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La flota que no se entregó

El Peder Skram, hundido junto a la Mastekran de Nyholm, en Holmen, Copenhague, el 29 de ag

El Peder Skram, hundido junto a la Mastekran de Nyholm, en Holmen, Copenhague, el 29 de agosto de 1943. La imagen resume la decisión de la Marina danesa de impedir que su flota cayera intacta en manos alemanas. (Foto: Naval History and Heritage Command, NH 88493).

La caja de cerveza colocada en Forum no había sido un gesto aislado. En la Dinamarca ocupada, el sabotaje empezaba a convertirse en un lenguaje cada vez más visible: talleres, instalaciones, depósitos y espacios útiles para los alemanes podían arder, quedar inutilizados o desaparecer de la noche a la mañana. Lo que al principio había sido una ocupación administrada con cierta apariencia de continuidad institucional comenzaba a mostrar grietas cada vez más profundas.

Durante el verano de 1943, esas grietas se abrieron en la calle. Las huelgas, los disturbios y los ataques clandestinos hicieron cada vez más difícil sostener la ficción de una Dinamarca ocupada, pero aún gobernada por sus propias autoridades. Para los alemanes, la cuestión ya no era solo conservar el orden; era impedir que la resistencia danesa convirtiera la cooperación política en una fachada inútil.

La respuesta llegó en forma de ultimátum: estado de excepción, censura, prohibición de huelgas, toque de queda, entrega de armas y pena de muerte por sabotaje. Aceptarlo habría supuesto entregar lo poco que quedaba de la soberanía danesa. Rechazarlo implicaba asumir que la ocupación pasaría a una fase más abierta y más dura.

En la madrugada del 29 de agosto, Operation Safari llevó esa ruptura al terreno militar. Las fuerzas alemanas intentaron desarmar al Ejército y a la Marina daneses, ocupar instalaciones y asegurarse de que las armas del país ya no quedaran fuera de su control. En Holmen, la base naval de Copenhague, la decisión se redujo a una alternativa inmediata: si los buques no podían salir hacia Suecia, no debían caer intactos en manos alemanas.

Antes de llegar al muelle, a los reflectores y a los cascos hundidos por sus propias tripulaciones, conviene leer la frialdad del documento que cerraba la víspera:

Exigencias del Gobierno del Reich.

El Gobierno danés debe declarar inmediatamente el estado de excepción en todo el país.

El estado de excepción debe comprender las siguientes medidas concretas:

1. Prohibición de que más de cinco personas se reúnan públicamente.

2. Prohibición de toda huelga y de toda ayuda a los huelguistas.

3. Prohibición de toda reunión en recintos cerrados o al aire libre.

 

Prohibición de transitar por las calles entre las 20:30 y las 5:30.

Cierre de restaurantes a las 19:30.

Entrega, antes del 1 de septiembre de 1943, de todas las armas de fuego y explosivos todavía existentes.

4. Prohibición de toda molestia o perjuicio contra ciudadanos daneses por causa de su cooperación, o la de sus familiares, con las autoridades alemanas, o por su relación con alemanes.

5. Introducción de censura de prensa con participación alemana.

6. Creación de tribunales daneses de actuación rápida para juzgar actos contrarios a las ordenanzas dictadas para el mantenimiento de la seguridad y el orden.

Por infracción de las disposiciones anteriores deberán imponerse las penas más severas que puedan considerarse con arreglo a la ley actualmente vigente sobre autorización al Gobierno para dictar medidas destinadas al mantenimiento de la tranquilidad, el orden y la seguridad.

Por sabotaje y toda participación en él, por ataques contra la Wehrmacht alemana y sus miembros, así como por la posesión de armas de fuego y explosivos después del 1 de septiembre de 1943, deberá introducirse sin demora la pena de muerte.

El Gobierno del Reich espera la aceptación del Gobierno danés de las exigencias anteriores antes de las 16:00 horas de hoy.

 

Copenhague, 28 de agosto de 1943.

Si deseas saber más, consulta Danmarkshistorien/Lex, fuente “Det tyske ultimatum til den danske regering, 28. august 1943”.

Ese texto no mencionaba todavía los cascos, las salas de máquinas ni las cargas preparadas en los buques. Pero fijaba el marco de la madrugada: si la presión política no bastaba, la ocupación pasaría a una fase más directa. En la Marina danesa, esa posibilidad no era una sorpresa absoluta. La flota había contemplado la alternativa de escapar hacia aguas suecas o inutilizar sus propios buques.

Søløjtnant J. Westergaard servía como segundo de a bordo en el buque minador Lougen. Su relato no describe la operación desde el Estado Mayor, sino desde la espera, el ruido, los reflectores y el momento exacto en que la orden dejó de ser una hipótesis:

A las cuatro oí que despertaban a Kehler y pensé: “Así que todavía no ha ocurrido nada”.

