La noche de Piegolelle

El general Sir Harold Alexander visita la cabeza de playa de Salerno el 15 de septiembre de 1943. A su lado caminan el teniente general Mark W. Clark, comandante del Quinto Ejército estadounidense, y el teniente general Sir Richard McCreery, comandante del X Cuerpo británico. (Foto: Imperial War Museums)
El 15 de septiembre de 1943, después de los desembarcos de la Operación Avalanche, la cabeza de playa de Salerno seguía en pie, pero todavía no podía darse por segura. Los grandes contraataques alemanes de los días anteriores no habían logrado romper el frente aliado. El fuego naval y la aviación aliada dificultaban cada vez más los movimientos alemanes hacia la costa, mientras el Octavo Ejército británico continuaba aproximándose desde el sur.
La crisis, sin embargo, no había desaparecido. En el sector británico, al este de Salerno, el terreno quebrado mantenía expuestos los accesos a la llanura. Allí, una carretera, una altura o un pequeño valle podían adquirir durante unas horas una importancia desproporcionada.
En torno a White Cross Hill y a la altura conocida por los británicos como el Pimple, la situación seguía siendo especialmente delicada. Mercatello, a unos cuatro kilómetros al este de Salerno, se convirtió entonces en punto de partida para una operación destinada a despejar aquel sector.
El plan repartía la tarea entre el 41 Royal Marine Commando y el No. 2 Commando, al mando del teniente coronel Jack Churchill. Más arriba se encontraba Piegolelle, una pequeña aldea que las fuentes británicas de la época también registraron como Piegolette o Pigoletti.
El capitán H. H. Blissett era uno de los oficiales del No. 2 Commando. Aquella tarde, una nueva orden puso en movimiento a la unidad hacia Mercatello:
A primeras horas de la tarde llegaron órdenes de que el comando debía trasladarse lo más rápidamente posible a Mercatello, unas 2½ millas al este de Salerno, y de que el cuartel general del comando debía desplazarse allí inmediatamente.
El coronel y yo partimos y descubrimos que también se había ordenado a los infantes de marina que fueran allí. Hacía un tiempo magnífico, pero al otro lado de la colina se oían disparos de armas ligeras y fuertes estruendos.
El brigadier expuso la situación. Se había creado una situación grave en la zona de White Cross Hill y el Pimple.
El enemigo había lanzado un contraataque durante la noche, justo cuando un batallón relevaba a otro en la zona. El brigadier sospechaba una infiltración considerable en el valle y el plan general consistía en un ataque en dos direcciones: los infantes de marina por la izquierda, al este del Pimple, mientras nuestro comando debía despejar el valle que ascendía ligeramente al oeste de esa altura.
El coronel Churchill organizó seis columnas y un cuartel general. Avanzó con sus seis columnas y me dejó al mando del cuartel general y de los morteros.
El plan era que yo tuviera el equipo de radio de control y disparara el mortero de 3 pulgadas contra el bosque situado más allá de la línea de torres eléctricas; el fuego debía cesar cuando las tropas de vanguardia llegaran a la alambrada.
Las tropas debían mantenerse en contacto gritando en voz alta, una idea admirable que engañó por completo a los alemanes sobre nuestro número.
Disparé unas doce granadas contra objetivos en el valle y después quedé a la escucha. Cerca del puente, junto a mi posición, había unos conductores de carros de combate que intentaban reparar el puente, que había quedado dañado al caer un carro al arroyo, y la presencia de aquellos hombres alentaba a las tropas. Había una especie de sensación de que no pasaría mucho tiempo antes de que nuestros carros empezaran a machacar a los alemanes de arriba.
Las horas siguientes fueron tremendamente emocionantes. El comando lo estaba haciendo extraordinariamente bien: comenzaron a llegar prisioneros en grupos de diez y veinte. Para las 21:00 habíamos capturado unos 150. Los muchachos del cuartel general estaban eufóricos. Pero después llegó la decepción.
Las tropas ya venían de regreso cuando recibí la orden de volver y ocupar las posiciones que acabábamos de abandonar durante el avance. Este cambio de plan resultaba especialmente exasperante, porque los hombres estaban muy cansados después de aquel avance agotador y fructífero.
Así que regresaron, esta vez subiendo por la carretera hacia la aldea de Piegolette. La luna estaba saliendo y la resistencia enemiga se endurecía. Por el volumen del fuego no cabía duda de que el enemigo acusaba el golpe que acababa de recibir.
Si deseas saber más, visita Commando Veterans Archive y consulta Salerno Diary [Diario de Salerno], el relato del capitán H. H. Blissett publicado por primera vez en marzo de 1944 en el folleto War del Army Bureau of Current Affairs.
