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El mando del 6.º Ejército cae en Stalingrado

Friedrich Paulus camina por la nieve en primer plano, seguido por Arthur Schmidt y Wilhelm Adam.

Friedrich Paulus, acompañado por el teniente general Arthur Schmidt y el coronel Wilhelm Adam, llega al cuartel general del 64.º Ejército soviético en Beketovka después de ser hecho prisionero en Stalingrado, 31 de enero de 1943. (Foto: crédito histórico Lipskerow / Bundesarchiv / vía Wikimedia Commons / Bild 183-F0316-0204-005).

En Stalingrado, el 31 de enero de 1943 era la culminación de una crisis que había cambiado de naturaleza varias veces. Lo que había comenzado meses antes como una ofensiva alemana hacia el Volga terminó convertido en una batalla de desgaste dentro de una ciudad arrasada, donde el 6.º Ejército había combatido calle por calle sin conseguir expulsar por completo a las fuerzas soviéticas de la ribera.


En noviembre, la ofensiva soviética contra los flancos del dispositivo del Eje cerró el cerco alrededor del 6.º Ejército y de otras formaciones atrapadas en la región de Stalingrado. Hitler ordenó mantener la posición. La Luftwaffe debía sostener por aire a una fuerza que necesitaba mucho más de lo que podía recibir, mientras un intento de socorro desde el exterior terminó sin romper el cerco. A partir de entonces, la cuestión dejó de ser si el ejército podía todavía conquistar Stalingrado y pasó a ser cuánto tiempo podía seguir existiendo dentro de ella.


En enero, la Operación Anillo fue comprimiendo progresivamente el espacio disponible. Los aeródromos se perdieron, las formaciones se fragmentaron y, hacia finales de mes, el cerco había quedado partido en dos grandes bolsas. Paulus y su cuartel general permanecían en la meridional, instalados en los sótanos del Univermag, en el centro de Stalingrado. A primera hora del 31 de enero, desde el puesto de mando alemán todavía salieron sus últimos radiomensajes; poco después, las transmisiones cesaron.


La batalla, sin embargo, todavía no había terminado por completo. En el norte, otra agrupación alemana seguía resistiendo. Pero el 31 de enero tenía un significado propio: era el día en que el mando de Paulus, centro de autoridad del ejército cercado, dejaba de funcionar como una estructura capaz de dirigir la lucha.


Mientras Berlín había convertido Stalingrado en una ceremonia de sacrificio y obediencia, dentro del Univermag la guerra había llegado a otro punto. Wilhelm Adam, ayudante de Paulus, estaba allí aquella mañana y relató lo que ocurrió:

El día amaneció pálido, casi imperceptible. Paulus seguía dormido. Tardé bastante en librarme de mis pensamientos atormentadores y de mis sueños confusos. Después podría haber vuelto a dormir, pero no habría sido por mucho tiempo. Ya estaba a punto de levantarme sin hacer ruido cuando alguien llamó a la puerta.


Paulus se despertó y se levantó. Entró el jefe de Estado Mayor. Le entregó un papel al comandante en jefe con estas palabras:


—Lo felicito por su ascenso a mariscal de campo. El radiomensaje fue el último que llegó a primera hora de la mañana.


—Eso no es más que una orden para que me suicide, pero no les concederé ese favor —dijo Paulus después de leer el mensaje.


Schmidt continuó:


—Al mismo tiempo debo decirle que los rusos están afuera.


Con estas palabras dio un paso atrás y abrió la puerta. Un general ruso entró con un intérprete y nos declaró prisioneros. Puse nuestras pistolas sobre la mesa.


—Prepárense para salir. Los sacaré de aquí a las 09:00. Irán en su propio vehículo —dijo el intérprete, traduciendo al general soviético.


Después ambos volvieron a salir de la habitación.


Por fortuna, todavía conservaba mi sello oficial. Cumplí mi último deber oficial: anoté en la cartilla de haberes de Paulus su ascenso a mariscal de campo y estampé el sello oficial, que después arrojé a la estufa encendida.

Si deseas saber más, lee With Paulus at Stalingrad [Con Paulus en Stalingrado], de Wilhelm Adam y Otto Rühle.

