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Cuando la Acqui dejó las armas

Argostoli, 13 de septiembre de 1943. Una sección de la 410.ª batería, al mando del tenient

Argostoli, 13 de septiembre de 1943. Una sección de la 410.ª batería, al mando del teniente Ermete Ferrara, llega para reforzar la defensa del mando de artillería de la División Acqui. (Foto: fotógrafo no identificado / Archivo Renzo Apollonio).

El 22 de septiembre de 1943, la batalla de Cefalonia se acercaba a su desenlace. Después de varios días de combate, la División Acqui había perdido terreno, sus comunicaciones eran cada vez más precarias y los refuerzos alemanes llegados desde la Grecia continental habían roto definitivamente el equilibrio de fuerzas en la isla.

Lo que pocos días antes seguía siendo una batalla abierta en Cefalonia había cambiado de naturaleza. Las posiciones italianas cedían mientras las fuerzas alemanas estrechaban el cerco y avanzaban hacia Argostoli y los últimos núcleos de resistencia. La Luftwaffe seguía dominando el cielo, pero para la Acqui el problema ya no era únicamente resistir los ataques: cada hora reducía las posibilidades de mantener una defensa organizada.

Durante la noche, el mando de la División se había trasladado a Keramies, un pueblo cercano a Metaxata. Al amanecer del 22, algunos sectores habían quedado aislados y las comunicaciones con el mando fallaban. La batalla todavía no había terminado formalmente, pero el espacio en el que podía continuar se hacía cada vez más pequeño.

Los alemanes no habían confiado únicamente en los bombardeos y en el avance terrestre. Durante los días anteriores también habían intentado quebrar la resistencia italiana desde el aire con miles de hojas impresas. El 18 de septiembre, mientras los combates continuaban, uno de aquellos volantes cayó sobre las posiciones de la Acqui:

¡Italianos de Cefalonia! ¿Por qué combaten contra los alemanes? ¡Han sido traicionados por sus jefes!

¿Quieren regresar a su país para estar junto a sus madres, sus mujeres y sus hijos? Pues bien, el camino más corto para llegar a su país no es ciertamente el de los campos de concentración ingleses.

Ya conocen las infames condiciones impuestas a su país con el armisticio angloamericano. Después de haberlos empujado a la traición contra sus compañeros de armas alemanes, ahora se pretende humillarlos con el trabajo pesado y brutal en las minas de Inglaterra y Australia, que carecen de mano de obra.

Sus jefes quieren venderlos a los ingleses: ¡no les crean! Sigan el ejemplo de sus camaradas destacados en Grecia, Rodas y las demás islas, todos los cuales han depuesto las armas y ya regresan a la Patria; como han depuesto las armas las divisiones de Roma y de las demás localidades del territorio nacional.

Y ustedes, en cambio —precisamente ahora que el horizonte de la Patria se perfila ante sus ojos—, ¿quieren precisamente ahora preferir la muerte y la esclavitud inglesa?

No obliguen, no, no obliguen a los Stukas alemanes a sembrar muerte y destrucción.

Depongan las armas.

El camino hacia la Patria les será abierto por los camaradas alemanes.

Si deseas saber más, consulta el Bollettino d’Archivio dell’Ufficio Storico della Marina Militare, enero-junio de 2022, “La Regia Marina a Cefalonia, settembre 1943 – Un resoconto raccolto da G.B. Cerutti nel Lager di Siedlce”, de Furio Cerutti, donde se reproduce el volante alemán.

Bruno Bertoldi servía en el cuartel general de la Acqui. Especializado como motorista y conductor, cuando hacía falta era él quien tomaba el automóvil para trasladar al general Luigi Gherzi, comandante de la infantería divisionaria. Al recordar aquellas horas, Bertoldi comenzó por la tarde anterior:

La tarde del 21 comenzaron a fusilar, a medida que las unidades se rendían.

