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La fuga de Syrets

Efim Vilkis, Leonid Ostrovsky y Vladimir Davydov fotografiados juntos tras sobrevivir a Babi Yar en 1943.

Efim Vilkis, Leonid Ostrovsky y Vladimir Davydov, de izquierda a derecha, fotografiados tras la recuperación soviética de Kiev en noviembre de 1943. Los tres habían sobrevivido a los trabajos forzados de destrucción de cadáveres y a la fuga de Babi Yar. Vilkis y Ostrovsky aparecen en el relato de Yakov Kaper. (Foto: Aleksei Ioselevich / Sibphotoservice / n.º 8718).

En septiembre de 1943, mientras el Ejército Rojo se aproximaba a Kiev, las autoridades alemanas continuaban una operación destinada a eliminar las pruebas de los asesinatos cometidos durante la ocupación. En el barranco de Babi Yar, al noroeste de la ciudad, centenares de prisioneros eran obligados a abrir fosas comunes y destruir los restos de las víctimas.


Babi Yar había sido escenario de una de las mayores matanzas del Holocausto. Allí, los días 29 y 30 de septiembre de 1941, unidades de las SS y de la policía alemana, con la colaboración de fuerzas auxiliares, asesinaron a 33.771 judíos de Kiev. Los asesinatos continuaron posteriormente, extendiéndose a prisioneros de guerra soviéticos y otros grupos de víctimas.


Durante el verano de 1943, la Sonderaktion 1005 se puso en marcha en Babi Yar. Aproximadamente 300 prisioneros, procedentes principalmente del cercano campo de Syrets, fueron encadenados y obligados a exhumar los cuerpos, levantar grandes piras y destruir los restos humanos. Trabajaban bajo vigilancia armada, en condiciones en las que cualquier intento de resistencia podía costarles la vida.


Hacia finales de septiembre, los trabajos se aproximaban a su conclusión. Entre los prisioneros se encontraba Yakov Kaper, quien había sobrevivido a las matanzas de Kiev y terminado en aquel destacamento de trabajo forzado. Durante la madrugada del 29 de septiembre se produjo una fuga colectiva. Kaper relató lo que vivió desde el momento en que abandonó su encierro y comenzó a correr por el barranco:

Cuando salí corriendo del refugio, no sabía hacia dónde ir; los disparos venían de todos lados. No veía por dónde corría, porque no iba por el camino, sino derecho hacia el fondo del barranco. Salté y rodé varias veces antes de caer. “Como un deportista”, pensé. No sentí golpes ni dolor; todo estaba bien. Me levanté y seguí corriendo sin mirar atrás.


Vi a varios de nuestros muchachos muy adelante, en el camino. No sé de dónde saqué la energía. Corrí tan rápido como pude y finalmente alcancé a Budnik, Ostrovsky, Vilkes, Berlyand, Kotlyar y otros.


Cuando los alcancé, acordamos separarnos porque nuestro grupo era demasiado grande. Nos dividimos en dos grupos. El mío tomó hacia la derecha. Muy pronto llegamos a una fábrica de ladrillos. Antes de la guerra había estado en funcionamiento, pero cuando nuestras tropas evacuaron Kiev, la fábrica fue volada. Parte de la maquinaria había quedado intacta y los alemanes habían puesto guardias locales para proteger lo que quedaba.


No lejos de la fábrica vimos un camión con alemanes y nos echamos al suelo para escondernos. Los alemanes pasaron de largo. En ese momento salió de la fábrica un hombre que llevaba un tablón largo sobre los hombros. Tampoco nos vio.


Budnik se incorporó un poco y gritó:


—¡Camarada!


El hombre nos vio, oyó la palabra “camarada”, se asustó, tiró el tablón al suelo y salió corriendo. Empezamos a reprender a Budnik por su descuido. Unos cinco minutos después se nos acercó una mujer y preguntó:


—¿Quiénes son ustedes?


Dijimos que éramos partisanos y que necesitábamos escondernos. La mujer respondió:


—Ahora haremos todo.


Dio unos pasos y la vimos pasar por una abertura de la cerca hacia el interior de la fábrica de ladrillos.


Enseguida vimos a un hombre con uniforme de policía que corría hacia nosotros. Vilkes sacó un cuchillo del bolsillo —no sé de dónde lo había conseguido— y dijo:


—Ahora le corto el cuello.


Pero el policía dijo:


—Camaradas, no se fijen en mi uniforme. Soy coronel soviético.


Empezó a besarnos. Nos contó que había sido capturado y luego destinado como guardia a aquella fábrica. Le habían dado ese uniforme. Cuando entramos, abrió la tapa de hierro de una alcantarilla y nos dijo que bajáramos. Nos detuvimos y descendimos.


