La amenaza vuelve sobre los judíos

Adolf Hitler durante el acto celebrado en el Sportpalast de Berlín el 30 de enero de 1942. A su derecha aparecen el mariscal de campo Wilhelm Keitel, jefe del Alto Mando de la Wehrmacht, y el general de aviación Erhard Milch. (Foto: Heinrich Hoffmann / ullstein bild / vía Getty Images / ID 548867027).
El 30 de enero ocupaba un lugar particular en el calendario político del Tercer Reich. Ese día de 1933, Adolf Hitler había sido nombrado canciller de Alemania; nueve años después, el régimen volvía a conmemorar su llegada al poder. Pero el aniversario de 1942 encontraba al país en una guerra muy distinta de la que había comenzado en Polonia.
En el Este, la ofensiva alemana se había detenido ante Moscú y la contraofensiva soviética había obligado a la Wehrmacht a retroceder en varios sectores. Desde diciembre, Alemania estaba también en guerra con Estados Unidos, ampliando todavía más un conflicto que ya se extendía desde el Atlántico hasta el interior de la Unión Soviética.
Al mismo tiempo, la persecución de los judíos europeos había entrado en una fase de asesinato masivo. Las matanzas en los territorios soviéticos ocupados llevaban meses en marcha y Chełmno ya operaba como centro de exterminio. Apenas diez días antes, la Conferencia de Wannsee había reunido a funcionarios del Estado y del Partido Nazi para coordinar la aplicación europea de la llamada “Solución Final”.
Ese 30 de enero, el Sportpalast reunió a trabajadores de las fábricas de armamento de Berlín, enfermeras de hospitales militares y soldados heridos o convalecientes. Hitler recorrió la historia del movimiento nazi y cargó contra Churchill, Roosevelt y los enemigos a los que atribuía la guerra antes de volver a uno de los elementos más persistentes de su propaganda.
En el Sportpalast, Hitler volvió entonces a una fórmula que había pronunciado públicamente tres años antes. La había presentado como una “profecía” y había regresado a ella posteriormente en su propaganda. Ante aquella audiencia de trabajadores, enfermeras y soldados, volvió a formular la amenaza:
Somos plenamente conscientes de que esta guerra puede terminar o bien con el exterminio del pueblo ario, o bien con la desaparición de los judíos de Europa. Ya lo dije ante el Reichstag alemán el 1 de septiembre de 1939. Deseo evitar hacer profecías precipitadas, pero esta guerra no terminará como imaginan los judíos, es decir, con el exterminio del pueblo ario europeo; por el contrario, el resultado de esta guerra será la aniquilación de los judíos. Por primera vez se aplicará la vieja regla, genuinamente judía, de “ojo por ojo, diente por diente”.
Y cuanto más se extienda la lucha, más se extenderá también el antisemitismo —que esto les quede dicho a los judíos del mundo—. El antisemitismo se alimentará en cada campo de prisioneros de guerra, en cada familia a la que se le explique por qué, al final, tiene que hacer este sacrificio. Y llegará la hora en que se habrá acabado, al menos durante el próximo milenio, con el enemigo más maligno que el mundo haya conocido.
Lamento profundamente que todos mis intentos por llegar a un entendimiento con los ingleses hayan resultado inútiles, sin importar lo que hiciera, cuántas veces les tendiera la mano o qué les ofreciera.
Si deseas saber más, lee Hitler: Speeches and Proclamations, 1932–1945: The Chronicle of a Dictatorship, Vol. IV [Hitler: discursos y proclamaciones, 1932–1945: la crónica de una dictadura, vol. IV], de Max Domarus. Hitler fechó erróneamente aquella declaración anterior en el 1 de septiembre de 1939; la había pronunciado ante el Reichstag el 30 de enero de 1939.
El discurso continuó después con Italia, Japón y la guerra contra sus adversarios. La amenaza quedó así inserta en una intervención mucho más amplia en la que Hitler presentaba la expansión del conflicto como resultado de la acción de los enemigos a los que culpaba de la guerra.
Tres años separaban aquella primera declaración de 1939 de su repetición en el Sportpalast. Para Albert Speer había, además, una continuidad personal entre ambas fechas: había estado presente en la sesión del Reichstag de 1939. Mucho después, en una declaración jurada firmada en 1977, Speer recordó aquella amenaza y la manera en que Hitler había vuelto sobre ella:
El odio a los judíos era el motor y el punto central de Hitler, quizá incluso el elemento mismo que lo impulsaba. El pueblo alemán, la grandeza alemana, el Reich: en último término, nada de eso significaba nada para él. Por esa razón quiso, en la frase final de su testamento, mantenernos a los alemanes, incluso después del derrumbe apocalíptico, aferrados a un miserable odio hacia los judíos.
Yo estuve presente en la sesión del Reichstag del 30 de enero de 1939, cuando Hitler nos aseguró que, en caso de guerra, no serían los alemanes sino los judíos quienes serían aniquilados. Esa sentencia fue pronunciada con tal certeza que no me habría sentido autorizado a poner en duda su intención de llevarla a cabo.
Repitió este anuncio de sus intenciones el 30 de enero de 1942, en un discurso que también conozco: la guerra no terminaría, como imaginaban los judíos, con la extinción de los pueblos arios europeos, sino que daría como resultado la aniquilación de los judíos. Aquella repetición de sus palabras del 30 de enero de 1939 no fue un caso aislado. A menudo recordaba a su séquito la importancia de esa sentencia.
Si deseas saber más, visita Jewish Virtual Library, sección “The Nuremberg Trials: Testimony of Albert Speer”, que reproduce la declaración jurada firmada por Speer en Múnich el 15 de junio de 1977.
Cuando Hitler volvió a aquella formulación, no regresaba al mismo momento histórico en que la había pronunciado. En enero de 1939, la guerra europea todavía no había comenzado. Tres años después, el continente llevaba más de dos años de conflicto y la persecución de los judíos había alcanzado una violencia que daba a aquellas palabras un peso diferente. La amenaza era reconocible; el mundo en el que volvía a pronunciarse ya no lo era.
La importancia de aquella repetición no reside solamente en esa distancia temporal. Hitler volvió a incorporar la amenaza a su explicación pública de la guerra, vinculándola otra vez con los enemigos a los que atribuía el conflicto. Según recordaría Speer décadas después, tampoco había quedado confinada a aquellas dos fechas: Hitler regresaba a esa sentencia ante quienes lo rodeaban.
Había transcurrido tiempo suficiente para que muchas cosas cambiaran, pero no para que aquella formulación desapareciera del lenguaje de Hitler. El 30 de enero de 1942, lo más sombrío no fue que formulara una amenaza nueva. Fue que todavía podía recurrir a una amenaza del pasado.
Grabación completa del discurso de Adolf Hitler en el Sportpalast de Berlín, el 30 de enero de 1942. La reproducción comienza en el pasaje relacionado con la amenaza contra los judíos reproducida en este artículo, aunque permite acceder al discurso completo. (Video: vía YouTube)

Adolf Hitler durante un discurso en Berlín en 1942. (Foto: Wagner / Bundesarchiv / vía Wikimedia Commons / Bild 101I-811-1881-33)
Hitler: Speeches and Proclamations, 1932–1945: The Chronicle of a Dictatorship, Vol. IV
Recopilación documental de discursos y proclamas de Adolf Hitler entre 1941 y 1945, acompañadas por la cronología y el comentario histórico de Max Domarus.
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