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La bandera blanca sobre Westerplatte

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Fotografía tomada desde el acorazado alemán Schleswig-Holstein durante el bombardeo de Westerplatte. Sus disparos abrieron uno de los primeros capítulos de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

El 7 de septiembre de 1939, Westerplatte llegó al límite de lo humanamente posible. Desde la madrugada del día 1, la pequeña guarnición polaca había permanecido aislada bajo fuego naval, artillería terrestre, ataques de infantería, bombardeos aéreos e intentos alemanes de incendiar el terreno que aún protegía las posiciones defensivas. Lo que en los planes iniciales debía ser una resistencia breve —unas horas, quizá hasta la llegada de auxilio desde tierra o desde el mar— se había convertido en casi una semana de combate sin relevo, sin descanso y sin esperanza real de socorro.

 

Westerplatte no era una gran fortaleza. Era una franja de tierra en la entrada del puerto de Danzig, una posición militar pequeña, pero cargada de significado político. La presencia de soldados polacos allí recordaba los derechos de Polonia en una ciudad cada vez más hostil, cada vez más dominada por la presión alemana. En vísperas de la guerra, la guarnición había sido reforzada en secreto, se habían construido defensas, colocado alambradas, despejado sectores de tiro y preparado los puestos desde los cuales aquellos hombres resistirían durante siete días.

 

Aquel 7 de septiembre, el acorazado alemán Schleswig-Holstein volvió a abrir fuego alrededor de las 4:30 de la mañana. Las ametralladoras pesadas tableteaban; la infantería alemana se acercaba otra vez a los muros de la Składnica y los lanzallamas intentaban quebrar lo que aún quedaba de resistencia. Los polacos respondieron desde sus posiciones y obligaron a los atacantes a retroceder. Pero la situación general ya no podía cambiar: la guarnición estaba exhausta, los heridos se encontraban en estado cada vez más grave, el enemigo conservaba una superioridad aplastante y ninguna ayuda llegaría.

 

Entre los hombres que vivieron aquellas horas finales estaba el capitán Franciszek Dąbrowski, segundo comandante de la guarnición. Había participado en la preparación defensiva de Westerplatte y, durante el combate, su nombre quedó ligado a la voluntad de continuar resistiendo mientras aún quedaran armas, municiones y puestos capaces de responder. Sus memorias, publicadas en 1957, conservan una de las voces más importantes para reconstruir no sólo la batalla, sino también la tensión moral de su desenlace: el momento en que seguir combatiendo podía significar honor, pero también la destrucción inútil de los sobrevivientes:

Reina la calma. A pesar de ello y del gran cansancio, no cierro los ojos ni por un instante hasta el amanecer. Lo mismo le ocurre al teniente Grodecki.

Se acerca la cuarta hora de la madrugada del 7 de septiembre. Comienza el fuego de artillería y de morteros. Por su intensidad, supera todo lo que hemos vivido hasta ahora. Bajo el fuego se encuentra todo el terreno de Westerplatte, junto con todos los objetivos defensivos. Descarga tras descarga de proyectiles cae sobre nosotros desde el este y desde el oeste. Una verdadera avalancha de fuego y acero.

Los artilleros alemanes disparan cada vez con mayor precisión; las guardias quedan estrechamente enmarcadas por los proyectiles. Observo el terreno frente a nosotros. Por momentos pierdo completamente de vista las distintas guardias. El polvo y el humo que acompañan a los proyectiles que estallan me ocultan la visión.

Llega corriendo Rasiński con noticias escuchadas en la radio polaca: también se ha mencionado que “Westerplatte aún se defiende”… Dios mío, ¿se darán cuenta “ellos”, allá, de lo que nosotros estamos viviendo aquí ahora? Rasiński añade que ya tampoco la estación de radio Varsovia I está presente en el aire.

El fuego no cesa; al contrario, se vuelve cada vez más encarnizado. Se concentra principalmente sobre la Guardia II y los cuarteles. Al mismo tiempo, se pone en marcha el ataque alemán…

Pero la cañonada no disminuye ni por un instante. Los alemanes lanzan un fuego masivo de morteros sobre la Guardia II, que se encuentra un poco más atrás respecto de la “uno”.