Dijo que volvería en una hora y cerró la tapa. Nos encontramos en la oscuridad y tratamos de seguir avanzando.


Cuanto más caminábamos, más profunda se hacía el agua. Estábamos en las tuberías de drenaje de la fábrica. Avanzamos mucho, pero por todas partes había agua y oscuridad. No sabíamos hacia dónde íbamos y era imposible mantenernos erguidos. Pensamos que nos había tendido una trampa. Intentamos regresar, pero nos perdimos en los túneles.


Encontramos un lugar un poco más seco y nos detuvimos. Empezamos a discutir nuestra situación. Pasamos allí unas dos horas. Supusimos que, si aquel hombre hubiera querido traicionarnos, los alemanes ya habrían llegado.


Nos había prometido volver en una hora. No entendíamos por qué estaba perdiendo un tiempo tan precioso. Todos estábamos agotados. No habíamos dormido la noche anterior y la fuga nos había consumido tanta energía que apenas podíamos mantenernos de pie. Nos sentamos a descansar un poco y, como si obedeciéramos una orden, nos quedamos dormidos. No sé cuánto tiempo dormimos, pero debió de ser mucho. Nadie nos despertó. No oímos ninguna orden. Por primera vez en mucho tiempo, dormimos profundamente.


Ostrovsky se despertó antes que todos y empezó a sacudirnos. Le pareció que alguien venía. Al principio no le creímos y le dijimos que lo había soñado. Luego Budnik también oyó algo. Vilkes dijo que podía ser ruido de ratas o de alguna otra cosa. Empezamos a escuchar con atención y entonces vimos, a lo lejos, la luz de una linterna. Oímos que alguien decía “camaradas” y vimos una luz brillante. Solo respondimos cuando reconocimos a nuestro policía.


Se acercó y nos contó que los alemanes habían estado disparando durante todo el día. Nos estaban buscando por los terrenos de la fábrica. Ya habían fusilado a muchas personas y se habían llevado los cadáveres. Él no entendía para qué querían aquellos cuerpos, pero nosotros lo comprendimos de inmediato: se los habían llevado en lugar de llevarnos a nosotros.


Se disculpó por haber tardado tanto. Traía papas cocidas, pepinillos y un paquete de tabaco. Comimos todo y fumamos. Hacía mucho tiempo que habíamos olvidado esos lujos.


Comenzó a contarnos su historia. Se llamaba Misha y vivía con su esposa y sus dos hijos dentro del mismo recinto de la fábrica. El frente estaba cerca, justo al otro lado del Dniéper. Nuestras tropas llegarían pronto. Luego sugirió que fuéramos con él, porque conocía un lugar seco donde podríamos esperar y escondernos el tiempo que fuera necesario.


Entonces nos levantamos y lo seguimos. Nos llevó al lugar y prometió volver por la mañana con un saco de heno y algo de comer. Se quejó de que no tenían nada para comer, salvo papas, y de que no tenían dinero para comprar otra cosa.


Al decir eso, recordé que la noche anterior había encontrado monedas de oro en el barranco y las había metido en mi bolsillo. Metí la mano y sentí que todavía estaban allí. Saqué dos monedas y se las di. Encendió la linterna, las miró y me dio las gracias. Le pedimos que nos ayudara en todo lo posible y que no le contara a nadie sobre nosotros.


Miró su reloj. Ya era tarde, las once de la noche. Se despidió y se fue.


Como habíamos huido de noche, llevábamos escondidos desde el amanecer y ahora volvía a ser de noche, eso significaba que habíamos dormido casi todo el día.


Aquel día era el 29 de septiembre.


Recordé que dos años antes, el 29 de septiembre de 1941, los alemanes nos habían llevado a Babi Yar para fusilarnos, y que yo había saltado del camión y sobrevivido. ¡Cuántos tormentos había sufrido desde entonces! Si fuera escritor, podría escribir un libro sobre ellos.


Cuando Misha se marchó, los muchachos comenzaron a preguntarme cómo me había atrevido a sacar las monedas y dárselas. Así podría deducir quiénes éramos. Les dije que seguramente ya lo había adivinado, pues había percibido nuestro olor y preguntado qué clase de olor era aquel. Cuando llegamos al nuevo escondite, volvió a mencionar que olía terriblemente mal. Aunque lo hubiera adivinado, con aquel dinero podría ayudarnos en todo lo posible y no nos traicionaría hasta que llegaran nuestras tropas.

Si deseas saber más, visita Web Genocide Documentation Centre, donde se reproduce el capítulo “The Escape Part 1” de Thorny Road [El camino espinoso], de Yakov Kaper.

