Darwin bajo las primeras bombas

Vista del puerto de Darwin tras el ataque japonés del 19 de febrero de 1942. El humo sobre el puerto resume la dimensión naval del bombardeo: los buques fondeados y la infraestructura portuaria fueron los principales objetivos de la primera incursión. (Foto: Australian War Memorial / colección sobre el bombardeo de Darwin).
Cuatro días después de la caída de Singapur, la guerra llegó de forma directa al norte de Australia. Darwin no era una gran ciudad, sino un puerto avanzado, una base de tránsito y abastecimiento para buques, tropas y aviones que se movían hacia el norte. Su posición era estratégica; sus defensas, insuficientes para la magnitud de lo que se aproximaba.
Poco antes de las diez de la mañana del 19 de febrero de 1942, la primera formación japonesa apareció sobre Darwin. El ataque combinó bombarderos, cazas y bombarderos en picado lanzados desde portaaviones en el mar de Timor. La alarma sonó demasiado tarde para ofrecer una advertencia real. El puerto, los barcos, los aeródromos y parte de la ciudad quedaron bajo las bombas.
La jornada no fue el preludio inmediato de una invasión de Australia, aunque muchos lo creyeron entonces. El propósito japonés era paralizar a Darwin como base aliada en el momento en que la guerra se extendía hacia Timor, Java y Nueva Guinea. Pero para quienes estaban en tierra, esa explicación estratégica no existía todavía. Lo que hubo fue ruido, fuego antiaéreo, humo, aviones bajos y la necesidad instintiva de pegarse al suelo.
William George Busby, soldado raso del 20.º Pelotón, Compañía E de Ametralladoras, 19.º Batallón, escribió a su esposa Myrtle al día siguiente. Su carta no pretende narrar toda la batalla. Dice lo que podía decir bajo censura y, sobre todo, intenta evitar que una familia al otro lado de Australia imaginara lo peor:
Q70473
Pte. W. G. Busby
20.º Pelotón, Compañía E (Ametralladoras)
19.º Batallón, Darwin
20 de febrero de 1942
Querida Myrtle:
Solo unas pocas líneas para hacerte saber que todavía estoy bien. He oído que el correo saldrá por cualquier medio ahora, así que te escribo esta noche por si acaso sale mañana. Para cuando recibas esto ya sabrás que hemos tenido un ataque aéreo y que, por eso, el correo no funcionará a tiempo. Puede salir esta noche, o puede que no salga hasta dentro de una semana o dos. No quise enviarte un telegrama, porque cuando lo recibieras te habrían dado como seis ataques y no quería eso. Así que creo que una carta será mucho mejor para todos.
Cuando empezó el ataque estábamos fuera, en una cuadrilla de trabajo. Vimos muchos aviones y, antes de que uno pudiera decir “Jack Robinson”, ya habíamos desaparecido y permanecimos escondidos hasta que todo terminó.
Entre los cañones antiaéreos disparando, las bombas cayendo y los aviones rugiendo por todo el cielo, el ruido era como el de cincuenta trenes soltando vapor y haciendo sonar sus silbatos todos a la vez.
Después, cuando todo el ruido se había ido y todo estaba en silencio, fue muy divertido hablar de cómo nos habíamos sentido mientras duraba el ataque. Bueno, por mi parte, yo estuve verdaderamente asustado; pero, cuando terminó, volví a estar bien. Mientras duró, eso sí, me pegué bastante al suelo.
Luego regresamos al campamento, nos lavamos, tomamos el té y nos dijeron que había una función de cine gratis en la cabaña de la Church Army; así que lo que empezó como un mal día terminó bastante bien y, como dice el dicho, bien está lo que bien acaba. No puedo decir más de lo que ya he dicho, porque no se nos permite difundir rumores, ya que uno no puede decir ni demasiado ni demasiado poco tras cosas así.
Así que, Toots, mantén el ánimo y no creas ningún rumor de por allá. Yo y todos mis compañeros estamos bien y seguimos sonriendo. Sobre todo, no creas demasiado de lo que leas en los periódicos, porque tienen que vender sus periódicos y publicarán cualquier cosa en ellos.
Recuerda que pienso en ti tanto como tú piensas en mí. Adiós, cariño, hasta que vuelva a escribir, y eso será tan pronto como sea posible.
Espero que esto te encuentre con la mejor salud, como me encuentra a mí en la mejor por ahora.
Con mucho amor de tu esposo que te quiere,
Bill.
P. D. Dale mi cariño a Pansy y a la familia.
Para Tuppence.
Si deseas saber más, visita Dragon Genealogy Blog, sección “Darwin Bombed Heavily in Two Day Raids”, donde Helen V. Smith reproduce la carta de William George Busby a Myrtle Busby.
