Zitadelle abre fuego en Kursk

Panzergrenadiers de la Waffen-SS junto a un Tiger I de la División “Das Reich” durante la Operación Zitadelle, en el sector de Kursk. La imagen ilustra el tipo de fuerza blindada alemana que Krysov esperaba desde su posición soviética. (Bundesarchiv / Friedrich Zschäckel).
A comienzos de julio de 1943, el Frente Oriental volvió a concentrarse en una palabra alemana: Zitadelle. Después de Stalingrado y de la recuperación temporal de Kharkov, la Wehrmacht intentaba recuperar la iniciativa con una ofensiva limitada, pero ambiciosa, contra el saliente soviético de Kursk.
La idea alemana era cerrar el saliente desde el norte y desde el sur, cortar las fuerzas soviéticas dentro de la bolsa y devolver a las divisiones blindadas la libertad de maniobra que habían tenido en los primeros años de la guerra. Pero el Ejército Rojo ya no era el de 1941. Durante semanas, había preparado trincheras, campos minados, posiciones antitanque, zonas de fuego y reservas escalonadas.
La madrugada del 5 de julio comenzó con artillería. En algunos sectores, los soviéticos abrieron fuego antes del ataque alemán, intentando desorganizar la concentración enemiga. Poco después, la artillería alemana respondió con su propia preparación. Entre esas dos tormentas quedó una tripulación soviética dentro de un SU-122, un obús autopropulsado pensado para apoyar a la infantería y combatir posiciones fortificadas, pero que ese día tendría que enfrentarse a tanques pesados.
Vasiliy Krysov, comandante de un pelotón de cañones autopropulsados, recordaría aquel primer día no como un mapa de flechas y divisiones, sino como una espera: humo, polvo, órdenes demoradas, manos sobre los disparadores y tanques Tiger acercándose poco a poco por el trigo:
A eso de las 06.00, los alemanes pasaron al ataque. Veíamos tanques que emergían detrás de las lomas, entre los estallidos de los proyectiles. El bombardeo alemán de artillería y morteros se intensificó. También disparaban contra nuestra batería, aunque sin línea de visión, porque teníamos posiciones muy adecuadas en una pendiente descendente hacia el río Neruch, cubierta de arbustos y monte bajo que nos ofrecían ocultamiento adicional.
Aprovechando los pliegues y ondulaciones del terreno, los tanques se aproximaban lentamente a nuestra línea defensiva, disparando sobre la marcha y en breves paradas. Las orugas de acero brillaban débilmente bajo los rayos del sol naciente. Observé con atención las siluetas de los tanques que avanzaban; mentalmente las comparaba con los diagramas de nuestros manuales: los costados verticales del casco, los paneles de la torreta y el largo cañón con freno de boca indicaban que eran Tigers, además de su esquema de camuflaje con manchas amarillas, verdes y pardas, que se mezclaba bastante bien con el entorno.
Sí, eran ellos. Seis Tigers avanzaban frente a la línea defensiva de nuestra batería. Detrás de ellos, trepando por la cresta de una altura en formación de cuña invertida, venían vehículos blindados más ligeros y semiorugas con infantería; alcanzábamos a distinguir tanques medianos Panzer IV y cañones de asalto.
El comandante de mi segundo cañón autopropulsado, el teniente menor Levanov, sacó una bandera roja por la escotilla para indicar que estaba listo para abrir fuego. Yo avisé del mismo modo al comandante de batería, Shevchenko, que el pelotón estaba preparado.
Ya quedaba menos de un kilómetro entre nosotros y los tanques enemigos, pero la orden del comandante del regimiento para abrir fuego seguía sin llegar. El tanque Tiger tenía blindaje lateral y frontal de entre 80 y 120 milímetros de espesor, y su poderoso cañón podía perforar 70 milímetros de blindaje hasta una distancia de 1.500 metros; en cambio, incluso el pesado proyectil de nuestro obús de 122 milímetros solo podía perforar el blindaje del Tiger a unos 500 metros.
A través del periscopio y de las miras ya veíamos claramente cómo los Tigers avanzaban, oscilando ligeramente mientras merodeaban por el trigal, con las amenazantes bocas de sus cañones moviéndose de un lado a otro mientras buscaban blancos en nuestras posiciones. Después de ordenar al artillero que mantuviera en la mira a uno de los tanques, el que se había adelantado y avanzaba hacia nuestro vehículo, revisé rápidamente a los demás hombres de mi tripulación.
Valeriy Korolev parecía sereno y tenía la mano derecha sobre el disparador del cañón; Plaksin y Emelyan Ivanovich mantenían los ojos pegados a los tanques enemigos a través de sus ranuras de observación y se les notaba ansiosos; el conductor-mecánico, Vitya Oleinik, estaba agitado, y sus manos aferraban y soltaban sin propósito las palancas del embrague. En un momento tan tenso, aquello era natural. En cuanto a mí, sí, también estaba inquieto, aunque ya tenía experiencia combatiendo tanques alemanes; pero aquellos habían sido Panzer III ligeros y Panzer IV medianos, mientras que aquí, en Kursk, los alemanes traían Tigers, Panthers y Ferdinands con cañones muy pesados.
En este primer combate desigual contra tanques pesados enemigos en el saliente de Kursk, deseaba derrotar al enemigo a cualquier precio, pero también mantener con vida a los miembros de las tripulaciones. Ahora, sin embargo, como comandante, tenía que pensar en una sola cosa: asegurarme de que nadie nos fallara en combate.
—El diablo no es tan terrible como lo pintan —seguía diciendo para animar a mis hombres.
—Dejad que se acerquen más…