Kehler subió dando pisotones por las escaleras y luego volvió el silencio; pero solo por un instante. Entonces se oyó su grito:

 

¡Señal del Peder Skram: “Hundid”!—, y todos saltamos.

 

El comandante dio orden al primer maquinista de poner en marcha y dijo:

Intentaremos salir.

 

Por supuesto—, respondimos, y casi al mismo tiempo el maquinista ya había arrancado los motores.

En ese mismo momento, todo el puerto quedó iluminado por reflectores de los buques alemanes, tanto desde Langelinie como desde B. & W. Escapar a través de aquello era tan imposible como enfriar aguardiente en el infierno, y el comandante ordenó entonces a Kehler que llevara a toda la tripulación a tierra, al refugio más cercano.

Aquello se hizo en cuestión de pocos segundos, y cuando llegó el aviso de que la tripulación estaba completa en tierra, el comandante y yo bajamos.

El comandante miró su reloj y dijo:

 

Ponga en marcha el reloj, segundo de a bordo.

Presioné el resorte y ambos nos aseguramos de que el reloj hiciera tictac; luego salimos a tierra y buscamos abrigo detrás de un almacén.

Los minutos se nos hicieron terriblemente largos, y cuando habían pasado diez minutos, y a nuestro alrededor oíamos y veíamos las detonaciones de otros buques, los dos empezamos a impacientarnos y estábamos a punto de lanzarnos otra vez a bordo para ver qué podía ir mal.

En ese mismo instante vimos un resplandor, seguido por un estruendo, y entonces comenzaron a llover a nuestro alrededor fragmentos del Lougen.

Permanecimos inmóviles un momento, hasta que ya no oímos caer nada más, y saltamos hacia el buque, que ya tenía la popa bajo el agua.

Hundirse por completo no podía, por la escasa profundidad.

Arriba, en el puente, ardía fuego, y la bajada hacia los alojamientos de oficiales, en el centro del buque, era un caos de planchas de hierro retorcidas, maderas astilladas e incendio.

No había duda de que el Lougen estaba tan destruido como podía estarlo, y volvimos a tierra, con una sensación extraña, irreal, hacia la tripulación que estaba en el refugio.

Todavía se oían detonaciones sobre Holmen y disparos, pero aún no habíamos visto a ningún alemán.

Cuando llegamos al refugio, Kehler informó de que había llegado la orden de que toda la tripulación debía presentarse en el Planbygningen, en Nyholm.

Al llegar allí pudimos ver nuestros otros buques volcados y ardiendo alrededor, mientras crujían y estallaban cuando el fuego de un buque alcanzaba los depósitos de municiones.

En el Planbygningen estaban reunidas todas las tripulaciones de los buques.

El jefe de la Flota Costera pronunció un breve discurso y comunicó que la flota danesa había sido hundida con honor, que los alemanes tomaban ahora posesión de Holmen y que todos debíamos deponer las armas, pues desde una instancia superior se había dado orden de no oponer resistencia a los alemanes.

Aquello sonó terrible.

En cuanto a resistir, por lo demás, después de haber hundido los buques no podíamos hacer gran cosa, ya que solo una parte de nosotros estaba provista de armas, es decir, antiquísimos revólveres de tambor, que, frente a armas de mano modernas, no tenían mucho efecto.

La mayoría arrojó entonces los revólveres y la munición en un montón; pero algunos, entre ellos yo mismo, pensábamos que aquello era demasiado amargo.

 

Me puse a pensar en cómo podría escapar rápidamente de Holmen.

Desde la batería de Kvintus había una puerta que daba a Refshalevej, y allí, pensaba yo, estaba la única posibilidad de salir.

 

Como todavía no se había visto a ningún alemán, no tuve dificultad en caminar fuera del Planbygningen y correr por el puente flotante hasta Kvintus, pasando junto al Lougen en llamas, hasta la verja.

Pero llegué demasiado tarde, porque allí ya estaban tres o cuatro alemanes, los primeros que vi esa mañana, todos con subfusiles, y no había nada que hacer.

Volví atrás y corrí hacia la guardia del astillero, en Prinsessegade; pero para entonces ya empezaba a clarear, y los alemanes entraban rápidamente en vehículos, así que, por mucho que me repugnara, tuve que dar la vuelta y regresar al Planbygningen, donde todavía permanecían las tripulaciones, salvo algunos que, como yo, habían intentado marcharse.

Todavía no había alemanes allí, pero no tardaron mucho: llegaron en vehículos frente al edificio y saltaron de ellos.

El jefe de la Flota Costera se dirigió al oficial alemán que estaba al mando y, al parecer, le comunicó que todas las fuerzas danesas de Holmen se rendían y que nadie llevaba armas.

