La pregunta de los soldados —“¿Dónde están nuestros cazas?”— no explica por sí sola el curso de la campaña, pero condensa una pérdida concreta de seguridad. El cielo, que en 1941 y 1942 muchos alemanes habían sentido como propio, ahora podía convertirse en una amenaza cotidiana, especialmente para quienes no estaban en una trinchera sino en marcha.

Ese día, mientras el mando alemán discutía líneas, ciudades y posibles retiradas, en la carretera la guerra tenía otra escala: la curva de un camino, el polvo que delataba un convoy, unas gavillas de cereal usadas como refugio, el ruido de los cohetes y la suerte de no ser visto. Akhtyrka seguía siendo un punto militar; para Rehfeldt y sus hombres, era también una sucesión de metros abiertos bajo los Sturmovik.

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Ilyushin Il-2 equipado con cañones NS-37, Moscú, marzo de 1943. El Sturmovik fue el avión de ataque a tierra soviético que los soldados alemanes temían por sus pasadas a baja altura con bombas, cohetes y cañones. (Foto: autor desconocido; dominio público; vía Wikimedia Commons).

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Artilleros de la División Großdeutschland cargan una pieza ligeramente camuflada, 1942. La imagen muestra el mundo material de piezas, servicios y unidades de apoyo alemanas que, en el frente oriental, podían ser desplazadas de un sector crítico a otro. (Foto: Bundesarchiv, Bild 146-2006-0057 / CC BY-SA 3.0 de; vía Wikimedia Commons).

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