El relato de Adam termina dentro de una habitación del sótano. En los accesos al Univermag y las calles inmediatas, el cambio de situación todavía debía abrirse paso entre fuerzas que apenas minutos antes seguían combatiendo a escasa distancia.


El general Mutin formaba parte de la delegación soviética enviada hacia el cuartel general del 6.º Ejército. Describió su aproximación al edificio y lo que ocurrió después:

Caminamos hacia el edificio de los grandes almacenes donde se encontraba el cuartel general del 6.º Ejército alemán. Al acercarnos, vimos que por todas las ventanas y puertas, en cada piso, incluidos los sótanos, asomaban las bocas de piezas de artillería y fusiles, apuntando hacia el otro lado de la calle que pasaba frente a los grandes almacenes, donde los soldados de nuestra 38.ª Brigada permanecían tendidos en el suelo con sus armas apuntando al enemigo.


Todo aquel armamento enemigo había estado disparando apenas quince minutos antes de nuestra llegada y ahora permanecía apuntando, listo para abrir fuego de nuevo en cualquier momento. En el resto de la ciudad, a apenas quinientos o seiscientos metros de los grandes almacenes, los alemanes continuaban disparando con todo tipo de armas. El estruendo de los cañones era incesante.


…


Presentamos el ultimátum impreso firmado por los generales Voronov y Rokossovsky y pedimos que se entregaran todas las armas personales. Nuestra exigencia fue cumplida de inmediato, sin resistencia. Todos los que estaban en la habitación entregaron sus armas de fuego y se quitaron las dagas de los cinturones. Así comenzó el desarme de las fuerzas alemanas de toda la agrupación meridional de Stalingrado.


En respuesta a la exigencia de nuestra delegación de que nos llevaran inmediatamente ante el mariscal de campo von Paulus, el teniente general Schmidt dijo que von Paulus se encontraba en una habitación separada, que no se encontraba bien y que ya no estaba al mando del ejército, pues este había quedado dividido en grupos de combate independientes. Von Paulus era ahora un “ciudadano particular” y él, el jefe de Estado Mayor, teniente general Schmidt, se encargaría de las negociaciones.


Insistimos en que el teniente general Schmidt informara al mariscal de campo von Paulus de la llegada de nuestra delegación para negociar y en que el propio von Paulus nos recibiera y firmara la orden de capitulación de las fuerzas alemanas. El teniente general Schmidt atendió inmediatamente nuestra exigencia e informó de todo a von Paulus.


Von Paulus confirmó, por medio del general Schmidt, que ya no estaba al mando del ejército, que era un ciudadano particular y que, por tanto, no firmaría la orden de capitulación. Se negó a recibir a nuestra delegación, pero pidió que, como mariscal de campo, fuera hecho prisionero personalmente y escoltado por uno de nuestros generales.


Para que las negociaciones pudieran continuar, nuestra delegación indicó entonces al general Schmidt que emitiera una orden para el cese inmediato de la resistencia y la capitulación completa de la agrupación alemana. La Plaza de los Combatientes Caídos fue designada como el lugar donde debían entregarse las armas y el equipo y donde serían recibidos los prisioneros.


Todas aquellas condiciones preliminares de capitulación fueron aceptadas por el mando alemán, pero con las siguientes condiciones. Primero, la delegación no debía interrogar de ningún modo al mariscal de campo von Paulus, puesto que solo proporcionaría información sobre disposiciones militares al coronel general Rokossovsky; segundo, debía garantizarse la seguridad de von Paulus para evitar que fuera atacado o muerto durante el trayecto o al abandonar el edificio; tercero, aunque von Paulus era un “ciudadano particular”, sus soldados no debían ser desarmados hasta que él hubiera salido del edificio y, una vez fuera, no debía hacérsele responsable de las acciones de sus subordinados. El general Schmidt transmitió esta última petición en tono emocionado y añadió que “al mariscal de campo se le rompería el corazón si veía desarmar a sus soldados”.


El general Laskin llegó hacia las 08:40 y asumió el mando de nuestra delegación. Fuimos entonces a la habitación del mariscal de campo von Paulus, donde lo encontramos vestido con un capote desabrochado y caminando de un lado a otro. Una cómoda dividía la habitación. Junto a una ventana del sótano que daba al patio de los grandes almacenes había un escritorio y, detrás de la cómoda, en la parte oscura de la habitación, una cama.


