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Contraofensiva en Salerno (en construccion)

Otto Skorzeny and Mussolini, Gran Sasso Raid.jpg

Benito Mussolini, en el centro, junto a Otto Skorzeny, de uniforme claro y con prismáticos, el mayor Harald Mors y otros participantes de la Operación Roble frente al Hotel Campo Imperatore, el 12 de septiembre de 1943. (Foto cortesía de Bundesarchiv, Bild 101I-567-1503C-15 / CC BY-SA 3.0 / Toni Schneiders).

La incursión en Gran Sasso, conocida por los alemanes como Unternehmen Eiche [Operación Roble], tuvo lugar el 12 de septiembre de 1943. Su objetivo era poner nuevamente a Benito Mussolini en manos alemanas. En la noche del 24 al 25 de julio, el Gran Consejo Fascista había aprobado el orden del día presentado por Dino Grandi; horas después, el rey Víctor Manuel III destituyó a Mussolini y ordenó su arresto.

Tras pasar por varios lugares de detención, el antiguo dictador fue trasladado al Hotel Campo Imperatore, situado a unos 2.130 metros de altitud en el macizo del Gran Sasso, una región remota y de difícil acceso de los Apeninos.

La operación se produjo en medio del colapso político y militar de Italia. El gobierno del mariscal Pietro Badoglio había firmado en secreto el armisticio con los Aliados el 3 de septiembre. Su anuncio público, cinco días después, precipitó la ocupación alemana de gran parte de la península. Para Hitler, recuperar a Mussolini tenía un enorme valor político: permitiría levantar un nuevo régimen fascista bajo la tutela alemana y presentar al Reich como una potencia que aún conservaba la iniciativa.

Bajo la supervisión del general Kurt Student, la ejecución general de la Operación Roble quedó a cargo del mayor Harald Mors. El plan combinaba una columna terrestre, encargada de ocupar la estación inferior del teleférico en Assergi, con un asalto aéreo contra el hotel. La compañía de paracaidistas que descendió en planeadores DFS 230 estaba dirigida por el Oberleutnant Georg Freiherr von Berlepsch.

Otto Skorzeny participó en el asalto aéreo con un pequeño destacamento de las Waffen-SS. También llevó consigo al general italiano Fernando Soleti, cuya presencia contribuyó a paralizar a los guardias y a impedir que se organizara una resistencia inmediata en el hotel.

Los planeadores aterrizaron sobre el terreno rocoso de Campo Imperatore, los guardias fueron desarmados y Mussolini quedó en manos alemanas. La toma del hotel se completó sin disparos dentro del edificio.

Las memorias publicadas después de la guerra conservan la tensión del descenso en planeador y de la irrupción en el hotel, aunque también forman parte de la disputa posterior por el mérito de la operación:

Desde el interior de un planeador DFS 230, apenas se veía el paisaje. Su estructura de tubos de acero estaba cubierta únicamente con lona. Nuestra formación ascendió entre densas nubes hasta una altura de 3.500 metros. Un sol brillante entraba por las diminutas ventanillas de plástico y vi que varios de mis compañeros, que ya habían consumido todas sus raciones de emergencia, se sentían ahora muy enfermos.

También pude ver que el rostro del general Soleti, sentado frente a mí, entre mis rodillas, iba adquiriendo poco a poco el tono gris verdoso de su uniforme.

 

El piloto del avión remolcador Henschel mantenía informado al piloto de nuestro planeador, el teniente Meier-Wehner, jefe de los pilotos de planeador, sobre nuestro progreso. Él, a su vez, me transmitía la posición actual de la formación. De ese modo pude seguir con precisión nuestra trayectoria. Tenía en las manos un mapa detallado que Radl y yo habíamos dibujado a partir de las fotografías que habíamos tomado desde el avión de Langguth el 1 de septiembre.

 

Pensé en las palabras del general Student: “Estoy seguro de que cada uno de ustedes cumplirá con su deber”. Entonces, el teniente Meier-Wehner me dijo que el piloto de nuestro avión remolcador le había informado que el avión guía de Langguth y el planeador número 1 ya no estaban a la vista. Más tarde supe que esos aparatos simplemente habían dado media vuelta y regresado a Pratica di Mare.

