El último viaje del Graf Spee

El Admiral Graf Spee arde frente a Montevideo tras ser volado por su propia tripulación el 17 de diciembre de 1939. La escena marcó el desenlace final de la batalla del Río de la Plata. (Foto cortesía de: Imperial War Museums)
El 17 de diciembre de 1939, la batalla del Río de la Plata llegó a su desenlace. Durante cuatro días, el Admiral Graf Spee había permanecido en Montevideo, averiado tras el combate contra los cruceros británicos Exeter, Ajax y Achilles, observado por diplomáticos, periodistas, marinos, civiles curiosos y por una opinión pública que esperaba una nueva salida al mar. Para muchos en los muelles, la escena prometía un nuevo combate naval. Para los hombres que conocían la situación real del buque, era otra cosa: el final.
El plazo concedido por Uruguay estaba por agotarse. Hans Langsdorff no podía permanecer indefinidamente en puerto; tampoco podía permitir que el buque, su artillería, sus equipos y sus secretos técnicos cayeran intactos en manos británicas. A bordo, la decisión tomó una forma concreta, fría y dolorosa: destruir el barco.
La guerra, que en Europa occidental todavía parecía contenida en aquella extraña calma de finales de 1939, había encontrado en el Atlántico Sur una escena inesperada. Montevideo se convirtió, por unas horas, en un teatro mundial. En los cafés, en los muelles, en las radios y en las redacciones, se discutía si el buque alemán saldría a combatir, si escaparía hacia mar abierto o si quedaría internado. Nadie podía ver por completo la tensión que se vivía dentro del barco, pero todos aguardaban su desenlace.
Ese contraste es esencial para entender el último acto del Graf Spee. Desde tierra, el público veía una silueta de acero, humo, banderas, remolcadores y rumores. Desde dentro, sus hombres desmontaban y destruían, pieza por pieza, el mundo que habían habitado. Lo que para la multitud parecía un espectáculo, para la tripulación era una despedida. Lo que para la radio era una noticia transmitida al instante, para los miembros del Graf Spee era el día más duro de sus vidas.
Entre los oficiales encargados de ejecutar aquella tarea estaba el capitán de corbeta F. W. Rasenack, oficial técnico de artillería del Graf Spee. Su relato no observa el hundimiento desde la distancia, sino desde el interior emocional de la tripulación: la destrucción de los instrumentos, la preparación de las cargas, la salida final, las explosiones, el fuego sobre el río y la sensación amarga de ver morir un buque que había sido, para ellos, hogar y destino:
A las 4 hs. 50’ me despiertan y recibo la orden de destruir la instalación de artillería. ¡No puedo concebirlo! Voy hacia el Comandante para hacerme confirmar esta orden. Lo encuentro cansado y trasnochado. Pero me confirma la orden con toda tranquilidad. ¡Así que los dados han sido echados!
Bajo ningún concepto debemos internarnos en Montevideo para que el buque y su tripulación no pasen a manos del enemigo. Tampoco debemos aceptar un combate a no ser que exista la posibilidad de salir airosos, ya que de otra manera significaría una derrota total y no debemos dar a Inglaterra esta probabilidad a favor de su prestigio. Nuestro Comandante había comunicado todas las consideraciones a Berlín. También fue descartada la internación del buque en la Argentina; las aguas del río son demasiado bajas y llegar hasta el canal sería imposible sin toparnos con las unidades enemigas.
En vista de tal situación, el Gobierno alemán ha aceptado la sugerencia de nuestro Comandante, quien ahora, después que todos los esfuerzos han fracasado —y tuvieron que fracasar, ya que teníamos todo en contra y en nuestras manos ningún medio con qué presionar en favor nuestro— da la más terrible orden para todos nosotros, la de ¡destruir el Admiral Graf Spee!
El acorazado Admiral Graf Spee será volado fuera de las aguas territoriales —zona de tres millas— y se hará la tentativa de llevar la tripulación a la Argentina.
Desde que me gradué como oficial y desde que fue puesto en servicio el Admiral Graf Spee, fue mi campo de acción la instalación de artillería. Junto con mi personal hemos cuidado y conservado hasta la última tuerca de cada equipo. Ahora, para evitar que los secretos de la técnica alemana lleguen a manos enemigas, debo destruir sistemáticamente esa instalación, que tanto honor nos hizo durante nuestro combate naval en la desembocadura del Río de la Plata.
