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La batalla que parecía terminada

Tropas estadounidenses desembarcan artillería en Salerno en septiembre de 1943. En primer plano, un policía militar se agacha ante la explosión cercana de un proyectil alemán; la LCVP procede del USS James O’Hara. (U.S. Navy / National Archives, 80-G-54600).

Tras el armisticio italiano y el inicio de la Operación Avalanche, la batalla de Salerno seguía abierta. El 5.º Ejército de Mark W. Clark había logrado establecerse en tierra, pero la cabeza de playa todavía debía ganar profundidad y continuidad antes de convertirse en una posición segura desde la cual continuar hacia el norte.

La geografía complicaba esa tarea. El X Cuerpo británico combatía en el sector septentrional, alrededor de Salerno y de las alturas que dominaban sus accesos, mientras que el VI Cuerpo estadounidense ocupaba una zona más extensa hacia el sur. Entre ambos quedaban el Sele, sus afluentes, carreteras, puentes y terrenos abiertos que dificultaban mantener unido un frente todavía alimentado desde las playas.

Los alemanes afrontaban el problema opuesto. Las fuerzas que iban concentrando frente a la cabeza de playa les ofrecían una oportunidad que podía desaparecer si los Aliados conseguían acumular suficientes hombres, carros, artillería y suministros. Ninguno de los dos bandos podía permitirse simplemente esperar: para unos, consolidar la cabeza de playa era indispensable; para los otros, impedirlo seguía siendo posible.

El 13 de septiembre dejó un registro excepcional de esa incertidumbre desde el interior del 10.º Ejército alemán. Su diario de guerra conservó reuniones, conversaciones telefónicas, partes y órdenes a medida que llegaban las noticias del frente:

08:00

Reunión del comandante en jefe con el teniente general Balck, comandante interino del XIV Cuerpo Panzer, en el cuartel general:

La situación es manifiestamente favorable. Si se ataca, hay que contar necesariamente con el éxito. Los ingleses combaten mal, en consonancia con la opinión expresada por los prisioneros de que la guerra ya está ganada.

Hasta entonces, las tropas de Salerno deben continuar su ataque.

 

09:45

 

Conversación telefónica del jefe del Estado Mayor con el coronel Runkel, jefe del Estado Mayor del LXXVI Cuerpo Panzer:

Jefe: Al Ejército le parece dudoso que realmente fuera necesario desengancharse del enemigo durante la tarde y la noche. Sea como fuere, se mantiene el siguiente principio férreo: la preparación del ataque debe proseguirse con todos los medios. Está descartado que una división, aunque solo le queden tres batallones, desista de intentar decidir todavía la batalla.

La situación político-militar es suficientemente conocida. Por ello, debe intentarse todo para alcanzar el éxito.

La hora del ataque dependerá de hasta dónde pueda impulsarse el reconocimiento. Debe procurarse sin falta la preparación del ataque nocturno. El momento definitivo podrá discutirse al atardecer, cuando pueda apreciarse mejor el estado de los preparativos.

10:15

El jefe del Estado Mayor mantiene una nueva conversación telefónica con el coronel Runkel:

 

“La situación en el ala izquierda de la División Hermann Göring es favorable; ya no se teme que el enemigo pueda abrirse paso hacia el norte con fuerzas importantes.

Se trata ahora de contrarrestar cierto ánimo de retirada en la 16.ª División Panzer. El ataque contra la cabeza de playa enemiga debe prepararse con todos los medios para que pueda realizarse esta misma noche.”

14:45

Llamada del coronel Runkel, jefe del Estado Mayor del LXXVI Cuerpo Panzer:

El coronel Runkel informa telefónicamente de que sí existen indicios de retirada del enemigo. El cuerpo avanza tras él con todos sus elementos.

15:20

Radiograma al XIV Cuerpo Panzer:

“Indicios de evacuación al sur de Eboli. Nuestra persecución está en marcha. Es decisivo que el ala izquierda siga avanzando.”

