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La sombra de Treblinka

Niños durante una representación en el campo de internamiento de Vittel, Francia, 1943._ed

Niños durante una representación en el campo de internamiento de Vittel, Francia, 1943. La escena ayuda a situar el entorno en el que Yitzhak Katznelson escribió su diario: un espacio de aparente vida civil bajo custodia alemana. (Foto: United States Holocaust Memorial Museum).

La cronología reciente había dejado señales muy distintas de una guerra que no se detenía: Járkov volvía a manos soviéticas y las ciudades alemanas seguían bajo la amenaza de los bombardeos aliados. Pero esos reveses no interrumpían la maquinaria nazi de persecución y exterminio. Por debajo del estruendo de los frentes, seguían funcionando los documentos, los trenes, los campos, las listas, los pasaportes dudosos y las esperas que casi siempre terminaban en muerte.

Yitzhak Katznelson conocía esa maquinaria desde dentro. Poeta, maestro, dramaturgo y figura central de la cultura judía en Polonia, había vivido la destrucción del gueto de Varsovia, la pérdida de su esposa y de dos de sus hijos, y la desaparición de casi todo el mundo espiritual al que había pertenecido. En 1943 llegó a Vittel, en Francia, con su hijo Zvi, protegido solo de manera precaria por documentos hondureños que podían convertirlos en posibles internados de intercambio.

Vittel no era Treblinka. No era un centro de exterminio ni un frente de batalla. Era un lugar de espera, vigilancia, rumores y papeles. Pero precisamente por eso el diario de Katznelson resulta tan perturbador: la distancia física no lo apartaba de la catástrofe. En aquella habitación de internado, con su hijo aún vivo y el resto de su mundo destruido, Treblinka no era solo un lugar. Era la palabra que reunía a los muertos.

La entrada del 28 de agosto no describe una operación militar. No enumera cifras ni reconstruye una deportación. Es un juicio moral escrito desde una soledad extrema. Katznelson no habla como historiador ni como testigo externo, sino como un hombre que siente que su pueblo ha sido llevado casi entero a la tumba y que, aun así, la escritura debe dejar constancia:

28.8

 

Esta nación repugnante, infectada hasta el fondo de su alma, pronto perecerá sin duda. Perecerán todos sus millones, todos, hasta el último de sus asesinos. Viejos y jóvenes, mujeres y niños, todos morirán. En sus últimos momentos, al subir al patíbulo, cada uno buscará en su negro corazón. ¿Por qué he de morir? ¿Es por las naciones a las que traicioné? ¿Contra quién hice la guerra? ¿A quién engañé con mentiras? ¿A quién estafé? ¿A quién embauqué?

¡No, no por eso! ¡No, no por eso! Bajarás al Sheol por causa de los judíos, a quienes mataste simplemente porque te resultaba tan fácil matarlos. Los mataste a todos, viejos y jóvenes, mujeres y niños, hasta el último niño de pecho. La sombra de Treblinka, ese cementerio de todo el pueblo judío, la vasta tumba de los asesinados, te acompañará en tu viaje al Sheol.

¡Nación de satanes! ¡La más vil de toda la creación! Ordenaste la aniquilación con tanta minuciosidad que no quedara ni uno solo de nosotros en Europa para vengarnos. Malvada e infernalmente inmunda como eres, tuviste miedo de que alguien quisiera vengar la sangre de todo nuestro pueblo. Al principio pensaste: “Están totalmente abandonados; nadie se preocupará por ellos”. Sin embargo, durante los días de las terribles matanzas, el miedo se apoderó de ti. Eres una nación de cobardes, pusilánime; una nación de reptiles. Temiste que hubiera un día de ajuste de cuentas, y por eso nos asesinaste a todos, hasta el último.

Pero todo esto no te servirá de nada. La mano de Israel te golpeará. Si no es la mano de nuestros hermanos de ultramar, ni la de aquellos que han sido llevados a la muerte en las tierras de Europa, entonces te golpeará el Ideal judío; el espíritu de su Bet Hamidrash calcinado, el espíritu del Israel poderoso, el espíritu de la Eternidad se alzará contra ti y te aniquilará. Serás cortada de esta vida; serás borrada de toda memoria.

¿Nación? ¿De qué modo he de llamarte, después de todas estas palabras mías? El nombre que mejor te convendrá será el que revele toda tu vergüenza, toda tu corrupción, el nombre de oprobio que te identificará: ¡la Nación de Hitler!

En esa entrada no hay serenidad ni distancia. Hay una acusación escrita desde el borde de una destrucción que Katznelson no conocía por informes completos, sino por heridas personales, noticias fragmentarias y pérdidas ya irreparables. Treblinka aparece como lugar físico y como símbolo: una tumba enorme, capaz de seguir a los asesinos aun después del crimen.

El diario no podía devolver a los muertos. Tampoco podía detener la maquinaria que seguía avanzando por Europa. Pero en Vittel, el 28 de agosto de 1943, Katznelson hizo algo que la maquinaria nazi de destrucción no podía controlar del todo: nombró el crimen, nombró a los asesinos y dejó en la página una sombra que no pertenecía solo a Treblinka, sino al siglo entero.

Si deseas saber más, busca el título Vittel Diary [Diario de Vittel], de Yitzhak Katznelson, traducido del hebreo por Myer Cohen y publicado por Ghetto Fighters’ House.

Estación ferroviaria próxima al centro de exterminio de Treblinka, fotografiada en 1942–19

Estación ferroviaria próxima al centro de exterminio de Treblinka, fotografiada entre agosto y noviembre de 1943 y conservada en un álbum del comandante Kurt Franz. El nombre que Katznelson invoca en Vittel ya designaba para él la tumba inmensa de su pueblo. (Foto: Bildarchiv Preußischer Kulturbesitz / United States Holocaust Memorial Museum).

Hombres, mujeres y niños judíos suben a trenes bajo vigilancia durante una deportación des

Hombres, mujeres y niños judíos suben a trenes bajo vigilancia durante una deportación desde Siedlce hacia Treblinka, agosto de 1942. La imagen muestra el mecanismo de deportación hacia el centro de exterminio que Katznelson convirtió en símbolo de la destrucción judía. (Foto: Dokumentationsarchiv des Österreichischen Widerstandes / United States Holocaust Memorial Museum).

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