En el escondite, Kaper y sus compañeros continuaban sin saber qué había sido de los demás. La fuga había dispersado a hombres que hasta entonces habían compartido el mismo encierro, y cada uno debía encontrar la manera de permanecer con vida.


Vladislav Frantsevich Kuklia, otro de los prisioneros del destacamento, también consiguió escapar. En su declaración describió las circunstancias que habían precedido a aquella madrugada y su participación en la salida del recinto::

Durante los trabajos de incineración de cadáveres encontré entre los cuerpos una llave que, por suerte, servía para el candado del refugio semisubterráneo. Todo aquello lo hice yo mismo, manteniéndolo en el más estricto secreto, y literalmente solo unas pocas personas, las de mayor confianza, llegaron a saberlo. No era fácil escapar, porque el refugio en el que nos encontrábamos estaba fuertemente vigilado.


Y, sin embargo, durante la noche del 29 de septiembre de 1943 conseguimos escapar. Aquella noche no dormí y, con distintos pretextos, fingiendo estar enfermo, permanecí sentado junto a la puerta de hierro enrejada y traté de encontrar la manera de abrir el candado, aunque el centinela alemán vigilaba atentamente la puerta del refugio, iluminándola a cada momento con una linterna. Aun así, conseguí abrirlo. Serían aproximadamente las dos de la madrugada.


Después de abrir el candado, se enteraron también otros compañeros; éramos 36 los que nos habíamos propuesto escapar. Comenzamos a quitarnos los grilletes y, hacia las cuatro, abrimos de par en par las puertas y echamos a correr. Pero muy pocos consiguieron salvarse, solo unas cuantas personas; la mayoría murió bajo el fuego de las ametralladoras y los subfusiles de la guardia alemana.

Si deseas saber más, consulta la colección documental Babyn Yar. Liudyna, vlada, istoriia [Babi Yar. El ser humano, el poder y la historia], que reproduce la declaración de Vladislav Kuklia del 4 de febrero de 1944.


Los hombres destinados a borrar las pruebas de Babi Yar habían vivido sometidos a un sistema en el que cualquier confidencia podía convertirse en una denuncia. La posibilidad de ayudarse exigía confiar en los demás, pero esa misma confianza podía conducirlos a la muerte. La preparación de una fuga, en aquellas condiciones, no dependía únicamente de encontrar una oportunidad: también había que saber a quién comunicarla y quién debía permanecer al margen.


Fuera del barranco, la incertidumbre adquirió otra forma. Kaper y sus compañeros no podían exigir garantías a quienes encontraban. La ocupación había vuelto equívocos incluso los gestos más elementales: un uniforme podía ocultar a alguien dispuesto a ayudarlos, una promesa podía significar protección o una trampa, y el dinero necesario para sobrevivir podía convertirse en una prueba contra ellos.


La operación alemana de encubrimiento descansaba sobre una contradicción fundamental. Para eliminar las pruebas materiales de los asesinatos necesitaba recurrir a hombres que conocían lo ocurrido precisamente porque habían sido obligados a participar en aquella tarea. La destrucción de los cuerpos no bastaba mientras existieran personas capaces de describir lo que habían visto. La eliminación de esos últimos testigos formaba parte de la misma lógica criminal.


La guerra continuaría dejando tras de sí lugares donde los ocupantes habían intentado borrar sus crímenes, y donde la posibilidad de conocerlos dependería de quienes consiguieran sobrevivir para contarlos. En Babi Yar, esa posibilidad estuvo ligada a algo extraordinariamente pequeño: entre los restos de los asesinados apareció una llave que ya no podía devolver a sus dueños a casa, pero todavía podía abrir una puerta.

Vista aérea en blanco y negro del barranco de Babi Yar y sus alrededores.
Vista aérea en blanco y negro del barranco de Babi Yar y sus alrededores.

Vista aérea del barranco de Babi Yar y sus alrededores, tomada por la Luftwaffe el 26 de septiembre de 1943, durante las operaciones alemanas destinadas a destruir las pruebas de los asesinatos cometidos en aquel lugar. (Foto: Luftwaffe, fotógrafo no identificado / National Archives and Records Administration / vía United States Holocaust Memorial Museum / LCID 23809).

Efim Vilkis, superviviente del destacamento de prisioneros obligado a destruir las pruebas de los asesinatos de Babi Yar, habla ante la cámara y señala el sector del barranco donde se realizaron los trabajos de exhumación e incineración. La grabación sonora corresponde a febrero de 1944 o poco después. (Vídeo: operador de cámara no identificado / RGAKFD / vía Research in Film and History y Visual History of the Holocaust / RGAKFD 9119, VHH-I-0009319, rollo 1, tomas 17–18).

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