17:30

“Tras cuatro días de batalla defensiva, la resistencia enemiga se está derrumbando. El 10.º Ejército avanza en rápida persecución sobre un amplio frente. En la zona Salerno-Altavilla continúan todavía duros combates. Está en marcha una persecución hacia Paestum para rebasar al enemigo.

—von Vietinghoff—”

18:00

Conversación con el general de tropas acorazadas Herr:

El general Herr informa de que las unidades de persecución cerca de Paestum y al oeste han tropezado con una fuerte resistencia enemiga con carros de combate. También se libran duros combates en la zona de Salerno. Por ello, no está seguro de que la resistencia enemiga se haya derrumbado realmente.

El comandante en jefe responde: Es natural que el enemigo asegure su retirada con todas sus fuerzas y que, al hacerlo, actúe también ofensivamente en cualquier circunstancia. No cabe dudar del derrumbe enemigo si este se divide voluntariamente en dos partes. Lo único importante es continuar la persecución con el máximo vigor, empleando todas las formaciones disponibles. Debe aceptarse que las formaciones se mezclen.

18:30

“El enemigo se está derrumbando. La persecución debe emprenderse con todos los medios, formando fuertes grupos de persecución. Se trata de aniquilar por completo al enemigo. Debe aceptarse que las formaciones se mezclen.”

O.B. Süd informa, según la inteligencia obtenida mediante escuchas, de la evacuación de Salerno. Con ello, la batalla por Salerno parece haber terminado. Con las fuerzas que así quedarían disponibles, se espera también reconquistar la propia ciudad de Salerno antes de que el 8.º Ejército llegue a intervenir.

Si deseas saber más, consulta el Bundesarchiv-Militärarchiv, Armeeoberkommando 10, Kriegstagebuch Nr. 1, RH 20-10/54, entrada del 13 de septiembre de 1943.

Durante la tarde, el 10.º Ejército trató de convertir aquella impresión de retirada en una ruptura definitiva. La presión alemana era real y el margen para detenerla comenzaba a estrecharse.

Mientras los alemanes arremetían con las fuerzas que podían reunir, en la cabeza de playa se trabajaba contra el tiempo para impedir que aquella oportunidad se convirtiera en algo irreversible. El general Mark W. Clark recordaría años después aquel esfuerzo:

Recuerdo que por entonces tuve que considerar la posibilidad de que nos empujaran de vuelta al mar. Se supone que un comandante siempre debe tener un plan alternativo, y pensé que, si llegaba el momento de abandonar parte de la cabeza de playa, podríamos evacuar por mar algunas tropas hacia el sector británico y continuar la lucha desde allí. En circunstancias como las que afrontábamos, era habitual dictar órdenes para la destrucción, si fuera necesario, de todos los suministros y equipos de las playas.

Reflexioné detenidamente mientras caminaba por la playa. Estaba sucio, cansado y preocupado y, al final, mandé la teoría al diablo. No iba a dar semejantes órdenes. Además, decidí que la única manera en que iban a sacarnos de aquella playa sería empujándonos, paso a paso, hasta el agua.

Al día siguiente, durante un tiempo pensé que iban a hacer exactamente eso. Comencé la jornada enviando un mensaje a Alexander para que cancelara los planes que habíamos preparado para lanzar aquella noche elementos de la 82.ª División Aerotransportada sobre Avellino. Después escribí una carta al mayor general Ridgway, comandante de la 82.ª División, diciéndole que la lucha por la cabeza de playa de Salerno había empeorado y que la situación pendía de un hilo. Añadí que solo el día anterior me había enterado de que la 82.ª no había sido lanzada sobre Roma y que ahora estaba a mi disposición.

“Quiero que acepte esta carta como una orden”, escribí, sabiendo que Matt Ridgway era el tipo de comandante con el que se podía contar. “Comprendo cuánto tiempo suele necesitarse para preparar un lanzamiento, pero esta es una excepción. Quiero que efectúe un lanzamiento dentro de nuestras líneas, en la cabeza de playa, y quiero que lo haga esta noche. Es imprescindible.”