La mañana del 22, en cambio, el general Gherzi se encontraba en la finca de la llamada “casa del doctor”, en Keramies, y a las 10:30 mandó a su ordenanza a buscar al conductor porque habían decidido irse. Estábamos rodeados.

El mando de la División, al otro lado de la isla, ya había decidido entregar las armas y el ordenanza vino a decirme: “Trae el coche aquí arriba”, porque yo lo había escondido al fondo del camino; había aviones y allí abajo no lo veían. Estaba a punto de ir a buscar el coche para recoger al general cuando, a lo largo del camino, de detrás de un muro salieron tres alemanes. Levanté los brazos.

Avanzaban hacia mí y oía que los otros dos seguían diciéndole al que llevaba más pistolas que disparara. Yo, en vez de asustarme, con los brazos en alto me fui acercando a la patrulla y le dije:

 

¿Por qué quieres dispararme? Yo también tengo una mamá en casa.

Me miró y me dijo:

¿De dónde eres?

 

Soy del Alto Adigio.

 

Se volvió, me dio dos patadas en el trasero y me dijo:

Corre.

No hice más que obedecer; me di la vuelta y eché a correr campo a través.

Mientras corría, a medida que los demás salían del búnker, los mataron a todos, uno por uno. Eran 16 muchachos y los mataron, incluido el general Gherzi.

Si deseas saber más, lee Mi ricordo, sì mi ricordo [Me acuerdo, sí me acuerdo], memorias de Bruno Bertoldi preparadas por Antonio Testini en colaboración con la Biblioteca Provinciale Italiana “Claudia Augusta”.

Poco después, a las 11:00, el general Antonio Gandin ofreció formalmente la rendición de la División. Desde la sede del mando se desplegó un gran paño blanco y los capitanes Saettone y Tomasi llevaron el documento de rendición a Argostoli. Los alemanes aceptaron la rendición sin condiciones. La resistencia organizada de la Acqui había terminado.

Después de varios días de combate, rendirse debía significar algo muy concreto: soltar el arma, levantar las manos y esperar que el vencedor reconociera que uno ya no estaba combatiendo. No era una promesa de buen trato. Era, al menos, una frontera que separaba el combate de la cautividad.

En Cefalonia, esa frontera se volvió incierta. Cuando una unidad se deshacía, el soldado dejaba de estar protegido por su posición, sus armas y, a veces, hasta por la presencia de sus propios mandos. Quedaba frente a hombres que conservaban las armas y podían decidir qué ocurría en los siguientes segundos. Para algunos, la diferencia entre seguir vivo y no hacerlo podía reducirse a una decisión tomada a pocos pasos de distancia.

En septiembre de 1943, esa incertidumbre no pertenecía solo a Cefalonia. Se extendía por guarniciones, carreteras, puertos y cuarteles donde militares italianos intentaban comprender el nuevo orden creado por el armisticio. Muchos estaban lejos de casa y, de pronto, incluso una palabra tan elemental como “rendición” podía depender de quién estuviera al otro lado.

En Cefalonia, dejar de combatir no significó quedar fuera de peligro.

Volante alemán lanzado sobre Cefalonia durante los combates de septiembre de 1943_edited.j

Volante alemán lanzado sobre Cefalonia durante los combates de septiembre de 1943 para instar a los soldados italianos a deponer las armas. La Marina Militare lo reproduce como figura 6 y remite la imagen a G. Manzari y M. Pagano, La Regia Marina nelle Isole Ionie, Ufficio Storico dello Stato Maggiore Difesa, 2020, p. 82. (Foto: autor no identificado / Ufficio Storico dello Stato Maggiore Difesa / reproducción en el Bollettino d’Archivio della Marina Militare).

Bruno Bertoldi poco después de desembarcar en Cefalonia_edited.jpg

Bruno Bertoldi, poco después de desembarcar en Cefalonia; la galería de Corriere della Sera lo identifica con una flecha en el centro, en segundo plano. (Foto: fotógrafo no identificado / Corriere della Sera / procedencia original no indicada).

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