Observo la “dos”. Por momentos es visible; por momentos queda cubierta por el humo. Por desgracia, no somos más que espectadores pasivos que pueden contemplarse unos a otros, pero no pueden ayudarse. De pronto, en lugar de la guardia, veo una enorme nube de humo y polvo, de tono rojizo.

Cuando esa nube se disipa, ya no alcanzo a ver la Guardia II. Se ha derrumbado como una casita de naipes tras recibir un impacto directo.

Sólo siguen disparando las ametralladoras de la “uno” y de las posiciones “Fort” y “Tor kolejowy”. Los alemanes han sido rechazados de nuevo. Durante el rechazo de los alemanes que avanzaban, el tirador CiwiI, de la Guardia I, resulta gravemente herido en la mandíbula. La dotación de la “dos”, gracias a la rápida orientación del comandante de la guardia, el cabo Bronisław Grudziński, logró bajar a tiempo al sótano defensivo. Con ello evitó la destrucción. Todo terminó con algunos contusionados.

El mayor irrumpe en la “seis”. Declara que, ante la brecha abierta en nuestro sistema defensivo —tras el derrumbe de la Guardia II— y ante la imposibilidad de evacuar a los heridos, así como por la situación general en los frentes del país, ha decidido capitular. Ordena, por teléfono y con ayuda de mensajeros, la reunión de la guarnición en los cuarteles.

 

Los soldados que se van reuniendo no comprenden la decisión del comandante, porque no se les habían transmitido las noticias recibidas por radio. Sin embargo, aunque sólo fuera la falta de la ayuda prometida antes de la guerra, eso ya indica la gravedad de nuestra situación. El mayor, frente a la guarnición reunida, agradece a los hombres el esfuerzo y la resistencia en el combate y explica los motivos de su dolorosa decisión, subrayando que quiere evitar más pérdidas y que, después de la guerra, seremos útiles a la Patria.

 

Llega el momento más trágico para el comandante: llegar a un acuerdo con los alemanes sobre la capitulación. El mayor decide ponerse personalmente al frente del grupo de parlamentarios y se dirige hacia el enemigo.

 

Después de algún tiempo llega la orden del mayor para que la guarnición salga de los cuarteles y avance por el camino junto a la ya inexistente “dos”, en dirección al Canal del Puerto. Se forma una columna. Oficiales y suboficiales se colocan al frente. Al final van los heridos leves y graves en camillas.

Me acerco a los heridos. Me despido, entre otros, del teniente Pająk, quien, al aire libre, ha recuperado la conciencia y parece cegado por el sol tras haber permanecido tanto tiempo en la penumbra del sótano de los cuarteles. Me sonríe. Está convencido de que ha llegado la ayuda prometida y de que hemos sido liberados por los nuestros. Me vuelvo para que no vea la expresión de mi rostro…

Partimos. Lanzo una última mirada a las ruinas de la “cinco” y la “dos”. ¿Volveremos aquí alguna vez?…

Por supuesto, no imaginaba entonces que, después de muchos años difíciles de cautiverio, en una Patria ya liberada, serviría en una unidad de la Marina de Guerra en Nowy Port, justo enfrente del lugar de nuestra trágica lucha de 1939; ni que, algún día, después de los años, mi hija Elżbieta declamaría el poema de Gałczyński sobre Westerplatte, sobre nuestra lucha…

Nos escoltan marineros del acorazado con los que acabábamos de combatir, y soldados del batallón de asalto de zapadores. Su actitud hacia nosotros es militarmente dura, pero expresa una admiración silenciosa. El comandante del acorazado Schleswig-Holstein y el general de división von Eberhardt, comandante de la brigada de la Wehrmacht en la zona de Gdańsk, llegaron incluso a decir:

 

Tapfer geschlagen —“habéis combatido con valentía”—, levantando al pronunciar esas palabras, con la despreocupación y altivez tan típicas de los oficiales y junkers prusianos, la mano hacia la visera de sus gorras. A Sucharski, como prueba de reconocimiento por la valiente defensa de Westerplatte, se le entregó un sable.

Durante el traslado en autobuses desde el puerto hacia Gdańsk, los puños amenazantes de los hitlerianos, entre los cuales no faltaban las manos crispadas de mujeres mayores, y las piedras lanzadas contra nosotros, atestiguaban también la existencia de otra actitud de los alemanes hacia nosotros.