Más tarde, el general Dawley me telefoneó e informó de que los alemanes habían roto nuestras líneas en el sector de Persano y se estaban desplegando por nuestras zonas de retaguardia. Era la primera noticia que recibía de que se había desarrollado una situación tan crítica en aquel punto.

¿Qué está haciendo al respecto? —pregunté—. ¿Qué puede hacer?

 

Nada —respondió—. No tengo reservas. Solo me queda rezar.

Aquello fue el comienzo de un par de días de auténtica pesadilla para mí y para mucha otra gente.

El vado junto al Puente Quemado y la carretera que conducía hasta él simplemente desaparecieron en una nube de polvo. Los campos y los bosques donde los carros enemigos se habían puesto a cubierto quedaron pulverizados. Cuando los alemanes trataron de abrirse paso por el vado, el fuego de todos, desde los artilleros hasta el músico del flautín, los hizo retroceder. En cierto momento, los dos batallones disparaban ocho proyectiles por minuto y por pieza, y parecían dispuestos a mantener aquel ritmo toda la noche, si era necesario y alguien les seguía pasando munición.

Después de varios intentos infructuosos, la columna enemiga vaciló y comenzó a retroceder. Al ponerse el sol, los dos batallones habían disparado 3.650 proyectiles y siete piezas de la Batería B del 27.º Batallón de Artillería de Campaña Blindada habían llegado a tiempo para disparar otros 300. Pocos minutos después, los alemanes se encontraban en plena retirada desde el Puente Quemado y los artilleros estaban satisfechos. Yo mismo me sentía algo mejor, aunque sabía que todavía estábamos lejos de estar fuera de peligro.

Cuando regresé a mi cuartel general, era evidente que aquel día habíamos escapado por muy poco del desastre y que seguíamos en una situación difícil en todo el frente.

Hamilton había regresado de su viaje a Licata, donde había entregado mi mensaje a Ridgway. En realidad, Ridgway había despegado del aeródromo en un C-47 justo antes de que Hamilton llegara, pero el piloto corrió hasta la torre y consiguió que contactaran con el avión del general, explicando que Hamilton llevaba un mensaje importante de mi parte. Ridgway volvió inmediatamente y, después de un par de horas de estudio, envió a Hamilton de regreso a Salerno con el mensaje que yo esperaba:

“Se puede hacer.”

A la hora prevista, todos los cañones de la cabeza de playa quedaron en silencio. Entonces oímos el rugido de aviones que se acercaban, pero era el rugido equivocado y venía de la dirección equivocada. Justo en aquel momento, los alemanes habían decidido efectuar una incursión. Durante cinco minutos rugieron de un lado a otro sobre la playa, ametrallando y bombardeando, y ni un solo cañón disparó contra ellos. Nos quedamos allí sentados y lo soportamos.

Cinco minutos después —con apenas diez minutos de retraso— los transportes estadounidenses aparecieron sobre las playas, y los hombres del 504.º Regimiento de Infantería Paracaidista, al mando del coronel Ruben Tucker, un auténtico combatiente, descendieron en la oscuridad para unirse a nuestras maltrechas líneas defensivas.

Si deseas saber más, lee Calculated Risk [Riesgo calculado], de Mark W. Clark.

Clark había pasado el día buscando reservas y tratando de evitar que la línea terminara de romperse. En Pagani, la misma crisis tenía una escala mucho más íntima. Pietro Sorrentino tenía dieciocho años y había quedado separado de su familia mientras visitaba a unos tíos. En el diario que comenzó a llevar durante aquellos días, la entrada del lunes 13 continuaba así:

 

Por la tarde se asiste a una intensificación de los cañonazos, acompañada de muchas explosiones. Sobre las tejas de los tejados repiquetean esquirlas una y otra vez.