Al vernos, el mariscal de campo von Paulus se detuvo en seco, pero no dijo nada. El general Laskin dio su nombre y rango, declaró prisionero a von Paulus y le ordenó entregar sus armas personales. El mariscal de campo von Paulus dio entonces su propio nombre y rango y declaró que se rendía a las fuerzas soviéticas, que no llevaba consigo armas personales, que su ayudante de campo tenía su pistola y que acababa de ser nombrado mariscal de campo el 30 de enero y todavía no había recibido su nuevo uniforme, razón por la cual vestía el uniforme de coronel general. Añadió que el nuevo uniforme ya no le sería de mucha utilidad.


El general Laskin pidió entonces al mariscal de campo que presentara su credencial de comandante de ejército. En respuesta, von Paulus sacó del bolsillo de su guerrera una cartilla militar y se la entregó al general Laskin, afirmando que era lo único que tenía y que no poseía ningún otro documento que acreditara su identidad como comandante de ejército. El general Laskin, después de comprobar la cartilla por medio del intérprete Stepanov, se la devolvió.


El general Laskin y yo discutimos brevemente la situación y decidimos registrar al mariscal de campo von Paulus. Yo mismo realicé el registro. Revisé cuidadosamente toda su ropa y sus bolsillos. Era necesario hacerlo porque algunos generales alemanes se habían suicidado antes que dejarse capturar. Por eso debíamos tomar todas las precauciones para impedir que von Paulus hiciera lo mismo.


Aunque parecía algo molesto por el registro, no ofreció resistencia ni objeción alguna. Cuando el general Laskin le preguntó si estaba enfermo, respondió que se encontraba bien, aunque afectado por la mala alimentación y por la prolongada y angustiosa experiencia de la ignominiosa capitulación de su ejército.


Entonces sacó del bolsillo del pantalón unos pequeños cubos de pan horneado, como los que nosotros solíamos preparar con aceite. Nos los mostró y dijo:


—Ciento cincuenta gramos al día. Eso es todo lo que he tenido para comer desde hace muchos días. He estado compartiendo mis raciones de hambre con mis soldados, que solo reciben cincuenta gramos al día.

Si deseas saber más, lee Voices from Stalingrad [Voces de Stalingrado], de Jonathan Bastable.

El Univermag concentraba al mando del 6.º Ejército. Fuera de aquel edificio, la misma mañana seguía teniendo otra escala.


Afzal Khairutdinov tenía dieciocho años y combatía con la 173.ª División de Fusileros. Los hombres que quedaban de su batallón recibieron una nueva misión. Khairutdinov relató lo que ocurrió cuando avanzaron hacia uno de los edificios:

Aquella mañana la helada era intensa: hacía 35 o 40 grados bajo cero. Los restos de nuestro batallón fueron reunidos y divididos en dos unidades, una de las cuales quedó bajo mi mando. Quedaban muy pocos oficiales. El comandante de nuestro pelotón ya había sido herido.


El teniente al mando de nuestra compañía nos ordenó bloquear un edificio situado a unos 150 metros de nuestra posición y desalojar a los alemanes que había dentro. El edificio estaba en ruinas y las ventanas estaban vacías, como órbitas. Avanzamos. Íbamos en fila india, uno detrás de otro.


Empezamos a ver paquetes sobre la nieve, suministros que habían sido lanzados durante la noche sobre las posiciones alemanas. Recogimos uno: eran hogazas de pan congeladas. Reunimos varios de aquellos paquetes.


Podíamos ver las cabezas de algunos alemanes que asomaban y desaparecían por las ventanas vacías. No disparaban. Nosotros avanzábamos erguidos a plena luz del día, así que supongo que tampoco esperábamos que dispararan. Después de todo, su situación era desesperada.


Nos aproximamos a un pequeño entrante en la fachada del edificio, donde antes debía de haber estado la puerta principal. La sombra de un soldado pasó frente a él. Grité:


—¡Kamerad, komm!


Después de varios gritos apareció el rostro sucio y con barba de varios días de un soldado que avanzaba arrastrándose. Volvimos a llamarlo para que saliera. Tras vacilar un poco, se puso de pie. Les dije a los muchachos que no le apuntaran con sus armas. Le tendí una de las hogazas que habíamos recogido. Cobró confianza, se acercó, tomó el pan y enseguida comenzó a roerlo.