La distancia se iba reduciendo. Ya quedaban 900 metros hasta los tanques… 800… Los Tigers se acercaban a nuestra línea avanzada, desplegada 700 metros delante de la primera trinchera, pero aún no llegaba la orden de abrir fuego.
Los tanques avanzaban lentamente, como tortugas. Su táctica era comprensible: calculaban que nuestros nervios no resistirían, que alguien abriría fuego y que entonces podrían, fácilmente, desde una distancia segura, acabar en poco tiempo con nuestros tanques, cañones autopropulsados y artillería. Sin embargo, el comandante del regimiento, el mayor Samyko, estaba dando muestras de un gran dominio de sí mismo. Había adquirido excelentes habilidades de combate en la 1.ª División de Fusileros Proletarios de Moscú, luchando por Moscú como comandante de un batallón de artillería, de modo que comprendía bien las tácticas alemanas.
Ahora los tanques habían alcanzado la línea avanzada. Estalló una lucha feroz, acompañada de explosiones de granadas, fuego de fusiles y ametralladoras, y brillantes llamaradas sobre los tanques alemanes: nuestra infantería estaba trabada en combate mortal, usando granadas de mano y cócteles Molotov contra ellos. La desproporción era grande y, al fin, se ordenó a la infantería que se retirara.
De pronto escuchamos dos explosiones poderosas y dos de los tanques enemigos se detuvieron, aunque siguieron disparando desde el mismo lugar; probablemente habían pisado minas o habían quedado inmovilizados por granadas antitanque. Los sonidos de ráfagas de ametralladora y subfusil se hicieron cada vez más audibles: los soldados, replegándose por las trincheras de comunicación, seguían resistiendo al enemigo que los presionaba con fuerza.
Tenía los auriculares puestos para recibir, y entre el crepitar de la estática alcanzaba a oír fragmentos de comunicaciones de radio abiertas en alemán y en ruso; en este último caso, con maldiciones bastante audibles y elaboradas. Por fin oí la voz del comandante del regimiento:
—¡A los tanques! ¡Fuego!
Transmití la orden a mi artillero:
—¡Valeriy! ¡A los tanques! ¡Fuego!
Tres bengalas rojas se elevaron hacia el cielo para confirmar la orden y, antes de que la primera llegara a su punto más alto, Korolev, que llevaba esperando aquella señal como si fuera maná caído del cielo, apretó el disparador. ¡El disparo retumbó! ¡Los obuses de Levanov y del comandante de batería rugieron cerca de nosotros! El polvo y el humo se arremolinaron por la onda expansiva, ocultando el campo de batalla durante varios segundos, pero aun así distinguí un fogonazo en la torreta de un tanque enemigo. Luego, un segundo fogonazo: un impacto directo del proyectil disparado por Lesha Kuzin, el artillero de Levanov.
A la izquierda, un tanque alemán se adelantó notablemente a los demás.
—¡Valeriy! ¡Al segundo por la izquierda! ¡Fuego! —ordené al artillero.
El proyectil estalló en la parte superior de la torreta. Sin embargo, el tanque no solo siguió avanzando, sino que también continuó disparando su cañón principal y sus dos ametralladoras. Le di a Korolev un nuevo punto de mira:
—¡A las orugas! ¡Fuego!
El pesado proyectil destrozó una oruga. El tanque viró hacia la izquierda, dejando expuesto su costado derecho. Vasiliy Tsybin, el experimentado artillero de la tripulación de Gorshkov, que hasta entonces no había disparado, había estado esperando precisamente una oportunidad así; en un instante envió un proyectil contra el costado del tanque enemigo y lo incendió. Korolev también logró disparar, pero el tanque alemán ya había recibido el golpe mortal un segundo antes.
—¡Un proyectil desperdiciado! —maldijo Valeriy con tristeza.
Sin embargo, toda la tripulación se alegraba al ver el primer tanque enemigo ardiendo. Los tanques enemigos, tras perder dos máquinas, se detuvieron y comenzaron a maniobrar en el lugar, buscando posiciones adecuadas.
Si deseas saber más, lee Panzer Destroyer: Memoirs of a Red Army Tank Commander [Destructor de tanques: Memorias de un comandante de tanques del Ejército Rojo], de Vasiliy Krysov.
El episodio de Krysov no resume toda la batalla de Kursk; la reduce, por unos minutos, al interior de una máquina cerrada, al cálculo de una distancia y al silencio que precede a la orden de disparar. En los mapas, Zitadelle avanzaba con cuerpos de ejército, divisiones panzer y flechas convergentes. En el terreno, esa misma operación podía depender de hombres que esperaban sin moverse mientras el blindaje enemigo se acercaba metro a metro.
Para los alemanes, aquel amanecer debía devolverles la iniciativa. Para los soviéticos, debía demostrar que la defensa preparada podía absorber el golpe y devolverlo. El 5 de julio no resolvió por sí solo la batalla, pero dejó clara una diferencia decisiva: en Kursk, la Wehrmacht ya no avanzaba sobre un enemigo sorprendido, sino contra un frente que la estaba esperando.
Este noticiero alemán de la época muestra algunas escenas del campo de batalla de Kursk, como parte de la serie Die Deutsche Wochenschau.

Tripulantes alemanes examinan el impacto de un proyectil en el blindaje de un Tiger I durante la batalla de Kursk, en julio de 1943. La fotografía ayuda a visualizar la tensión central del testimonio: la dificultad soviética para detener tanques pesados a distancia.

Tanque soviético KV-1 abandonado en el sector de Bryansk, en la saliente de Kursk, julio de 1943. La imagen sitúa el ambiente material del frente blindado soviético en torno a Kursk.

Detalle del impacto de un proyectil en un Tiger I alemán.

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