Después de una cena modesta decidimos refugiarnos en el tramo de la escalera, considerado un lugar más seguro. Un proyectil estalla no lejos de nuestro portal. A la mañana siguiente recogemos una esquirla en el balcón de la casa: justo donde yo solía asomarme. Pasamos la noche sobre los peldaños de la escalera, temblando de frío y de miedo, envueltos en la manta que hemos llevado con nosotros. También hay otras personas refugiadas allí. El cañoneo nos impide conciliar el sueño. A menudo nos llega el fuerte estruendo de las explosiones y el estrépito de los árboles al quebrarse. Cada impacto más cercano aumenta el miedo por nuestra seguridad.

Había decidido permanecer de pie, apoyado contra la pared, para estar listo para escapar. Desde mi posición oigo a los demás rezar a la Virgen y a los Santos. La tensión es fuerte: todos comprendemos que estamos en pleno bombardeo. El ruido de los edificios alcanzados por los proyectiles aumenta el miedo: el próximo puede caer sobre nuestra casa.

El terror crece y la oración se vuelve frenética. Poco a poco las explosiones se espacian, pero no el rugido de los aviones, que siguen dejando caer nuevas bombas sobre nuestras cabezas. Entre una explosión y otra hemos oído a la artillería antiaérea disparar furiosamente, no muy lejos de nosotros. Nuevos momentos de terror se apoderan de nosotros; por fortuna, no duran mucho.

De pronto se oye un silbido, seguido de un destello y una explosión ensordecedora. ¡Hemos aprendido a reconocer el sonido de una bomba al caer! Alguien grita:

¡Ahí viene!

El artefacto ha caído muy cerca: por un instante temimos que fuera el fin.

Después de aquella explosión tan próxima nos llega el ruido de derrumbes y, por la mañana, descubrimos que la casa vecina ya no existe... en su lugar solo quedan escombros. Muchísimos proyectiles y algunas bombas han caído en la zona del gran jardín situado frente a la casa.

¿Cuánto duró aquel infierno? No menos de tres horas. Fue una noche que quedará para siempre en nuestra memoria. Al comenzar el nuevo día vivimos unas horas de calma. De vuelta en casa, por fin empiezan a cerrársenos los ojos. El sueño está poblado de pesadillas.

Si deseas saber más, consulta Schegge di storia. Salerno e l’operazione Avalanche [Fragmentos de historia. Salerno y la Operación Avalanche], publicado por el Archivio di Stato di Salerno, donde se reproduce el Diario 1943 de Pietro Sorrentino.

El 13 de septiembre fue una jornada de información incompleta, decisiones urgentes y conclusiones tomadas mientras el combate todavía podía inclinarse en más de una dirección. El error alemán no consistió en imaginar una crisis inexistente, sino en convertir una oportunidad real en un desenlace que aún no se había producido.

Para los Aliados, resistir aquel día tampoco significaba haber vencido; significaba conservar suficiente terreno, hombres y capacidad de combate para que la batalla pudiera continuar. Entre ambas realidades quedó Salerno al terminar la jornada.

 

Al caer la noche, los alemanes creían haber ganado la batalla; los Aliados todavía luchaban por no perderla.

El teniente general Mark W. Clark, comandante del 5_edited.jpg

El teniente general Mark W. Clark, comandante del 5.º Ejército estadounidense, a bordo del USS Ancon durante la operación de Salerno, el 12 de septiembre de 1943. (U.S. Navy / National Archives, 80-G-87335).

Un Panzer IV alemán destruido por una bazuca en la antigua estación ferroviaria de Paestum

Un Panzer IV alemán destruido por una bazuca en la antigua estación ferroviaria de Paestum, hacia el 9 de septiembre de 1943. Paestum reaparece en los partes del 10.º Ejército durante la persecución del 13 de septiembre. (U.S. Navy / Naval History and Heritage Command, 80-G-54088).

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