Con granadas de mano volamos todas las instalaciones automáticas de dirección de tiro; con martillos rompemos los tableros, los gobiernos a distancia —esos siempre fueron mis hijos mimados, porque siempre fueron los peores rompecabezas—, y así, instalación tras instalación. Las piezas sueltas y los cierres de cañón los llevamos a los puestos de carga de las torres pesadas. Allí los volaremos conjuntamente. Hacia el mediodía hemos concluido con nuestro triste deber. ¡El cuadro que se presenta ante nuestros ojos es terrible! No hay una sola óptica que haya quedado sana, ningún engranaje, ningún receptor eléctrico. Ningún secreto caerá en manos del enemigo, aun en el caso de que la voladura no tenga el resultado esperado. ¡Este es el día más duro de mi vida!
Seguidamente mi primer Oficial de Artillería, Capitán de Corbeta Ascher, me imparte la orden de que conjuntamente con mis mecánicos debo preparar la voladura de tal manera, que la misma pueda ser manipulada desde un punto central. Nuestro Comandante quiere efectuarla personalmente y hundirse con su barco. ¡Estoy consternado y conmovido hasta lo más íntimo de mi alma!
Recuerdo que una vez, en el salón, habíamos discutido la pregunta si un Comandante debe quedarse a bordo de un barco bajo su responsabilidad, si éste se hunde. Nuestro Comandante era de la opinión de que sí. Decía que un Comandante jamás debe abandonar su buque. Pero nuestro 1er. Oficial de Artillería no compartía ese punto de vista y dijo que un Comandante vivo puede servir mejor a la patria en una guerra, puede explotar sus experiencias, lo que no acontece con un Comandante muerto. Ahora vuelve a mi mente esa conversación.
Antes de comenzar con mis trabajos, quiero ir a ver a mi Comandante para despedirme personalmente de él. Quiero estrechar las manos de un hombre que tanto admiro. Cuando me acerco a él en su cabina, parece tranquilo, mucho más tranquilo y descansado que esta mañana. Sus pensamientos ya están muy lejos.
Otra vez nos reunimos el Ingeniero Jefe, el 1er. Oficial de Artillería y yo, y planeamos la manera de efectuar la voladura. No es fácil tarea encontrar una manera segura al cien por ciento, ya que Spee está construido demasiado bien. El 1er. Oficial de Artillería propone transformar un cronómetro en un fusible de tiempo y hacer tantos circuitos como cabezas de torpedos existentes, y repartir éstas en las partes más importantes del buque. Así se hizo. Las cinco cabezas de torpedo restantes fueron ubicadas en los puestos de carga de las torres pesadas y en las salas de máquinas.
Yo llevo mi sable al camarote para que no caiga en manos de algún coleccionista de recuerdos. Muchas cosas debo dejar aquí, todos mis recuerdos que durante muchos años habían adornado mi camarote. Todos mis efectos personales, inclusive mis uniformes y mi vestimenta civil. Les doy un último vistazo. ¡Para qué llorar, así es la guerra!
La tripulación juntó las cosas más indispensables. Es una retirada deplorable. Todo está listo. Ahora debe desarrollarse el plan de nuestro Comandante con toda rapidez. Aún no sabemos si las autoridades uruguayas o los ingleses no tratarán de impedir la realización de nuestros propósitos. Todo lo esperamos, pero todo está previsto.
Desde el mediodía se ha alistado la tripulación en los pasillos. Su equipaje es tirado dentro de un remolcador y la tripulación misma es llevada en botes hasta un barco mercante alemán que se encuentra en el puerto, el Takoma. Los soldados deberán esconderse en la bodega. Ninguno deberá dejarse ver sobre cubierta. Después de una hora hemos trasbordado a todos. A bordo del Spee quedaron solamente el Comandante y 40 hombres, personal indispensable para zarpar y volar el buque.
Es un día hermoso de sol, claro, sin una nube, cuando el acorazado Admiral Graf Spee leva anclas por última vez a las 17,30. Todo Montevideo asiste al espectáculo. Los muelles están cubiertos de gente. Todos quieren ver el combate naval. Desde los Estados Unidos han llegado aviones que quieren filmar el combate desde las alturas para el noticiero semanal. No hay dudas que esto daría al noticioso una nota atrayente. ¡No todos los días se ofrece algo así!
Desde un ojo de buey de un camarote del Takoma veo cómo el acorazado Admiral Graf Spee gira y se coloca en posición de zarpada. Majestuoso, con la insignia de guerra flameando en su mástil, aclamado por las masas que esperan en el muelle con tensión los sucesos, zarpa este buque del puerto de Montevideo, para su último viaje hacia la muerte. Desde su puesta en servicio, su destino había sido el mío. ¡Es un momento amarguísimo!
Ahora levamos anclas también nosotros. El Takoma sigue al acorazado. Delante nuestro navegan las barcazas del Spee. ¿Querrá romper la barrera el Takoma? Ahora que están todos afuera esperándonos, ni siquiera conseguiríamos cruzar el Río directamente para llegar hasta Buenos Aires. Nos tomarían prisioneros y eso significa, como dice un camarada jocosamente, golpear piedras en las Malvinas hasta el fin de la guerra.