 

Eso significaba que mis grupos de asalto y los de Radl ya no tenían a nadie que les cubriera la retaguardia, y que yo tendría que aterrizar primero si quería llevar a cabo la operación. No sabía que otros dos planeadores detrás de mí también habían desaparecido. Creía que llevaba nueve planeadores detrás, cuando en realidad sólo eran siete. Llamé a Meier-Wehner:

¡Asumimos el liderazgo!

Y corté con mi cuchillo de paracaidista dos aberturas en la lona del fuselaje.

De esa manera pude orientarme un poco y dar instrucciones a los dos pilotos: primero a Meier-Wehner, quien luego transmitía las órdenes a la “locomotora” que nos arrastraba. Finalmente, vi bajo nosotros la pequeña ciudad de L’Aquila, en los Abruzos, y su reducido aeródromo. Un poco más lejos, en la sinuosa carretera que conducía a la estación inferior del teleférico, apareció la columna de Mors. Acababa de pasar Assergi y arrastraba una densa nube de polvo. Llegaban a tiempo; abajo, todo iba según lo previsto.

Era casi la hora H, las dos de la tarde, y grité:

 

¡Abróchense los cascos de acero!

El hotel apareció debajo de nosotros. El teniente Meier-Wehner dio la orden:

 

¡Suelten el cable de remolque!

Poco después realizó un giro perfecto sobre la meseta. Entonces me di cuenta de que la pradera suavemente inclinada en la que pensábamos aterrizar, tal como nos la había descrito el general Student, era en realidad poco más que una ladera corta, empinada y cubierta de rocas.

 

Inmediatamente grité:

¡Aproximación pronunciada! ¡Aterricen lo más cerca posible detrás del hotel!

Los otros siete planeadores que venían detrás seguramente harían lo mismo. Radl, que informó de nuestra maniobra al piloto del aparato número cuatro, me confesó más tarde que pensó que me había vuelto loco.

A pesar de los paracaídas de frenado, nuestro aparato aterrizó demasiado rápido. Rebotó varias veces y se oyó un estruendo espantoso, pero finalmente se detuvo a unos quince metros de la esquina del hotel. El planeador quedó casi completamente destruido.

A partir de ese momento, todo sucedió muy deprisa. Arma en mano, corrí hacia el hotel tan rápido como pude. Me seguían mis siete camaradas de las Waffen-SS y el teniente Meier. Un centinela asombrado se limitó a mirarnos.

A mi derecha había una puerta. Entré por la fuerza. Un operador de radio trabajaba en su equipo. Le di una patada al taburete y el operador cayó al suelo frente al aparato. Con un golpe de mi metralleta destruí la radio. Más tarde supe que, en ese mismo momento, aquel hombre debía transmitir un informe del general Gueli anunciando que los aviones se aproximaban para aterrizar.

La habitación no tenía otras puertas, así que salimos por la parte posterior del hotel en busca de otra entrada. No había ninguna, sólo una terraza al final del muro. Subí a los hombros del Scharführer Himmel. Trepé y me encontré, de pronto, frente a la fachada principal del hotel. Seguí corriendo y, de repente, vi el inconfundible perfil de Mussolini en el marco de una ventana.

¡Duce, aléjese de la ventana! —grité con todas mis fuerzas.

Frente a la entrada principal del hotel había dos ametralladoras. Las apartamos a patadas y obligamos a los artilleros italianos a retirarse. Detrás de mí alguien gritó:

¡Mani in alto!

Me abrí paso entre los carabineros agrupados frente a la entrada, empujando contra la corriente y sin demasiados miramientos. Había visto al Duce en el segundo piso, a la derecha. Unas escaleras conducían hacia arriba. Corrí hacia ellas, subiendo los escalones de tres en tres.

A la derecha había un pasillo y una segunda puerta. Allí estaban el Duce y, con él, dos oficiales italianos y una persona vestida de civil. El Untersturmführer Schwerdt los empujó hacia el vestíbulo. El Unterscharführer Holzer y Benzer aparecieron por la ventana: habían trepado por la fachada utilizando el pararrayos. El Duce estaba ahora en nuestras manos y bajo nuestra protección.

