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Lanzamiento de una V-2 en Peenemünde, la foto fue tomada cuatro segundos después de despeg

. Sobre el horizonte boscoso de Peenemünde, un A-4/V-2 se eleva entre humo y metal. La imagen muestra la dimensión técnica que impresionó a Hitler en 1943: un cohete balístico capaz de alcanzar al enemigo sin piloto y sin aviso previo. Lanzamiento de una V-2 en Peenemünde, tomado cuatro segundos después del despegue desde el banco de pruebas, verano de 1943.

Mientras la batalla de Kursk consumía hombres, tanques y combustible en el Frente Oriental, en el cuartel general de Hitler se abría otra clase de expectativa. No venía de una división blindada ni de una nueva maniobra terrestre, sino de un proyecto técnico que prometía alcanzar al enemigo sin piloto, sin aviso y a una distancia inédita.

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El cohete A-4, más tarde conocido como V-2, pertenecía todavía al mundo de los ensayos, los cálculos y las demostraciones. Pero para un régimen que empezaba a buscar respuestas desproporcionadas a una guerra cada vez más difícil, la promesa importaba tanto como la realidad. La tecnología podía presentarse como arma; también como esperanza política.

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Ese día, Albert Speer, ministro de Armamento y Producción de Guerra, llevó ante Hitler a Walter Dornberger y Wernher von Braun. Lo que Speer recordaría años después en sus memorias no fue solo una exposición técnica, sino el momento en que Hitler quedó convencido de que el cohete podía convertirse en una de las grandes apuestas del Reich.

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Conviene leer esa memoria con cautela. Speer escribía después de la guerra, después de Núremberg y después de haber construido una imagen de sí mismo como técnico más que como cómplice político. Pero precisamente por eso su relato revela algo esencial: la facilidad con que una promesa tecnológica podía convertirse, en el centro del poder nazi, en prioridad militar… Ver Más

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