El Comandante no nos ha comunicado sus planes. Algo especial sucederá. Con nerviosidad miro hacia la hora venidera. Allá en el horizonte, distinguimos al crucero uruguayo Uruguay y a un crucero inglés, que algunos de nosotros tomamos por el Cumberland. Nos mantenemos algo hacia el Este del canal y nos paramos exactamente al alcanzar las tres millas, o sea a la terminación de las aguas territoriales.
Los remolcadores ahora se dirigen hacia nosotros. En estos momentos es arriada la insignia del Admiral Graf Spee. ¡Esto es la señal de que los percutores a tiempo empiezan a funcionar! ¡Exactamente a los 20 minutos tiene que suceder la primera explosión! ¿Saldrá todo como hemos pensado? Nuestro Comandante seguramente en estos momentos deberá pensar lo mismo. Claramente se distingue cómo un bote tras otro van separándose del acorazado. Ahora también la barcaza con el Comandante. Esto significa que nadie más está a bordo. ¡Estos últimos 20 minutos me parecen una eternidad! Falta 1 minuto, 30 segundos, 5 segundos. ¡Atención! ¡Cero! En este instante sale una columna de fuego del buque.
¡Spee se parece a un volcán! ¡Qué suerte, nada quedará intacto! Es un cuadro grandioso, pero inmensamente triste, cómo muere este buque, que nos ha hecho tantos buenos servicios y que durante la guerra y en los tiempos de paz fue para mí un hogar.
Siempre nuevas columnas de fuego salen de sus entrañas. Claramente puedo ver cómo dos tubos de cañón de la torre de popa son revoloteados en el aire como si fueran dos escarbadientes. A más de 300 metros de altura llega la nube de la explosión y aún siguen las detonaciones. ¡El Admiral Graf Spee está envuelto en llamas!
Navegamos sobre la chata con una de nuestras barcazas en remolque, río arriba, en aguas territoriales uruguayas. Escribimos el 17 de diciembre, ¡el día que jamás podré olvidar en mi vida! Exactamente cuando nuestro Spee moría, detrás de él, como fondo a ese cuadro horrendo, se veían los últimos rayos de un sol poniente. Ahora nuestro acorazado parece una antorcha en la noche oscura. Todavía están explotando las cámaras de munición, ahuyentando a los botes de curiosos que se atrevieron a acercarse.
Yo no puedo concebir cómo después de tantas detonaciones, Spee aún se mantiene, en vez de haberse partido en miles de pedazos y desaparecido. Es admirable su construcción, demasiado sólida para estos momentos. Es imposible que se hunda enteramente aquí en el Río de la Plata, que tiene solamente un metro más de profundidad que el calado del Spee, a no ser que vuele en pedazos. El crucero inglés ha aparecido y enfoca con sus reflectores los restos del acorazado Admiral Graf Spee.
Sin ser molestados, navegamos río arriba, camino a la libertad. Para no llamar la atención del acorazado inglés, hemos apagado todas las luces. Ha refrescado enormemente y la tripulación se junta en todos los rincones resguardados del viento. ¡Parecemos sardinas en lata! Quince somos los que estamos sentados aquí, en el cuarto de derrota de este pequeño remolcador, en un lugar normalmente calculado para dos. ¡Así sentados, esperamos el mañana!
Si deseas saber más, busca el título Panzerschiff Admiral Graf Spee, del capitán de corbeta F. W. Rasenack, oficial técnico de la artillería del Graf Spee.
Mientras Rasenack veía morir al Graf Spee desde la memoria íntima del buque, la misma escena era transmitida al mundo como noticia urgente. En Montevideo, el periodista James Bowen, de la NBC, había logrado estar en el puerto con micrófono y transmisor de onda corta. Su relato no tiene la tristeza técnica y personal del oficial alemán; tiene la respiración entrecortada del reportero rodeado de una multitud, empujado hacia el agua, tratando de describir no lo que suponía, sino lo que alcanzaba a ver.