Desde el puesto de mando, la operación se había seguido de manera fragmentaria: por el ruido del combate, las comunicaciones y, finalmente, por los grupos de prisioneros que comenzaron a bajar del valle. La orden de regresar hacia las posiciones que acababan de abandonar devolvía ahora a hombres exhaustos al mismo terreno.
Más arriba, lo que llegaba al cuartel general como ruido, mensajes y prisioneros había tenido otra escala. Jack Churchill recordaría después aquella misma operación desde una perspectiva mucho más próxima al enemigo:
Después de capturar el primer puesto doble de centinelas, entregué uno de los centinelas a Ruffell, puse el nudo corredizo del cordón de mi revólver alrededor del cuello del otro y, con la punta de mi espada en su espalda, fui capturando a los centinelas restantes —el huno se identificaba cada vez que nos daban el alto—; tomé Pigoletti y capturé a toda la guarnición, cuarenta y dos hombres, además de un mortero de 81 mm y su dotación.
…
Siempre hago regresar a mis prisioneros con sus armas; así llevan más peso. Simplemente saqué los cerrojos de sus fusiles y los metí en un saco que llevaba uno de los prisioneros. Los prisioneros también cargaban el mortero y todas las granadas de mortero que podían transportar, y además tiraban de un carro agrícola con cinco heridos. Cuando regresamos, les di de comer junto con nuestros hombres, como si fueran una tropa más, y después los envié, junto con los prisioneros capturados por las otras tropas —unos cien en total—, al rudimentario recinto para prisioneros de guerra, que estaba prácticamente vacío.
Los magníficos hunos se acomodaron para dormir después de emplazar su mortero, colocar las granadas a su alrededor y apilar cuidadosamente sus fusiles. Más tarde me contaron que, a la mañana siguiente, se pusieron con entusiasmo a limpiar el mortero y sus fusiles después del rocío nocturno. Cuando el viejo oficial reincorporado que estaba a cargo del recinto —vacío hasta entonces— apareció después del desayuno, se quedó atónito al encontrarlo bastante lleno.
—¿Qué estaba pasando? —se quejó ante McCreery, que soltó una carcajada.
Sostengo que, mientras a un alemán se le diga en voz alta y clara qué debe hacer, si uno tiene mayor graduación que él gritará “Jawohl” y se pondrá a ello con entusiasmo y eficacia, cualquiera que sea la situación a su alrededor. ¡Por eso son soldados tan extraordinarios!
Si deseas saber más, lee Jack Churchill “Unlimited Boldness” [Jack Churchill “Audacia ilimitada”], de Rex King-Clark. King-Clark escribe “McCreary” en el original; se refiere al teniente general Richard McCreery. El primer pasaje reproduce una carta posterior de Churchill a King-Clark; el segundo, un recuerdo que Churchill le contó posteriormente.
La operación de aquella noche no decidió por sí sola la batalla de Salerno. Tampoco había desaparecido la capacidad alemana de seguir combatiendo en las alturas al este de la ciudad. Los hombres que regresaban de aquel avance apenas habían comenzado a dejar atrás el valle cuando nuevas órdenes los devolvieron al mismo terreno.
Pero el 15 de septiembre permite ver la batalla desde una escala distinta de la de los días anteriores. La supervivencia de la cabeza de playa se había medido en divisiones, carros de combate, artillería naval y ataques aéreos. Detrás de cada movimiento continuaban actuando ejércitos enteros, pero en aquel sector la distancia entre ataque y defensa se había reducido a caminos estrechos, pequeñas alturas y grupos de hombres avanzando en la oscuridad.
En Piegolelle, el combate se fragmentó todavía más: puestos de centinelas en la oscuridad, morteros transportados a mano, gritos utilizados para hacer creer al enemigo que se aproximaba una fuerza mayor y prisioneros bajando por la misma carretera por la que los comandos acababan de subir. Alrededor de Salerno, los ejércitos seguían midiendo sus fuerzas en kilómetros de frente. En aquel valle, por unas horas, la distancia entre avanzar y retroceder se midió en voces, disparos y unos cuantos pasos en la oscuridad.

La tarde del 15 de septiembre de 1943, poco antes del avance del No. 2 Commando hacia Pigoletti. Jack Churchill aparece en primer plano; el teniente general Richard McCreery señala los objetivos junto al brigadier Firth, comandante de la 167.ª Brigada, y el teniente coronel Cleghorne, comandante del 9.º Royal Fusiliers. (Foto: Rex King-Clark, Jack Churchill “Unlimited Boldness”, p. 39 / cortesía de la familia Churchill / restauración digital)

Hombres y equipo desembarcan de un buque de desembarco en Salerno, en septiembre de 1943. La fotografía pertenece a una colección de 650 imágenes reunidas por la Commando Association. (Foto: National Army Museum / Commando Association / NAM. 1985-11-36-98)

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