Entonces salió un segundo soldado. Les preguntamos:


—¿Hay muchos de ustedes ahí abajo?


—Oh, muchos, muchos —respondieron.


Eso nos sorprendió. Les dimos todo el pan que habíamos recogido y les dijimos que regresaran al sótano y salieran con todos los demás. Después esperamos.


Al cabo de unos cinco minutos, aquellos mismos dos regresaron con otros tres o cuatro. Les preguntamos:


—¿Son todos?


Respondieron que había más, pero que tenían miedo de salir, especialmente los oficiales. Así que enviamos de nuevo al grupo y les dijimos que todos tenían que salir.


Pasó bastante tiempo. Nos preparamos para lo peor. Podíamos oír disparos sordos procedentes del sótano. Algo estaba ocurriendo allí abajo. Entonces escuchamos voces que se acercaban. Primero aparecieron nuestros nuevos conocidos y detrás de ellos salieron muchos más.


Vimos que llevaban a un oficial herido: estaba atado y tendido sobre una camilla. Preguntamos por qué lo habían atado. Resultó que se había despertado y había visto a sus soldados preparándose para rendirse; había sacado su pistola y los había amenazado. Alguien le había disparado en una pierna. Entonces lo ataron entre todos.


Todos tenían las manos en alto y estaban desarmados. Les preguntamos:


—¿Dónde están sus armas?


—Ahí abajo —respondieron.


Les ordenamos a todos que regresaran —excepto a los oficiales; también había algunos entre ellos— y que volvieran con sus armas. Cumplieron rápidamente y amontonaron sus armas en el lugar que les indicamos.


Nos sorprendió la cantidad de gente que salió de aquel sótano. ¡Por lo menos un batallón entero!

Si deseas saber más, lee Voices from Stalingrad [Voces de Stalingrado], de Jonathan Bastable.


Stalingrado había llevado hasta el extremo una idea que el régimen nazi había exigido durante años: obedecer, resistir y sacrificarlo todo podían presentarse como una misma virtud. Pero esa fórmula dependía de que todavía existiera alguna relación entre la orden recibida y aquello que podía conseguirse al cumplirla.


Para los hombres atrapados en la ciudad, esa relación se había ido deshaciendo. El rango más alto del ejército alemán no podía devolver alimentos, municiones ni libertad de movimiento; una orden llegada desde cientos de kilómetros de distancia no podía reconstruir unidades deshechas ni sacar a los heridos de los sótanos. Lo que quedaba era decidir cuánto podía exigirse todavía a quienes seguían vivos.


La guerra alemana entraba así en una fase distinta. En otros frentes volverían a exigirse resistencias absolutas y sacrificios cuya utilidad militar sería cada vez más difícil de sostener. Stalingrado no contenía todavía todo ese futuro, pero dejaba planteada una tensión que ya no desaparecería.


Stalingrado había dejado de ser una posición que defender; para quienes seguían dentro, se había convertido en una decisión que cada hombre debía afrontar.

Noticiario soviético producido en febrero de 1943 sobre la liquidación de las fuerzas alemanas cercadas en Stalingrado. Las imágenes muestran las ruinas de la ciudad, tropas y prisioneros alemanes, oficiales capturados y escenas del desenlace de la batalla. El material es un documento cinematográfico soviético de guerra, realizado inmediatamente después de la victoria. (Video: Imperial War Museums / © IWM / RNC 8).

Soldado soviético con subfusil vigila a un prisionero alemán herido en la nieve.
Soldado soviético con subfusil vigila a un prisionero alemán herido en la nieve.

Un soldado soviético vigila a un prisionero alemán herido en Stalingrado, enero de 1943. (Foto: Bundesarchiv / vía Wikimedia Commons / Bild 183-E0406-0022-011).

With Paulus at Stalingrad

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Memorias desde el cuartel general del 6.º Ejército alemán, donde Wilhelm Adam reconstruye el cerco, el colapso final y la captura de Paulus en Stalingrado.

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Voices from Stalingrad

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Selección de testimonios alemanes y soviéticos que reconstruye la batalla de Stalingrado mediante las voces de soldados, oficiales y supervivientes de ambos bandos.

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