La radio convirtió el hundimiento en un acontecimiento simultáneo. Ya no era solo una noticia que llegaría al día siguiente en los periódicos, ni una fotografía que circularía después: era una voz, en directo, narrando explosiones, humo, llamas y confusión desde el borde mismo del río. Si Rasenack representa el final interior del Graf Spee, Bowen representa su final público: la guerra entrando por el oído de miles de oyentes lejanos:
Acabamos de ver al Graf Spee explotar a cinco millas de la costa. El buque ha sido hundido por su propia tripulación… El buque se mueve ahora, balanceándose de un lado a otro. ¡Ahí va otra explosión! La torre de popa ha saltado. Evidentemente, el pañol de pólvora se ha incendiado. Se está hundiendo. ¡Se está hundiendo por la popa! La popa está ahora completamente bajo el agua. Las llamas siguen elevándose en el aire y hay grandes nubes de humo… Las explosiones continúan intermitentemente, como si otros sacos de pólvora, productos químicos o armas, alcanzados ahora por el calor o las llamas, estuvieran estallando…
Ha habido una enorme excitación aquí durante todo el día. He estado yendo y viniendo, siendo empujado de un lado a otro aquí en los muelles. Tuve que cortar una transmisión porque estuve a punto de caer al agua con el amplificador, el micrófono y el resto del equipo de radio…
Una multitud tremenda —las estimaciones van de setenta mil a doscientas mil personas— ha estado empujando alrededor de los muelles durante todo el día…
La multitud está a punto de empujarnos al agua. ¡Estamos en una mala situación! Pero haremos lo mejor que podamos… Sabemos más o menos lo que está ocurriendo, pero no queremos decirles lo que creemos que está ocurriendo. Queremos decirles lo que podemos ver…
El Graf Spee parece estar asentándose un poco más en este momento. Es posible que el resto del buque desaparezca de la vista…
Si deseas saber más, busca el título On-the-Spot Reporting: Radio Records History [Reportajes desde el lugar de los hechos: la radio registra la historia], de George N. Gordon e Irving A. Falk.
Aquel 17 de diciembre no hubo el combate que tantos esperaban desde los muelles de Montevideo. No hubo una salida heroica hacia el Atlántico ni una última batalla contra los cruceros británicos. Lo que hubo fue una decisión más silenciosa y, quizá por eso mismo, más amarga: salvar a la tripulación, destruir el buque y negar al enemigo la victoria completa de capturarlo intacto.
Para Rasenack, la tragedia no estaba solamente en la pérdida militar. Estaba en la destrucción íntima de aquello que había cuidado durante años: la artillería, los sistemas de dirección de tiro, los instrumentos, los camarotes, los recuerdos personales, el buque mismo. Su testimonio deja ver el momento en que una máquina de guerra deja de ser solo acero y calibres y se convierte en un espacio vivido, en un mundo cerrado que sus propios hombres deben deshacer con martillos, explosivos y cronómetros.
Para Bowen, en cambio, el Graf Spee era una escena que debía ser comunicada antes de desaparecer: explosiones vistas desde tierra, una popa que se hunde, llamas en el aire, humo sobre el río, una multitud que empuja, un micrófono casi arrastrado al agua. Su voz completa el cuadro: el barco no muere solo ante sus tripulantes, sino ante una ciudad entera y ante los oyentes que, desde lejos, reciben por radio una de las primeras grandes escenas navales de la guerra.
El Graf Spee ardió frente a la costa como una antorcha. Detrás quedaban el combate del 13 de diciembre, los muertos enterrados en Montevideo, las negociaciones diplomáticas, la presión británica, la incertidumbre alemana y la mirada de una ciudad reunida ante el río. Delante quedaba el exilio de la tripulación en Argentina, y para Langsdorff, apenas unos días más tarde, una última decisión personal que cerraría definitivamente la historia humana del buque.
Así terminó la saga del Admiral Graf Spee en el Río de la Plata: no con la imagen de un navío hundiéndose en combate, sino con la visión de sus propios hombres alejándose en remolcadores, mirando cómo el barco que había sido su hogar se consumía lentamente bajo el cielo del atardecer, mientras otra voz, desde la orilla, convertía aquel final en historia transmitida al mundo.

El Admiral Graf Spee envuelto en humo y llamas después de las explosiones preparadas a bordo. Para sus tripulantes, la destrucción del buque fue también la pérdida del espacio que habían habitado durante años. (Foto cortesía de: Imperial War Museums)

Restos del Admiral Graf Spee en el Río de la Plata, fotografiados el 2 de febrero de 1940 por el alférez Richard D. Sampson, USN. El buque quedó parcialmente hundido en aguas poco profundas, tal como temía Rasenack en su testimonio. (Foto cortesía de: U.S. Naval History and Heritage Command)

Vista tomada desde lo alto de la torreta triple de cañones de 28 cm del Admiral Graf Spee, mirando hacia la proa, con la cubierta principal inundada y el buque escorado a estribor. La fotografía fue tomada el 2 de febrero de 1940 por el alférez Richard D. Sampson, USN, para un informe de inteligencia del USS Helena durante su viaje de prueba a Sudamérica. (Foto cortesía de: U.S. Naval History and Heritage Command)

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