Toda la acción se desarrolló en apenas cuatro minutos y sin que se disparara un solo tiro.​

La afirmación final se refiere a los cuatro minutos iniciales de la irrupción y la toma del hotel. En la continuación de sus memorias, el propio Skorzeny menciona disparos a distancia. El relato conservado por los responsables del Campo Imperatore registra además la muerte de un carabinero durante el intento de resistencia de la columna terrestre en Assergi.

Si deseas saber más, busca el título My Commando Operations: The Memoirs of Hitler’s Most Daring Commando [Mis operaciones de comando: las memorias del comando más audaz de Hitler], de Otto Skorzeny.

Desde el interior del hotel, el descenso de los planeadores dejó una impresión muy distinta de la que más tarde difundiría la propaganda alemana. El relato conservado por quienes administraron Campo Imperatore describe el desconcierto de la guardia italiana y el modo en que la resistencia se deshizo antes de comenzar:

Mientras se producía aquella escena absurda y lamentable, los planeadores comenzaron a aterrizar sin oposición. Del primero, que tomó tierra a unos 230 metros del hotel, quienes se encontraban en la entrada vieron salir al general italiano de policía Soleti, seguido por un oficial alemán que le apretaba contra las costillas el cañón de una metralleta.

Entretanto, un suboficial alemán salió de otro planeador y comenzó tranquilamente a filmar la escena. Soleti avanzó hacia el hotel gritando:

¡No disparen!

El oficial que iba detrás de él preguntó por Gueli. Gueli se encontraba en la portería. Faiola también había vuelto a bajar. El alemán les preguntó inmediatamente:

¿El Duce está vivo o muerto?

Vivo —fue la respuesta.

Y así terminó la estricta orden que, apenas una hora antes, el teniente Faiola había jurado cumplir a cualquier precio.

Si deseas saber más, consulta Benito Mussolini’s Memoirs 1942–1943 [Memorias de Benito Mussolini 1942–1943], sección “With Mussolini at the Campo Imperatore” [Con Mussolini en Campo Imperatore], con extractos de los relatos de Flavia Iurato y Domenico Antonelli.

Gran Sasso fue, ante todo, una victoria propagandística para Hitler. Las fotografías concentraron el relato en Skorzeny y permitieron presentar el rescate como una hazaña de las SS, mientras el papel de Harald Mors, Georg von Berlepsch y los paracaidistas de la Luftwaffe quedaba relegado. El mito de Skorzeny comenzó allí, alimentado tanto por su presencia frente a las cámaras como por la necesidad alemana de fabricar una imagen de audacia después del derrumbe italiano.

Mussolini salió del hotel, pero no recuperó la independencia política ni el poder que había ejercido antes del 25 de julio. Bajo protección alemana quedó al frente de la República Social Italiana, un régimen fascista dependiente de la ocupación del Reich. La operación devolvió a Hitler una figura políticamente útil; no devolvió a Mussolini la autoridad que había perdido.

Los alemanes aterrizaron planeadores en la ladera de la montaña para llevar tropas al luga

Planeadores DFS 230 del Fallschirmjäger-Lehrbataillon sobre la meseta de Campo Imperatore después del aterrizaje del 12 de septiembre de 1943. Fotografía de Toni Schneiders. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-567-1503B-14).

El planeador de Skorzeny.jpg

Un DFS 230 detenido junto al Hotel Campo Imperatore tras la brusca toma sobre el terreno rocoso de la meseta. El planeador quedó severamente dañado durante el aterrizaje. (Foto: Bundesarchiv).

Mussolini, en el centro, es escoltado hasta un avión que lo espera después de ser liberado

Benito Mussolini camina frente al Hotel Campo Imperatore, acompañado por Otto Skorzeny y paracaidistas alemanes, tras la toma del edificio. La difusión de estas fotografías convirtió a Skorzeny en el rostro propagandístico de la operación. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-567-1503A-08 / Toni Schneiders).

Este Fieseler Fi 156 ayudó a Mussolini a escapar..jpg

El Fieseler Fi 156 Storch preparado en la meseta de Campo Imperatore. Pilotado por Heinrich Gerlach, el aparato despegó desde el terreno irregular de Gran Sasso con Mussolini y Skorzeny a bordo. (Foto: Bundesarchiv).

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