Por seguridad, se volvió a pedir a quienes aún no habían entregado sus revólveres que lo hicieran, ya que los alemanes habían comunicado que, de lo contrario, las consecuencias recaerían sobre todos.

No había mucho que hacer, y algunos revólveres de Tom Mix más fueron a parar al montón que ya estaba allí; y así, pues, éramos prisioneros de los alemanes.

Llegó entonces la orden de que todos los oficiales se formaran fuera del Planbygningen y, desde allí, marcharan, bajo vigilancia, hacia la oficina del jefe de la Flota Costera, que quedaba más al sur, en Holmen.

 

Malhumorados y tristes empezamos a caminar, pero no tardamos mucho en despertarnos.

Nerviosos como estaban, los alemanes de Hønsebroløbet, la entrada a Holmen desde el canal del puerto, creyeron que se les disparaba, y de inmediato abrieron fuego con artillería antiaérea de 20 mm directamente sobre nuestras cabezas, mientras nosotros caminábamos.

Cuando los guerreros alemanes, igual de nerviosos, del crucero auxiliar que estaba en el dique flotante de B. & W. oyeron los disparos, enseguida tuvieron claro que nosotros les estábamos disparando: de espaldas.

Así que también quedamos bajo su fuego.

Para que no hubiera lugar a dudas, también nos dispararon desde el otro lado de Søminegraven y desde Toldboden.

Desde luego, no pasó mucho tiempo antes de que comprendiéramos que aquello no iba bien.

Especialmente el fuego desde Hønsebroløbet tenía mal aspecto.

Allí disparaban proyectiles trazadores, y yo estaba completamente seguro de que todas y cada una de aquellas lanzas de luz llevaba rumbo directo a mi cabeza; pero, de manera extraña, solo uno fue alcanzado, el subteniente Prause, que recibió una granada de 20 mm en el pie.

Otro recibió una granada que atravesó una pequeña bolsa que llevaba al cuello con algo de ropa que había logrado salvar en tierra.

 

Ese tiroteo absurdo no llevaba muchos segundos cuando todos saltamos por ventanas y puertas hacia el edificio vecino del taller de cuadernas, donde nos arrastramos detrás de cajas de cerveza y otras cosas útiles, mientras las balas silbaban por las ventanas desde ambos lados o se estrellaban contra la mampostería.

Si deseas saber más, consulta Skt. Knuds Skole. Meddelelser om Skoleaaret 1944–1945, sección “Lidt om Begivenhederne før og omkring 29. August 1943 om Bord i Minefartøj ‘Lougen’”, de Søløjtnant J. Westergaard.

 

La operación alemana consiguió imponer el desarme. Los hombres fueron detenidos, las instalaciones ocupadas y algunos cascos serían examinados, levantados o aprovechados después por los ocupantes. Pero la imagen que quedó de aquella madrugada no fue la de una entrega ordenada de la Marina danesa.

 

En Holmen, la ruptura de agosto no tuvo solo forma de decreto ni de crisis ministerial. Tuvo el sonido de motores arrancados demasiado tarde, de reflectores sobre el puerto, de un mecanismo de tiempo puesto en marcha y de un buque que, al no poder escapar, fue enviado al fondo por sus propios hombres.

 

La guerra siguió pesando sobre Dinamarca con nuevas reglas, más duras y más visibles. Pero desde esa mañana, una parte de la ocupación ya no podía presentarse como antes. Bajo el agua del puerto quedaban los cascos inclinados de la flota; sobre ellos, una decisión que no había ganado una batalla, pero sí había impedido una rendición intacta.

Cascos y estructuras parcialmente sumergidos en Holmen después del hundimiento de los buqu

Buques de guerra daneses después del hundimiento de la flota en Holmen, Copenhague, el 29 de agosto de 1943. De derecha a izquierda aparecen el Peder Skram, el Vb. 2 y la mototorpedera Hvalrossen; al fondo, la fragata Fyn. (Foto: Herluf Jensen / Frihedsmuseets fotoarkiv, Nationalmuseet).

El Peder Skram, hundido en Holmen, Copenhague, después de la acción de la Marina danesa de

Otra perspectiva del Peder Skram, hundido bajo la Mastekran de Nyholm, en Holmen, Copenhague, el 29 de agosto de 1943. A su alrededor aparecen otros buques daneses alcanzados por la orden de impedir que la flota cayera intacta en manos alemanas. (Foto: Naval History and Heritage Command, NH 88493).

Soldados de la guarnición danesa de Holbæk, el 29 de agosto de 1943, formados con fusiles

Soldados de la guarnición danesa de Holbæk, el 29 de agosto de 1943, formados con fusiles inutilizados antes de la llegada de las tropas alemanas. La imagen resume una reacción similar a la de la Marina: impedir que las armas danesas fueran entregadas intactas. (Foto: Ole Nielsen / Frihedsmuseets fotoarkiv, Nationalmuseet, FHM-170129).

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