La primera noche, todavía en poder de nuestros adversarios directos de los siete días de lucha, la pasamos en el Hotel Continental, frente a la estación principal de Gdańsk. Las ventanas de dos habitaciones ocupadas por nosotros, los oficiales, dan al patio. Al anochecer vemos cómo, en una ventana abierta frente a nosotros, aparece una de las camareras, llamando a una compañera con alegre exaltación:

Warschau ist deutsch!

—¡Varsovia es alemana!

Como se supo más tarde, se trataba de una avanzada blindada alemana que se había aproximado a Varsovia… Un cáliz de amargura y decepción se derramó…

Si deseas saber más, lee Wspomnienia z obrony Westerplatte [Recuerdos de la defensa de Westerplatte], del capitán Franciszek Dąbrowski. Esta es una obra polaca publicada en Gdańsk en 1957 y puede encontrarse ocasionalmente en librerías de segunda mano, en catálogos bibliotecarios o en plataformas polacas de libros antiguos.
 

La rendición no borró lo vivido durante esos siete días. Los recuerdos conservados de otros defensores, recogidos años después en entrevistas, emisiones de radio y publicaciones conmemorativas, coinciden en una misma imagen: puestos sin relevo, noches sin sueño, falta de agua, heridos difíciles de atender y una esperanza de auxilio que fue apagándose tras los bombardeos. Estos recuerdos funcionan como eco de una experiencia común, reflejo del desgaste humano que acompañó la defensa hasta su último día.

 

Westerplatte había resistido más de lo que muchos creían posible. Pero el precio de esa resistencia ya era visible en los cuerpos de los defensores. La decisión de izar la bandera blanca no puede separarse de ese contexto. La defensa se convirtió en un símbolo nacional, pero ese símbolo nació de cuerpos agotados, de hombres heridos, de discusiones dolorosas y de una decisión tomada cuando el combate ya no podía cambiar el destino de la campaña.

La capitulación abrió otro capítulo: el de la separación de oficiales, suboficiales y soldados, el traslado a Gdańsk, los interrogatorios y el cautiverio. El mismo 7 de septiembre, los oficiales fueron apartados del resto de la guarnición y enviados, bajo vigilancia, al Hotel Continental, frente a la estación de Gdańsk.

 

También comenzó otra batalla: la de la memoria. La relación entre Sucharski y Dąbrowski, las discusiones de los últimos días, la posible aparición de una bandera blanca tras el bombardeo del 2 de septiembre y el sentido de la capitulación han sido objeto de debate durante décadas. Un artículo de Przegląd Historyczno-Wojskowy está dedicado precisamente a la disputa sobre la bandera blanca en Westerplatte, lo que confirma que este punto debe abordarse con cuidado, sin convertir la incertidumbre historiográfica en una afirmación categórica.

 

La rendición de Westerplatte no fue el final de una simple posición militar. Fue el cierre de una experiencia humana llevada al límite: hombres cercados, heridos, sin descanso y sometidos durante casi siete días a una superioridad abrumadora. Para algunos, la misión formal se había cumplido mucho antes; para otros, mientras quedara una posibilidad física de resistir, Westerplatte debía seguir disparando. Esa tensión entre deber, honor, agotamiento y la responsabilidad por la vida de los sobrevivientes es precisamente lo que hace indispensable escuchar a los testigos antes de emitir cualquier juicio.

El capitán Franciszek Dąbrowski en una reunión con oficiales y suboficiales de la guarnici

El capitán Franciszek Dąbrowski en una reunión con oficiales y suboficiales de la guarnición de Westerplatte en 1939. Sus memorias son una de las fuentes centrales para reconstruir las últimas horas de la defensa.

Un guardia polaco frente a la entrada de la Składnica de Westerplatte en 1926..jpg

Un guardia polaco frente a la entrada de la Składnica de Westerplatte en 1926. La posición era pequeña en términos militares, pero enorme en significado político y simbólico.

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El general Friedrich Georg Eberhardt rinde honores al mayor Henryk Sucharski tras la capitulación de Westerplatte. La resistencia polaca sorprendió a los atacantes alemanes y convirtió la pequeña guarnición en símbolo nacional.

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