La carta conserva algo que los partes militares no podían registrar del mismo modo: el esfuerzo por tranquilizar a una esposa, la censura que estrechaba cada frase, el humor como defensa y la vida cotidiana reanudándose de forma casi absurda después de las bombas. Busby no podía dar detalles; tampoco necesitaba convertir el ataque en una escena heroica. Le bastaba decir que seguía vivo.
Si Busby escribió desde tierra para tranquilizar a su esposa, el puerto dejó otra memoria: más inmediata, más física, marcada por el fuego y por el petróleo sobre el agua. Brendan de Burca, superviviente del MV Neptuna, recordaría después la destrucción del buque y el esfuerzo de varios hombres por sacar con vida a quienes todavía podían ser salvados. En el fragmento siguiente, el “doc” es John Hyde, médico del Neptuna:
Cuando comenzó el ataque, él preparó el dispensario lo mejor que pudo antes de reunirse con varios de nosotros, que nos refugiábamos en el vestíbulo del salón. La primera advertencia había llegado en forma de una bomba que cayó cerca y que causó algunos daños bajo el agua en la sala de máquinas.
Después de unos quince minutos, sufrí un ataque agudo de claustrofobia y salí a cubierta, mientras el doctor y algunos otros bajaban por las escaleras hacia la cubierta “D”. Un minuto más tarde, el vestíbulo recibió un impacto directo.
No intento describir la destrucción total, salvo decir que se había usado algún material incendiario y que todo el montón de escombros estaba ardiendo. Un minuto después, recibió otro impacto casi en el mismo punto, seguido de un tercero algunos segundos más tarde. Al no oír más bombarderos en picado, dejé de intentar arañar una cubierta de teca de cuatro pulgadas y me puse a hacer algo.
Cuando cayó la primera bomba, el cadete Knight y el doctor quedaron atrapados por las piernas y no pudieron moverse. En aquella situación desesperada, el doctor se preguntaba si morir quemado sería tan horriblemente doloroso como su formación médica le había hecho creer. La segunda bomba sacudió tanto toda aquella masa ardiente que pudieron liberarse y cojear hasta alcanzar una seguridad relativa.
Al otro lado de la cubierta, mi primer hallazgo fue el capitán, tendido en los imbornales. Apareció el cadete Kent, así que lo envié a buscar al doctor e, inmediatamente después, mandé al cadete Rothery a la sala de máquinas para que los ingenieros pusieran en marcha las bombas con el fin de apagar el incendio. Volvió con la noticia de que las bombas no podían funcionar, así que ahora era una carrera contra el tiempo. Una tubería de petróleo reventada bajo el muelle estaba arrojando crudo por toneladas; algo lo había prendido fuego y la primera marea de reflujo lo llevaba lentamente hacia nuestro punto de escape. El “doc”, visiblemente angustiado, atendió al capitán, pero era demasiado tarde: murió unos momentos después.
Para entonces la escora era tal que habría sido imposible arriar los botes de estribor, incluso si hubiera podido disponer de hombres para hacerlo. Todos los que estaban a la vista eran necesarios para ayudar a los heridos. El doctor atendió a muchas víctimas, entre ellas a una que conseguimos sacar de los escombros del salón, con el pulgar y el índice de una mano colgando inútilmente de un hilo de piel. El doctor los cortó, los arrojó por la borda y le dijo al estibador (?) que se marchara. La última vez que lo vi, nadaba con gran estilo.
Al llegar al extremo de la cubierta del salón encontré una figura irreconocible, cubierta de sangre de la cabeza a los pies: era el cadete Knight. Cuando se dio cuenta de que no estaba solo y de que había ayuda a mano, empezó a ceder de las rodillas. Medio en serio le dije que no podía derrumbarse justo entonces, porque muchos necesitaban atención y él se convertiría en una maldita molestia. Todavía me maravilla su respuesta. Se podía ver cómo la determinación avanzaba en él mientras se enderezaba por sus propios medios y se dirigía hacia la pasarela improvisada.
En ese momento oímos un grito de “agua, agua” desde el otro lado del buque. A pesar de su herida, el doc venía justo detrás de mí, y fue entonces cuando encontramos al cadete Stobo —llevábamos cuatro cadetes— sentado en la cubierta, con las manos sosteniendo el peso del torso: una pierna destrozada por debajo de la rodilla y la mitad de los intestinos sobre el regazo. En ese estado se había arrastrado unos cien pies desde el lugar donde había sufrido sus heridas.
El doctor dedicó entonces toda su atención al muchacho. Se usó una tabla para sostener la pierna y sábanas de un camarote para asegurar el resto del cuerpo y hacer que el desdichado joven estuviera tan cómodo como era posible en aquel momento. Después de llevar al muchacho a tierra, tuve que dejarlos para atender otras cosas, así que perdimos contacto durante un rato.
