Cuatro vidas bajo la ocupación alemana de Manfredonia

Andrea Cesarano, arzobispo de Manfredonia. Durante la ocupación alemana de septiembre de 1943 intervino en varias ocasiones ante los mandos de ocupación. (Foto: Manfredonia Ricordi).
El 25 de septiembre de 1943, el sur de Italia seguía viviendo las consecuencias inmediatas del armisticio del 8 de septiembre. La alianza con Alemania se había quebrado y la Wehrmacht intentaba desarmar a las unidades italianas, ocupar puntos estratégicos y asegurar sus propias líneas mientras las fuerzas aliadas avanzaban desde el sur.
En Apulia, aquella ruptura ya había producido resistencia armada. En Barletta, la guarnición italiana se había negado a dejarse desarmar y había combatido contra los paracaidistas alemanes. Al día siguiente, fuerzas alemanas regresaron con vehículos blindados, artillería y apoyo aéreo, ocuparon la ciudad y ejercieron una violencia que alcanzó también a civiles. La transformación de antiguos aliados en fuerzas enfrentadas podía producirse con una rapidez difícil de asimilar para quienes quedaban atrapados entre ambas.
Manfredonia vivía una situación igualmente frágil. Mientras las tropas alemanas preparaban su retirada, depósitos y dependencias militares quedaban expuestos al saqueo, parte de las fuerzas de seguridad había desaparecido y el castillo seguía almacenando armas y municiones. En esas condiciones, infringir las órdenes impuestas por los mandos alemanes podía tener consecuencias graves e inmediatas. Andrea Cesarano, arzobispo de Manfredonia, intervino repetidamente ante las fuerzas de ocupación durante aquellos días.
La mañana del sábado 25, la ciudad estaba inquieta. Cesarano anotó saqueos en los almacenes abandonados y la llegada de gente de las localidades y campos vecinos para llevarse cuanto encontraba. En medio de aquel desorden, una urgencia distinta llegó hasta el palacio episcopal:
Hacia las 9:30 llegaron corriendo al palacio episcopal cuatro mujeres, gritando y llorando —dos por sus respectivos hijos, de unos veinte años, y dos por sus maridos—. Me dijeron, presas de viva emoción, que sus seres queridos estaban a punto de ser fusilados por los alemanes en el castillo e imploraban mi intervención. Al preguntarles por la razón de lo que afirmaban, tras un confuso intercambio de palabras, no entendí nada. O quisieron ocultarla o la ignoraban.
Me dirigí inmediatamente al castillo. En efecto, a unos cien metros había centinelas armados con subfusiles que impedían el paso. A mí no me pusieron impedimentos. Al llegar, vi a los cuatro desdichados acuclillados en el suelo, con tres soldados, uno a la derecha, otro a la izquierda y otro delante, apuntándoles con sus pistolas. El comandante estaba cerca. Al verme, los detenidos comenzaron a gritar entre lágrimas:
—Sálvenos, Excelencia, sálvenos.
También esta vez se trataba de otro comandante. Su aspecto frío y casi irritado no auguraba nada bueno. Balbuceaba algunas palabras en italiano y me recibió con cierta cortesía. Tras los saludos de rigor le expuse el motivo de mi visita. Se mostró contrariado y dijo que, según la ley de guerra, debían ser fusilados. En efecto, cuando aquella mañana llegaron a Manfredonia soldados alemanes procedentes de Siponto, los habían sorprendido con fusiles robados del depósito del castillo, después de haber forzado la puerta; al ver a los soldados emprendieron la fuga llevándose lo robado. Alcanzados, fueron arrestados.
Sin duda, el delito era grave. Comencé a suplicar, no por ellos, sino por sus hijos, esposas y madres desoladas. Escuchaba y no respondía. Volví sobre mi argumento de Constantinopla, de los generales y personalidades que había conocido allí y que siempre habían atendido mis ruegos, liberando incluso a condenados a muerte por espionaje, etcétera, etcétera. Me seguía con interés y volví a la carga, buscando cualquier argumento que pudiera hacerlo ceder: la civilización, la generosidad y la cultura del pueblo alemán y, sobre todo, que no dejara un recuerdo tan triste de los alemanes en Manfredonia.