Para entonces, el petróleo ardiendo había pasado la pasarela, de modo que nos movíamos realmente por encima de las llamas. Después de asegurarme de que no quedaba ningún ser vivo a bordo, fui al extremo del muelle, me quité de una patada los zapatos blancos, lancé mi gorra al agua y, como la mujer de Lot, me sentí obligado a volverme y contemplar aquel espectáculo espantoso.
El fuego se acercaba incómodamente al extremo del muelle, así que lanzarse a un mar de petróleo crudo no fue una decisión difícil. Después de nadar unos minutos, vi una lancha de Qantas (?) no muy lejos, y una carrera vigorosa de alrededor de un minuto me permitió interceptarla y agarrarme a su roda. El timonel decidió que avanzaría más rápido deteniéndose y subiéndome a bordo que dejándome donde estaba. Después de trepar, me alegró ver que el cadete Knight ya estaba allí, junto con un par de miembros chinos de nuestra tripulación.
De pie en la lancha, pude ver al doctor y a su paciente a unas cien yardas dentro del puerto, y no tuve dificultad para conseguir que el timonel cambiara de rumbo y los recogiera. Cuando vio el estado del muchacho, decidió llevarnos al HMAS Platypus y luego volver. Ayudé a Knight a subir por la escala cargándolo como bombero, mientras muchas manos navales dispuestas llevaron a Stobo a la enfermería. Un suboficial nos indicó a Knight y a mí una escala que bajaba al comedor de oficiales, convertido en enfermería temporal. Al acostarlo le dije:
—Muy bien, Knight, ahora puedes hacer lo que quieras.
Literalmente se apagó como una luz.
Los médicos de la Marina fueron maravillosos; estoy seguro de que nuestro doctor agradeció sus esfuerzos, porque para entonces empezaba a mostrar señales de colapso. Después de todo, ya no era un joven, pues había sido mayor en la Primera Guerra. Por desgracia, Stobo estaba fuera de su alcance: murió una hora más o menos después de subir a bordo. Un lado trágico de esta historia fue que su propio padre se había perdido en el mar unos meses antes, y el muchacho estaba asumiendo simbólicamente el papel de su padre. Era su primer viaje por mar. Uno solo puede imaginar cómo se sintió su madre. Knight y el doctor fueron trasladados al buque hospital Manunda aquella tarde.
Si deseas saber más, consulta Territory Stories/Library & Archives NT, documento “Darwin, 19th February, 1942”, de Brendan de Burca.
La carta de Busby y el recuerdo de De Burca no describen el mismo Darwin. Uno escribe después del ataque, todavía bajo censura, cuidando cada frase para no asustar a su esposa. El otro mira desde el puerto, entre fuego, petróleo y hombres heridos, cuando la supervivencia dependía de unos minutos y de manos disponibles.
Darwin, sin embargo, había cambiado para ambos. En el puerto quedaron barcos hundidos, incendios, restos de aviones y muertos, cuya cifra exacta sigue siendo variable según las fuentes. En tierra quedó una impresión más difícil de medir: Australia ya no miraba la guerra solo desde la distancia del Pacífico.
Juntas, las dos voces dejan ver la dimensión real de aquel 19 de febrero: no solo una operación aérea japonesa contra una base aliada, sino también una ruptura en la percepción australiana de la guerra. Darwin no fue invadida, pero sí alcanzada. Y desde ese día, para quienes estaban allí, el Pacífico dejó de ser una distancia y se convirtió en cielo abierto, humo sobre el puerto y nombres que ya no volverían a casa.
Si deseas conocer más sobre la memoria histórica del bombardeo de Darwin, visita el Defence of Darwin Experience, del Museum and Art Gallery of the Northern Territory, en el Darwin Military Museum de East Point.

El USS Peary humea en el puerto de Darwin durante el ataque japonés. El destructor fue uno de los buques más castigados de la jornada y su hundimiento quedó asociado a las mayores pérdidas navales del bombardeo. (Foto: Australian War Memorial / colección sobre el bombardeo de Darwin).

El MV Neptuna explota en Stokes Hill Wharf, Darwin, el 19 de febrero de 1942, tras ser alcanzado durante el ataque japonés. Delante de la columna de humo se aprecia el HMAS Vigilant realizando labores de rescate. (Foto: Australian War Memorial, P05303.022).

Restos de un P-40E Kittyhawk estadounidense destruido durante el ataque contra Darwin. La imagen ilustra la vulnerabilidad de la defensa aérea aliada durante la jornada del 19 de febrero de 1942. (Foto: Australian War Memorial / colección sobre el bombardeo de Darwin).

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