Estalló diciendo:
—¡Italianos! ¡Todos traidores italianos! ¡Italianos, no buenos soldados! Miren —y señalaba a uno de los cuatro, que lloraba más que los demás e imploraba poder ver al menos una vez más a su esposa y a sus cinco hijos—, miren, ese no hombre, sino mujer; ¡así todos soldados italianos!
¿Qué responder? No era el momento de contradecirlo como correspondía. Una palabra imprudente o un gesto fuera de lugar habría significado el fin de aquellos desdichados. Callé y, poco después, volví a empezar.
En resumen, después de unos tres cuartos de hora, tras fruncir el ceño y reflexionar, hizo un gesto con la mano señalando a uno de los dos padres de familia, que se mostraba más tranquilo y que se había limitado a forzar la puerta del depósito de armas y había sido sorprendido sin fusiles.
—Solo ese —dijo.
Sin más, lo llamé; se acercó temblando y le dije:
—Dé las gracias al señor comandante.
Este casi lo ahuyentó con un gesto de la mano y, extendiendo el brazo, le indicó que se marchara. Al pobre hombre no hubo que decírselo dos veces y echó a correr como si lo persiguieran.
Los otros tres volvieron a lamentarse y a suplicar. Después de otro cuarto de hora de ruegos, dejó marchar a los dos jóvenes, que salieron corriendo sin volver la vista atrás.
Con el cuarto se mostró verdaderamente duro, repitiendo siempre el comandante las mismas palabras:
—No hombre, sino mujer.
Por mi parte: los hijos, la esposa, la miseria de la familia.
Al final, también le perdonó la vida, pero después de otra media hora, a la espera del podestà, a quien habían mandado llamar.
Si deseas saber más, consulta L’occupazione militare tedesca a Manfredonia, de Andrea Cesarano, edición a cargo de Antonio Tomaiuoli, Edizioni Sudest, 2011.
La jornada todavía no había terminado. Al llegar el representante municipal, el comandante alemán comunicó que haría volar el castillo a las 15:00 y exigió que hubiera un automóvil disponible para las 17:00. A las 13:00 se difundió el aviso en la ciudad.
A las 15:00 una fuerte explosión sacudió el castillo. Las torres y los bastiones resistieron, pero el edificio interior quedó convertido en ruinas. Cesarano anotó una sola víctima: un hombre de edad avanzada cayó por el desplazamiento de aire y murió pocas horas después.
En una ocupación, la arbitrariedad no consiste únicamente en la dureza de una orden, sino también en que su aplicación pueda depender de quién está delante, de si se le permite hablar y de cuánto margen concede quien posee la fuerza. Cesarano no tenía autoridad sobre los soldados alemanes. Sin embargo, tampoco llegaba al castillo como un desconocido: su investidura, su trayectoria y las relaciones que podía invocar le abrían una puerta que para otros permanecía cerrada.
Ese privilegio era pequeño, pero no insignificante. Los centinelas lo dejaron pasar; el comandante aceptó recibirlo; la conversación pudo prolongarse. Cesarano no podía exigir nada y sabía que una palabra equivocada podía terminarlo todo. Su margen consistía precisamente en eso: poder estar allí cuando otros no podían, y decidir qué hacer con esa posibilidad.
La guerra seguiría multiplicando situaciones en las que la protección de una persona dependería menos de una institución que de alguien dispuesto a emplear la autoridad, el prestigio o simplemente el acceso que todavía conservara. Nada garantizaba que funcionara una segunda vez. Nada convertía aquella intervención en derecho. Pero durante un momento existió un espacio entre la orden y su ejecución, y alguien consiguió mantenerlo abierto. Cuatro vidas en Manfredonia se decidieron a la distancia de una conversación.

Soldados italianos de la guarnición de Barletta se rinden ante paracaidistas alemanes, 12 de septiembre de 1943. La escena pertenece a la crisis de desarme y ocupación que siguió al armisticio en Apulia. (Foto: Wilhelm Beuschel / Bundesarchiv, Bild 101I-568-1537-21).

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